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VIAJEROS POR CÁDIZ
 

José Pedro Pérez  Llorca

Característica del ser humano, junto con otras más importantes que no hacen ahora al caso, es su capacidad de desplazarse. El poder moverse, ir de un sitio a otro, es algo común a todo el reino animal, que lo diferencia de las plantas. Pero así como los animales se mueven, se desplazan o incluso migran, solo el ser humano viaja.

Es posible que incluso empezáramos desplazándonos, el nomadeo viene antes que el sedentarismo, pero lo evidente es que siempre nos hemos estado moviendo. Las razones por las que el ser humano se ha desplazado han sido muy elementales, el procurarse agua o, nuevas tierras o pastos, o cobijo, el mejor cazar o el no ser cazado, la búsqueda de la seguridad mediante el ataque o la huida, la guerra en definitiva, el comercio, el aprendizaje, la curación, la religión, la política, la guerra, el hacer la paz, la diplomacia en suma, el amor o en última instancia la curiosidad o la aventura. Cuando estos desplazamientos se hacen largos, no responden a necesidades primarias y quien los hace siente el impulso, la necesidad a veces, de relatarlos, o alguien los relata por ellos, está naciendo el viajero por antonomasia y, con él, la literatura de viajes. Esta literatura de viajes es tan extraordinariamente extensa, como variada y diversa en sus asuntos y géneros.

A lo largo de su existencia documentada, de más de 3000 años desde su fundación por los fenicios, Cádiz ha recibido toda clase de viajeros, algunos de ellos míticos, otros literarios, la mayoría reales. Los relatos en que se insertan o sus propias narraciones dan un testimonio vivo, siempre interesante, del devenir de nuestra ciudad en diversas épocas.

El viaje de aventuras es probablemente el género con el que se inicia la literatura de Occidente. La expedición de los Argonautas es quizás el primer relato mítico dentro de ese mismo género. Jasón y sus compañeros no vinieron  a nuestras tierras del entonces extremo Occidente, fueron a por el vellocino a la Cólquida en el Mar Negro, pero con ellos iba Herakles. El Hércules que ha vuelto ya héroe de la Cólquida es el que empieza sus hazañas y el que está tan unido a nuestra ciudad, hasta el punto de ser su legendario fundador. Así pues Hércules merece ser citado como el primero de los viajeros por Cádiz. El relato del décimo de sus trabajos tiene un reflejo riquísimo en la literatura universal desde Estesícoro, pasando entre otros por Platón y Alfonso X el Sabio hasta Jacinto Verdaguer.

Verdaguer, máximo poeta épico español del siglo XIX es el que, dentro de la Renaixença, devuelve el primero el prestigio y la prestancia literarias al catalán. Protegido por Antonio López, Marqués de Comillas, fundador hace más de doscientos años de la Compañía Transatlántica y luego de los astilleros de Matagorda (mucho más que un viajero por Cádiz), pasó de oscuro presbítero de Vich a sacerdote en los vapores de aquella compañía y luego a capellán del propio Marqués. En Cádiz, según el mismo nos relata, empezó y escribió la mayor parte del poema La Atlántida, su obra cumbre, en la que renueva y desarrolla el mito de Hércules en nuestra ciudad. Empiezo pues con este viajero casi contemporáneo por Cádiz porque finalizaré también con él. Cuenta Verdaguer en la Atlántida como, en el propio Cádiz, un anciano del lugar narra a un joven náufrago el hundimiento de aquel continente mítico: el nacimiento de España, del Teide al Pirineo; los esfuerzos de Hércules para salvar a Pirene del incendio con el que Gerión ha arrasado la cordillera; las persecución de Gerión hasta Cádiz; la lucha que como un huracán emprende Hércules contra los Atlantes en el templo de Neptuno, y su reacción, cuando, iluminado por una luz sobrenatural se dirige a Calpe, la cima de la Atlántida que unía tres continentes. A golpes de su mazo o clava abre Hércules una brecha en Calpe y las aguas del Atlántico se precipitan en el Mediterráneo. Ha nacido el estrecho de Gibraltar. El mundo se separa en continentes, se hunde la Atlántida. Hércules, de nuevo en Cádiz, mata a Gerión; de la sangre de este brota el Drago y se siembra el jardín de las Hespérides, con las naranjas de oro. En el poema de Verdaguer el jóven náufrago, a quien el viejo gaditano relata el cataclismo, es Cristóbal Colón. Seducido por la leyenda, Colón irá a Génova, a Venecia, a Portugal a pedir ayuda para una gran empresa. Al fin es Isabel la Católica, “la reina de las reinas” según Verdaguer quien le ayuda. “Gran Señora”, le dice Colón – “dame navíos y os los devolveré remolcando mundos”.  Los versos de Verdaguer alusivos a la muerte de Gerión “tu sola, hermosa Gades, tu sola t’en dolgueres” están todavía en los azulejos que  colocaron al efecto en el jardín de la Facultad de Medicina un grupo de catedráticos hace ya muchos años cuando el catalán no estaba tan bien visto. Desgraciadamente el que ya no está es el drago que nació de su sangre ”naix de ton pit un drago plorós vora aquel fanch”. En estos versos de la Atlántida Jacinto

Verdaguer, inspirado en Byron, dedica al Cádiz mítico uno de los más bellos piropos poéticos que nuestra ciudad jamás haya recibido,

Era el teu front, oh Gades gentil, filla de l’ona

gavina que en un cálzer de lliris feres niu

palau de vori y nacre que el sol de maig corona

li sembla al hêroe al veuret, que un cel d’amors li riu,

Pero no piropea solo al Cádiz mítico. Verdaguer, en su condición ya aludida de capellán de uno de los vapores de la Compañía Transatlántica, hizo no pocas estadías en nuestro puerto y era, además de viajero por Cádiz, un gran amante de nuestra ciudad. Así dice en 1874 “Por fin entré en la gran ciudad de Cádiz, con solo dos cuartos y medio en la bolsa, que entregué a un pobre de Jesucristo, recordando haber leído a Espronceda (ya tenemos otro viajero por Cádiz)  que tiró sus únicas dos pesetas a la mar para no entrar con tan poco dinero en ciudad tan rica”. Al volver de la Habana reitera sus alabanzas: “El puerto de Cádiz es de los mejores del mundo….La ciudad es muy blanca y limpia , se usa mucho mármol y una especie de piedra tosca. La catedral es de piedra, muy blanca y grande, la acabaron hace pocos años. En las iglesias hay devoción, pero, como en Cataluña, hay más en los cafés, casinos y tabernas”.

Verdaguer hace nueve veces la travesía Barcelona La Habana como capellán, primero del Antonio López y luego de otros buques, fondeando siempre en larga estadía en Cádiz y alternando luego otros puertos. Así describe la llegada a nuestra ciudad: ”En días serenos, cuando se arriba, me parece ver surgir de entre las aguas una ciudad encantada, hecha de mármoles blancos o de bolas de nieve  congeladas, en ringleras de  casas y palacios, de miradores, torres y campanarios que alzan la frente hacia al cielo, a ver quien llega más alto, desafiando todos a la Torre de Tavira, y a los campanarios y la cúpula de la catedral coronada de una reluciente media naranja“. Es la época dorada de los cafés cantantes, verdaderos templos del flamenco en aquel entonces, aunque resulta difícil pensar que Mossen Cinto los pisara. Había lugares más apropiados para un sacerdote, como por ejemplo el Convento de Carmelitas de la Caridad, órden fundada en Vich por Joaquina de Vedruna. Así se lo refiere Mossen Cinto a su amigo Mossen Coll:”Ya hace doce días que estoy prisionero en mi barco casi sin salir a Cádiz, por lo lejos y lo caro de las barcas que me llevan. De tanto en tanto voy a ver a unas monjas Escurialenses (o Vedrunas) que hay en dos diferentes conventos…..son las únicas personas de Cádiz con las que puedo hablar de Vich y de su plana”

Pero no todo era ir a los conventos. En algún lugar en 1883 recopiló coplas y cantares hoy famosos.

A Cai no la llaman Cai

Que la llaman relicario

Porque tiene por patrona

A la virgen del Rosario

Viva Cádiz porque tiene

las murallas junto al mar

y cañones apuntando

al Peñón de Gibraltar.

Si la torre de Vigía

se volviera un salchichón

y de Jerez la bahía

que bien cenaría yo.

 

Para terminar Verdaguer recoge esta copla que coincide con sus sentimientos:

Adiós Cádiz adiós Cádiz

en ti dejo mi cariño

pero seré golondrina

que vuelva pronto a su nido.

La coincidencia de Verdaguer con Antonio López explica la creación del gran poema al que uno de los más ilustres gaditanos, Manuel de Falla, pone música como cantata escénica.¿Serán los fastos que se avecinan ocasión  de que la podamos escuchar? ¿Qué lugar más propicio puede haber para asistir a la escenificación musical del hundimiento de un continente que el castillo de San Sebastián?

Pero puede que no sea Hércules nuestra sola referencia directa con los héroes helenos. Tras la guerra de Troya, el regreso de los guerreros a sus hogares inspira toda la literatura griega y a través de ella la universal. Ulises tiene el más accidentado de los retornos. Parece inútil el intento de situar en la geografía real este periplo literario, sin embargo hay quien lo intenta. Victor Berard, erudito a la par que marino, ha hecho la tentativa más difundida. Berard sitúa a Calypso y a su gruta en los manantiales de Beliunech, en la costa meridional del estrecho, cerca de la isla del Perejil. De entre las dispersas y a veces contradictorias referencias que acerca de este episodio hay en la Odisea, Berard escoge unas cuantas para situar allí la isla Ogygia y a Calypso. Otra tradición literaria opta por Ortygia, el núcleo más antiguo de Siracusa, quien allí haya estado habrá visto un Cádiz en miniatura. Todo esto resulta muy aventurado, pero audacia por audacia, todas las razones que  Berard, saca de la Odisea podrían llevar a Cádiz tanto o más que a la menguada isla del Perejil. Efectivamente, Cádiz es isla, está cerca de las columnas de Hércules, casi tanto como Perejil y más que Ortigia, grutas parece que las hubo por el Cerro del Moro y en cuanto a la pradera cubierta de plantas de perejil y flores violetas de que se habla en el viaje de Odiseo, más parece que abundaron por aquí que en la orilla marroquí. Más aún, si algún lugar merece el calificativo de “ombligo de los mares” usado en el relato, es sin duda nuestra ciudad. Por último una mujer de las condiciones de Calypso, verdadera antecesora de las “puellae” cantadas siglos después por Marcial y Juvenal, bien podría ser gaditana. Por todo ello, con más razones que Siracusa o Perejil, podemos reivindicar a Ulises como  viajero por Cádiz.

Verdaguer viajaba como capellán en los barcos de la Transatlántica, pero no era propiamente un peregrino. La peregrinación, el viaje religioso, empieza en la más remota antigüedad, se da en todas las religiones y se mantiene en nuestros días y en alguna como el Islam como pilar fundamental de la misma. El viajero religioso puede ser al mismo tiempo un viajero bélico. Ejemplos de estos viajes mixtos sobran, pero entre nosotros el más importante es el de las Cruzadas.

Volviendo a los tiempos de la antigüedad, es indubitada la existencia de un muy importante santuario oracular en Cádiz, el templo de Melkart, luego convertido en Hércules gaditano. La mayoría de los estudiosos lo sitúan hoy en la ahora isla de Sancti Preti, y el de Ishtar y luego de Cronos en lo que es hoy el castillo de San Sebastián. Quienes visitaban ese templo eran necesariamente viajeros por Cádiz. Se practicaba en este santuario de Melkart la profecía oracular mediante la modalidad de la interpretación del sueño del peregrino que, tras practicar ciertos rituales (y probablemente ingerir algún alucinógeno), durmiera en su recinto. Esto es historia, no ya leyenda ni mito. Son abundantes los testimonios escritos y de entre ellos entresacaremos el de dos de los más conocidos.

No es seguro que Estrabón estuviera en Cádiz, coinciden casi todos en afirmar que lo que cuenta de Cádiz lo saca de Eratóstenes, quien si es seguro que fue viajero por Cádiz. Sin embargo, Estrabón habla prolijamente de Cádiz y del templo y algunos de sus párrafos merecen ser citados.

“Después de Belón viene Gades, isla separada de la Turdetania por un estrecho brazo de mar. Dista de Calpe unos setecientos cincuenta estadios, o según otros, ochenta, en lo demás, no se diferencia en nada del continente vecino; y es tal el punto de prosperidad a que se ha elevado, ora por las virtudes de sus habitantes y destreza para el comercio marítimo, ora por su adhesión al pueblo romano, que aunque colocada como está en el último punto de la Tierra, a todas deja atrás con la celebridad y fama de su nombre. Poder y fama de los que goza a causa de su gran marina y por los tratados de confederación que tiene con Roma.”

Más tarde continúa:

“A la parte de afuera está Gades, de la cual solamente hemos dicho que distaba de Calpe setecientos cincuenta estadios A menor distancia están las bocas del Betis. Mucho hay que decir de los gaditanos,  pues ellos son los que despachando muchas y grandísimas naves, no sólo surcan nuestro mar, sino también el Océano. La isla es de corta extensión y sus habitantes, ni allí ni en el vecino continente, cultivan gran cantidad de tierra ni se enriquecen con las producciones de otras islas, sino que siempre viven en el mar, siendo muy pocos los que permanecen en sus casas, y ni aún se entretienen cuando vienen a Roma, y así he oído que en uno de los censos, practicado en nuestros tiempos, se contaron en Cádiz quinientos varones del orden ecuestre, lo que no se ve en ninguna ciudad fuera de Roma, si no es en Padua. Y siendo tal la población, la extensión de la isla no es más a lo largo que cien estadios, y a lo ancho en algunas partes no excede de un estadio. La ciudad antiguamente era muy pequeña pero Balbo, el Gaditano, varón triunfal, construyó junto a ella otra ciudad, a la que llamó Neápolis o ciudad nueva, y de las dos resultó una por que por lo mismo fue llamada Dydima, cuya circunferencia no tira más que a veinte estadios; y aún se habita en ella con comodidad a causa de ser pocos los que allí permanecen, siendo la mayor parte marineros, ocupados siempre en la navegación. A la extremidad de esta isla hay un templo dedicado a Saturno, y a la parte opuesta, es decir, al Oriente, está el templo de Hércules, y éste es el punto por el que la isla está más vecina al continente, de modo que solamente está separada de él por un canal de mar de sólo un estadio.

Hay quien dice que el templo distaba de la ciudad doce millas, de modo que el número de millas sea igual al de los trabajos o empresas del dios; pero en verdad es tanta la distancia cuánta es la longitud de la isla desde el Ocaso al Oriente.

Pherecides parece que llamó a Cádiz Eritia y cuenta como ocurrida en ella la fábula de Gerión. Otros suponen que habitaba Gerión en una isla vecina a Cádiz, separada solamente por un estrecho mar de un estadio, en la que era tal la abundancia y la calidad de las hierbas, que, paciéndolas las ovejas, su leche hace tal serosidad y grosura, que para reducirla a queso es menester mezclarle mucha agua, y a los treinta días de pasto es necesario sangrar las bestias, pues de otro modo se sofocan. Es una hierba que jamás se riega, pero que nutre en gran manera; y todo ello dio ocasión para conjeturar que aquí sucedió lo de las vacas de Gerión.

En cuanto a la fundación de Cádiz, los mismos gaditanos conservan esta tradición. Refiérese desde antiguo que un oráculo dio a los tirios instrucciones y mandatos para que enviasen una colonia a las Columnas de Hércules. Los que fueron enviados para observar y reconocer estos lugares, luego que llegaron al estrecho que está junto a Calpe, creyeron que aquí estaban los límites de la Tierra, y que  estos promontorios serían los términos de las expediciones militares de Hércules, y que aquí estaban las Columnas de que les había hablado el oráculo.”

Hasta aquí el testimonio de Estrabón, uno de los más largos sobre Cádiz en la época.

Casi dos siglos después, Philóstrato, reproducido en fragmentos por otros autores que afirman que estuvo en Cádiz, describe el Templo: “en el que había dos columnas de metal de ocho codos de altura en las cuales estaban escritas las sumas que había costado su construcción”. “Para algunos estas columnas eran las columnas de Hércules”. Son dice Philóstrato “de oro y plata en aleación de un solo color y de forma cuadrangular. En sus capiteles se ven letras que no son ni egipcias ni indias ni conocidas de nadie. Había en ese Templo varios altares en bronce de los cuales dos estaban consagrados a Hércules egipcio y otro a Hércules tebano, los dos sin estatua. También se veía en el Templo la imagen de la hidra y los cabellos de Diómedes esculpidos en piedra, así como los otros trabajos del semidios. Se conservaba un olivo de oro que había pertenecido a Pigmalión cuyos frutos de esmeralda imitaban admirablemente a las aceitunas, así como el cinturón de oro de Teucro el Telamonio”.


De la importancia del Templo de Hércules en tiempo romano nos habla la autoridad, sin par para los juristas, de Ulpiano quien, al hablar de las leyes romanas sobre herencias y mandas, explica cómo estaba prohibido legar los bienes a las divinidades, salvo si era para algunos templos exceptuados, de los que nombra cuatro casos: el templo de Minerva en Mileto, el de Marte en las Galias, el de Hércules en Cádiz, y el de Diana en Éfeso.

