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DISCURSO Y CELEBRACIÓN LITERARIA: CERVANTES HISPANOAMERICANOS
 

Dr. Manuel José Ramos Ortega
Discurso de ingreso como Académico de Número

Sean mis primeras palabras de sincero y emocionado agradecimiento a  la Real Academia Hispano Americana  de Ciencia, Artes y Letras de Cádiz y a las señoras y señores académicos que me propusieron, con una generosidad muy por encima de mis escasos méritos,  para ocupar el sillón V de esta ya centenaria Institución. Soy consciente del elevado compromiso que hoy contraigo con la  Academia, con los académicos y también, por qué no decirlo, con la misma ciudad de Cádiz, pues esta docta casa nació, creció y ha dado sus mayores y mejores  frutos al hilo de los principales acontecimientos históricos del último siglo gaditano. Por otra parte, como diría nuestro querido escritor, académico y paisano ya fallecido, Ramón Solís, un nuevo siglo “llama a las puertas” de esta querida ciudad, como una segunda oportunidad en su milenaria historia, y  es claro y notorio que la Academia deberá jugar un papel de singular importancia en los relevantes acontecimientos que se avecinan. Deberemos estar todos  preparados y ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Una parte importantísima de esta conmemoración ha de ser la potenciación y protección de nuestro idioma, patrimonio hoy de más de 400 millones de hispanohablantes en todo el mundo. Pues como escribió en su día el  poeta-profesor y académico, miembro destacado de la generación del 27, Dámaso Alonso:
     
Hermanos en mi lengua, qué tesoro
            Nuestra heredad – ¡oh amor, oh poesía!-,
            Esta lengua que hablamos –¡oh belleza!-,1

Por esta razón he querido contribuir modestamente a las vísperas de tan importante acontecimiento con un discurso sobre la riqueza de un patrimonio, en este caso literario, que ha convertido al español en un idioma universal, gracias al ingenio creador de sus escritores. Y si un idioma es grande lo es a causa sobre todo de aquellos que han hecho de él la cima de sus conocimientos, el logro de sus afanes artísticos-expresivos y el sueño de la libertad creadora, que se ha convertido en  realidad gracias a los millones de personas que hablamos, sentimos y nos comunicamos en la misma lengua. 

Sucedo en el cargo al Ilmo. Sr. Dr. D. Francisco Herrera Rodríguez, actualmente académico supernumerario, a petición propia. Lo cual hacen más precarias y evidentes las carencias de mi pobre bagaje académico y científico frente al suyo. Aunque no es menos cierto que esta azarosa circunstancia me ofrece la oportunidad, demasiado atractiva para no aprovecharla, de hablar no sólo de un querido compañero en las tareas docentes universitarias, sino de un gran amigo desde hace ya algunos años. Se da además la curiosa circunstancia de que, a petición mía, los grabados de los autores  que ilustran este discurso han sido elaborados por el profesor Herrera. Con lo cual, no solo apreciarán  sus evidentes dotes de dibujante sino que nos brindarán a los dos la excepcional  ocasión de que podamos ofrecer a ustedes un curioso documento   “a dos voces”  que amenizará y aliviará  el pesado discurso literario que he preparado. Es sin duda una original y borgiana circunstancia   que ambos protagonistas  participemos en este mismo acto como si de una sola persona se tratara.  Lo que me llena de satisfacción, pues afortunadamente me evita, como es habitual en estos casos,  innecesarios, luctuosos   y penosos panegíricos sobre el mencionado académico. Gaudeamus igitur: hablaremos de mi antecesor  en presente y no en pasado, pues el ilustre académico al que tengo el honor de suceder en el escaño, excusada su ausencia aquí esta tarde, nos  acompañará  hoy  por partida doble: en mi debido y agradecido reconocimiento y en el cuaderno que deben tener ustedes ya  entre sus manos.

Comencemos pues.

