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SANTO DOMINGO Y LA GUERRA CONTRA NAPOLEÓN EN ESPAÑA
 

Dr. Frank Moya Pons
Discurso de ingreso como Académico Correspondiente en Santo Domingo

Profundamente agradecido concurro ante vosotros para presentar este discurso de ingreso que servirá para acreditarme como miembro correspondiente de esta venerable institución que además de ser un instrumento idóneo para el avance de las ciencias, las artes y las letras, es también un eficaz puente para el intercambio de ideas y valores entre ambos lados del Atlántico.

No tengo las palabras adecuadas para expresar la satisfacción que siento al ser acogido por vosotros, hombres y mujeres de saber que representáis lo más selecto del espíritu de España y América. Me siento abrumado por esta acogida que me hace sentir más humilde ante vuestra generosidad intelectual y por ello solamente puedo deciros: ¡Muchas gracias!

Muchas gracias a los distinguidos y queridos colegas que han propuesto mi candidatura, muchas gracias a la honorable Sra. Directora de esta corporación, y muchas gracias a ustedes, venerables académicos por haberme aceptado a formar parte de vuestra comunidad.

Como vosotros bien conocéis, Santo Domingo, mi país de origen, estuvo conectado de muchas maneras con Cádiz. Importantes estudios así lo señalan, y sus autores nos recuerdan que gracias a su comercio con esta ciudad durante el siglo XVIII fue que la colonia más antigua de las Indias pudo comenzar a salir de la pobreza que dominó su vida durante la mayor parte del siglo XVII.

Baste señalar como ejemplo de esos estudios, las obras del distinguido profesor Dr. Antonio Gutiérrez Escudero, quien ha abierto nuevos caminos de investigación sobre el desenvolvimiento de la economía colonial dominicana durante el siglo XVIII. 1

Aquel fue un siglo de recuperación económica y demográfica, pero fue también una época de conflictos territoriales con aventureros e inversionistas franceses que ocuparon la parte occidental de la isla Española y terminaron desarrollando allí la más rica colonia en el Nuevo Mundo, Saint-Domingue.

A medida que avanzó el siglo XVIII, Saint-Domingue y Santo Domingo acentuaron sus diferencias económicas y demográficas. En su territorio los franceses desarrollaron una economía de plantaciones sustentada en la importación masiva de esclavos africanos. En la parte española, en cambio, la economía continuó dependiendo de la crianza de ganado que se exportaba en grandes cantidades a la parte francesa, siempre muy necesitada de proteínas para alimentar sus masas trabajadoras. 2

La gran rebelión de los esclavos conocida como la Revolución Haitiana arruinó el sistema de plantaciones de la parte francesa y desarticuló el sistema político en ambas colonias. Una larga guerra racial, social e internacional cambió por completo las relaciones entre ambos territorios. Esa guerra fue también una extensión de las guerras europeas desatadas por la Revolución Francesa. Durante casi veinte años (1791-1809) Saint-Domingue y Santo Domingo conocieron violentas rebeliones antiesclavistas, invasiones de ejércitos extranjeros, bloqueos navales, epidemias de malaria y fiebre amarilla, y cambiaron de mando metropolitano varias veces.

Después de trece años de luchas sangrientas que redujeron la población de origen africano en más de cien mil personas y produjeron la muerte de más de cincuenta mil soldados franceses y varios miles de militares británicos, Saint-Domingue quedó bajo el dominio de los antiguos esclavos y fue transformado en el Estado independiente de Haití el 1 de enero de 1804.

Santo Domingo, en cambio, pasó por otras vicisitudes que marcaron una gran diferencia en la historia social y política de ambas partes de la isla. Por ejemplo, mientras los franceses pugnaban por controlar la rebelión de los esclavos, Santo Domingo fue cedido a Francia el 22 de junio de 1795 mediante el Tratado de Basilea, firmado entre España y Francia para sellar la paz en Europa.

Los detalles de este tratado y las motivaciones de la cesión han sido ampliamente estudiadas y son bien conocidos. Para la ejecución de este tratado Francia solicitó a España fue que no entregara la colonia de Santo Domingo a los jefes revolucionarios negros, comandados por Toussaint Louverture, quien gobernaba la colonia de Saint-Domingue en nombre de Francia. El gobierno francés quería que la colonia española fuese controlada por tropas compuestas por soldados blancos que eventualmente serían enviados desde Francia.3

Este propósito no pudo cumplirse pues Francia no tenía esas tropas disponibles para ocuparse de esa misión y, por ello, Santo Domingo continuó siendo gobernado por militares y burócratas españolas, aun cuando era nominalmente colonia francesa. Toussaint Louverture puso fin a esta anómala situación en enero de 1801 cuando invadió el territorio y unificó la isla bajo su mandato. 4

El gobierno de Tousaint Louverture tuvo corta vida pues al año siguiente Napoleón Bonaparte envió contra Toussaint una gran expedición compuesta por 58,000 soldados y marineros al mando de su cuñado el general Charles Victor Enmanuel Leclerc. Durante diecinueve meses los rebeldes negros y mulatos lucharon contra las tropas francesas. Leclerc murió en el empeño. Toussaint fue hecho prisionero y enviado a Francia, donde murió. Más de cien mil hombres y mujeres de origen africano perdieron la vida, así como más de 52,000 soldados franceses.5

Francia perdió a Saint-Domingue para siempre cuando los sucesores de Toussaint proclamaron la independencia de Haití en 1804, pero logró retener el territorio de Santo Domingo gracias a una combinación de circunstancias demográficas y políticas y militares.