Julio Cesar, extraordinario viajero bélico, religioso y político estuvo tres  veces en lo que ya era Hispania y en las tres ocasiones visitó Gades. Julio César,  viajero por Cádiz. En la primera ocasión César viene a asumir como cuestor el gobierno del conventus gaditanus, en la España ulterior. Parece que es Balbo quien le lleva al templo de Hércules a dormir el sueño adivinatorio. La ciudad está ya federada a Roma y César va a conceder pronto a sus habitantes la ciudadanía romana. Estamos en el año 69 antes de Cristo, dejemos hablar a Suetonio:

“Como cuestor le tocó en suerte la España Ulterior; en ella por delegación del pretor recorrió los municipios para administrar justicia y habiendo llegado a Cádiz al contemplar junto al Templo de Hércules la estatua de Alejandro el Magno, rompió a llorar y, como avergonzado de su inactividad, pues según decía no había hecho todavía nada memorable en una edad en que ya Alejandro había conquistado el orbe de la tierra, pidió inmediatamente su licencia para acechar cuanto antes en Roma las oportunidades de mayores empresas. Es cierto que un sueño que había tenido la noche anterior le había llenado de turbación (pues le había parecido ver mientras dormía que violaba a su madre), pero los adivinos le movieron a las más desmedidas esperanzas tomándolo en el sentido de que era un presagio de que se alzaría con el imperio de las tierras del orbe – puesto que – según afirmaban, la madre que había visto que se le doblegaba no era otra que la tierra, la cual es tenida como la madre de todas las cosas.”

Este oráculo hecho en Cádiz, se consideró, según Suetonio de tal importancia por parte de César, que era sumamente supersticioso como los romanos en general, que las últimas líneas del párrafo que acabo de reproducir entero en español, se repitieron en otros textos latinos:

“coiectores ad amplissimam spem incitauerunt, arbitrarium terrarum orbis portendi interpretantes, quando mater, quam subiectam sibi uidisset, non alia esset quam terra, quae omnium parens haberetur”.

Es curioso que en este mismo templo en el que los adivinos leen a César el sueño del imperio, Hamilcar Barca y Anibal, viajeros por Cádiz, habían empezado antes sus campañas contra Roma y el segundo había hecho, en aquel  mismo recinto, el legendario juramento de odio eterno a la Urbe. Algo tiene nuestra ciudad con los Imperios, aunque Napoleón, que también tuvo sueños y fué lector de Suetonio, nunca pudo con Cádiz. Será que no soñó en el templo de Hércules.

Por segunda vez, año 61 antes de Cristo, vuelve César ya como pretor de la Hispania Ulterior. De este viaje dos cosas se relacionan con Cádiz. La primera la doma en nuestra ciudad y a cuerpo limpio del famoso potro de pezuña digitada, por lo que de nuevo le vaticinaron éxito en todas sus empresas. La segunda la requisa del oro y plata del templo de Hércules en Cádiz con la que armó una flota, ultimó su campaña del norte y fue a Roma con caudales para ser elegido Cónsul.

En la tercera ocasión, viene en persecución de Varrón, último de los  partidarios de Pompeyo. Veamos con sus propias palabras como César relata en su obra “De Bello Civile” este último episodio gaditano.

“Por este motivo Varrón se apresuraba más a llegar lo antes posible a Cádiz con las legiones, temiendo que se le cerrara el camino por tierra o por mar: tanta y tan firme era la adhesión de toda la provincia a César. Cuando ya había avanzado algo, le entregaron una carta de Cádiz informándole de que, tan pronto como se había tenido conocimiento del edicto de César, los jefes gaditanos se habían puesto de acuerdo con los tribunos de las cohortes que estaban allí de guarnición para expulsar a Galonio de la ciudad y custodiar la ciudad y la isla para César. Que después de que habían tomado esta decisión le habían comunicado a Galonio que saliera espontáneamente de Cádiz mientras le fuera posible hacerlo sin peligro: que si no lo hacía ellos tomarían una determinación. Inducido por este temor Galonio había salido de Cádiz. Al conocer esta noticia una de las dos legiones, llamada vernácula, abandonó el campamento…”……“Se dirige a Cádiz; ordena que se lleven nuevamente al templo de Hércules las riquezas y ofrendas que habían sido reunidas en una casa particular. Pone al frente de la provincia a  Casio, le asigna cuatro legiones. César, con las naves que había construido Varrón y las que los gaditanos habían hecho por orden del mismo, llegó en pocos días a Tarragona”

Efectivamente, de Cádiz parte César por Tarragona y Marsella hacia Roma, donde, tan solo un año más tarde, cumplido el sueño del dominio del orbe, y hecho caso omiso de otro sueño, encuentra su destino bajo los puñales de sus amigos, Casio entre ellos.

Estamos ya llegando a nuestra era. Gobernando el sucesor de César nace Cristo. Para nosotros es el más grande acontecimiento de la historia del mundo. Belén está ciertamente lejos de Cádiz. Pero allí van los Magos en la más famosa de las peregrinaciones de la historia. Solo la autoridad de Camón Aznar y antes de él la de Eugenio Montes que así lo aseveran, me permite sostener que uno de los Magos venía de Cádiz o al menos fue viajero por Cádiz. Según razona el prestigioso profesor que cita en su apoyo a San Mateo y a Tertuliano, es el salmo 72  el que profetiza el viaje de los Magos e inspira a Tertuliano. El salmo dice: ”los reyes de Társis y las islas le ofrecerán regalos, tráenle presentes los reyes de Arabia y de Saba”. Para completar su argumentación cita luego Camón al pseudo Beda. “Tres Magi tres partes mundi significant: Asiam, Africam, Europam”. Además, afirma Camón,  la tradición dice que para uno de ellos la estrella tenía que estar situada más a Oriente y el Occidente más conocido por la Biblia, y muy abundantemente citado en ella por cierto, es Társis. Estando el incienso y la mirra ligados geográficamente a Arabia y Africa,  los metales, la plata y el oro  entonces, precisamente en la Biblia, se relacionaban con Társis. ¿Cómo es de extrañar que al venir de lejanos países a ofrecer riquezas al Niño, uno de los oferentes fuera de nuestras tierras, entonces tan pródiga en metales preciosos que se exportaban al Oriente cercano? ¿Por qué no hacer coincidir así  en la ofrenda a todos los continentes entonces conocidos? No había en Tarsis reyes para entonces, pero ¿como no iba a haber magos?  De Europa era Tarsis, el país que inflamaba las imaginaciones con la tradición de sus riquezas. Si el oro es de Társis y, en el orden en que se relacionan ofrendas y magos, corresponde por tanto a Melchor, entonces tenemos al rey Melchor peregrino, es decir viajero por Cádiz.

Del testimonio de los viajeros que vamos considerando sobre Cádiz, se deduce la imagen de una ciudad extremadamente próspera, la tercera del imperio romano en algún momento. Algunos historiadores actuales hablan de ciclos, esplendor con los fenicios luego decadencia, conocida de los púnicos pero menos importante que Cartagena, hija de Cartago y entonces la principal. Emporio de nuevo como aliada de los romanos, la caida del imperio la lleva a la pobreza. Así Rufo Festo Avieno, que la visita  al final del siglo IV dice

“Aquí está la ciudad de Gadira, nombre con que los cartagineses denominaban los lugares fortificados, la cual fue llamada antes Tartessos. Fue en otro tiempo una extensa y rica población, pero hoy es pobre, humilde y arruinada. Yo he visitado estos parajes, y, excepto el culto de Hércules, nada queda de notable en este lugar; pero fue tanta la importancia y el renombre de esta villa, que un grande y poderoso rey que reinaba sobre una nación de Mauritania, al otro lado del mar, y que era muy querido de Octavio, Juba, hombre de gran cultura, se estimó muy honrado con el nombramiento de duunviro de esta ciudad

No registro viajeros por Cádiz tras la caída de Roma, tampoco bajo la dominación árabe, al menos los viajeros árabes importantes traducidos, el Idrissí, Abulfeda, Ibn Batuta  y al Basit, apenas si mencionan a Cádiz. Del ídolo si hablan algunos escritores árabes, Abu Ghalib dice que no tiene parangón con ningún otro. Es un escritor llamado Giaraffiya quien, viajero por Cádiz, dice haberlo visto y hace una descripción tan fabulosa como poco plausible. Lo que si sabemos que atraía el Cádiz arruinado de aquellos siglos oscuros era a los saqueadores. Del legendario Hércules gaditano solo nos consta que en el siglo VII dice haberlo visto San Isidoro y un siglo más tarde el Pacense y según Paul Dozy, después del saqueo vikingo registrado por los cronistas árabes en el 848, a buscarle desembarcaría de nuevo en 1014 nada menos que Olaf Haldradson quien después sería San Olaf rey de Noruega. Haldradson vino por estas tierras al frente de más de un millar de normandos, los cuales no pudieron ver al ídolo de Cádiz por habérseles adelantado Alí Ben Saben Maimún que fue quien lo derribó codicioso del oro que lo cubría. Este normando que después se bautizaría y llegaría a ser como queda dicho rey de Noruega y santo, tuvo, también según Dozy, un sueño premonitorio en Cádiz en el que vió una escalera que subía al cielo, así como su entronización. Curioso paralelismo con el sueño de Cesar.

Hay viajeros famosos que, no importa donde vayan, escribirán narraciones que transforman la manera de entender el viaje. En el siglo XII las andanzas de Marco Polo y en el XIV una excursión de Petrarca impulsan, o quizás simplemente reflejen, un cambio en la actitud del hombre occidental en torno al viaje. El primero, Marco Polo, viaja a China y abre ante los europeos la evidencia de un mundo diferente, al que se puede y debe viajar por razones de diversa índole, comerciales en primer lugar. Su libro, los viajes de Marco Polo, es probablemente una de los más famosas e influyentes relaciones de viaje y determinante, dos siglos después, del sueño de Colón.

El segundo es Petrarca. El poeta, autor también de un viaje a los Santos Lugares que se inserta en la literatura de los libros para peregrinos, estaba en Avignon, esperando la resolución de un pleito por parte de la Curia Pontificia, allí residente entonces junto all Papa. El 25 de Abril de 1336 asciende al Ventoso en los Alpes, por gusto, solo por gusto, sin ningún móvil religioso comercial o guerrero. Con esa ascensión funda el alpinismo, de acuerdo con lo que dicen todos lo que lo practican y, según Burckhardt, descubre la contemplación puramente estética de el paisaje y su interacción con el yo íntimo. Así como Marco Polo es precursor del  grand tour, del explorador y del viajero de la Ilustración, Petrarca anuncia ya al viajero romántico y en definitiva al turista. No vienen por Cádiz estos viajeros, pero influyen en otros viajeros importantes que sí lo harán.

Pero volvamos a nuestra ciudad, tras su largo letargo, la Conquista y los proyectos alfonsinos la han reanimado, pero la muerte del Rey Sabio la vuelve a la oscuridad. Allá por 1490 nuestra ciudad vuelve a estar cobrando vida con el comercio, pero un viajero genovés, Nicoló Spínola la describe todavía de esta guisa: “las casas no son grandes ni tampoco nobles fábricas porque, aunque se quisiese que fuesen tales, ni hay dinero ni aunque lo hubiera, el mar que entra por el barranco de vendaval dejaría de destruir cuanto se hace con esfuerzos, que solo aprecia quien viva con la sordidez con que en ciudad sin recursos como es Cádiz se ha de vivir” No puede ser más gráfico y contundente el párrafo.

El tercer ciclo de prosperidad va a venir solo con América. La relación larga e intensa de nuestra ciudad con el Nuevo Continente empieza tan tempranamente como con el segundo viaje de Colón, verdadera expedición organizada en la que ya se intuye que no necesariamente se va en demanda de Asia. Ya hay otra cosa. Este viaje sale precisamente de Cádiz, de donde también sale o adonde vuelve Colón en algunos de los posteriores. De la importancia de este viajero por Cádiz, que nada ha dejado escrito sobre la ciudad, no es necesario hablar. Con el inicia Cádiz la ascensión hacia su  edad de oro.

Empiezan a volver a pasar por Cádiz los viajeros famosos que vienen a España. Empezaremos con un alemán al servicio, militar por cierto, de España. Erich Lassota de Steblovo viene a Cádiz enrolado con un regimiento para la guerra de Portugal y luego vuelve para participar en la expedición contra la isla de Terceira.  El 11 de Abril de 1580 desembarca en Cádiz que describe así:

“El 11 de abril entramos en el puerto de Calis, dejando a nuestra izquierda, al entrar en el puerto, un pequeño burgo llamado la Rota.

Calis (en latín Gades) es una hermosa ciudad situada en una isla, muy cerca de la Terra ferma, de modo que por un puente de madera (llamado Ponte Suaçó), que atraviesa el mismo brazo de mar y separa la isla del Continente, se puede pasar a pie; allí se guarda un gran depósito de mercancías que vienen de las Indias. Frente por frente de Calis,  en otra parte del puerto, se halla una bonita, grande y abierta villa con el nombre de Porto Santa María. Allí tienen las galeras su acostumbrada estación de invierno.”

El primero de Octubre del mismo año vuelve a Cádiz y escribe así.

“El primero de octubre entramos en el pueblo de Cádiz, donde estaba la demás armada desde el 15 de septiembre próximo pasado, y adonde unos días antes de nosotros llegaron también dos galeazas con tres banderas italianas.

Cádiz, en latín Gades, es una isla que tiene unas dos leguas y media españolas de largo y lo más una legua de ancho; en ciertos puntos y especialmente donde está la ciudad, ni siquiera tendrá un cuarto de legua de ancho. Está la terra ferma próxima, de la cual la separa un estrecho brazo de mar. Este brazo atraviesa un puente, construido de madera, puente Suaço  llamado, por donde se puede pasar a pie de una a otra tierra, y que ambas forman la tierra firme, y la isla allí un grande y hermoso puerto, al que rodean algunas y hermosas poblaciones, como la de Porto Real, a cuatro leguas de la ciudad, la de Porto Santa María, a unas dos leguas distante, donde las galeras que vienen de España tienen su estación. De allí a una legua de distancia, está la Rota en el extremo de la entrada al pueblo y a la izquierda.

La ciudad de Cádiz es bastante grande con hermosos edificios de iglesias, conventos, también palacios y casas, casi todas con azoteas; posee grandes fábricas y es depósito de mercancías y riquezas que vienen de las Indias españolas; por esta razón  se encuentran siempre allí comerciantes de todas las naciones, con sus banderas respectivas, que guardan sin cesar para evitar una sorpresa o ataque de los moros. Por este motivo, la ciudad está bien guarnecida de bastiones con cañones dirigidos hacia el puerto.

Fuera de la ciudad versus Occidentem, y en la punta de la entrada al puerto a la mano derecha, hay también una torre de observación, y la Iglesia de San Sebastián, ambas casi juntas una con otra; encima tienen algunas pequeñas piezas de defensa. De la torre, que tiene una linterna, se puede ver a larga distancia todo el movimiento en la mar. La misma isla posee otras dos fuertes torres en el punto que la separa del continente; allí hay también una iglesia, dedicada a San Pedro, y una torre de observación sobre el mar, distante del continente un tiro de arcabuz, guarnecida igualmente de algunas piezas. Además cada hacienda y quinta tienen también sus torres,  que en un aprieto pueden servir de refugio y vivienda a sus moradores. Una parte de la ciudad, en que se halla la catedral y el palacio episcopal, con un antiquísimo castillo, está circunvalada de murallas con torres. En la plaza del Ayuntamiento o alhóndiga, hay dos antigüedades, es decir sobre una columna, un busto de piedra blanca, que representa a un joven robusto con un casco de los muy antiguos romanos. Luego sigue una estatua de piedra, cerca de una vara de alta, con un carcaj, como suelen pintar al Cupido, pero sin venda en los ojos y le faltan los brazos y la pierna derecha”

El auge, la pujanza, la riqueza y el carácter cosmopolita de Cádiz empiezan a ser realidad y leyenda. Tanto lo son que durante la larga guerra hispano inglesa, de 1585 a 1604 los ingleses intentaron varias veces el asalto. En la primera ocasión Drake destruyó una flota pero no consiguió tomar la ciudad. Fue un viajero frustrado por Cádiz, como antes lo habían sido otros piratas y corsarios berberiscos, Barbarroja entre ellos.

En 1596 en respuesta al viaje de nuestra Armada nos visita un viajero bélico indeseado e infausto, el conde de Essex, con compañeros de viaje tan importantes como Howard, Raleigh los hijos del pretendiente al trono de Portugal el prior de Crato y hasta, según dicen algunas crónicas, Antonio Pérez. Nada diré de aquel luctuoso acontecimiento, sino que Cádiz fue elegida para el saqueo precisamente por la fama de sus riquezas.

Tan en ruinas y malparada quedó la ciudad y tan desoladas  sus gentes, que a punto estuvo aquel favorito de la Reina de terminar con nuestra ciudad y por ende con este relato de los viajeros por Cádiz, pero Felipe II y nuestros paisanos de entonces decidieron reconstruir la ciudad “in situ” y no refundarla  en otro lugar, como se llegó a pensar. Aquí seguimos pues la ciudad y esta relación de los viajeros por Cádiz, ella aproximándose a su apogeo y el relato a su parte más intensa.

Miguel de Cervantes, que estaba en Andalucía durante el saco de Cádiz escribió sobre el suceso el famoso soneto satírico

Vimos en julio otra Semana Santa

atestada de ciertas cofradías,

que los soldados llaman compañías,

de quien el vulgo, no el inglés, se espanta.