Por encima de cualquier aspecto formal, nos interesa señalar, y más en este foro, que el Premio Cervantes, así al menos lo considero, independientemente de cualquier otra sesgada dimensión extra-académica, es una celebración del idioma español en su estado más puro. Pues no en vano, como dice el texto de la cita  del poeta, profesor y académico Dámaso Alonso, nuestra mayor heredad, como comunidad de hablantes, es la lengua y cualquiera que no lo vea así está negando una evidencia o, lo que es peor, está falseando la realidad por algún motivo menos confesable.

Como muy bien escribía Francisco Ayala, ganador del premio en 1990, “la patria del escritor es su idioma”. Pues, en efecto, el Premio ha estado siempre dedicado a destacar los méritos de quienes escriben en lengua española, cualquiera que sea la patria de nacimiento, siempre que esté situada a uno u otro lado del Atlántico. Esta es la razón que me ha llevado a considerar “hispanos” en el más amplio sentido del término, es decir pertenecientes a la comunidad de origen cultural y  lingüístico hispánicos,  a dos escritores, de nacionalidad originaria española, pero cuya trayectoria vital y profesional se ha vinculado mayoritariamente a Cuba y Argentina respectivamente. Me refiero a la filósofa María Zambrano y al escritor y ensayista Francisco Ayala.  El caso del escritor granadino es particularmente interesante porque es un ejemplo de lo que podríamos denominar nomadismo intelectual, tan característico del exilio que afectó a tantos profesionales españoles a partir de 1939, pero que también ha sido una de las consecuencias, en sentido geográficamente inverso, es decir de allá para acá,   de los golpes totalitarios de los regímenes del cono sur hispanoamericano, sin olvidarnos de otras zonas del Caribe y de América Central.

Pues, sin querer jugar a sociólogos, yo diría que estos dos factores, el exilio y el hibridismo o mestizaje cultural-literario, han sido dos realidades  difícilmente despreciables en la obra de los escritores hispanoamericanos.  Y a pesar de estos dos factores y, yo diría, como consecuencia positiva  -especialmente del  segundo-,  en los premios Cervantes concedidos a lo largo de estos años ha quedado reconocida y sustantivada la comunidad cultural, cuya base sólida ha sido y continúa siendo, cada vez con mayor intensidad, la comunidad  cultural del idioma. “Sobreponiéndose a los muchos equívocos ocasionados por la historia política del pasado Siglo” 2
           
En este sentido, el mexicano Sergio Pitol escribió en su discurso de recepción del premio Cervantes:

El exilio español enriqueció de una manera notable a la cultura mexicana. Las universidades, las editoriales, las revistas, los suplementos culturales, el teatro, el cine, la ciencia, la arquitectura se renovaron. Aquellos peregrinos3 , heridos por una guerra atroz y derrotada, crearon una atmósfera intelectual mejor, nos enseñaron a entender y amar a la España que ellos representaban y ampliar nuestros horizontes”4

Y, a continuación, da nombres concretos:

“En la filosofía, María Zambrano y José Gaos, en la teoría de la música, Adolfo Salazar […], en la historia de las artes plásticas Juan de la Encina, en el cine Buñuel, y en la literatura, Luís Cernuda, José Moreno Villa, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, José Bergamín […] el latinista Millares Carlo […]”5

La comunidad en la lengua es igualmente considerada por el Premio Nobel y Premio Cervantes, el mexicano Octavio Paz, en su discurso de recepción:

“El Premio Cervantes […] nos recuerda que la lengua que hablamos es una realidad no menos decisiva que las ideas que profesamos o que el oficio que ejercemos. Decir lengua es decir civilización: comunidad de valores, símbolos, usos, creencias, visiones, preguntas sobre el pasado, el presente, el porvenir.” 6

La comunidad en la lengua es también una comunidad de convivencia y, en su grado más excelso, una civilización. La civilización que llevó España al Nuevo Mundo, como reconoce igualmente el autor de Los hijos del limo (1974):