La parte española estaba virtualmente despoblada y fue relativamente fácil para los militares franceses controlar aquel territorio. Además, la población dominico-española apoyó la expedición francesa y ayudó a sus militares a expulsar a las tropas negras de Toussaint. Por esas y varias otras razones los combates se concentraron en la parte francesa de la isla.

Así vemos que, en 1804, donde antes hubo una colonia francesa ahora había un Estado independiente, y donde hubo una colonia española ahora había una posesión francesa gobernando una población española o de origen español. Esta población apoyó a los franceses contra los esclavos rebeldes, pero lo hizo porque preferían ser gobernados por europeos antes que por africanos, no porque fueran amantes de los franceses. Si algo había definido la cultura política dominico-española en Santo Domingo durante todo el siglo XVIII, esto había sido la lucha contra la penetración francesa en las tierras occidentales de la isla.

Por ello, para los habitantes de la parte oriental de la isla de Santo Domingo, ser dominico-español en el siglo XVIII equivalía a ser anti-francés. Francia y sus colonos eran entonces la principal amenaza que confrontaban los habitantes de la parte española de la isla de Santo Domingo. Miles de expedientes y documentos del siglo XVIII dan cuenta de las continuas luchas, batallas, escaramuzas y negociaciones entre franceses y españoles en su lucha por el control de las tierras fronterizas. Esas diferencias fueron finalmente zanjadas mediante un Tratado firmado en Aranjuez en 1777, pero el sentimiento anti-francés de la población dominico-española siguió perviviendo durante muchos años.6

Por ello fue tan visible la profunda reacción anti-francesa de la población dominico-española cuando llegaron a Santo Domingo las noticias de que Napoleón Bonaparte había derrocado la monarquía y mantenía como rehenes en Bayona a Carlos IV y a su hijo Fernando.7

Hasta entonces el gobernador colonial, General Louis Marie Ferrand, había realizado todos los esfuerzos posibles por gobernar la población dominico-española dentro de un régimen de tolerancia a sus costumbres, leyes y cultura. Ferrand estableció un sistema de gobierno paternalista amparado en un decreto de Napoleón, dictado en 1803, que mandaba a los funcionarios y militares franceses a respetar las leyes y costumbres españolas. Los españoles-dominicanos aceptaron esta forma de dominación, y colaboraron con las autoridades francesas. Ferrand estaba convencido que la mayor parte de la población albergaba sentimientos hispánicos y por ello en la medida de lo posible evitó hacerle sentir su poder. 8

Gracias a ello Ferrand logró mantener un precario equilibrio entre su pequeña dotación militar, que operaba con pocos recursos, y una población desconfiada que aceptaba su gobierno más por miedo a caer bajo el dominio de los haitianos que por auténtica simpatía. 9 Este era un miedo bien fundado pues en marzo de 1805 el gobernante haitiano Jean Jacques Dessalines y su lugarteniente Henri Christophe, habían invadido la parte española de la isla con la intención de reunificarla bajo su mando, tal como había hecho Toussaint en 1801. Dessalines fracasó en el intento pues la población dominico-española luchó al lado de los soldados franceses y la invasión fue repelida.

En su retirada las tropas haitianas masacraron a los habitantes de los pueblos ubicados en su ruta, particularmente en La Vega, Moca y Santiago, y quemaron esas ciudades. Esas masacres nunca fueron olvidadas por los dominico-españoles, quienes tampoco olvidaron los incontables prisioneros llevados a Haití que luego perdieron la vida en aquel país.10

Como consecuencia de esa nueva invasión haitiana (la primera fue la de Toussaint), miles de dominico-españoles decidieron emigrar hacia Venezuela, Cuba, Puerto Rico y España. Lo mismo hicieron varios centenares de familias francesas procedentes de Saint-Domingue que se habían refugiado en la parte oriental de la isla bajo la protección del gobierno de Ferrand.