Hubo de plumas muchedumbre tanta,

que en menos de catorce o quince días

volaron sus pigmeos y Golías,

y cayó su edificio por la planta.

Bramó el becerro, y púsoles en sarta;

tronó la tierra, oscurecióse el cielo,

amenazando una total ruina;

y al cabo, en Cádiz, con mesura harta,

ido ya el conde sin ningún recelo,

triunfando entró el gran duque de Medina.

Elige Cervantes el personaje de una gaditana, Isabela, raptada precisamente en Cádiz por los ingleses cuando el saco, como personaje principal de su novela la española inglesa. También sale Cádiz en el Celoso extremeño y en el Rufián dichoso, así como en el Coloquio de los perros. Por su parte Cervantes viene en dos ocasiones a Cádiz entre 1588 y 1591 cuando se ocupa del aprovisionamiento de la Armada. No hace venir a Don Quijote a Cádiz, cometiendo la descortesía de enviarlo a Barcelona, pero sí le hace decir:

“Sabrás Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que ven en el navío se les mueren los piojos”

También, para embarcarse en la Armada es viajero por Cádiz Lopéz de Vega, quien, según tradición local escribió en La decisión de que Cádiz siga en Cádiz, la continua concentración de riquezas, y el peligro de los viajeros bélicos determinan la voluntad de hacer de la ciudad la fortaleza inexpugnable que llegó a ser. Ese empeño a su vez influye decisivamente en la configuración básica de la topografía y el paisaje urbano de la ciudad intramuros. Ello permite resistir el segundo asalto inglés de 1625 causando a Lord Cecil y su flota un estrago militarmente mayor que el que ellos nos infligieron 56 años antes, aunque de ello hablemos poco nosotros y nada elos ingleses. Lord Cecil, viajero frustrado por Cádiz.

El continuo refuerzo de las fortificaciones contribuye a su vez a que se  acreciente el poderío económico de la ciudad. Junto con otros factores conocidos, este circulo virtuoso de inexpugnabilidad y riqueza será  importante  a su vez en la concesión del Monopolio. Incluso la opción por Cádiz de la Junta y subsiguientemente de las Cortes en 1810 traen causa de estos desarrollos; pero no adelantemos acontecimientos.

En 1659, firmada la paz de los Pirineos, el Mariscal de Grammont, viaja a la Corte de Madrid para concertar el matrimonio de María Teresa de Austria con Luis XIV. Le acompaña Francisco Bertaut, magistrado en el Parlamento de Bretaña, que luego sigue, ya él solo, su viaje por España. En su descripción de las murallas se basa según parece la idea fuera de España de la inexpugnabilidad de Cádiz. Dejemos hablar a Bertaut de esta cuestión.

“El camino allí es tan estrecho, que es una maravilla el que el mar no pase del uno al otro lado; porque desde lo más alto del arenal adonde la marea alcanza, hasta el borde del agua del golfo, en muchos lugares no hay sitio para pasar cuatro o cinco carrozas, y la tierra no es allí muy elevada. Así, cuando el mar está muy agitado, salta por encima….”

“Es en esa parte, donde se encuentra el más hermoso foso que yo haya visto jamás, que no habíamos dejado de admirar mientras esperábamos a que nos abriesen la puerta, aunque estuviésemos completamente mojados y siguiera lloviendo todavía, como lo había hecho desde hacía cuatro días, porque es de una anchura prodigiosa, y de un lado tiene la Cortina, donde está la puerta de la ciudad, y dos baluartes muy altos, todos revestidos de piedra, y del otro la muralla de la contraescarpa, que es algo más baja que la de la ciudad. En los extremos está el mar, sobre el cual los fosos están un poco más elevados, aunque estén muy hondos a la vista de los baluartes. Cuando se llega todo a lo largo de la arena, uno de los extremos del foso sirve de entrada,  donde hay una puerta por donde se sube, y desde allí una rampa por donde las carrozas van sobre el puente de la puerta”

Al día siguiente domingo 24, fuimos a ver al gobernador para darle las gracias, pero nos lo encontramos en el camino, que nos venía a ver con ese don Pedro de Morales, que nos dejó con su carroza para llevarnos a pasear y montó en otra, en la cual, después de haber oído misa, fuimos a verle a su casa. Por la tarde, en la misma carroza, y en otra que el señor Robin nos trajo, fuimos a ver la fortificación que ha hecho hacer, que es una media luna revestida, más allá del puente de la puerta que he descrito, y una contraescarpa muy fuerte, delante de la cual hay como una plaza de armas, que va desde la bahía de Cádiz hasta el Océano. Hay un baluarte grande en el medio, con dos semibaluartes en los dos extremos, y todo eso revestido, y cuya pasarela es de dieciocho pies de espesor. El foso y la envoltura, que deben estar también revestidos, no están acabados de manera que después de que los hagan, como es la sola entrada que allí haya por tierra, será, sin duda una de las plazas más fuertes de Europa. Del lado del Océano, que se la come, como he advertido, están las rocas y las ruinas de las casas, sobre las cuales la ciudad es muy elevada”

La marquesa D’Aulnoy escribe el que es sin duda el más famoso de los libros de viaje a España del siglo XVII. El éxito de su obra es inmenso. El relato  se traduce y las ediciones se repiten con tiradas record para la época. Madame D’Aulnoy es probablemente la viajera que, en un tono muy crítico siempre, fija por primera vez ese “cliché” de España que va a quedar, ya hasta nuestros días, como primer estrato de la imagen de nuestro país en las mentes europeas. No viene Madame D’Aulnoy a Cádiz, ello nos libra de su lengua viperina, pero la ciudad es ya lo suficientemente importante como para que le haga una mención en la que la autora permanece fiel al tono general del libro. He aquí el fragmento:

“Se ve que vienen de las Indias por Cádiz cada dos años más de cien millones de libras, sin que entre un cuarto en las arcas del rey de España. Estos tesoros se reparten por toda España: los franceses, los ingleses, los holandeses y los genoveses se llevan la mayor parte. Parece no ser una política muy refinada la de los españoles, que consumen sus propios súbditos para sacar el oro de las minas, para dejar que se aprovechen de él aquellas naciones con las que a menudo están en guerra; mas la natural pereza que les impide trabajar y tener en su país manufacturas, les obliga a tener que recurrir a aquellos que pueden proporcionar mercaderías para ese país.

Como los extranjeros no se atreven a arriesgarse para ir allí, porque se expondrían a ser colgados, ponen todos sus efectos a nombre de comerciantes españoles, en los que encuentran una gran fidelidad; y aunque el rey quisiera hacerlo, no podría impedir que los extranjeros recibiesen sus lotes, porque los españoles antes consentirían en perder lo suyo que en dejar que perjudicasen a los otros.

Hay una cosa particular, y es que cuando la Flota llega a echar el ancla en Cádiz, se encuentran allí gentes que tienen como público oficio el ayudar a defraudar los derechos del rey, sobre las entradas del dinero y de las mercancías. Ese es su negocio, como tener su banca lo es del banquero. Los llaman “metedores”, y por muy tunantes que sean con respecto al rey, es preciso convenir en que no lo son con los particulares que hacen un trato con ellos, por el cual, mediante una cierta entrega, les garantizan todo su dinero en la ciudad donde deseen. Es un comercio tan seguro que nunca se ha visto que falten a su palabra. Pudiera castigarse a esas gente por las defraudaciones que hacen al rey, pero de ello nacerían inconvenientes para el comercio, que causarían mayores perjuicios que el beneficio que procurase ese castigo, de manera que el gobernador y los jueces no se dan por enterados de lo que ocurre. Habría un remedio fácil para impedir el que el rey perdiese todo en esa ocasión: sería disminuir una parte de los derechos, que son muy elevados y lo que se entrega a esos metedores se pagaría a la Contratación y hasta más, porque naturalmente, a los comerciantes no les gusta el fraude y temen siempre el pagar de repente, de una sola vez, todo lo que han evitado en diez viajes, pero los españoles quieren todo o nada, y muy a menudo se quedan sin nada”

Realmente Mme D’Aulnoy atribuye a defectos de los españoles lo que no era sino manifestación de la estructura de un sistema. De todos modos, la crítica a la Aduana de Cádiz y a los “metedores” se va a repetir “ad libitum”.

En los años 1690, 1691 hay un viajero por Cádiz  bastante más insólito para la época. Mulay Ismail, Sultán de Marruecos envía un embajador a Carlos II para tratar de paces y cautivos. Así describe el embajador del Sultán la llegada a Cádiz:

“Continuamos navegando durante la mitad de la jornada hasta el momento de la oración del mediodía. Descubrimos entonces la ciudad de Cádiz, que es una gran ciudad, situada sobre una península sobre el mar. Una de sus partes se extiende hasta la tierra firme, está rodeada por el mar en cerca de las siete octavas de su perímetro. Posee, un gran puerto, tan vasto que es imposible calcular su extensión, y que contiene un número incalculable de barcos, grandes y pequeños. Como es una ciudad considerable, allí se dirigen de todas partes viajeros y comerciantes; todos los vientos conducen a ella. Los cristianos van allí de todos los pueblos y de todas las ciudades, situadas en su vecindad o en la proximidad, para vender, comprar, hacer sus provisiones o servir. Allí se reúnen en cantidad innumerables pequeños navíos que llevan  a ese lugar géneros y víveres, granos, frutos, etc.”

“Bajamos del barco grande a la chalupa y nos dirigimos hacia la ciudad. Encontramos al gobernador de la ciudad en pie sobre la orilla; con él había acudido la población entera, hombres, mujeres y niños. No habían dejado en la ciudad un solo cantor o músico que no hubiesn traído consigo; tanto sobre las murallas de la ciudad como a bordo de los barcos grandes, no había un cañón que no hiciesen disparar. El dicho gobernador nos acogió con la mayor cortesía y se mostró extremadamente feliz de nuestra venida. Todos los presos (musulmanes) que guardaba la ciudad de Cádiz, hombres, mujeres y niños, vinieron también a nuestro encuentro, transportados de alegría, proclamaban en alta voz la profesión de fe musulmana y reclamaban las bendiciones de Dios sobre el profeta.  Les dimos consejos y les prometimos que nuestro señor, ¡al que Dios asista!, no los abandonaría en tanto gozase del favor divino. Ese día fue para ellos una fiesta a causa de la buena noticia que recibieron de su liberación, que Dios iba a concederles por la intervención del Señor, ¡al que Dios asista!, quien no había tenido otro objeto y otra atención al reunir a todos los cristianos que estaban presos, que librar a los musulmanes de las manos del enemigo infiel.

Quedó, pues, convenido que partiríamos desde el día siguiente. Habiendo entonces hecho venir dos carruajes, nos hizo recorrer la ciudad, que nos enseñó, barrio por barrio. Cádiz es una ciudad grande y poblada, sus mercados están llenos de comerciantes, de artesanos y de gentes que venden o compran. No tiene murallas, a no ser por la parte del puerto; por los otros lados, el mar le sirve de baluarte; como es allí poco profundo y se encuentran en el muchas rocas, los barcos no pueden entrar”

El siglo XVIII lo estrena nuestra ciudad resistiendo un nuevo asalto anglo holandés a Cádiz en nombre del Archiduque Carlos. Las tropelías cometidas por los atacantes en el Puerto de Santa María, que sí es capturado, refuerzan mucho a los partidarios de Felipe V por estos pagos. Esta nueva resistencia de Cádiz es decisiva en el desarrollo de la guerra de Sucesión. Rooke y Ormond son viajeros frustrados por Cádiz, lo que hará que dos años mas tarde “visiten“ Gibraltar. La flota, que ya es británica y no solo inglesa vuelve a Cádiz con las peores intenciones en 1737, 1797 y 1800, siendo siempre rechazada. Sus almirantes son viajeros frustrados por Cádiz.

En lo que se refiere a el otro tipo de viajes por España, se puede decir que se abre el siglo XVIII con la publicación en Amsterdam por el librero-editor Gallet de un viaje a nuestro país que, aunque anónimo, se tiene por auténtico (ya empezaban a escribirse viajes inventados, hechos de refritos). La etapa en Cádiz empieza a ser imprescindible. He aquí lo que nos dice el caballero:

“Es un famosísimo y rico puerto marítimo Cádiz. Toda clase de naciones abordan allí. La plaza es muy fuerte y grande. El dinero es allí muy corriente y más que en ningún sitio de Europa, Es también allí adonde llega todo el de las Indias, lo que hará que sea allí todo muy caro. Es una península que avanza en la orilla del mar. La puerta de Tierra está fortificada con dos baluartes de piedra, dotados de cañones. El puerto está trazado en media luna y es muy seguro para los barcos. Hay tres o cuatro compañías de guarnición y su gobierno estaba vacante desde hacía cinco años.

Las casas están allí muy bien construídas, muy limpias y bonitas por dentro. Se ven allí muchos moros que son esclavos, los cuales se alimentan de su trabajo, y además de eso entregan a sus amos cada día cinco o seis reales de vellón, que son cerca de 15 sueldos de nuestra moneda de Francia.

Cádiz es un obispado. Su iglesia es muy bella y dicen que el tabernáculo ha costado cien mil escudos. Está situado en el extremo de la ciudad por la parte del mar, desde donde se ven Santa María, Rota y Santa Catalina, que es una torre en donde hay una ermita. Esta ciudad está muy poblada, y en este tiempo no había allí más de cuarenta barcos en el puerto, pero había pocos porque habían zarpado cerca de sesenta”

Al tiempo que Cádiz, cual ave fénix, sigue volviendo a recorrer la senda de la prosperidad y a ser más tenida en cuenta por los viajeros, están ocurriendo fuera de nuestras fronteras fenómenos muy importantes que van a transformar por completo la cultura y la mentalidad acerca del viajar. Pronto estos acontecimientos en su evolución afectarán al número y calidad de los viajeros por Cádiz y a su afán de relatar su viaje. Intentaré sintetizar brevemente estos fenómenos. Alrededor de 1666 en Inglaterra empieza la moda o la tendencia del “grand tour”. En la educación de las clases altas inglesas, más preocupadas siempre por la formación del carácter que por la acumulación de conocimientos, se empieza a generalizar esta costumbre. Un joven de la clase alta británica al llegar a una determinada edad y generalmente tras graduarse muy tempranamente, habiendo pasado por algún Colegio Mayor de alguna de las Universidades entonces existentes, ha de emprender el “grand tour”, acompañado generalmente de un tutor, así como de abundantes cartas de crédito y otras de recomendación. Este viaje, al principio, solo pasa por algunas de las capitales protestantes del norte de Europa. Por múltiples razones París como capital católica y enemiga, debía evitarse. Sin embargo, las luces, y las paces con Francia, cuando las hubo, lo hicieron inevitable.

Uno de estos tutores viajeros fue nada menos que Adam Smith, quien acompañó en esa calidad al heredero del Duque de Buccleuch. Para ese momento, como ha quedado dicho, estos viajeros ya no evitaban Paris. Allí Adam Smith se entrevistó con Voltaire, Rousseau y Franklin. A la vuelta de este viaje, escribe Smith “La riqueza de las Naciones

La familia del pupilo del “grand tour” ha de dotar a este de cantidades ilimitadas de dinero y él las debe tener de tiempo. El tutor en cambio, realiza un trabajo remunerado que le otorga unas posibilidades insospechadas. El joven hace aun el “grand tour” y el tutor es ya un viajero de la Ilustración. El paso por Paris empieza a ensanchar el horizonte de estos viajeros, luego, por usar el Rhin para el transporte, empiezan a recorrer tierras católicas de Alemania. Por ir a Ginebra se han de abrir a Suiza en general, al fin el “grand tour” se extiende a Italia y, anatema hasta hace poco para estas ricas familias protestantes, alcanza Roma. Con la inclusión de Roma en el periplo, el “grand tour”, viaje iniciático que empezó a hacerse para acabar de formar el caracter del joven haciéndole conocer personas y costumbres  social económica y religiosamente similares y adquirir relaciones y quizás contraer alianzas, incluidas las matrimoniales, adquiere otros tintes. Se trata ahora de conocer cosas y costumbres diferentes, el arte y la música como parte de una formación integral (recordemos que por entonces para ver determinado arte y para escuchar cierta música había que viajar) y finalmente la familiarización con la diversidad de un mundo en el que hay que saber moverse para contribuir a gobernar un Imperio que empieza a ser global. Gibbon, al emprender su “grand tour” que le va a llevar a Roma y a la semilla de su obra inmortal, ya asevera: “Según la fuerza que hace ley de la costumbre, y quizás de la razón, el viaje al extranjero completa la educación de un gentleman inglés.

Esta segunda fase del “grand tour” queda plasmada en el viaje del hijo de Robert Stanhope. Su padre, mas conocido en el mundo anglosajón como el marqués de Chesterfield, Lord Chesterfield, es un hombre muy dirigista que quiere completar la educación de su hijo dándole, no ya un barniz, sino un perfecto acabado cosmopolita, y una erudición europea. Lord Chesterfield escribe diariamente cartas a su hijo, trazándole un ambicioso programa. Donde debe ir, a quién debe conocer, qué libros debe leer en las etapas etc. De esta parte de las cartas, un tanto cargantes, sorprende la paciencia del hijo, que, según podemos ir viendo, acepta sin rechistar cada una de las minuciosas indicaciones paternas. Tienen sin embargo estas cartas otra parte en la que Lord Chesterfield deja trazado todo un tratado de sabiduría de la vida, tal como la entendía un ilustrado. Esta parte hace que las cartas, que se escribieron para no ser publicadas, luego, debidamente compiladas, fueran uno de los libros más interesantes de la literatura del siglo XVIII. A más de ello en, esta transición hacia el viaje ilustrado, dan a este una de sus principales características: el programa. El viajero ilustrado cuenta siempre con un minucioso programa acerca de las personas que debe visitar y las cosas que ha de ver. Estas cartas consolidan la costumbre de trazarse un programa y en cierto modo devienen el  arquetipo de todos los programas.