“Hablar es convivir, vivir en un mundo que es este mundo y sus trasmundos, este tiempo y los otros: una civilización”. 7

Esta misma comunidad en la lengua es igualmente subrayada por el chileno Gonzalo Rojas, a propósito de su particular celebración del autor de El Quijote:

“Patria grande de Cervantes que es la lengua. Esa patria grande que nos une a  todos por sangre  y por oxígeno […] desde el  Cid al Quijote y más acá.”8

1. Una sociedad de obras

Después de esta breve introducción, ya se sabrá por qué derroteros va a ir discurriendo esta reflexión en voz alta: un análisis o comentario sobre los discursos de los escritores hispanoamericanos premiados en el solemne acto de entrega anual en la Universidad de Alcalá de Henares, coincidiendo con la conmemoración de la muerte de don Miguel de Cervantes en 1616.

Es decir que mi discurso irá discurriendo, a su vez, en paralelo a los discursos de los galardonados.  En aras de la brevedad y para no cansarles a ustedes haré una exposición abreviada, ya que tendrán la oportunidad de leer completa esta disertación, si así lo desean, en los cuadernos que se les ha repartido a la entrada.   

Naturalmente en los discursos de  todos  los premiados hay un ritornello: Cervantes y su obra mayor, El Quijote, que se convierte en transversal a  lo ancho  de los 36  discursos. Es norma no escrita que el premio se conceda anualmente por el jurado de forma alternativa a un escritor, o escritora, nacido en España y, al año siguiente, a un hispanoamericano, y así sucesivamente. Desde el año 1976 hasta la fecha han sido 36 en total los galardonados  que han recogido la máxima distinción de las letras españolas. Es decir que deberían haberse repartido de  manera alícuota a razón de 18 escritores españoles y la misma cantidad de hispanoamericanos. Pero los hispanoamericanos  hasta este año han sido 17. El premio de  la última convocatoria, de 2010,  ha sido entregado hace unos meses a la española Ana María Matute, luego no es demasiado arriesgado  aventurarse a anunciar que el Cervantes de 2011 recaerá en la obra de  un escritor o escritora hispanoamericana y se volverá a equilibrar la balanza. Además de estos 17 escritores hispanoamericanos yo me he permitido sumar a la nómina dos escritores nacidos en España: María Zambrano y Francisco Ayala que, aunque españoles de nascencia, han escrito y desarrollado la mayor parte de su vida profesional en Argentina, México, Puerto Rico, Cuba y EEUU.  Vale decir, que han  sido españoles del mundo, pero razonadamente más españoles del otro lado del Atlántico que de este. Pues, como apuntaba el escritor granadino en su discurso:

Nacido en Andalucía, tomé parte desde Madrid, durante la época juvenil de mi vida en los movimientos literarios de vanguardia, que se desenvolvían en estrecha correspondencia con los simultáneos de Barcelona, Buenos Aíres, México y La Habana. Luego, las consecuencias de nuestra guerra civil, en la que actué como ciudadano (pero no por cierto como escritor) al lado de la República, me llevarían a reanudar mi producción literaria en varios países de América [sic] Así, una parte considerable de mi obra fue desconocida, o tardíamente reconocida, en este mi país natal, sin que aquellos críticos e historiadores que se ocupan de catalogar, ordenar y categorizar el cuerpo de la producción literaria sepan bien dónde colocar la de un escritor exiliado [que durante] (un lapso de nada menos que un cuarto de siglo ) debió actuar bajo la condición ambigua de ‘escritor español en América’, tenido allí por propio y por ajeno a un  tiempo mismo…”

Porque el problema es muy bien diagnosticado por el propio Ayala en ese mismo texto que ahora estamos citando:

“Como bien se advierte, el intento y la práctica de encuadrar la literatura  de lengua española dentro de marcos nacionales no está libre de perturbadoras dificultades”.