Dos oleadas de emigración habían tenido lugar previamente. Una, en los meses siguientes a la firma del Tratado de Basilea, y la otra luego de la ocupación de Santo Domingo por las tropas de Toussaint. Esta tercera oleada contribuyó a despoblar el territorio dominico-español, el cual según cálculos modernos perdió más de dos tercios de la población que tenía inmediatamente antes de la Revolución Haitiana. 11

Esa era, en términos generales, la situación de la antigua parte española de Santo Domingo cuando llegaron las noticias de la caída de la monarquía española y la invasión napoleónica a España. Esas noticias llegaron a Santo Domingo desde Puerto Rico, cuyas autoridades fueron informadas temprano de los acontecimientos, pero no fue hasta finales de julio que el gobernador de Puerto Rico recibió informaciones oficiales de la declaración de guerra a Francia por parte de la Junta Provincial de Asturias.

Inmediatamente después de que el gobernador de Puerto Rico tuvo en sus manos la declaración formal de guerra, envió una copia de la misma al gobernador francés en Santo Domingo declarándole también la guerra. Esa comunicación llegó a manos de Ferrand en los primeros días de agosto de 1808.12  En respuesta, Ferrand emitió una proclamación invitando a los dominicanos a la calma,13 pues desde hacía por lo menos un mes el gobernador francés tenía informes de que el conocido hacendado Juan Sánchez Ramírez estaba visitando los pueblos de la parte oriental de la colonia con la intención de organizar un levantamiento para atacar la ciudad de Santo Domingo y expulsar a los franceses de la isla.14

Ciertamente, entre julio y noviembre Sánchez Ramírez anduvo de pueblo en pueblo estableciendo contactos, discutiendo y convenciendo a sus amigos de que con la ayuda del gobernador de Puerto Rico podrían expulsar a los franceses. Durante este periodo Sánchez Ramírez mantuvo una intensa y secreta correspondencia con Toribio Montes, gobernador de Puerto Rico, quien le prometió toda su ayuda a cambio de que Sánchez le enviase cargamentos de caoba suficientes para costear las operaciones. 15 Por muchas semanas los enviados de Toribio Montes llegaron a la isla con proclamas revolucionarias e instrucciones, dinero y armas para Sánchez Ramírez, quien además hizo un pacto con el general Alexander Pétion, presidente de la República de Haití, quien Pétion prometió dar armas y municiones a los conspiradores a cambio del ganado que él requería.
Desde que Sánchez Ramírez se enteró de la caída de los monarcas españoles se dispuso a vengar la invasión napoleónica. Según cuenta en su Diario: “desde aquel momento no pude sacudir de la imaginación la idea de la guerra... y aquel encuentro produxo en mi espíritu tal encono contra ellos, que, a pesar de la aceptación que les debía hasta llamarme ellos mismos el amigo de los franceses, no podía verlos ya desde entonces sin irritarme en extremo”.16

Después de pasar todo el verano conspirando, Sánchez Ramírez logró formar un abigarrado ejército de peones y capataces de los hatos de la región oriental que fueron armados con cuatrocientos fusiles con sus municiones enviados por el gobernador de Puerto Rico.17 . En octubre, Ferrand recibió los detalles de la sublevación y envió tropas a la región oriental. También ofreció recompensa por las cabezas de los líderes de la conspiración. 18 Durante la primera mitad de noviembre, cerca de 300 voluntarios puertorriqueños desembarcaron en Boca de Yuma y se unieron a las tropas que Sánchez Ramírez había agrupado en El Seibo con el objetivo de marchar hacia Santo Domingo.

El gobernador Ferrand decidió ir a liquidar la insurrección pensando que su sola presencia haría que los rebeldes depusieran sus armas. Marchó más de ciento cincuenta kilómetros con algo menos de seiscientos soldados franceses, más una tropa irregular de cuatrocientos hombres reclutados durante la marcha desde la ciudad de Santo Domingo. Por su parte, los dominico-españoles no llegaban a ochocientos hombres, de los cuales unos trescientos estaban armados de fusiles pues Sánchez Ramírez había distribuido en otros lugares un centenar de las armas recibidas desde Puerto Rico. El resto portaban lanzas y machetes, y más de cien montaban caballos. Las cifras sobre ambos ejércitos difieren. Según Lemonier Delafosse las tropas de Sánchez Ramírez superaban los mil hombres, mientras las francesas no pasaban de 620 soldados.19

El día 7 de noviembre ambos ejércitos se enfrentaron. La batalla fue breve. Los dominico-españoles esperaron a los franceses posicionados en lugares estratégicos con sus fuerzas divididas en varios batallones. Esta batalla tuvo lugar en el sitio de Palo Hincado, provincia de El Seibo. Según los sobrevivientes franceses, las descargas de la fusilería dominico-española “llevó el desorden” a las filas francesas. 20 En total los franceses tuvieron 315 muertos, en tanto que los dominico-españoles sólo tuvieron siete, y cuarenta y siete heridos, según el testimonio de Sánchez Ramírez. 21