Es elocuente como, ya en la primera carta, Chesterfield dice a su hijo que, “así como para el viaje, (se le había roto la “berlina”) hay que procurarse un buen vehículo , las propias dificultades y penalidades del mismo te deben ayudar a forjar tu carácter porque éste es el vehículo que te ha de llevar a lo largo de la vida y según sea de fuerte o débil, mantenido en buen uso o no, el viaje vital será mejor o peor, porque en el mejor de los casos, en ese viaje hay que encontrar malas carreteras y posadas y para ello el carácter, que ha de ser tu vehículo, has de mantenerlo siempre en perfecto estado (perfect good repair), para lo cual hay que examinarlo, mejorarlo y reforzarlo cada día, cosa que todo hombre puede hacer si se lo propone; quien descuide esto merece sentir y habrá de sentir los fatales efectos de su negligencia”.

Así adoctrina Chesterfield a su hijo, de forma menos optimista de lo que lo hacía el doctor Pangloss a Candide.

Candide, viajero literario protagonista del magnífico cuento que lleva su nombre, llega a Cádiz desde Lisboa para embarcarse hacia Buenos Aires con Mademoiselle Cunegonde, con ulterior destino al Paraguay. Voltaire sabía mucho de Cádiz por tener allí situada una no menor parte de su fortuna a través del negociante francés Gillet, pero lo importante es que Candide quizás el personajer literario más famoso de la literatura del siglo XVIII es viajero por Cádiz. Al contrario que el hijo de Chesterfield, Candide no tiene un programa, está como Ulises sujeto al azar y es, en manos de su autor, un pícaro contra su voluntad.

Como ha quedado dicho, el viajero ilustrado ante todo tiene un programa. Es el suyo un viaje preparado con todo detalle, sabe por qué y para qué viaja, qué lugares y personas debe visitar, el tiempo que le piensa dedicar a cada lugar  y qué conocimientos piensa adquirir, lleva además este viajero siempre un diario y, cuando sabe hacerlo, dibuja. Todo esto ha de hacerlo el viajero ilustrado porque ya no es, al menos necesariamente, un joven de gran fortuna, ni dispone de recursos ni de tiempo ilimitados, incluso en ocasiones piensa que ha de sacarle algún rendimiento al viaje. Puede programar porque los transportes han alcanzado un grado de desarrollo que no los pone solo al alcance de grandes fortunas, si no se quiere viajar como un pícaro aventurero, sino que existe una red relativamente fiable y accesible. Lo mismo pasa con los alojamientos, ya no existe solo la alternativa de los palacios, a los que se accede por amistad o recomendación, o los míseros pajares. Las fondas se han convertido en Europa también en una red conocida y relativamente accesible y fiable. Incluso por España se puede viajar con programa, aunque los viajeros europeos se quejan de que  las postas, salvo a Cádiz, y los alojamientos, salvo en Cádiz, no están a nivel europeo. Son muchos los viajeros de la Ilustración que ahora nos visitan. Si el Grand Tour, incluso en su fase final más amplia, excluye sistemáticamente a España, los viajeros de la Ilustración nos visitan asiduamente, entre ellos son mayoría los que incluyen Cádiz en su gira.

Situaremos ya entre los viajeros de la Ilustración a un fraile, solo semiilustrado, el padre Labat de la Orden de Predicadores. Este dominico parisino, algo presuntuoso, llega a Cádiz procedente de la Martinica para acudir al Capítulo General convocado en Roma. Tan pronto llega, se va al Convento

“El señor Achard me ofreció una habitación o por lo menos el que fuese a comer con él; le dí las gracias de lo uno y de lo otro, porque habiendo un Convento de mi Orden en la ciudad, me convenía estar allí más que en una casa secular”

A continuación describe minuciosamente el Convento de Santo Domingo:

“Está situado en el extremo oriental de la ciudad, una parte de sus edificios y de su iglesia tienen vista sobre el puerto, y no están separados de las murallas de la ciudad más que por un muelle de siete u ocho toesas de ancho. Un lado de la iglesia termina la vista de una calle, a cuyo extremo se encuentran la plaza del mercado y la calle Nueva”.

Pero disgustado con su celda se hospeda en la calle Nueva, que entonces lo era realmente. La calle Nueva queda descrita con los caracteres que  repetirán viajero tras viajero.

“En esta calle que sirve de Bolsa, es donde se reúnen dos veces al día los mercaderes, los informadores y los ociosos.”

Sigue la inevitable alusión a la Aduana y el contrabando, en lo que sigue al pie de la letra a Madame D’Aulnoy.

“Además de esa poterna y de la Puerta de Tierra, hay también dos puertas, que dan sobre el puerto; la primera y la más frecuentada se llama la Puerta de la Marina o de Sevilla. La oficina de la Aduana está al lado, con una especie de barrera, donde hay siempre un buen número de compañeros de San Matías antes de que fuese apóstol; debo hacerles la justicia de que son hombres muy honrados, muy amables, particularmente para los eclesiásticos y para los religiosos; basta presentarles las llaves de los baúles o de los cofres que se hacen entrar o salir de la ciudad, y es muy raro que los hagan abrir para registrarlos.

Cuando hay motivo para temer alguna cosa,  se acomoda uno fácilmente con ellos por mediación de ciertos corredores, cuyo negocio es hacer contrabando. El más considerable es el del transporte del dinero en especies o en barras, es este un artículo sobre el que los españoles no quieren ser razonables. Cuando ellos quieren cien pesos en especie, hallados en un navío bastan para hacerlo confiscar, porque suponen siempre que ese dinero no ha pagado los derechos del príncipe; vigilan, sobre todo, para impedir el que lo transporten de la ciudad a los barcos. Pero esos corredores de contrabando lo toman a riesgo suyo y lo llevan fielmente a los buques en los que debe ser embarcado  mediante un medio por ciento, según la importancia del riesgo a que se exponen o fingen

exponerse, porque es inaudito el que jamás les haya ocurrido accidente. Y cómo habría de ocurrirles? Van a la parte con las gentes de la oficina de la Aduana, y a menudo incluso son sus propios representantes”

Tras unas reflexiones sobre la mujer gaditana, algo impropias en persona de su condición pero que en parte son  repetidas por muchos de los siguientes viajeros y, después de alguna como especie de aventura en la Ermita de San Sebastián también algo inadecuada para un fraile, el relato se hace famoso por su descripción del embarque de la Galeona,

“El barco que llevaba el pabellón del vicealmirante estaba mandado por el señor de la Rosa. Ese barco tiene el privilegio de llevar la imagen de Nuestra Señora del Rosario, que conservan con respecto en la iglesia de nuestros padres. Están ocupados cuando yo salí de Cádiz, en hacerla trajes y ornamentos para el viaje. Aparte del nicho en donde descansa en la cámara de popa, tiene también una habitación que le está particularmente destinada, y como no la ocupa, la alquila en su beneficio a algún pasajero de importancia, y ordinariamente hay gran empeño por ocupar esa cámara. Si yo me hubiese quedado en Cádiz hasta la salida de los galeones, hubiera visto las ceremonias que se observan cuando embarcan, precisamente la víspera de la salida. Aunque no haya sido testigo ocular, lo  cuento según el informe que me ha sido dado por nuestros padres y por gentes de honor que habían visto varias veces esa ceremonia.

Me han asegurado que ese día todas las procesiones, todas las cofradías, con el gobernador, los corregidores y todas las demás corporaciones de la ciudad, se dirigen a nuestra iglesia, donde se encuentra el gobernador de los galeones con sus principales oficiales y todos los capitanes. La guarnición está sobre las armas, en dos filas, desde la iglesia hasta el lugar del embarque. Cantan una misa de las más solemnes y después que ha terminado, el prior del convento entrega la imagen de la santa Virgen al Vicealmirante, que jura devolverla, y entonces todas las procesiones desfilan, cada una según su rango. Nuestros padres van los últimos, cuatro de ellos llevan la imagen sobre unas andas magníficas. El vicealmirante, espada en mano, va junto al anda, sobre la que apoya su mano izquierda y de ese modo conducen a la Virgen cantando himnos hasta la chalupa que la debe llevar a bordo del navío vicealmirante, en el que debe hacer el viaje. Es saludada por el cañón de la ciudad y los de los barcos cuando sale de la iglesia, hacen una segunda descarga cuando entra en la chalupa y una tercera cuando entra en el barco. Todas las mujeres de la ciudad la van a acompañar hasta la chalupa y van delante de ella hasta el sitio en que debe tomar tierra a su regreso de América, La devuelven con la misma ceremonia a nuestra iglesia, acompañada de todos los presentes y votos que le han hecho durante el viaje, que son generalmente considerables”

Nos deja pues Labat las imágenes de Cádiz que se repetirán sistemáticamente: comercio con América, riqueza y cosmopolitismo de la ciudad, irregularidades de la Aduana, la mujer gaditana y la Virgen del Rosario.

En 1729 viaja a España, al parecer financiado por la Corte de Francia,  Esteban de Silhuette, quien, favorecido por Madame de Pompadour accede un tiempo después a la burocracia. Viajero por Cádiz, que ya en 1717 ha conseguido el monopolio del comercio con América, sigue algo a Labat. Esto dice Silhuette:

“La ciudad de Cádiz está situada sobre una lengua de tierra que avanza en el mar y que forma parte de una pequeña isla, que no está separada de tierra, mas que por un canal bastante estrecho, sobre el cual han hecho un puerto en el sitio llamado Puente de Suaço. La ciudad de Cádiz está rodeada de mar por todos los lados, excepto por un sitio por donde se entra y está muy bien fortificada. La bondad de la bahía ha hecho que en todos los siglos esa ciudad haya estado extremadamente poblada y haya sido muy mercantil. No hay sitio en Europa en donde el dinero sea más abundante y corra más. Toda clase de naciones abordan allí y allí habita un gran número de mercaderes, extranjeros, todo es allí caro y casi todas las vituallas son llevados del Puerto de Santa María”.

“He hablado suficientemente en el precedente artículo del comercio que allí se hace. La ciudad no encierra nada de notable. La entrada de la bahía es muy ancha y se puede pasar por ella sin tener nada que temer del cañón de los baluartes. Allí es donde está la mayor parte de las Fuerzas marítimas del rey de España. Se han abierto canales en un sitio de la bahía que llaman La Carraca, a fin de poner a los barcos del rey en mayor seguridad, se construyen allí almacenes, arsenales y todo lo que es necesario para el servicio de la Marina. Había en el Puntal, que es una punta de la isla que avanza en la bahía y en donde hay un pequeño fortín, un barco en construcción; algunas semanas antes habían botado uno allí en presencia de sus majestades”.

“Desde Cádiz se descubre Rota, donde se hace un comercio bastante grande de vino rojo, al que llaman en el país vino tinto y al que miran en París como vino de Alicante. Los negociantes de Cádiz viven con mucha magnificencia y derroche”

La imagen de opulencia está cristalizando. La remacha la “relación anónima del viaje a España de un francés” que escribe poco después sobre Cádiz:

“Cádiz es la ciudad más considerable de Andalucía, después de Sevilla, incluso es más rica que esa capital, cuyo comercio y esplendor ha absorbido. La ciudad es pequeña, estrecha y malsana, está situada en una isla arenosa, en la que no hay ni un árbol, tiene una bahía muy buena que sin embargo, sufre todos los inviernos tempestades que estropean considerablemente a los navíos y que a menudo los hacen perecer cuando no pueden entrar en el Puerto de Santa María o lanzarse a alta mar. El fondo de la bahía es el sitio más peligroso porque la costa es muy baja y está llena de bancos de arena. La entrada de la bahía es siempre difícil, porque está bordeada de rocas, una de las cuales la más considerable, llamada el Diamante, está situada en medio del canal de esa bahía.  A una legua del puerto de Cádiz hay un banco de tierra frente por frente al castillo de Rota, que avanza una legua y media en el mar y que es muy peligroso para los que no conocen esa navegación.

La ciudad de Cádiz respira, los placeres, el lujo y la riqueza. Allí no se descubre nada de las costumbres españolas; los habitantes son amables, afables alegres y casi todos son también extranjeros, la mayor parte franceses; se habla allí esta lengua tanto como la española. Sin embargo esa estancia no puede ser agradable más que a un hombre  que tenga un comercio establecido y de grandes intereses, porque allí no gozan de la naturaleza. Esa ciudad es bastante fuerte. Han construido en una punta de la isla que avanza en el mar una obra que llaman San Sebastián para alejar las aproximaciones y han dejado entre ese fuerte y la ciudad, a la que cubre por el lado del mar, un espacio considerable sin edificar para el efecto de un bombardeo. El lado interior de la isla y de la tierra firme están defendidos por un número considerable de obras muy bien hechas, pero demasiado pequeñas porque el terreno no ha permitido extenderse. Esa ciudad sería difícil de tomar porque está provista de una buena guarnición,  no está dominada desde ninguna parte, y  a los sitiadores les faltaría tierra y agua. En verdad, el mismo peligro existiría para los sitiados. El agua que se bebe en Cádiz viene del puerto de Santa María, la de la ciudad es salada y malsana. Es asombroso que los ingleses hayan rendido Cádiz cuando la tomaron en 1596. Verdad es que entonces estaban muy alejados de las intenciones ambiciosas que han ejecutado después con un éxito vergonzoso para Francia y aterrador para el resto de Europa”

Continúa la leyenda. Cádiz, más rico que Sevilla, es además una ciudad europea, no española. Sin embargo allí no hay nada que ver.

El Mayor Dalrymple, ya típico viajero ilustrado que visita España en 1774, empieza por Cádiz y esto es lo que nos cuenta:

“Dejando la ciudad de Puerto Real a nuestra derecha, hemos entrado en una hermosa carretera que conduce a Cádiz; desde allí se pasa a la Isla de León, donde hay una Academia de Marina, y donde el comandante de ese departamento tiene jurisdicción; después hemos llegado a Cádiz, habiendo hecho siete leguas en nueve horas. Hemos sido detenidos en la barrera, pero enseñando nuestro pasaporte y dando una pequeña gratificación a los empleados me han dejado pasar. Aquí he encontrado una buena posada.

Esta ciudad construida en una península que parece salir del Océano, es muy antigua; es un hermoso puerto de mar el centro del comercio de todo el Reino con América y las Indias Occidentales.”

Es una de las ciudades de España en la que las costumbres son más libres y la manera de vivir más elegante, reina una prestancia en las maneras, una nobleza en las formas, una educación en la vida cotidiana que no se encuentra en ninguna otra parte. En ella se busca mucho el placer, y aún dedicándose de lleno sus moradores a los asuntos comerciales, a los que dedican una buena parte del día, la danza, el juego, los paseos, la sociedad y el amor no están ausentes, pues aprovechan para ello todos los momentos libres. Las mujeres son amables vivas, animadas, afables y nada pacatas, reúnen a la vez la belleza, la gracia y un tono seductor al cual se resiste difícilmente"

Dos viajeros ilustrados casi arquetípicos, Peyron y Bourgoing viajan por España entre 1774 y 1785. El primero, tras quejarse amargamente de la Aduana:

“No hay país en el mundo más extraño que España, y sobre todo Cádiz, para ese género de vejación. El Gobierno sostiene una multitud de mercenarios, almas viles que por veinte sueldos dejarían pasar a todos los contrabandistas de la tierra, pero que son exactísimos para vaciar los bolsillos de un hombre honrado; cada ciudad de España pone un impuest, al entrar y salir de manera que al hacerlo cualquiera debe una porción de su bolsa a los guardianes de la aduana, si no quiere ser vejado, registrado  y retardado. Los de Cádiz son los más insolentes que existen entre esa tropa ávida, tienen la desfachatez, con que solamente crucéis la puerta de la ciudad para ir al muelle, de pediros para beber con una sonrisita y un tono que significan; dad, si no os registro. El Gobierno debería tener puesta la vista en esas tiranías particulares, tanto más ultrajantes cuanto que es la hez de la nación la que las ejerce.”

“Las calles de Cádiz son anchas, rectas y casi todas pavimentadas al presente con una ancha piedra blanca y lisa que han cuidado de labrar para impedir a los pies de los caballos y a las mulas deslizarse. Las casas son grandes, cómodas, frescas y bien distribuidas; no se pueden calcular el número de comerciantes ricos y poderosos que lo habitan o por mejor decir, toda la ciudad es comerciante.

Todas las naciones concurren a poblar Cádiz, entre ellas, la más considerable es la francesa, después de ella, la flamenca, a continuación la italiana, la inglesa, la holandesa y la alemana.

La puerta del recinto que estaba por hacer en 1706, cuando el padre Labat estaba en Cádiz, está hoy construida, esta ciudad se ha aumentado en más de un tercio desde esa época. No existen ya aquellas calles que describe Labat llenas de barro, estrechas y tortuosas. Cádiz es una hermosa ciudad, tan bien trazada como bien construida, la calle Ancha, la calle Nueva, la de San Francisco, son calles muy hermosas.