Y a continuación, el corolario de ambas circunstancias:

“Por eso me parece muy laudable el hecho de que el Estado español mantenga […] premios para galardonar obras literarias de sus ciudadanos escritas en cualquiera de los idiomas reconocidos como oficiales dentro del ámbito peninsular, pero que al mismo tiempo haya instituido también, bajo la advocación de Cervantes, este Premio singular que contempla el panorama entero de las letras castellanas, cualquiera sea la ciudadanía del escritor, un premio extendido, pues, a la gran patria espiritual que tantos pueblos comparten.” 9     

Sin duda es a esta “patria espiritual” o “sociedad de obras” a la que se refería el mexicano Octavio Paz en su discurso de recepción del Premio, en el año 1981:

“¿Y qué es una literatura? No es una colección de autores y de libros, sino una sociedad de obras. Las novelas, los poemas, los relatos, las comedias y los ensayos se convierten en obras por la complicidad creadora de los lectores. La obra es obra gracias al lector […] La obra nace de la conjunción del autor y el lector; por esto la literatura es una sociedad dentro de la sociedad: una comunidad de obras que, simultáneamente, crean un público de lectores y son recreadas por esos lectores.” 10

Llegamos  así a  un concepto de la lengua y de sus mejores testimonios escritos, que son las obras literarias, que excede a la idea de patria, la de país o incluso, en el caso del idioma español, de continente. Ya antes habíamos hablado de la lengua como la verdadera patria del hombre. Por encima de banderías, por encima de literaturas nacionales y regionalismos de campanario,  una patria común, una sociedad de lengua, de nuestra lengua española,  una “región más transparente” en la que, como vasos comunicantes, las obras literarias se intercambiarían dialogando con las del resto de los países hispanohablantes. Desde El Quijote, en adelante hasta llegar al siglo XXI. ¿O es que la novela de Cervantes no pudo dialogar perfectamente con los Amadises de Gaula y los Palmerines  de Inglaterra? O, en su defecto, puesto que no existían libros de caballería en América, ¿Por qué no iba a dialogar con Las Crónicas de Indias? ¿O es que el mismo autor de El Quijote no intentó, sin conseguirlo nunca, viajar al Continente recién descubierto? Muchos opinan que el mismísimo Quijote podría haberse escrito en el Nuevo Mundo, si Cervantes hubiera obtenido los permisos necesarios para viajar a Indias, como él mismo había requerido de la monarquía española.  Sesudos críticos piensan que no existió una literatura propia en Hispanoamérica en toda la época virreinal, es decir antes de los históricos procesos revolucionarios que dieron paso a las nuevas repúblicas hispanoamericanas.  Pregunto: ¿Acaso no es  Sor Juana Inés de la Cruz una de nuestras  más sublime poeta de toda la literatura barroca escrita en español? ¿Y no es el mexicano Juan Ruiz de Alarcón uno de nuestros mejores dramaturgos clásicos del siglo XVII, a la altura, si no en cantidad sí en calidad,  de nuestros Lope, Calderón o Tirso de Molina? Y ya en la época contemporánea, ¿hubiera existido  Modernismo en la península  si no hubiera arribado a esta orilla del Atlántico la verdadera revolución poética que  supuso la llegada a España del gran poeta nicaragüense Rubén Darío? ¿Hablaríamos, sin él, de Juan Ramón Jiménez, de  Francisco Villaespesa, de Salvador Rueda o del gaditano Eduardo de Ory? Pero es que tampoco  la Vanguardia ni el Ultraísmo hubieran existido sin la llegada a nuestro país del chileno Vicente Huidobro o del peruano César Vallejo. Y en ese caso tampoco hubiéramos conocido  los poemas del  Gerardo Diego creacionista de Manual de Espumas, ni de  Pedro Garfias, ni de  Guillermo de Torre, ni del ultraísta Rafael Cansinos Assens y de su amistad con Jorge Luis y Norah Borges, ni de sus colaboraciones en  la sevillana  revista Grecia, etc.  Lo mismo que hoy sería casi imposible hablar de una generación del 27 sin la Residencia de Estudiantes, tampoco sería imaginable un Miguel Hernández  o un Rafael Alberti sin la llegada a España del chileno  Pablo Neruda o sin la literatura y la espontánea camaradería que surgieron de las tertulias de la “Casa de las Flores”, en donde residió y confraternizó,  con los poetas de España,  el diplomático y poeta chileno  hasta  su salida forzada de la patria que le recibió. Y si Lorca viajaba a Nueva York,  donde comenzó a escribir los mejores poemas que se han podido leer nunca dedicados a la civitas hominum, Poeta en Nueva York, la actriz Margarita Xirgu le estrenaba  en  Buenos Aires y México, sus grandes éxitos teatrales en los principales escenarios  de las capitales porteña y azteca. ¿Y después? Después los  escritores denominados por el filósofo José Gaos, “transterrados” españoles, aun con la inmediatez de su salida de España -¡ay en muchos casos definitiva!-, a duras penas consiguieron trasladar  su “canción” a los países que amablemente los acogieron. Y, así, mientras Jorge Guillén  pudo disfrutar de nuevo del Aire Nuestro en las tierras de Nueva Inglaterra (EEUU), Pedro Salinas lo vio Todo más claro, al pisar tierra portorriqueña, y Rafael Alberti, desde  los bosques de su retiro forzoso de Punta del Este, pudo escribir sus Baladas y Canciones del Paraná y enviar los primeros poemas de su Ora Marítima a una revista gaditana, de nombre Platero, con las páginas todavía frescas de la imprenta y la nostalgia de su bahía gaditana. Y en cuanto a la novela contemporánea, la verdadera conmoción que supuso la narrativa hispanoamericana, el llamado boom, solo es comparable al impacto que provocó el Modernismo en la poesía hispánica.