Al verse perdido, Ferrand trató de escapar, pero fue perseguido de cerca y antes de ser atrapado con vida prefirió suicidarse. De las tropas francesas sólo dieciocho hombres lograron regresar vivos a sus cuarteles en la ciudad de Santo Domingo después de una penosa marcha de quince días a través de las densas selvas de los llanos orientales.22

El 12 de noviembre la ciudad fue declarada bajo estado de sitio por el general Du Barquier, sustituto de Ferrand.23   El 29 del mismo mes, Sánchez Ramírez llegó e instaló su campamento en la parte de Jainamosa al lado opuesto del río Ozama. Unos días después, se trasladó a la hacienda de Gallard, desde donde Dessalines había dirigido el bloqueo contra la ciudad en 1805. Para debilitar la posición francesa, tres días después de la batalla de Palo Hincado, los británicos surgieron con tres fragatas y dos bergantines en Samaná, y forzaron a los comandos franceses a capitular y rendirse a los insurgentes.24 Desde este momento, la colaboración británica se hizo un factor decisivo en la lucha contra los franceses.

El sitio apenas había empezado cuando los británicos iniciaron el bloqueo marítimo de Santo Domingo. Ocasionalmente los barcos británicos descuidaban el bloqueo del puerto  por algunas semanas para retornar a sus bases. De modo que los franceses podían enviar sus goletas y bergantines a Martinica y Guadalupe, o a los Estados Unidos, en busca de harina, arroz y otras provisiones, pero el bloqueo británico y la falta de dinero solo les permitía abastecerse de lo mínimo necesario.

El hambre se convirtió otra vez en el peor enemigo. Por ocho meses las tropas francesas resistieron el sitio, y en los últimos meses la escasez de alimentos fue tan grave que los soldados y residentes de la ciudad se vieron obligados a comer caballos, burros, ratas, palomas, loros e inclusive cueros cocidos. En vano los franceses intentaron romper el bloqueo enviando tropas a las murallas de la ciudad. El ejército insurgente era muy numeroso y controlaba la periferia de la ciudad. 25 Sánchez Ramírez fue capaz de mantener el orden entre sus tropas a pesar del descontento general por la falta de alimentos. La mayor parte del ganado de los ranchos que rodeaban Santo Domingo fue consumida, y los campos de caña fueron destruidos para alimentar a los caballos. A medida que iban desapareciendo los cultivos de la periferia de Santo Domingo, muchos hacendados decidieron abandonar sus propiedades.

Convencidos de que era inútil continuar la resistencia, y persuadidos de que era más honroso rendirse a los británicos que a los dominico-españoles, las tropas francesas firmaron su capitulación el 7 de julio de 1809. Según el cronista de estos acontecimientos, Lemonier Delafosse, los franceses prefirieron rendirse a Su Majestad Británica en vez de aceptar su derrota ante "las bandas españolas, ya que acaso esa multitud de negros semi-desnudos que formaban bandas guerrilleras podrían ser considerada un ejército."26

Los británicos entonces tomaron posesión de la ciudad el 11 de julio, después de pactar los términos de capitulación con los jefes franceses, y de realizar las acostumbradas ceremonias de rendición.27 Las derrotadas tropas napoleónicas fueron luego llevadas a Jamaica por los británicos para su posterior repatriación a Francia. 28 Luego de imponer varias condiciones a los dominico-españoles, una de las cuales fue la repartición a partes iguales de los cañones, demás armas y municiones de la fortaleza y murallas, el 11 de julio los británicos entregaron la plaza a Sánchez Ramírez.29

La reconquista del territorio dominicano fue celebrada entonces con una ceremonia religiosa en la catedral “llevando el Estandarte que desde la acción de Palo Hincado hacía honor a la Religión, fidelidad y patriotismo de nuestro Exercito, teniendo estampada de una parte la imagen de la Santísima Virgen de la Merced, Patrona de la Isla, y de la otra la de nuestro idolatrado Soberano el Señor D. Fernando 7º, cuyo retrato en miniatura tube (sic) la dicha de traer al pecho en esta entrada triunfante, que consagré a la gloria de su augusto nombre”.30

En agosto, Sánchez Ramírez y sus hombres obtuvieron, finalmente, el control total de la colonia, después de entregar a los británicos la mejor artillería de la ciudad y enormes cargamentos de caoba.31 Sánchez Ramírez también tuvo que conceder a los británicos el derecho de comercio libre en todos los puertos de la colonia, aplicando a todos los productos importados en barcos británicos la misma tarifa arancelaria que se aplicaba los productos españoles. 32

Para los dominicanos el hecho de ser colonos de España, aunque sin un rey y sin recursos, era sumamente importante ya que volvían a ser parte de la nación de la cual habían sido separados contra su voluntad por el Tratado de Basilea. Durante los quince años anteriores, Santo Domingo español había pasado por las duras pruebas de una revuelta esclava, una invasión británica, dos invasiones haitianas, emigraciones masivas, la destrucción total de su ganadería y de sus molinos de azúcar, y su ruina económica.
El impacto de las revoluciones francesa y haitiana en Santo Domingo fue enorme. La población de la parte española, que había llegado a 125 mil habitantes en 1789, quedó reducida a menos de 70 mil en 1809. En esos veinte años Santo Domingo no solo perdió el rumbo de su orientación nacional después de haber sido cedida a Francia en 1795, sino que también perdió casi a toda su elite educada y sus empresarios coloniales que habían sido responsables de su renacimiento económico durante la segunda mitad del siglo XVIII. El golpe que las guerras e invasiones procuraron a la parte este de la Española fue tal, que le tomaría a su economía más de setenta años para recobrarse.