La manera de construir las casas y distribuirlas es propia de Cádiz, y se parece muy poco a la del resto de España; tienen casi todas un patio cuadrado y atrio enlosado de losas de mármol azul o blanco, alrededor del cual reinan varias galerías con balaustradas de hierro, que forman los diversos pisos, y que conducen a las habitaciones. Se tiene cuidado durante los grandes calores de tender en lo alto de ese patio una ancha tela que da la sombra y el fresco en las diversas habitaciones  de la casa. Varios pisos no tienen más que ventanas, ni reciben la luz más que por las puertas que abre sobre esas galerías. A menudo la escalera es de mármol blanco, y forma sobre el patio una doble escalinata. La primera galería esta sostenida por columnas de madera, de piedra o de mármol, según las posibilidades del dueño. Las salas de visita son ordinariamente muy vastas, pero rara vez están tapizadas, tienen simplemente todo alrededor una banda de tela que apenas si se eleva a la altura de las sillas, taburetes o butacas que decoran la habitación, el resto de las paredes es de un blanco de nieve, adornado por intervalos de cuadros de santos y de algunas pequeños espejos.

El agua de Cádiz, como ya lo he indicado, es detestable de beber, algunas casas tienen cisternas, pero los dueños tienen gran cuidado de tenerlas cerradas; los que tienen pozo también los tienen bajo llave, aunque su agua sea sosa y desagradable. El agua buena para beber viene del Puerto de Santa María y es un motivo de gasto, para conservarla pura y fresca la vierten en grandes cántaros de arcilla, que la hacen casi tan fría como el hielo y que serían utilísimos si el agua no se saliese por todos los poros del jarro.

Construyen en Cádiz, desde hace más de sesenta años, una catedral que querían hacer la más bella de España; todo el interior es de mármol; pero el trabajo es tan pesado que por decirlo así, están rendidos. El rey ha establecido, a favor de esa iglesia, una especie de impuesto sobre todos los barcos que regresan de las Indias, y para percibirlo durante más tiempo es por lo que trabajan con tanta lentitud en terminarla”

Sigue la leyenda, cada vez más dorada. La culminación está sin embargo en en el diplomático Bourgoing quien visita Cádiz al menos en dos ocasiones, la primera en 1785 cuando era gobernador O’Reilly y él se titulaba todavía barón de Bourgoing. La segunda, ya con el principio de la Revolución, en que se firma Monsieur Bourgoing. Si hubiera venido una tercera vez, habria de haberse titulado ciudadano Bourgoing, pero no vuelve tras la Convención. Sin embargo su actividad diplomática en relación con España sigue siendo intensa, es el firmante francés de la Paz de Basilea. Su viaje a España es un clásico y su descripción de Cádiz es muy prolija y detallada.  Todo lo que cuenta parece esplendoroso, aunque ya indica que la libertad de comercio ha producido algunas quiebras. Vuelve también a hablar sobre el contrabando y la corrupción.

“Pero nos acercamos a los prodigios del comercio. Estamos a la vista de Cádiz.

Lo que, sobre todo da importancia a Cádiz, lo que lo iguala a las mejores poblaciones del mundo, es la importancia de su comercio. En 1795 había más de ciento diez navieros, y unas ciento setenta casas comerciales, sin contar los comerciantes al por menor y los tenderos, como tampoco a los franceses que tuvieron que salir obligados por la guerra. Fácil será formarse idea aproximada de la importancia de esta plaza comercial conociendo el número de embarcaciones de todas categorías que utilizan su puerto. En 1776 entraron 949 barcos de todas las naciones, 265 de ellos franceses.”

“He aquí la estadística de la actividad marítima de Cádiz en 1791. Entraron 1000 navíos, de los cuales 180 ingleses, 176 españoles de América, 162 españoles de Europa, 116 franceses, 104 portugueses, 90 de los Estados Unidos, 80 holandeses, 41 daneses, 25 suecos, 22 raguseos, 6 genoveses, un hamburgués, un ruso, un alemán y un barco español de Manila.

Los ciento setenta y siete navíos españoles que venían de las colonias trajeron por valor de 25.788.175 plastras, fuertes en oro y plata, tanto amonedado como en lingote y alhajas.

Cádiz mantenía importante comercio con las Indias españolas. En el curso del mismo año 1791 salieron 35 navíos para las Islas de Barlovento, 20 para Veracruz, 16 para Montevideo, 7 para Lima, 3 para Honduras, 5 para Cartagena de Indias. En total 105.

De las naciones extranjeras, los que que más personas tienen establecidas en Cádiz son los irlandeses, luego los flamencos, genoveses y alemanes. Hay unos pocos ingleses y holandeses.

Hace diez años había más de 50 grandes casas comerciales francesas, entre ellas varias de gran importancia, divididas en cinco clases, según el capital que cada una poseía o mejor dicho el que declaraba poseer. Además de estas casas había en Cádiz unos 30 tenderos franceses, que formaban con aquellos una especie de gremio nacional, objeto de envidia para los españoles y a menudo de persecución por los agentes del Gobierno. Había también otras tantas modistas y lo menos, cien artesanos franceses de diferentes oficios.”

En ninguna parte se hace tanto contrabando como en el puerto de Cádiz. Es planta que se da y que arraiga siempre en los sitios donde existen múltiples prohibiciones y las ocasiones de burlarlas son frecuentes y tentadoras; allí donde los beneficios que produce son lo bastante considerables para poder ser repartidos con los que no están más que medianamente retribuidos para impedir su desarrollo y que consideran más provechoso el favorecerlo. Por esto, no tiene agentes más activos ni más fieles que los empleados subalternos de las Aduanas. La de Cádiz está dirigida por un administrador que suele mostrarse muy severo. No puede decirse lo mismo de los ocho vistas que están a sus órdenes y cuya misión consiste en examinar las mercancías que salen o entran, evaluarlas y cargarles el impuesto correspondiente al valor que se le asigna.

Sabido es cuanto se prestan tales operaciones a las arbitrariedades, con cuantos recursos cuenta el fraude. Toda la Europa fiscal podría ir a tomar lecciones de este género a Cádiz. La severidad del administrador es importante contra las argucias de tantos factores conjurados en contra suya. En 1785 ocupaba este cargo un hombre tan riguroso como íntegro, Francisco Vallejo, los abusos que denunciaba, pero que no conseguía reprimir, motivaron el envío de una Comisión depuradora. La avidez o la infidelidad de los empleados del fisco fueron castigadas y la aduana de Cádiz quedó regenerada”.

Por estos años también viene por Cádiz el más famoso de los viajeros españoles. Antonio Ponz está en un momento de furor neoclásico y exaltación antibarroca, concretamente su odio africano a Churriguera, del que está como poseído en esos años, le hacer calificar todas las iglesias gaditanas, que identifica con ese arquitecto, con los más sonoros denuestos: adefesio, horror, monstruosidad del arte, etc. La Catedral, que se está levantando no se libra de sus acerbas  críticas aunque emite una recomendación prudente que no será atendida.

“Todo será tolerable, como no pongan el Coro en medio, cuya idea ha prevalecido desde el principio, porque entonces podrían quejarse algunos, y con mucha razón, de que los caudales del Público se habían empleado en construir un Templo, en donde no podía caber el mismo Público, para asistir a los Divinos Oficios en los días solemnes.”

A la virgen de los Dolores que está en la iglesia de San Francisco dedica estos versos satíricos:

“Qué dirá un Buen Profesor

De las tales Capillitas?

Qué de los Santos Servitas

Que martirizó el Pintor?

Vi la Madre del Señor,

¡O qué dolores sentí!

Habré de decirlo? Sí

Ocho mi corazón llora;

Los siete de la Señora,

Y el octavo verla así”

Piropea sin embargo a la ciudad: “Todo es allí aseo, limpieza prosperidad, ilustración en suma, sus gentes, su caserío, sus calles, de empedrado por lo común excelente, dotadas de muy buen alumbrado y con un extraordinario comercio donde pueden encontrarse géneros de todas las partes del mundo”….”es una ciudad regalada, divertida, de buen trato y donde se vive alegremente”. Termina Ponz alabando, casi halagando a los ediles y continuando la que será una larga serie de elogios de la Alameda y del género femenino local.

Los viajeros ilustrados ingleses no le van a la zaga; Twiss en 1774 hace un elogio de Cádiz, que se antoja exagerado al hablar de los tres teatros, respecto al español es prudente, del italiano hace más ponderación y sobre el francés dice no haber visto “fuera de Francia, cosa igual de buena en toda Europa” citando al efecto una larga series de importantes capitales europeas, en todas las cuales tanto los teatros en si, como las representaciones, eran notoriamente inferiores en todo a Cádiz. Habla mucho y muy bien de la Alameda relatando que las señoras al atardecer se prendían luciérnagas en el pelo.

A Jardine, que visita nuestra ciudad por esta época, Cádiz le parece “muy distinto” del resto de España y merece su atención “tanto su opulencia como su ventajoso emplazamiento”. Creyó percibir aquí “una mentalidad más liberal, un carácter inclinado al buen vivir, incluso a veces al vicio, muy distinto al que se nota en el resto de la Nación. Unos modales más alegres, una mayor confianza crédito y sociabilidad entre los hombres…”

Pero cada cual cuenta de la feria según le va en ella, por los mismos años Swimburne nos visita y describe Cádiz y sus teatros de la forma más denigrante. Unos años después Jacob lo encuentra todo mal salvo las damas, ”Las de todas las clases visten de negro y con mantilla, lo cual introduce algún grado de igualdad, hasta que no se las ve en las casas donde se la quitan”   “Las damas pueden pasear sin compañía” dice y “no es raro verlas solas en los teatros y hasta en los cafés (the coffee houses) tomando un refresco” Las damas de Cádiz añade Jacob “tienen tanta independencia como pueden desear” lo cual y esta es la opinión de este inglés tan limitado “a nada bueno conduce”

Entre 1786 y 1787 viene a España Townsend y luego publica una narración tan famosa y detallada que veinte años después, cuando los franceses efectúan el más famoso de sus viajes bélicos a España, se hace traducir la obra al francés para su uso por los Estados Mayores. Townsend se detiene mucho en Cádiz donde relata una extensa conversación con Antonio de Ulloa, que le regala un ejemplar de su Historia Natural de América del Sur, obra que dice merece ser traducida. Dice que la Catedral es una “vergüenza estética “ que será derribada por las olas del mar que ya han empezado a hacer su trabajo, habla con O’Reilly y de O’Reilly; con el hace un análisis exhaustivo del hospicio, tanto del edificio como de su funcionamiento que juzga ejemplar, usando las más lauditorias expresiones que pueda emplear un ilustrado y poniéndolo de ejemplo y enseñanza al mundo. Townsend lanza una advertencia que ya había recogido Bourgoing:

“Desde que el Comercio de Perú y de Méjico ha sido trasladado a Cádiz, los negociantes de esa ciudad han adquirido mucha consideración, pero en el momento actual han experimentado un rudo fracaso por el desplazamiento de la barrera que les aseguraba el monopolio. De ello resulta un mercado superabundante en las colonias transatlánticas y varias quiebras en Cádiz, así como en otras ciudades que se han metido fuertemente en empresas nuevas y halagadoras sin tener capitales suficientes para soportar el choque de la competencia y las pérdidas inevitables en la primera apertura de un comercio tan extendido.”

Finalmente Townsend termina diciendo:

“Hay pocos sitios más sanos que Cádiz. Sin embargo cuando el solano o el viento del mediodía sopla, como pasa por las llanuras ardientes de África y no atraviesa más que un pequeño brazo de mar, inflama todas las pasiones, y mientras reina, los habitantes que son de un carácter muy irritable, cometen excesos de todos los géneros.

No he visto ciudad más agradable para las diversiones de sociedad que Cádiz. Como su recinto apretado contiene habitantes de todas las naciones, sus maneras se suavizan recíprocamente por el comercio que hacen juntos; y como a pesar del último choque que ha experimentado ese país, el comercio sigue allí floreciendo, y en él se encuentran muchas riquezas y hospitalidad, un extranjero puede allí pasar su tiempo de la manera más agradable.”

Viajero ilustrado es Goya, que viene a Cádiz  el año 1793, no solo a pintar en la Santa Cueva, sino también para tratarse una enfermedad que padecía por aquel entonces, poniendose al cuidado de los médicos de nuestra Facultad, primera científica en España, que tanta fama tenían entonces y siguen teniendo ahora. Es curioso que Goya sana en nuestra ciudad y Murillo, también viajero por Cádiz, tiene aquí el accidente que le va a causar la muerte.

Pero a los últimos viajeros ingleses que hemos citado les pasa que ya no son estrictamente  ilustrados. Empiezan a ser viajeros románticos. Antes de que los alemanes sentaran las bases filosófico-ideológicas del Romanticismo, los ingleses y escoceses ya habían empezado a ser románticos. Hay pues un momento de transición en el que el viajero es ilustrado al mismo tiempo que romántico, antes de convertirse en viajero romántico en estado puro.

El romanticismo entra en España, según dicen los más, de la mano de Juán Nicolás  Bohl de Faber a través de su Mujer Frasquita Larrea y de su hija Cecilia, luego Fernán Caballero. No podemos clasificar a Bohl de Faber de viajero por Cádiz, ya que a partir de su segundo viaje aquí se arraiga, pero la primera vez que viene, en torno a 1781, es aún un viajero y en sus primeras impresiones da cuenta de la laboriosidad de la clase mercantil así como de su sentimiento de forastero algo sospechoso. Cádiz no le pareció al principio una ciudad muy atractiva y en carta a su maestro el pedagogo Joaquín Enrique Campe le transmitirá el rigor con que se toman su trabajo quienes se dedican entonces en nuestra ciudad al gran comercio: “Mi vida aquí es monótona y se necesita paciencia para acostumbrarse a ella. Desde las 8 hasta las dos y media hay que estar en el escritorio, luego se almuerza. Luego se duerme la siesta, se deja uno peinar (ya se imaginará Ud. que me han obligado a ello) y a las 4 hay que volver al escritorio. De 6 a 8 paseo. Acto seguido viene mi profesor de español, de piano, etc, de modo que dispongo de poco tiempo para mí mismo. Algunas veces vamos a alguna reunión o al teatro, y así pasan los días. ¡Cuántas veces deseo estar ahí! En mi patria estoy entre parientes y amigos, en un clima de libertad religiosa; aquí entre personas que ven en cada extranjero no católico un hereje, porque aquí hay que arrodillarse ante imágenes”.

Pero poco a poco Bohl de Faber se irá enamorando de la ciudad, llegando a parecerle “una de las más bonitas que había conocido hasta la fecha. Las calles en su mayoría no son anchas pero sí muy rectas; adoquines a cada lado en grandes baldosas de piedra sirven a los peatones y todos los desperdicios van conducidos por el alcantarillado bajo tierra. Todas las mañanas se barren las calles y en el verano las riegan, en invierno la propia lluvia se encarga de limpiarlas, de forma que durante todo el año puede pasearse con medias blancas de seda sin mancharse, usándose botas solo por comodidad o por seguir la moda. Todas las casas son de piedra y generalmente adornadas con frontales de mármol. Las grandes rejas de hierro de las ventanas y azoteas suelen estar pintadas de verde formando así un bonito contraste con las blancas fachadas. Las plazas están empedradas con especial esmero y sirven en invierno para pasear y tomar el sol. La mayoría de las casas tienen una azotea para poder divisar la entrada y salida de buques. La vista desde una de estas azoteas presenta a la ciudad con un encanto especial, y tanto las múltiples torrecillas como las azoteas, adornadas con tiestos, donde las mujeres están ocupadas en sus labores, llenan el alma del espectador con visiones orientales.”

El viajero del Grand Tour hace su periplo para iniciarse como miembro de la clase dominante, para redondear su pertenencia a ella por medio de este “status symbol”, para establecer alianzas y relaciones y para formar su carácter. En el  viajero ilustrado el viaje es, más que un fin, un medio para poder estudiar la sociedad y contribuir a que se mejore, a hacer posible el despliegue de los ideales de la Razón, que a través del conocimiento y las necesarias reformas harían posible una nueva sociedad. El viajero alemán, que llega tarde a los viajes, lo hace con la densidad, sistemática y profundidad que desde aquel siglo, aunque no antes, le caracterizan. Goethe es el mejor ejemplo de viajero ilustrado entrando en el romanticismo. Su viaje a Italia, constituyó y constituye aún el modelo paradigmático para el alemán culto. El viaje ilustrado se torna en Alemania el “Bildungsreise”, que podríamos traducir por viaje de formación.  El término Bildung expresa un concepto puramente germánico, de una autoeducación erudita, constante y vitalicia, sin paralelismo real entre nosotros, por la que la personalidad se va ”construyendo” a sí misma con lecturas y viajes a lo largo de la vida. Es este “Bildungsreise” un derivado entre otras cosas de los viajes gremiales en los que después del aprendizaje , el ya oficial  tenia que trabajar con varios maestros en diferentes ciudades de Alemania, según su oficio, para acceder a la maestría.

La formación profesional estaba dividida en tres periodos los años de aprendizaje, los años de viaje o peregrinación de los ya oficiales para obtener la maestría y los años de maestría. (Lehrjahre, Wanderjahre, Meisterjahre). Aun alcancé a ver en Munich el año pasado a uno de estos oficiales en sus “Wanderjahre”. Son facilmente reconocibles porque  han de viajar con el uniforme gremial. También era  costumbre de los buenos estudiantes alemanes cambiar de Universidad para estudiar cada asignatura con los mejores profesores, lo que estaba oficialmente promovido por una política de becas ad hoc. Aquí, el cambiar de Universidad lo solían hacer los malos estudiantes para evitar los “huesos” y es que los españoles y los alemanes somos enteramente distintos.