De la misma manera que a la novela hispanoamericana contemporánea se le adjudicó la fundación y éxito de la novela indigenista, no es menos cierto que sin nuestro Ramón María del Valle-Inclán y su Tirano Banderas,  nunca se habría escrito el Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, ni toda la saga de  dictadores y dictadorzuelos protagonistas   gozarían  ya  de eterna muerte, aunque, ¡ay!, también de la gloria literaria. Y en cuanto a los novelistas del llamado boom –término desprestigiado donde los haya- no cabría  concebirlos sin la  influencia de la gran novela europea y norteamericana contemporánea –Proust, Joyce, Kafka, Mann, Faulkner, Hemingway, John Dos Pasos…- pero no en menor medida, sin retroceder unos siglos, a nuestro Cervantes y a su inmortal creación novelesca, para recuperar un diálogo que en absoluto ha quedado interrumpido, como vamos a tener ocasión de comprobar, si me siguen prestando su amable atención, a la vuelta de página. Y si hoy hablamos hasta decir basta del llamado “realismo mágico”, ¿cómo no acordarnos de nuestro Wenceslao Fernández Flores y de su Bosque animado o, más tarde, de las novelas de otros dos escritores galaicos –curiosa la coincidencia-: Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro?

Con estos cuantos antecedentes, ¿por qué reducir nuestra  riquísima tradición literaria hispanoamericana a meros y aislados apéndices nacionales?  Todo estos ejemplos, y algunos más, encajan   perfectamente dentro de esas coordenadas espacio-temporales de lo que, insisto una vez más, Octavio Paz ha llamado una “comunidad” o sociedad  de obras”: La comunidad literaria hispanoamericana.

2. Polifonía de discursos
 
En el conjunto de los textos  redactados por los diferentes “Premios”  es perfectamente reconocible  lo que podríamos denominar una “polifonía” de discursos que se enmarcan dentro del sentimiento de autoestima,  de pertenencia a un legado cultural-secular  que se quiere  voluntariamente refugiar debajo del  paraguas  protector de la lengua y la literatura hispánica. En este aspecto, juega un factor decisivo la advocación especialísima del autor de El Quijote.    
              