Socialmente, la pérdida fue irreparable. Los pueblos más emprendedores del interior fueron convertidos a cenizas, y su población casi desapareció por completo. Casi todo el clero dejó la isla, con la excepción de una docena de sacerdotes. La universidad fue cerrada por varios años,  y todos los conventos permanecieron clausurados por más de un siglo, perdiendo sus propiedades y tierras para siempre. Los pocos colegios que existían perdieron sus profesores. Las exportaciones se redujeron a cantidades insignificantes. La pobreza se generalizó, y un profundo pesimismo oscureció el espíritu de la incipiente comunidad nacional, compuesta mayormente por gente de color que se percibía como blanca, hispánica y católica, y que no deseaba ser abandonada por España.

Durante la Guerra de la Reconquista, que así se llamó a este capitulo de la Guerra la Independencia de España, Sánchez Ramírez y los demás líderes criollos y dominico-españoles creían que Santo Domingo debía volver a ser colonia española reconociendo únicamente la soberanía de Fernando VII. Esta decisión fue acordada mientras las tropas de Sánchez Ramírez mantenían el cerco a la capital en el curso de una asamblea celebrada en el Cuartel General de Bondillo, en las afueras de la ciudad, el 12 de diciembre de 1808.
A esa asamblea asistieron todos los diputados de la parte oriental de la isla, quienes se constituyeron en Junta “según la convocación hecha por el Comandante General D. Juan Sánchez Ramírez para fixar la base de Gobierno en la epoca presente, y según los poderes que obtienen, han decretado y decretan en unanime lo siguiente:

“Articulo primero. La Junta, en nombre del Pueblo de la Parte Española de la Isla de Santo Domingo, a quien representa, reconoce, como lo tiene reconocido, al Señor Don Fernando 7º por legitimo Rey  y Señor natural y, por consiguiente a la Suprema Junta Central de Madrid, en quien reside la Real Autoridad.”
En los artículos siguientes, la Junta reconoció a Sánchez Ramírez como gobernador político, intendente interino y comandante en jefe del ejército español de Santo Domingo, hasta la aprobación de la Suprema Junta Central de Madrid. Acto seguido la Junta se constituyó en órgano consultivo del gobernador, y ordenó la restitución del sistema administrativo y judicial español con “una organización provincial arreglada a las Leyes del Reino y Ordenanzas municipales”. 33

Aprovecho esta solemne ocasión para señalar algo que nadie ha señalado antes, que yo sepa, y es que la Junta de Bondillo fue la primera junta fernandista organizada en América luego de la caída de la monarquía española y la invasión napoleónica a España. Recuérdese que la junta de Quito se instaló el 10 de agosto de 1809, mientras que la de Buenos Aires es del 25 de mayo de 1810. La de Caracas, llamada Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, es del 19 de abril de 1810).

También le tocó a Sánchez Ramírez realizar la primera proclamación en América de reconocimiento público de Fernando VII como soberano de las Indias. Esto ocurrió en la pequeña ciudad de El Seibo, en la parte oriental de la colonia, el 26 de octubre. Dice Sánchez Ramírez en su Diario que cuando “hice entrada en la la mañana del veinte y seis, llevando enarbolado el pabellón (sic) español y gritando con la tropa de patriotas que me seguían: ¡Viva nuestro Rey Fernando 7º!, cuya consolante voz arrebató los corazones de aquel pueblo; pasamos a la Iglesia Parroquial, en que me recibió el Padre Cura Morillas, canto Te Deum, y desde aquel momento me reconoció y recibió el vecindario por Caudillo de los patriotas españoles”.34

Al igual que las otras primeras juntas organizadas en Quito, Buenos Aires y Caracas, cuyo propósito inicial fue tomar el control político de sus colonias respectivas colonias para impedir que Napoleón controlara el imperio español en América, la junta dominico-española se encaminó hacia ese objetivo, y lo logró cabalamente pues los franceses fueron expulsados definitivamente de Santo Domingo. La Guerra de la Reconquista de Santo Domingo se convirtió así en uno de los más tempranos episodios de éxito de la Guerra de la Independencia española.