La fascinación de los alemanes por Italia, que ya venía desde el Sacro Imperio por muchos motivos, entre los que destaca el de haber sido el gran modelo contrapuesto, el polo opuesto, sigue siendo una de las constantes de la sensibilidad de los tudescos. Entre los tropeles de alemanes que invaden pacíficamente Italia en la buena estación, aun se ven los que lo hacen  con el libro de Goethe en las manos. Incluso hubo ocasiones, ya afortunadamente pasadas, en las que donde iba el libro era en el bolsillo de la guerrera, pero también los acompañaba. Viene a cuento esta digresión porque cuando los prusianos también se deciden tardiamente a ser viajeros de la Ilustración, realizan y escriben dos de los más importantes relatos de este genero de la literatura de viajes, uno en su vertiente naturalista-científica y el otro en la sociológica. Es el primero de estos viajeros Alexander von Humboldt, cuyo viaje a América, donde se encuentra con el gaditano Mutis, es aún un libro apasionante. Pero este von Humboldt, comete la descortesía de no salir de Cádiz que ya por entonces ha perdido el monopolio, sale de la Coruña y tampoco vuelve por Cádiz sino por el Havre. En cambio su hermano Wilhelm von Humboldt  decide hacer su primer “Bildungsreise” por España . La razón de preferirnos a Italia estriba en que las guerras de la Revolución asolaban aquella península en ese momento y sobretodo según parece en el consejo de Goethe que a través de él quiere tener noticias directas de esa España que le fascina. Sobre la base precisamente de un relato contenido en el viaje a España de Beaumarchais (que no fue viajero por Cadiz), en el que se cuenta lo sucedido entre su hermana y el escritor Clavijo, Goethe ya ha escrito su drama “Clavigo” de tema español y ahora sigue interesado en España porque está leyendo a Calderón, que le traduce Herder. Goethe sigue el viaje de Humboldt clavando banderitas en un mapa de España en su casa de Weimar. Humboldt escribe a Goethe y también a Schiller, a este casi a diario  y le compra de recuerdo, quizás en Cádiz, una típica faja española. Carolina la mujer de Humboldt relata también en sus cartas el viaje a Goethe. Humboldt, por su parte, anota todo en su diario. Así describe su llegada por barco desde el Puerto

“La vista resultó hermosísima cuando avistamos Cádiz, que con sus casas blancas, sus tejados planos y sus pequeñas torrecillas ofrece un aspecto agradable y bonito; al final el faro del fuerte Sebastián (sic). A la izquierda, la lengua de tierra  y la bahía están llenas de barcos, entre ellos algunos de guerra de tres cubiertas, que se están armando ahora. Al fondo de la isla Puerto Real. A la derecha, el fuerte Santa Catalina, y después Rota. Detrás de nosotros Puerto de Santa María”

Tras pasar aquí mismo la Aduana donde “Dado que viajábamos con conocidos comerciantes de Cádiz, apenas nos abrieron las maletas”, se aloja en “casa Blaye, cuesta de la Murga donde la comida es buena y la gente servicial porque el Quatre Nations, según hemos sabido por algún otro viajero es más caro”. En Cádiz se entrevista en primer lugar con los comerciantes alemanes, prácticamente todos hamburgueses. Entre ellos los hermanos Bohl a los que describe así:

“El primero, el mayor de los dos, es más bien comerciante, persona seca que no parece que se ocupe de muchas más cosas. El otro, un auténtico alumno de Campe, en el mejor sentido de la palabra. Alto, fuerte, enérgico, sano de cuerpo y alma, moral, religioso pero ingenuo y nada exagerado, muy leído y de muchos conocimientos. Es amigo del comisario del Santo Tribunal, a quien le ha prometido el velar para que  para que no se lea ningún libro deshonesto. De hecho, le ha encontrado, denunciado y entregado algunos. Se trata de una maravillosa alianza entre un inquisidor y un comerciante protestante. Su mujer es nacida en España y de familia inglesa; de una finura innegable, de una gracia natural y de una expresiva fisonomía. Su madre, muy en la tónica de Madame Campe, expresiva y moral”

Como se puede ver Bohl de Faber ya no tiene las mismas preocupaciones religiosas que albergaba en su primera llegada a Cádiz.

Este momento, el encuentro entre von Humboldt y Bohl aquí en Cádiz y sobretodo el de Carolina von Humboldt y Frasquita Larrea, cuando Goethe clava la banderita sobre Cádiz en su mapa, sería si aquí nos decidiéramos a explotar estas cosas, el instante cumbre en el que la Aufklärung da paso al Romanticismo en España. Sigue viendo Humboldt a sus paisanos, luego a los españoles y franceses, entre ellos el canciller del consulado Lesseps, abuelo del famoso. Va al teatro Principal, “La casa de comedias es la más bonita y agradable que he visto en España” y comenta “Hay aquí un celebre autor teatral de nombre Castillo, que, al parecer, hace buenos sainetes” va a La Carraca y queda impresionado por la mole del Santísima Trinidad que allí se está armando:

“En este canal estaba ahora el gran buque de guerra, Trinidad. Tiene cuatro cubiertas, ha estado armado con 140 cañones en total y desde la altura del palo mayor hasta la quilla mide 240 pies. Se dice aquí que no ha habido un barco tan grande, aunque, al parecer, la marina francesa los tiene mayores. En la última contienda de los españoles con los ingleses en Cádiz, donde los primeros salieron derrotados, ha debido de sufrir mucho y ahora ha sido mejorado,  incluso en su estructura, y ha sido perfeccionado en todo lo que se podía mejorar. Ahora se encuentra ya listo, aunque sin armar, en el canal. Es un buque enorme y la cubierta inferior, apoyada por pequeñas columnillas, me recordaba la Catedral de Córdoba. Es casi un palacio e infunde tal sensación de firmeza y seguridad que a uno le parece imposible que semejante masa pueda ser arrojada por las olas como una pelota. Todo este buque está construido de madera de cedro y todos los coronamientos de caoba. Como la mayoría de los barcos españoles, ha sido construido en la Habana,”

De la ciudad elogia, el paseo por la muralla y, como todos los viajeros de su tiempo, La Alameda. Cádiz está totalmente pavimentado, algo extraordinario en su época.

“En Cádiz hay todavía algunas calles que están totalmente pavimentadas con adoquines alargados. Antaño estaban todas las calles así, pero como los caballos y mulas no podían avanzar por ellas, hay ahora un “trottoir” a cada parte, en el medio una serie de sillares más estrechos y alargados y desde estas series del medio a las de los lados, de tiempo en tiempo, algunas que van en diagonal de tal manera que sólo en medio hay pequeñas piedrecitas oblongas. Por eso con cualquier tiempo se puede caminar sin peligro de mancharse. La calle Ancha es muy amplia, tiene unos “trottoirs” un poco elevados y conduce a la plaza de San Antonio, considerablemente grande. El paseo alrededor de la ciudad es muy bello gracias a la perspectiva marina, aunque sólo en un pequeño trecho está plantado con árboles”.

La mujer gaditana se lleva el elogio que no le escatima ni un viajero, aunque Humboldt es mucho más comedido de lo que va a ser Byron; entre otras cosas viajaba con su mujer. Por último un toque a la tolerancia religiosa: “Los protestantes no sufren aquí ninguna presión, se les  entierra, mayormente, en un cierto lugar enfrente del Fuerte en dirección a “La Isla”, junto al mar”

Dos de los primeros románticos son viajeros por Cádiz. Byron excéntrico en todo, decide hacer su Grand Tour por Portugal y España. Llegado a Sevilla, ni la ciudad ni sus mujeres le impresionan, en cambio el Cádiz de 1809 , que a Jacob le va a parecer miserable y sucio, le fascina. “Cádiz, dulce Cádiz, primer lugar de la creación”….”la belleza de sus casas y mansiones solo está sobrepasada por la amabilidad de sus habitantes”….”Es la más deliciosa ciudad que yo haya visto y yo diría que es la ciudad más bonita y limpia de Europa”

El poco éxito que, según se puede deducir en sus escritos, había obtenido con el elemento femenino de Sevilla, pues solo esto explica su denigración, se vió cambiado en Cádiz, aunque todo lo que refiere es una conversación con una joven dama en el teatro (al parecer la hija del general de marina Córdova)  que se desarrolla en francés. Tal acontecimiento, poder hablar en francés con una mujer española, le lleva a escribir:


“La gaditana es muy bonita, dentro del estilo español no es en nada inferior a la inglesa en encanto y educación y definitivamente es superior a ella en fascinación”. No en vano compone Byron en Cádiz la famosa poesía the girl from Cádiz, la muchacha de Cádiz:

“No me hables del frío del Norte

ni de las inglesas damas

no habéis visto, no habéis visto

a la gentil gaditana.

Si fue solo una conversación fugaz en el teatro, efectivamente no se puede hablar sino de fascinación:

Oh never talk again to me

Of northern climes and British ladies;

It has not been your lot to see,

Like me, the lovely girl of Cadiz

Although her eye be not of blue,

Nor fair her locks, like English Iasses,

How far its own expressive hue

The languid azure eye surpasses

Prometheus-Iike, from heaven she stole

The fire, that through those silken lashes

In darkest glances seem to roll,

From eyes that cannot hide their flashes:

And as along her bosom steal

In Iengthen’d  flow her raven tresses,

You’d swear each clustering lock could feel,

And curl’d to give her neck caresses.

Our English maids are long to woo,

And frigid even in possession;

And íf their charms be fair to view,

Their lips are slow at Loves confession:

But, born beneath a brighter Sun,

For love ordain’d the Spanish maid is,

And who, when fondly, fairly won,

Enchants you like the GirI of Cadiz?

The Spanish maid is no coquette,

Nor jovs to see a lover tremble,

And if she love, or if she hate,

Alike she knows not to dissemble.

Her heart can never be bought or sold

Howe’er it beats, it beats sincerely;

And, though it will not bend to gold,

I  will love you long and love you dearly.

The Spanish girl that meets your love

Ne’er taunts you with a mock denial,

For every thought is bent to prove

Her passion in the hour of trial.

When thronging foemen menace Spain,

She dares the deed and shares the danger;

And should her lover press the plain,

She hurls the spear, her love’s avenger.

And when, beneath the evening star,

She mingles in the gay Bolero,

Or sings to her attuned guitar

Of Christian knight or Moorish hero,

Or counts her beads with fairy hand

Beneath the twinkling rays of Hesper,

Or joins Devotion’s choral band,

To chaunt the sweet and hallow’d vesper;

In each her charms the heart must move

Of all who venture to behold her;

Then let not maids Iess fair reprove

Because her bosom is not colder:

Through many a clime ‘t is mine to roam

Where many a soft and melting maid is,

But none abroad, and few at home,

May match the dark-eyed Girl of Cadiz.

Cualquiera que lea a Byron habrá de coincidir en que Calypso no podía ser sino de Cádiz.  Pero Byron no se queda en esto. Al escribir su Don Juan inacabado por su muerte en Grecia, a este su Don Juan lo hace salir de Cádiz a la que vuelve a alabar. Byron une así a nuestra ciudad con ese mito literario español, que pertenece a la literatura universal. Don Juan pues, viajero por Cádiz. En Childe Harold menciona Byron repetidamente a nuestra ciudad, refiriendose ya al Cádiz que ha vivido la experiencia de la guerra, las Cortes  la Constitución y a Fernando VII:

All have their fooleries, not alike are thins

Fair Cádiz, rising over the dark blue sea

Noon as the matin belt proclaimeth nine,

Thy saint adores count the rosary

Much is the Virgin tease to shrive them free

(Well do I ween the only virgin there)

From crimes as numerous as her beadsmen be;

Then to the crowded circus forth they fare;

Young, oldm high, low, at once the same diversion share

Adieu, fair Cadiz ¡Yeah a long adieu!

Who may forget how well thy walls have stood?

When all were changing thou alone were true,

First to be free and last to be subdued

And if amidst a scene, a shock so rude,

Some antiquee blood was seen thy streets to dye,

A traitor only fell beneath the fend.

Los versos de Byron son enfáticos y probablemente exagerados, pero los que entienden de poesía inglesa siempre los han pronunciado excelentes. Además su contenido, Adios bella Cádiz, si un largo adios/ Quien podrá olvidar que bien resistieron tus muros/cuando todos cambiaban tu sola fuiste fiel/ “primera en ser libre y última en ser sometida” son de una tremenda exaltación liberal. Probablemente los deberíamos utilizar para la propaganda de nuestra ciudad con el público de habla inglesa, aunque ¿Quién lee hoy a Byron fuera de las sesudas Academias? Quede abierta la pregunta. Que diferencia con la frialdad descriptiva de Alexandre de Laborde, que por las mismas fechas está escribiendo su Itinéraire Descriptif de L’Espagne y aunque habla, y bien de Cádiz, no sabe dar más que números.

Un monstruo sagrado del romanticismo francés Chateaubriand , que parece ser también uno de los patrocinadores y colaboradores de Laborde, en sus Memorias de Ultratumba apenas si acierta a decir  que en su viaje de Túnez a Paris en 1807 pasó por Cádiz. Todo es para la Alhambra y los Abencerrajes en este viaje, por lo que por muy genio que sea, no lo podemos incluir en el elenco de los viajeros por Cádiz. Otros dos viajeros famosos que contaron sus viajes, Stendahl y Casanova, aunque vienen a España tampoco vinieron a Cádiz.

Ocurre que salvo el caso de Byron, el viajero romántico no siente por Cádiz el interés que sentía el viajero de la Ilustración. Frente al carácter sistemático y riguroso de la observación del ilustrado, el viajero romántico está interesado en lo que se dirija a su interior, lo que exalte sus sentimientos, busca lo sublime, palabra sin la que la Humanidad había vivido hasta entonces y lo hace a través de lo incomparable, de lo exótico, de las reliquias de un pasado que se vuelve a valorar. La España del siglo XIX poseía casi todas las propiedades que buscaba el viajero romántico, exotismo, costumbres arcaicas, arrebatos del sentimiento e irracionalidad en muchas cosas; convulsión y exuberancia del paisaje y mucho folklore. Todo ello  mezclado con bandidos, contrabandistas y toreros, que allí donde no abundaban se inventaban. No era lógico que vinieran a Cádiz, ni siquiera en su decadencia a buscar esas cosas. Hay una ruptura en la cultura del viaje que ya no es un medio para la formación ni un instrumento para difundir “las luces”, sino un método para llegar a entenderse a si mismo (gran problema inventado por los románticos) y entender la vida. ¿Qué país, se pregunta Massias nos permite cambiar súbitamente de paisaje de sentimiento y de época, cual nos permite observar mejor la exaltación del sentimiento y la pasión si no es España?

Pero por esos tiempos con el asedio, las Cortes y la Constitución nuestra ciudad atrae a una inmensa nómina de ilustres personajes. La capitalidad política de un Imperio en crisis, que se convierte al mismo tiempo en foco de un cambio político radical, pero pacífico (fuera de la guerra con el francés), dan a Cádiz un periodo de esplendor justo al comienzo de su decadencia. Este esplendor al venir acompañado de la novedad de la libertad de la imprenta, que aquí se inaugura, produce un sinfín de publicaciones, muchas de ellas de un género inédito hasta ese momento entre nosotros. A su vez hoy están siendo  tan numerosas y de tanta calidad las publicaciones que, al amor del bicentenario están viendo la luz, que se hace imposible entrar a fondo en este periodo. Quede pues la idea de que son viajeros por Cádiz en ese momento infinidad de funcionarios, eclesiásticos, militares, magistrados, hombres de negocios, pretendientes, escritores y otros refugiados en general, algunos de los cuales deja algo escrito. También por supuesto los diputados, incluidos los americanos.  Son en total 86 los diputados que vienen de América. Todo el continente está representado, los dos más antiguos virreinatos son los que más diputados envían, México 28 y el Perú 21. El hecho de que la presidencia fuera rotativa por periodos de un mes favoreció el que diez diputados americanos llegaran a ser presidentes de las Cortes, de ellos seis mejicanos, uno peruano, uno cubano y dos centroamericanos. Estos son los datos del estudio que presenta precisamente ante esta Real Academia Rafel María de Labra en 1912, con ocasión del centenario. También por esa época son viajeros por Cádiz casi todos los libertadores: Bolivar, San Martín, O’Higgins, Rivadavia, Nariño, Miranda, aunque algunos de ellos por donde pasan es por la cárcel, aquí o en La Carraca. También vienen europeos ilustres y por supuesto hay viajeros frustrados, los generales franceses. La significación universal del Cádiz de ese momento histórico merece pues capitulo aparte y necesita de plumas más autorizadas, como afortunadamente ya las está teniendo.

Menos estudiada está la reunión de las Cortes en nuestra ciudad en 1823. Acompañadas de nuevo del cañón francés, esta vez mucho más efectivo, vuelven las Cortes, el Gobierno y una gran muchedumbre. Esta vez traen consigo al rey Fernando VII, si no formalmente prisionero si de hecho por haber sido declarado incapacitado para reinar. Tras residir unos días en la casa de Gargallo vino Fernando VII a vivir a este mismo edificio, desde cuya azotea hacía volar cometas. La ahora más potente artillería y su soledad europea persuadieron a las Cortes de la imposibilidad de su empeño, por lo que pronto devolvieron al rey su capacidad y este, en cruzando la bahía empezó la ominosa década. Fue Fernando VII un involuntario viajero por Cádiz, ciudad a la que no perdonó nunca este amargo recuerdo.