Dentro de esta polifonía de voces, pero también de temas, he recogido los que me han  parecido más recurrentes y relevantes para la ocasión que nos ha reunido aquí esta tarde. Les propongo a ustedes un viaje trasatlántico por estos temas cervantinos, siquiera sea en desagravio del  héroe de Lepanto que tanto anheló “hacer su América” y que sin embargo en vida no logró ver colmadas sus aspiraciones, aunque por suerte bien que lo logró con creces su inmortal criatura. Pues es sabido que el mismo año de la primera edición ya viajaron  más de sesenta ejemplares  al Nuevo Mundo.

2.1. Polifonía de discursos: La lengua y la literatura

Por encima de otra consideración lo que destaca  en estos discursos es la identificación con la lengua española y su literatura. Como muestra estos tres  fundados comentarios:  “El lenguaje es nuestra tradición” (Jorge Luís Borges); “La cultura literaria de mi país es incomprensible fuera del universo lingüístico que nos une a peruanos y venezolanos, argentinos, puertorriqueños, españoles y mexicanos[…] Puede discutirse el grado en que un conjunto de tradiciones nos unen o nos separan; pero el terreno común […] es la lengua (Carlos Fuentes: 1987, 1). “Me es revelado también que mi habla de todos los días, la lengua en que nací y constituye mi única riqueza, puede ser para quien sepa emplearla algo semejante a la música del espectáculo.” (José Emilio Pacheco: 2009, 1) 11

Y frente a la leyenda negra de la conquista, no podemos olvidar que, como observa muy lúcidamente el autor de Cambio de piel: “La lengua de la colonización fue también la de la contra-conquista y sin la lengua de la colonia no habría lengua de la independencia […] “La lengua [otrora] imperial  de Nebrija se ha convertido en algo mejor: la lengua universal de Jorge Luís Borges y Pablo Neruda, de Julio Cortázar y Octavio Paz. [En definitiva] la literatura de origen  hispánico ha encontrado un pasaporte mundial y,  traducido a lengua extranjera, cuenta con un número cada vez mayor de lectores. (Carlos Fuentes: 1987, 1)

Pues todos recordamos la fuerte polémica que tuvo lugar en los años previos a las celebraciones del 92 del pasado siglo: En aquella fecha ya pasada, ¿debíamos celebrar un descubrimiento o, por el contrario, lo que muchos postulaban como un “encuentro” con América?

En la entrega del Premio Cervantes de1987,  el mexicano Carlos Fuentes se interrogaba a sí mismo  sobre el significado de  aquella fecha  histórica y el balance mayoritariamente positivo  que, según él,  había tenido para la comunidad hispánica:

“¿Por qué ha sucedido esto? [La mayoritaria expansión del español y su literatura por el mundo] No por un simple factor numérico, sino porque el mundo hispánico, en virtud de sus contradicciones mismas, en función de sus conflictos irresueltos, en aras  de sus ardientes compromisos entre la realidad y el deseo, y a la luz de la memoria colectiva de nuestra historia, que es la historia de nuestras culturas, plurales de nuestro lado del Atlántico –europeos, indios, negros y mestizos- pero de este lado también –cristianos, árabes y judíos-, ha podido mantener vigente todo un repertorio humano olvidado a menudo, y con demasiada facilidad, por la modernidad triunfalista que ha protagonizado, entre aquel 92 y este, la historia visible de la humanidad” (Carlos Fuentes: 1987, 2)

Y, como apotegma, una idea que no puede estar más de actualidad en los actuales momentos que vivimos:
           
“Hoy que esa modernidad y sus promesas han entrado en crisis, miramos en torno nuestro buscando las reservas invisibles de humanidad que nos permitan renovarnos sin negarnos, y encontrarnos en la comunidad de la lengua y de la imaginación española dos surtidores que no se agotan” (Carlos Fuentes: 1987,2)