Señoras y señores:

Habiendo narrado muy sucintamente los acontecimientos que llevaron a los dominicanos a buscar su separación de Francia para unirse de nuevo a la Madre Patria, solo me resta ahora recordar que Juan Sánchez Ramírez, tan pronto concluyó las negociaciones con los británicos, dictó un bando, el 9 de octubre de 1809, restituyendo la parte española de la isla a su “antiguo dueño Fernando VII, en la creencia de que hacía falta en la corona la primera joya que destinó la providencia en medio de los mares de las Antillas para decoro de los reinos de Castilla”. Acto seguido, envió a España al distinguido hombre de letras y de negocios Domingo Muñoz del Monte con la misión de transmitir oficialmente a la Junta Central de Sevilla los cambios operados en Santo Domingo y obtener su reconocimiento.

Tanto la Junta como el Consejo de Regencia respondieron favorablemente con sendos decretos fechados, uno el 12 de enero de 1810, y el otro el 29 de enero, acogiendo la antigua colonia de Santo Domingo a los reinos de España y conteniendo numerosas medidas orientadas al fomento económico y a la seguridad militar del territorio recién reconquistado. Esos decretos establecían el modo en que debía organizarse el gobierno colonial conforme a la vieja estructura administrativa de las intendencias y capitanías generales.
Sánchez Ramírez fue nombrado Gobernador, Capitán General e Intendente interino, siendo asistido por un Comisario Regio, Francisco Javier Pérez Caro, quien había sido también el portador de los mencionados decretos, y por un eficiente burócrata que jugaría un papel principalísimo en la vida colonial dominicana durante toda la década siguiente, José Núñez de Cáceres, quien fue nombrado Teniente Gobernador Político, Auditor de Guerra y Asesor General.35

A pesar de que, legalmente, Santo Domingo todavía era francesa pues los acuerdos de Basilea todavía no habían sido abrogados (lo cual ocurrió formalmente el 20 de julio de 1814, por uno de los tratados firmados en París que sirvieron para poner fin a las guerras napoleónicas), el hecho de que la reconquista de Santo Domingo fuese reconocida legalmente por el gobierno revolucionario de España, sirvió de base jurídica para que Santo Domingo fuese invitada a enviar diputados a las Cortes Constituyentes cuando el Consejo de Regencia convocó a elecciones el 14 de febrero de 1810 para redactar lo que sería más tarde la gloriosa Constitución de Cádiz.

Sabemos que la convocatoria establecía que las provincias de ultramar debían elegir un diputado por cada capital cabecera de cada provincia, pero que para Santo Domingo sólo debía elegirse un diputado. Dice el conocido tratadista Wenceslao Vega, en su reciente obra La Constitución de Cádiz y Santo Domingo que “como había urgencia en que esas Cortes se reunieran, y estando en pleno apogeo la guerra contra Napoleón, esa Junta decidió que no había tiempo para organizar en América los procesos electorales para que se eligieran los diputados y por lo tanto dispuso por Decreto de agosto de 1810, que se escogiera un Diputado suplente de entre los naturales de cada provincia residente en la Península… No apareció en Cádiz ninguno del Santo Domingo español, por lo que se presentó para ese cargo de Diputado Suplente un militar cubano que estaba a la sazón en la propia Cádiz, Don José Álvarez Toledo… que como no era natural de Santo Domingo, tuvo poco interés en representarla y defenderla, y su participación en los debates durante los [quince meses] de preparación del texto constitucional fue muy pobre”.36

Sánchez Ramírez murió el 12 de febrero de 1811 mientras la Constitución de Cádiz era redactada y más de un año antes de su promulgación, pero dejó tras él una colonia firmemente integrada a España, mientras en otras partes de América se exacerbaban las primeras luchas por la emancipación.
Santo Domingo no estuvo ajena a las conspiraciones independentistas de aquellos años en que los diputados debatían el texto constitucional en Cádiz pues de continuo llegaban allí noticias y manifiestos inflamatorios de Caracas incitando a la emancipación. Estimulados por esas instancias, así como por el ejemplo de la independencia estadounidense y haitiana, los desafectos al gobiernos español intentaron en dos ocasiones derrocar el régimen colonial.

Una de esas tramas fue develada en septiembre de 1810, meses antes de la promulgación de la Constitución. La otra fue descubierta en agosto de 1812. Ambas fueron duramente reprimidas y mataron todo intento independentista hasta finales de 1821, pero no pudieron apagar el sordo resentimiento que sentían muchos criollos hacia el régimen colonial.