Precisamente en 1823 se publica el libro intitulado “Notice Sur Cadix et sur son ile” cuyo autor es el Barón de Férussac. Parece que existe una primera versión anterior de esta obra, que se publica dentro de un volumen que trata de otras cosas. En cualquier caso la fecha es significativa. Cádiz ha vuelto a atraer la atención de Francia. Que Férussac haya realmente estado en Cádiz o no es cuestión que no he podido desentrañar. Es sabido que como capitán de artillería francés, participó en el primer sitio de Cádiz y que durante el se retiró de la milicia por enfermedad. En esta época pues no pudo pasar de viajero frustrado por Cádiz. El no afirma el haber vuelto con los militares, ahora no frustrados en 1823. Esto no es del todo imposible, pero parecería lógico que lo dijera en su obra si así hubiera sido el caso y no lo dice. Que hable según su propia experiencia o por meras referencias de Férussac, es sin duda el autor que tributa el más encendido elogio al esplendor de Cádiz en su decadencia. Hablando de nuestra ciudad por aquella época dice: “las calles son generalmente estrechas, pero magníficamente pavimentadas y de una limpieza que encanta. Por ellas se puede andar con tal facilidad que ello hace que en Andalucía se diga que para ver andar de una manera seductora y noble, hay que ver hacerlo a las mujeres de Cádiz en sus calles o en La Alameda. Las casas son muy altas y preciosas, adornadas con balcones que sobresalen y estrechan más las calles. Estas casas están mejor distribuidas, mejor amuebladas que en cualquier otra ciudad de España. Están bien embaldosadas, las casas ricas tienen las escaleras en piedra o en mármol. En la decoración ha prevalecido el buen gusto de los ingleses. Todos los adornos y muebles vienen generalmente de Inglaterra o de Francia; cada vivienda tiene una azotea desde la que se puede ver el mar y la bahía”.

Sigue Férussac lanzando sus elogios a la ciudad que incluyen naturalmente  el debido tributo a la Alameda y termina esta parte de su descripción con una larga parrafada que pudiera ser famosa: “Cádiz, desde el punto de vista de las costumbres, los usos, el tono de sus habitantes, es completamente diferente a todas las ciudades de España. La gran afluencia de extranjeros, que viven siempre en ella, y la diversidad de origen entre sus habitantes, han hecho de Cádiz, una ciudad perfectamente semejante a todas las ciudades agradables de Europa. En efecto, cuando se llega a Cádiz desde el interior de España, se experimenta la misma sensación que si se hubiera salido del Reino. Si se llega desde el extranjero y se sale de ella para ir a Sevilla o a otras ciudades vecinas se cree entrar en otro país. De hecho, el contraste es tan fuerte que los habitantes de Cádiz raramente salen de la ciudad. Cádiz es en España lo que París en Francia, el lugar del buen tono y la cita para los placeres. Hay vida de sociedad, hay mucha diversión, el lujo se lleva a su más alto nivel, los extranjeros son perfectamente recibidos y tratados”.

Sigue Férussac citando ahora como autoridad para decir estas cosas y las que vienen a continuación lo referido por los marinos franceses de estadía en Cádiz antes de que pasaran de aliados a enemigos y luego prisioneros. Hay que recordar que entre ellos estuvieron Villeneuve, Loison, Rosilly y Decrés. Tras el elogio de rigor de las gaditanas, sobre la que prodiga sus alabanzas: “las más amables, las más finas, las más bellas, las más educadas y las más libres”, termina diciendo:

“por ello se va a Cádiz como en Francia se va a París para coger el buen tono (para tomar el aire gaditano) y esta ciudad goza bajo este punto de vista de una reputación mucho más grande que la de Madrid”

Pero volviendo a otro tipo de viajeros, hemos de decir que a caballo entre la sensibilidad ilustrada y la romántica está el singularísimo personaje que es José María Blanco White. Ya convertido, no solo en inglés sino en clérigo anglicano, publica bajo el seudónimo de Leucadio Doblado unas  que fueron famosísimas cartas desde España. Escribiendo a la par con ojos de íntimo conocedor y de forastero atiborrado de prejuicios, describe su llegada por la bahía llena de magnificencia y dedica sus elogios a la arquitectura de las casas con torre mirador que se le aparecen como una especie de “Fata Morgana”. Luego la habitual crítica de la Aduana “unas bóvedas oscuras al final de las cuales quienes llegan han de someterse al escrutinio de sus funcionarios subalternos” Pero se puede evitar el registro “metiendo en la mano de uno de ellos tan solo 18 peniques”. Luego describe la plaza de San Juan de Dios, para terminar con un elogio muy medido, pero que dado el tono general del libro es el más generoso que hace con algo español:

“Aunque en rápida decadencia respecto a la riqueza y el esplendor que había alcanzado durante los tiempos de su exclusivo y privilegiado derecho de negociar con las Colonias de Sudamérica, es todavía una de las pocas ciudades en España, que en lo que se refiere a refinamiento, se puede comparar con algunas de las ciudades de Inglaterra.  Su gente es acogedora y alegre.  Las mujeres, sin ser nada bellas, son realmente fascinantes. Algunas de las Tertulias, o velada, -con simplemente presentarse a la señora de la casa, concede a cualquiera el derecho de asistir diariamente- son muy animadas y agradables.  No hay un protocolo rígido: uno puede pasarse por ahí cuando lo desea, y salir cuando le apetezca.  Las jóvenes, sin embargo, descubrirán pronto, o se figurarán, cuál es la casa y la compañía que más preferencia tiene; y con conocerles durante una semana bromearán mucho contigo sobre el porqué de tus cortas visitas.  Cantar a la guitarra, o al piano, es un recurso muy común en estas reuniones.  Pero las habilidades musicales de las jóvenes españolas no guardan la mínima relación con las de las amateurs del sexo femenino en Londres.  No obstante, al cantar, tienen una gran ventaja, la de abrir la boca – cosa que, al parecer, las señoritas inglesas consideran ser muy indecorosa.”

Durante algún tiempo había sido Blanco White secretario de Lord Holland, mucho más hispanófilo que nuestro nacido compatriota. En las dos ocasiones en que Lord Holland está en España es viajero por Cádiz, acompañado de Lady Holland cuyo extensísimo diario personal ha sido ya publicado totalmente, como antes lo fue la parte concerniente a España el llamado “Spanish Journal”. El interés de Lady Holland por la intriga política, tanto británica como española, y por  las personas que va conociendo, que son muchísimas en una agotadora vida social, así como su dedicación el chismorreo, al que consagra no poco espacio, hace que sus observaciones sobre las ciudades que visita sean más bien escasas, prácticamente nulas en nuestro caso. Ya asombra que tenga tiempo para hablar con tanta gente y escribir su extenso diario. Quede pues constancia de que esta famosa inglesa fue viajera por Cádiz a principios del siglo XIX.

A partir de este momento los viajeros ingleses que pasan por Cádiz, y aun son muchos, van describiendo una decadencia más o menos esplendorosa según la simpatía con que miren nuestra ciudad Así una visión muy negativa es la de Scott quien afirma que Cádiz es ciudad “que ha sido tan ensalzada por los autores modernos” que “casi me da miedo pensar lo que pienso de ella” que era nada menos que esto:”No contiene un solo edificio público hermoso

“Conozco pocos lugares residenciales menos atrayentes para quien no tenga el tiempo plenamente ocupado por sus ocupaciones, y de no ser por la hospitalidad del cónsul, Mr. Brackenbury, y la calidad de su pinacoteca, el tiempo me hubiera resultado inacabable. En casa de aquél, a un extremo de la Alameda, rematado al edificio por la bandera británica, se encontraba a la mejor sociedad de Cádiz”.

Cuando Stendahl escribe sus “Memoires d’un Touriste” en 1835, en las que no puede hablar de Cádiz porque aquí no vino, el viajero del “Grand Tour” convertido en viajero ilustrado primero y más tarde en viajero romántico ya se ha encontrado con el vapor, primero en los buques, y luego en los trenes y ha nacido el turista. Este fenómeno se va a convertir en algo tan importante en todos los sentidos que se irá fuera del ámbito de estas líneas, pero los primeros turistas son aún en gran medida viajeros románticos, que después de haber leído estos viajes de papel que son los últimos libros referidos, utilizan ya las primeras guías. En cuanto a España se refiere, es sin duda alguna Richard Ford en su “Manual para viajeros en España” publicado en 1845 el que instala una determinada imagen de nuestro país en la mentalidad de las clases altas inglesas. Su descripción inicial de Cádiz es enteramente romántica. Al entrar en la bahía, la ciudad, “reluciendo como una línea de palacios de marfil surge de repente del mar azul”. Después de describir los trámites sanitarios y la manera de desembarcar, viene la ya inevitable referencia negativa a la aduana: ”Como género el aduanero español puede ser definido como un caballero que simula que va a examinar el equipaje para obtener dinero sin la desgracia de pedir o el peligro de robar”. Pasa luego a describir los hospedajes siendo el mejor el de la “Posada Inglesa” en la calle San Servando y luego entra en un juicio sobre la ciudad que “a pesar de ser la más antigua de Europa, es una de la más modernas y limpias. Está bien construida, pavimentada y alumbrada. La comparan los españoles con una tacita de plata… para los romanos fue su Venecia o su París, el centro de su civilización en lo sensual y proveedora de la mejor gastronomía……Cádiz es hoy una sombra de lo que fue, pero tiene aún cosas únicas, las clases bajas han imitado en su refinamiento a las altas…tiene en la Alameda al más encantador y atractivo de los paseos públicos”. Aunque el mayor atractivo de la Alameda es “ver pasear por ella a la mujer gaditana”, de la que Richard Ford hace un elogio tan entusiástico como largo y poco usual y que no encontraríamos en una guía de viaje al uso de hoy. Advierte Richard Ford al viajero que aunque la fórmula de cortesía con ellas, “a los pies de vuestra merced, es replicada con un “bese usted la mano”, se abstenga absolutamente el viajero inglés de hacerlo, porque la gaditana “sólo le dará la mano con su corazón…..Noli me tangere”.

Por lo demás Ford llena su libro de consejos prácticos.

El primero de de estos consejos para viajeros ingleses en nuestra ciudad es este:

Es increíble lo popular que puede hacerse un individuo entre los españoles, si asimila sus maneras y formas de vida. Un par de inclinaciones es cosa fácil de hacer, y descubrirse, especialmente ante las damas, en un clima templado, no es gran sacrificio. En nuestro país andan demasiados ajetreados y temen en exceso coger un catarro, para entretenerse en intercambiar cumplidos, con la cabeza descubierta, al aire libre y en plena corriente, aparte del temor de que se les crea afectados y poco varoniles. No es ésa la costumbre del país, y por consiguiente, es raro y resulta chocante no descubrirse, eso está bien en Pall Mall, pero no es aceptable en la Alameda”

“La mejor norma a seguir es: apenas se desembarca en Cádiz, considerar como un marqués a todo desconocido que vista chaqueta con faldones, hasta comprobar que es un simple camarero, aun así nada grave habrá ocurrido, dada la igualdad en el trato que caracteriza a esa ciudad y en realidad ese error le permitirá cenar con mayor rapidez. Siempre pisa uno terreno firme. Cuando los españoles se encuentran con un inglés que les trata como ellos a él y a otros caballeros, se produce una reacción por lo inesperado del caso. ¡He tratado con el inglés, es tan formal y cumplido como nosotros!”

Probablemente Ford, que también habla mucho de la Alameda y de la casa del cónsul inglés Blackenburry, como todos sus contemporáneos había leido a Byron.

Pocos años después, en 1836 en su famoso a Summer in Andalusia Dennis hace ya una descripción de Cádiz enteramente costumbrista, en la que del pasado esplendor comercial ni se habla y es que el viajero a veces encuentra solo lo que ya tiene en su mente.

No menos elogioso de Cádiz en su decadencia es la obra “El turista en España”, publicada en 1836 en la serie de viajes que edita Robert Jennings. Su autor es Thomas Roscoe, escritor entonces conocido y sobretodo lleva las espléndidas ilustraciones de David Roberts. Dedica a Cádiz un entero capítulo con un grabado conocidísimo de la Alameda vista desde el Carmen, que se hizo famoso en toda Europa. El elogio a la Alameda alcanza en este libro probablemente su máximo:es como el parque de Saint James en Londres” porque “Cádiz es aún una de las más opulentas y nobles ciudades de Europasi fue un emporio durante un largo tiempo de las riquezas de dos mundos, aún hoy posee de todo en abundancia. Allí encontrará toda la elegancia, y el confort de la vida moderna, sigue estando extremadamente limpia, pavimentada y alumbrada y su paseo sobre las murallas es bellísimo”

George Borrow, el misionero y vendedor de biblias es viajero por Cádiz en torno a 1840. Así describe el Cádiz que encuentra entonces:”la ciudad tal como ahora existe es de construcción moderna y totalmente distinta de cualquier otra que podamos encontrar en la península ibérica, ya que está construida con gran regularidad y simetría”. Las casas son muy altas, las calles estrechas salvo “la calle principal, la calle Ancha que tiene alguna anchura. Esta calle, en la que ahora se comercia en la bolsa, es durante el día el gran imán tanto de los paseantes como de los que tienen algún negocio que hacer, y se parece a la Puerta del Sol de Madrid. Está conectada con la gran Plaza que tiene sus pretensiones a la magnificencia, rodeada de espléndidas casas con buen arbolado y asientos de mármol para el público”. “Hay un paseo público en la Alameda en la parte Norte repleta de gente en las tardes de verano, el verde de cuyos árboles suaviza el resplandor de los blancos edificios porque Cádiz es una ciudad luminosa. Fue en su día la más rica de las ciudades de España, pero su prosperidad ha disminuido en los últimos años y sus habitantes se lamentan constantemente de la ruina de su comercio. Sin embargo, aún queda mucha vida y bullicio en sus calles que cuentan con espléndidas tiendas, algunas de las cuales están al nivel de las mejores en Londres o en París”.

Entre los románticos franceses es sin duda Merimée el que, a la par que crea unos de los arquetipos literarios españoles de más fuerza, Carmen la cigarrera, define más fuertemente la imagen de España en el imaginario popular francés y por tanto europeo. Merimée que viene varias veces a España y escribe un famoso epistolario, reside largo tiempo en Sevilla en el palacio de las Dueñas y aunque pasa por nuestra ciudad, no merece ser nombrado como viajero por Cádiz, a la que deja fuera en su narración. El recorrido importante para Merimée, que va a ser ya el definitivo para otros viajeros románticos, es el eje Sevilla, Ronda, Granada.

Mejor suerte corre nuestra ciudad con Theophile Gautier, cuyo viaje a España compite con Merimée en captar la atención del público francés. Llega a Cádiz de noche sin poder vislumbrar nada, y al amanecer, en nuestra ciudad al día siguiente dice:

“No existen en la paleta del pintor o del escritor unos colores bastante claros, unos tonos bastante luminosos capaces de reproducir la impresión resplandeciente que nos produjo Cádiz en esa gloriosa mañana. Dos tonalidades únicas captaban la vista; azul y blanca; pero un azul tan vivo como la turquesa, el zafiro, el cobalto, y todo lo que podéis imaginar de excesivo en cuanto al azul intenso; pero un blanco tan puro como la plata, la leche, la nieve, el mármol y el azúcar de las islas mejor cristalizado. El azul era el cielo, repetido por el mar, el blanco era la ciudad. No cabe imaginar nada más radiante, más resplandeciente, de una luz más difusa y más intensa a la vez. Verdaderamente, lo que entre nosotros llamamos, el sol no es, en comparación con esto, más que una pálida lamparilla en agonía colocada en la mesilla de noche de un enfermo.

Las casas de Cádiz son mucho más altas que las de las otras ciudades de España, cosa que se explica por la configuración del terreno, estrecho islote unido al continente por una angosta franja de terreno, y por el deseo de tener una perspectiva sobre el mar. Cada casa parece elevarse curiosamente sobre la punta del pie para mirar por encima del hombro de su vecina, y pasar la cabeza por encima del espeso cinturón de las murallas. Como eso no siempre es suficiente, casi todas las terrazas llevan en su ángulo una torreta, un belvedere, a veces coronado con una cupulita. Estos miradores aéreos enriquecen con innumerables recortes la silueta de la ciudad, y producen el efecto más pintoresco. Todo esto está encalado, y la blancura de las fachadas se ve avivada por largas líneas de bermellón que separan las casas y marcan los pisos. Los balcones, muy salientes, están envueltos en una gran jaula de cristal, tienen cortinas rojas y están llenos de flores. Algunas de las calles transversales terminan en el vacío, y parecen acabar en el cielo. Estas perspectivas de azul celeste son de un encanto inesperado. Aparte de este aspecto alegre, vivo y luminoso, Cádiz no tiene nada notable en cuanto a arquitectura.”

Aún observa Gautier una extraordinaria actividad comercial y marítima.

“En el espigón, del lado de la puerta de la aduana, el movimiento es de una actividad sin igual. Una muchedumbre abigarrada, en la que cada país del mundo está representado, se agolpa en todo momento al pie de las columnas coronadas de estatuas que decoran el muelle. Desde la piel blanca y los cabellos rojizos del inglés hasta el cuero bronceado y la lana negra del africano, pasando por los matices intermedios café, cobre y amarillo de oro, todas las variedades de la especie humana se encuentran allí reunidas. En la ensenada, un poco en la lejanía, se arrellanan los buques de tres mástiles, las fragatas, los bergantines, izando cada mañana, al son del tambor, el pabellón de su respectiva nación; los barcos mercantes, los barcos de vapor, cuyas chimeneas eructan vapor bicolor, se aproximan más a la orilla a causa de su más débil tonelaje y forman los primeros planos de ese gran cuadro naval”

Alejandro Dumas hace su viaje a España en 1846. Siguiendo muy estrechamente los pasos de Gautier, cuyas expresiones repite con frecuencia algo excesiva, consagra una fórmula en la descripción de Cádiz que va a ser imitada por todos los franceses sucesivos e incluso como tendremos ocasión de ver por Eduardo de Amicis. La salada claridad tiene ilustres antecedentes.

Así describe Cádiz Dumas:

“Por fin avistamos las primeras casas de la blanca Cádiz, que parecían salir del mar, pues todavía no se veía el suelo sobre el que la ciudad está construida, y que parecía sumergido en el agua. Esta blancura, que se destacaba contra el doble azul del cielo y el mar, como dice Byron, tiene algo de deslumbrante”

Como siempre el hospedaje es mejor que en el resto de España.

“Nos habían dado en Sevilla la dirección de la fonda de Europa, así que nos hicimos conducir hasta allí. Era la mejor de Cádiz nos habían dicho.

En efecto, comparado con las atroces posadas de las dos Castillas, la Mancha y Andalucía que veníamos de probar, su aspecto era el de un verdadero palacio”

Finalmente el canto Byroniano

“En primer lugar, Cádiz es la hija adorada del sol, su ojo de fuego la cubre con sus rayos más ardientes, de manera que la ciudad entera parece estar dentro de la luz.

“Solo tres tonalidades capturan la vista en este momento: el azul del cielo, el blanco de las casas y el verde de las celosías. Pero qué azul, qué blanco y qué verde. No hay cobalto, no hay ultramar, no hay zafiro comparable a ese azul, no hay nieve, ni leche, ni azúcar parecido al blanco, no hay esmeralda, no hay verde veronés, ni verdín que pueda compararse con ese verde. De tiempo en tiempo, a través de las rejas de un balcón, salen las ramas de una planta que no conozco, y cuya flor irradia sobre el muro como una estrella de púrpura. En ningún lugar de España he visto casas tan altas como en Cádiz, es que Cádiz no puede extenderse ni a derecha ni a izquierda, y se ve obligada a pedir a la altura lo que su estrecho islote le niega en ancho; por eso cada casa se alza de puntillas, una para mirar el puerto, la otra al mar, ésta Sevilla, aquélla Tánger. Esta exigüidad de terreno vuelve a las calles de Cádiz por lo menos tan estrechas como la de las otras ciudades de España. Apresurémonos a decir que están mejor empedradas. Pero la ventaja que tienen respecto a las otras ciudades de España, y que no sé a qué atribuir, es que Cádiz es la única ciudad en la que he visto calles que parecen ir al cielo. ¿Comprende, Madame? El extremo de esas calles de que hablo acaba en el vacío, y su límite es el infinito, ese azur que se extiende detrás de dos líneas blancas aparece entonces con el azul más excesivo, el más absoluto, el más intenso. Todo esto es alegre, vivo, todo esto explica esas noches blancas de amor y serenatas que incluso en España se llaman las noches de Cádiz”.

Nada para ver, por lo demás, en Cádiz, ni monumentos, ni palacios, ni museos; una catedral de bastante mal gusto, eso es todo. Pero lo que se viene a buscar a Cádiz, como a Nápoles, es ese cielo azul, ese mar azul, ese aire límpido, y ese hálito de amor que corre en el aire. A uno le gusta Cádiz sin saber qué es lo que le gusta de Cádiz. Anduvimos todo el día con nuestro amable cónsul, monsieur Huet, y aparte de una encantadora dama que nos recibió con una gracia totalmente francesa, y que mañana brinda un baile especialmente para mí, me encontraría en aprietos para contarle lo que he visto.”

Durante el reinado de D. Amadeo de Saboya realiza un famoso viaje por España Edmundo de Amicis. Viene a Cádiz por barco desde Sevilla y así describe su avistamiento:

“bajé a la cámara para tomar los anteojos; cuando subí se veía Cádiz. La primera impresión que me produjo fue la de ponerme en duda de si era o no una ciudad; después me reí, luego me volví sobre mis compañeros de viaje, con el aspecto del que quiere que se le asegure que no le han engañado.

Cádiz parece una isla de yeso. Es una mancha blanca muy grande en medio del mar, sin un matiz oscuro, sin un punto negro, sin una sombra: una mancha blanca tersa y purísima como una colina cubierta de intacta nieve que surge sobre un cielo de color de aguamarina y de turquesa en medio de una vasta llanura inundada…” “ a muy poco se distinguieron las siluetas de los campanarios, los perfiles de las casas, las entradas de las calles y cada cosa parecía más blanca conforme nos acercábamos, y aún cuando miraba con anteojos no se me presentó ocasión de notar en aquella blancura el más pequeño lunar, ni aún sólo en los edificios ni tampoco alrededor del puerto ni en los barrios extremos.

Amicis sigue prodigando sus exaltadas expresiones: “Cádiz es la ciudad más blanca del mundo”…. Y aunque reconoce no haberlas visitado todas, afirma, “tengo para mí y por buena la razón de que una ciudad más blanca que Cádiz que es superlativamente blanca no puede ser. Córdoba y Sevilla no tienen comparación con Cádiz; aquellas son blancas como el papel, Cádiz como la leche. Para darse una idea de su blancura no hay medio mejor que escribir mil veces seguidas las palabras “blanca con lápiz blanco en  papel azul, y anotar en el margen Impresiones de Cádiz”. “Cádiz es uno de los más extravagante caprichos humanos”….”ni aún de lejos se parece a las demás ciudades andaluzas, sus calles son largas y rectas, las casas altas y sin los patios de Córdoba y Sevilla, pero por esta razón el aspecto de la ciudad no ofrece nada nuevo ni agradable a los ojos del extranjero. Las calles son rectas, pero estrechas, y como son también larguísimas, tanto que algunas atraviesan toda la ciudad se ve hacia el fondo de ellas como por el ventanillo de una puerta, una sutilísima franja de cielo, que casi hace creer que ha sido construida sobre la cima de una elevada montaña cortada a picos por todos lados”

También Amicis brinda su tributo a la Alameda y a las gaditanas que por ella pasean: “y hacia la tarde fui a dar unas cuantas vueltas por un delicioso paseo a lo largo de la orilla del mar, en medio de naranjos y palmeras donde me fueron indicadas una a una las más bellas y elegantes gaditanas

Y termina Amicis: “la vista de las luces de la ciudad, la música, y el recuerdo de los hermosos rostros gaditanos me produjeron melancolía. No sabía que hacer: bajé a la cámara,. Cogí mi cuaderno y comencé la descripción de Cádiz. Pero no conseguí sino escribir 10 ó 12 veces las palabras blanco, azul, nieve, esplendor, colores; después hice el esbozo de una figura de mujer, y luego cerré los ojos y soñé con Italia”

Por último Duvillier, ya viajero de una gran empresa editorial, cuyo objetivo es vender el libro que relate el viaje al gran público de entonces, viene acompañado de Gustavo Doré. Después de la de Roberts, la iconografía de Doré, a cuyo servicio ya está todo el esplendor de las artes gráficas de la época, es la que fija creo que definitivamente y por mucho tiempo una cierta imagen de España en la que charanga y pandereta, bandolero y contrabandista llegan casi a monopolizar la temática. Este viajero pasa casi de largo por Cádiz, de la que Doré no pinta sino una vista lejana, una linea de color. Es muy expresivo de lo que está pasando.

En cuanto a viajeros norteamericanos hay que decir que así como los primeros diplomáticos estadounidenses de la época de la independencia vinieron de Paris y entraron por el Norte, algunos de los siguientes, empezando por Jay, entran por Cádíz. La embajadora Jay, que tan mal lo pasó en Madrid, deja sin embargo en sus memorias unas agradables notas sobre la vida en Cádiz que le produjo una primera opinión positiva de España. Más tarde otro viajero literario norteamericano Washington Irving, verdadero popularizador de la imagen romántica de España en su país, pasa por Cádiz, pero no se fija en Cádiz. No es viajero por Cádiz Coincidiendo en casi todo con Merimée, la ruta que consagra en el sur es la de Sevilla, Ronda, Granada. Cádiz queda al margen. Más tarde otro viajero norteamericano, Bayard Taylor, si es viajero por Cádiz.

“El aspecto de Cádiz, viniendo de la alta mar es encantador. Al verla así resplandeciente de blancura entre el azul del mar y el azul del cielo, parece una corona de filigrana de plata, la cúpula de la catedral, pintada de amarillo, semeja una tiara de plata sobredorada colocada en medio. Los tiestos de flores, las volutas y las torretas que rematan las casas varían al infinito su recorte. Byron ha caracterizado maravillosamente la fisonomía de Cádiz en una sola pincelada:

“Brillante Cádiz que te elevas hacia el cielo desde en medio del azul oscuro del mar”

“En la misma estrofa” – sigue diciendo Taylor-, “el poeta inglés emite sobre la virtud de las gaditanas una opinión un tanto ligera que sin duda estaba en su derecho de tener. En cuanto a nosotros, sin plantear aquí esta delicada cuestión, nos limitaremos a decir que son muy guapas y de un tipo particular; su tez tiene esa blancura de mármol pulido que hace tan bien resaltar la pureza de los rasgos. Tienen la nariz menos aquilina que las sevillanas, la frente pequeña, los pómulos poco salientes, y se aproximan por completo a la fisonomía griega. También me han parecido menos gruesas que las españolas, y más altas. Tal es al menos el resultado de las observaciones que he podido hacer al pasear por la Alameda , por la plaza de la Constitución y en el teatro, donde dicho sea entre paréntesis, ví representar muy lindamente El Pilluelo de París por una mujer como si fuera un hombre, y bailar unos boleros con gran ardor y mucha vivacidad”

Llegados a estas alturas nos encontraríamos de nuevo con Verdaguer y el Cádiz de su tiempo. Monsieur Perrichon ya ha hecho, en una comedia francesa, su azaroso viaje turístico con toda la familia, Ulises va a ser pronto el del TBO y también con la suya va a emprender increíbles aventuras viajeras. El turismo de masas, no tan grandes aun como las de ahora, es ya una realidad pujante, una nueva época en la literatura de viajes se está iniciando. Karl Baedeker, verdadero genio de las guías de viaje, ha descubierto la tendencia hace ya tiempo y se ha lanzado a una de las aventuras editoriales más exitosas de todos los tiempos. Las guías Baedeker, con sus magníficos planos y mapas, sus catálogos de lo que hay que ver en cada sitio y sus consejos prácticos para los viajeros  inventaron la clasificación por estrellas, no solo para hoteles y restaurantes, sino también para lo que hay que ver en cada sitio. Consolidaron un formato, consagraron un color editorial y se publicaron directamente en muchas lenguas. Leyéndolas nos sentimos trasladados a la Belle Epoque, para cuyos viajeros están concebidas. También presumían de su exactitud y precisión así como de las introducciones resumidas que hacían sobre las ciudades. Veamos la que hace la guía Baedeker de Cádiz en su edición del año 1900: “La ciudad ocupa un lugar pintoresco sobre rocas bajas de calcareo conchyliano, bañada casi por todas partes por el océano, fuertes murallas de 10 a 15 metros de altura y alrededor de 6 metros de espesor la protegen del furor de las olas, dado que la diferencia entre el flujo y el reflujo es de aproximadamente 2 metros y 3 en las mareas más fuertes……La ciudad se distingue por su elegancia y su limpieza. Las casas brillan con una blancura resplandeciente, que hace bueno el proverbio español, que viene del árabe: “Cádiz es una taza de plata puesta sobre el mar”…. “El mármol, que por lo general viene de Italia, se halla prodigado con profusión en las escaleras, los vestíbulos etc”. Siendo así que el espacio es restringido, las casas se alzan a una altura desmedida….Los magníficos parques, con vistas ilimitadas sobre el mar, el frescor de la brisa marina, la ausencia de humos y de ruidos de los coches, todo esto da a Cádiz un encanto mágico. Desde el granito de la punta de su muelle se abarca con la vista todo el conjunto imponente de la parte norte de la ciudad con sus palacetes que dominan la muralla real”….”La Catedral Vieja se llama también iglesia de Santa Cruz sobre las aguas porque el único manantial de Cádiz brota de su Altar Mayor.

He tenido ocasión de leer y oir sobre el pozo de la Jara y algún otro manantial antiguo por la Segunda Aguada, así como el pozo que está frontero a la catedral vieja. Nunca había alcanzado a oir que manara de su Altar Mayor. Ahora que han cometido Vds. el error de nombrarme académico, por el que por supuesto siempre les estaré agradecido, es seguro que alguno de Vds. me sacará de esta duda que me surge acerca de la precisión y exactitud de las guías Baedeker. ¿Acaso dicha precisión fue un mito o  realmente el manantial brota del Altar Mayor? Baedeker dice “del”, no “bajo el”. La edición inglesa de estos años, además del encanto mágico, llama a Cádiz en supuesto español “la Joyosa y culta”. Probablemente sea una mala traducción de algún “joyeuse”   francés, o ¿Va a ser que “Joyosa” es termino gadita?

Y con estas dudas rindo viaje.  Para escribir estas líneas he realizado, siguiendo a Javier de Maistre ,un “viaje a través de mi habitación” y he vuelto a sentir con Pascal que “la gran desgracia del ser humano proviene de una sola cosa, no saber permanecer en reposo en una habitación a solas”.Por eso precisamente todos nos movemos y, cuando podemos, viajamos. Los viajeros por Cádiz, que empezaron con Hércules, no se terminan con Karl Baedeker el año 1900, pero yo si he de terminar estas líneas. De lo contrario, su extensión sería inacabable. Cuando las empecé con la memoria de algunos, pocos viajeros, no era consciente del rico venero que iba a encontrar, pero como pasa con las cerezas, unos trajeron a otros.

No se si es preceptivo que estos trabajos incorporen conclusiones, por si acaso, algunas he ido desgranando a lo largo del mismo. En todo caso y por lo que valga, quépame decir que a mi el hacerlo me ha reafirmado en la idea de los ciclos. Todo son ciclos en el mundo, yo creo que hasta en el clima, pero desde luego existen en la historia. El ciclo vital humano es solo uno, aunque tenga etapas, caídas, levantadas y vueltas a empezar, subciclos en definitiva; al final nuestra finitud se impone siempre. No es necesariamente así en los pueblos, las naciones y las ciudades. Nuestra querida Cádiz, Ave Fénix donde las haya, es de ello un buen ejemplo. La verdad es que Cádiz, desde los fenicios hasta el bicentenario, pasando por un saqueo y una catástrofe que a punto estuvieron de llevársela por delante, ha visto de todo. Su especialísima condición geográfica ha sido su fuerza a la par que su debilidad. Ahora, si el mundo sigue por donde solía, se me aparece como el principal centro histórico de una gran conurbación. Un centro histórico, atípicamente situado en una punta de la misma, en un extremo exento, es decir aislado. Atípico la verdad lo ha sido Cádiz siempre y en bastantes más cosas. Tiene, además, nuestra ciudad, muchas cosas muy especiales, entre otras  un espléndido patrimonio urbano extraordinariamente singular, homogéneo y esencialmente conservado. Tiene  el encanto y la gracia de sus gentes, y  un prestigio literario e histórico  difundido por quienes aquí viajaron, y sin igual en ciudades de su tamaño. De una parte de él he querido modestamente dar fe. Cádiz está buscando sus oportunidades en el mundo que se vislumbra. Necesitamos un ciclo ascendente. El mar le ha traído siempre todo y ahí sigue, oportunidad y riesgo, fuerza y debilidad. Las gentes seguirán viajando, ya hemos visto que Pascal decía por qué. Habrá cada vez más manifestaciones concretas de la inquietud viajera, del turismo. Unos querrán ir a la playa, a la bahía o a los parques naturales cerca de ella. También tendrá que haber cada vez más de aquellos a a quienes cautive ese encanto mágico y especial del Cádiz intramuros. De entre ellos, unos querrán saber o  sabrán por qué les encanta y se lo podrán explicar, para  otros será el misterio y el embrujo y a otros  les pasará como a Dumas “nos gusta Cádiz sin, que sepamos lo que nos gusta de Cádiz”. Todos los visitantes, playa, bahía o ciudad deben ser bienvenidos, pero creo los últimos que he descrito no son los menos interesantes de los turistas a captar. Si para que se decidan a venir pudiera servir mínimamente el testimonio de algunos de los viajeros cuya visión de nuestra ciudad he tratado de recopilar, me sentiría aun más satisfecho del viaje por mi habitación que he realizado para hacerlo. En todo caso sirvan estas líneas que anteceden para cumplir con mi deber reglamentario y para agradecer de todo corazón  el grande e inmerecido honor que  me han conferido Vds., al hacerme miembro de número de esta Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz.

 


ISSN: 2174-0445



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