La reconquista de Santo Domingo trajo consigo la reimplantación del régimen absolutista borbónico mucho antes de que Fenando VII retornara al trono porque los hombres que reinstituyeron el sistema colonial español no conocían otra forma de gobierno. En un revelador pasaje de su clásico Compendio de la Historia de Santo Domingo, escrito a mediados del siglo XIX, José Gabriel García dice que el Comisario Regio Francisco Javier Caro, quien fue portador de los decretos de reorganización colonial de Santo Domingo, “discípulo de la escuela absolutista que se sobrepuso más tarde con don Fernando VII, lejos de aprovechar el entusiasmo despertado por la reconquista para proponer el ensayo de algo nuevo que pudiera contribuir a facilitar el tardía despacho de los negocios públicos, desenterró la misma organización que tenía la colonia antes de la cesión hecha a Francia en 1795… todo esto bajo leyes calculadas para impedir el nacimiento del espíritu y matar toda idea de la independencia y soberanía popular…” 37

La proclamación de la Constitución de Cádiz, que fue celebrada con muchísima pompa y solemnidad durante los días 18 y 19 de julio de 1812 en Santo Domingo y pueblos de interior de la isla, no alentó el espíritu independentista, pero sí abrió un espacio de discusión sobre los conceptos de libertad política, que en aquellos días se expresó prácticamente como libertad de imprenta y de opinión, así como en la capacidad y el derecho de las colonias a elegir sus propios representantes. Esto, en la práctica, señalaba la posibilidad de dar forma institucional al principio de la soberanía popular.

Gracias a la Constitución de Cádiz se crearon en Santo Domingo los primeros periódicos y comenzó la discusión abierta de la separación de los poderes públicos que sería un elemento consustancial al constitucionalismo republicano hispanoamericano.

En un reciente artículo que he escrito para una obra editada por el Doctor Alberto Ramos Santana acerca de La Constitución de Cádiz y su huella en Iberoamérica, 38 (Universidad de Cádiz, junio 2011), explico el impacto que tuvo este texto en el nacimiento de la tradición constitucional dominicana pues aun cuando los redactores del primer texto constitucional republicano dominicano, promulgado en 1844, tuvieron otras referencias –como las constituciones estadounidense, francesa, belga y haitiana), incorporaron por lo menos once artículos de la Constitución de Cádiz en la llamada Constitución de San Cristóbal que dio forma al nuevo Estado independiente de lo que había sido hasta 1821 la colonia española de Santo Domingo.

Esos artículos, copiados casi a la letra, reiteraban los principios de la libertad de opinión, de imprenta, de asociación y de elección de diputados. De las demás constituciones republicanas anteriores, los dominicanos escogieron los principios relativos a los derechos del hombre y del ciudadano y aunque es cierto que la influencia de Cádiz fue más limitada que la francesa y norteamericana, hoy podemos con satisfacción señalar estos vínculos que unen a Cádiz con la sociedad de origen español más antigua en el Nuevo Mundo.

Muchas gracias.

Cádiz, 11 de abril del 2012

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1.Ver, entre sus muchas obras, Población y economía en Santo Domingo, 1700-1746 (Sevilla: Diputación Provincial, 1985) y Santo Domingo colonial: estudios históricos, siglos XVI al XVIII (Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 2007).

2.Sobre la evolución de las dos colonias de la isla las dos obras clásicas son Antonio Sánchez Valverde, Idea del valor de la isla Española , y utilidades, que de ella puede sacar su monarquia (Madrid: Impr. de P. Marin, 1785), y Méderic Louis Elie, A Topographical and Political Description of the Spanish Part of Saint-Domingo: Containing, General Observations on the Climate, Population, and Productions, on the Character and Manners of the Inhabitants, with an Account of the Several Branches of the Government (Philadelphia: El Autor, 1796). Una síntesis de ese proceso es Frank Moya Pons, Historia colonial de Santo Domingo, (Santiago: Universidad Católica Madre y Maestra, 1973, 179-370. Ver también María Rosario Sevilla Soler, Santo Domingo Tierra de Frontera (1750-1800) (Sevilla: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1981).

3.Gran parte de la documentación oficial de este período ha sido publicada  en los siguietnes volúmenes: Emilio Rodríguez Demorizi, Cesión de Santo Domingo a Francia; correspondencia de Godoy, García, Roume, Hedouville, Louverture, Rigaud y otros, 1795-1802 (Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1958), J. Marino Incháustegui, Documentos para estudio: marco de la época y problemas del Tratado de Basilea de 1795, en la parte española de Santo Domingo (Buenos Aires: Academia Dominicana de la Historia, 1957); y Antonio Del Monte y Tejada, Historia de Santo Domingo (Santo Domingo: Impr. de García Hnos, 1890), vol. 4. Ver también a (Ciudad Trujillo: 1952.) y Ramón Lugo Lovatón, “El Tratado de Basilea,” Boletín del Archivo General de la Nación 68 (Ene-Mar, 1951): 86-119; Manuel Arturo Peña Batlle, El Tratado de Basilea y la desnacionalización del Santo Domingo español (Ciudad Trujillo: Impr. Dominicana, 1952).

4.Para mayores detalles, consultar a Frank Moya Pons, The Haitian Revolution in Santo Domingo, (1789-1809),” Jahrbuch fur Geschichte von Staat, Wirschaft und Gesellschaft Lateinamerikas 28 (1991): 125-162.

5.La literatura acerca de la Revolución Haitiana es sumamente copiosa. Como referencias generales recomendamos leer las siguientes síntesis modernas: Laurent Dubois, Avengers of the New World: The Store of the Haitian Revolution (Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 2004), David Patrick Geggus, Haitian Revolutionary Studies (Bloomington: Indiana University Press, 2002), y Carolyn Fick, The Making of Haiti: The Saint-Domingue Revolution from Below (Knoxville: The University of Tennessee Press, 1990).

6.Moya Pons, Historia colonial, pp. 378-381.

7.Ver Juan Sánchez Ramírez, Diario de la Reconquista (Ciudad Trujillo: Academia Militar Batalla de las Carreras, 1957), pp. 1-11.

8.Ver la documentación acerca de este periodo publicada por Emilio Rodríguez Demorizi, La Era de Francia en Santo Domingo: Contribución a su estudio (Ciudad Trujillo: Academia Dominicana de la Historia, 1955).

9.Existen varias relaciones contemporáneas escritas por oficiales franceses. Las dos más reveladoras son Gilbert Guillermin, Journal historique de la revolution de la partie de l´Est de Saint-Domingue comencé le 10 Aout 1808, avec des notes statistiques sur cete partie (Philadelphia, 1810), y M. Lemonier Delafosse, Seconde campagne de Saint-Domingue du 1er décembre 1803 au 15 juillet 1809; precedée de souvenirs historiques & succints de la premiere campagne, expedition du Général en Chef Leclerc, du 14 décembre 1803 (Havre, 1846).

10.Una colección de memorias y documentos contemporáneos escritos por testigos de esos hechos han sido recogidos por Emilio Rodríguez Demorizi, Invasiones Haitianas de 1801, 1805 y 1822 (Ciudad Trujillo: Academia Dominicana de la Historia,1955).

11.Sobre el impacto de las emigraciones, ver Frank Moya Pons, "Nuevas Consideraciones sobre la Historia de la Población Dominicana: Curvas, Tasas y Problemas," Seminario sobre Problemas de Población en la República Dominicana (Santo Domingo: Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1975), pp. 37-63.

12.Ver, Guillermin, Journal Historique, pp. 6-7

13.Ver, Guillermin, Journal Historique, pp.11-15.

14.Ver, por ejemplo, la “Proclama del General Ferrand a los habitantes de la Parte española, 9 de agosto de 1808”, en Apéndice, Doc. 1, de Sánchez Ramírez, Diario de la Reconquista, pp. 245-246.

15.Sobre la conspiración y los viajes constantes de Sánchez Ramírez en la parte este de la isla, ver Diario de la Reconquista, pp. 1-46.

16.Sánchez Ramírez, Diario, pp. 4 y ss.

17.Ibid., 37 y ss.

18.Guillermin, Journal historique, pp. 39-40.

19.Lemonier Delafosse, Seconde champagne, p. 193.

20.Guillermin, Journal historique, p. 62.

21.Sánchez Ramírez, Diario, 59.

22.Lemonier Delafosse, Seconde campagne, p. 216-222..

23.Lemonier Delafosse, Seconde campagne, p. 229.

24.Guillermin, Journal historique, p. 57.

25.La vida el ciudad dominada por los franceses durante esta guerra es descrita por Lemonnier Delafosse, Second campagne, pp. 230-282; y Guillermin, Journal historique, pp. 59-249.

26.Lemonnier Delafosse, Seconde campagne, p. 270.

27.Ver los detalles de las negociaciones y el texto de la capitulación en Guillermin, Journal historique, pp.242-260.

28.Delafosse, Seconde campagne, dedica casi toda su obra a narrar desde la huida de los sobrevivientes derrotados en Palo Hincado, hasta la capitulación de los franceses en julio de 1809.

29.En el “Apéndice” del Diario de Sánchez Ramírez están reproducidos el acuerdo de capitulación y otros documentos pertinentes. Ver, particularmente, Docs. 98, 100-102, 111, 120, 122, 124 y 126.

30.Sánchez Ramírez, Diario, pp. 234-236.

31.Ver Lemonier Delafosse, "Note Sixième," Seconde campagne, pp. 298-299

32.Ver Sánchez Ramírez, Diario, pp. 312-313.

33.Ibid., pp. 94-101.

34.Ver Diario, p. 32.

35.José Gabriel García, Compendio de la Historia de Santo Domingo, 5ta ed. (Santo Domingo: Editora de Santo Domingo, 1979), pp. 347-357.

36.Wenceslao Vega, La Constitución de Cádiz y Santo Domingo (Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 2008), p. 23.

37.García, op. cit., pp. 356-357.

38.Ver Alberto Ramos Santana: La Constitución de Cádiz y su huella en América / [edición al cuidado de Alberto Ramos Santana], Cádiz: Universidad, 2011, España.

 


ISSN: 2174-0445



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