Esta es la  tradición de la lengua,  de la obra y del autor en que se encarna  identificándose, celebrándolo,   el autor de La muerte de Artemio Cruz y de tantas extraordinarias novelas contemporáneas:

La literatura empezó siendo oral, lo cual quiere decir que es tan antigua como el lenguaje de los primeros cuentos e historias relatados en torno al fuego o en la frescura de los anocheceres del verano. Lo cual quiere decir que la literatura, primero oral, luego escrita, es una rama de un árbol frondoso que conocemos como ficción. Lo sabemos los escritores que nos dedicamos al género narrativo, cuya etimología (gnarus: es el que conoce). Como reconocemos que “La literatura estabilizó, dio permanencia a los mitos y prototipos de la ficción”. En mi tercera novela, por citar un caso en el que he tratado  de cerca al autor, Mi vida sin Eva Gundersen 12, desarrollo uno de los mitos que aparecen en toda la literatura hispánica y universal, el mito del doble: Stevenson, Dostoievski,   Edgar Allan Poe,  Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, autores que, a distancias siderales de mi novela, lo han llevado a sus  magistrales páginas de ficción. Si me preguntarais qué  razones me han animado a tratar  de nuevo este tema en mi reciente novela, respondería que no lo sé, quizá  emplazado por oscuras y misteriosas razones que surgen de un pozo insondable, un hueco tenebroso donde se guardan todas las ficciones pero también todos los anhelos, los deseos y las obsesiones y fantasmas que pueblan nuestro cerebro. Conocida es la anécdota de cuando Edgar Allan Poe fue acusado injustamente de copiar a E.T.A. Hoffman, diciéndole que el horror venía de Alemania, este contestó que el horror venía del alma.
           
En esta auténtica celebración del idioma que supone la entrega de los Premios Cervantes, absolutamente todos los galardonados comienzan o acaban agradeciendo y homenajeando a la lengua en la que escriben y en cuya tradición literaria se reconocen. Por ejemplo, para nuestro último Nobel hispánico, Vargas Llosa,  “sin España” no hubiera podido haber escrito ni publicado los libros que sus lectores hemos podido leer a lo largo de los más de cuarenta años que se dedica al oficio de escritor.

Porque la lengua, además, es el estilo de un escritor, que es tanto como decir su alma. Por seguir con el ejemplo de mi tercera novela, para el narrador, que evidentemente no soy yo, como tampoco Gustavo Flaubert era Madame Bovary, aunque él dijese que sí, acusado de inmoralidad, para que la justicia lo dejase en paz,elegí un estilo coloquial, que era como se expresaban los chicos y chicas de los años sesenta en una ciudad como Cádiz. Naturalmente esa manera de comunicarse  estaba llena de modismos, coloquialismos, vulgarismos y repeticiones premeditados. Es evidente que a alguien pudiera no gustarle, pero ese es el estilo que yo quería imponer a los protagonistas de esa historia narrada polifónicamente. Pudiera haber elegido otro, pero a mi juicio ese era el que más y mejor se adaptaba a aquella historia de amores y desamores juveniles. De la misma manera que el guante se adapta a la mano y no al revés.

Y es que los hablantes en general y los escritores en particular  vivimos, según expresión muy gráfica del poeta chileno Gonzalo Rojas, “colgados del lenguaje […] y ese lenguaje es el que respiramos y vivimos a cada instante, lo mismo en la península que en las cumbres andinas o en la vastedad oceánica, o en las grandes ciudades, de los trópicos a los hielos”.

Y en toda esta piel que es la lengua y en esta sangre y este corazón que es el centro de nuestro ser hispánico (con todas las mezclas de razas, religiones y tradiciones que nos han enriquecido a lo largo de los siglos), ¿qué papel juega el hecho histórico  del Descubrimiento, hace más de quinientos años, en la misma fecha -no lo olvidemos- que la publicación de la Gramática  de Nebrija.     Gonzalo Rojas, el poeta chileno,  emplea una expresión no exenta de imaginación, “el gran minuto colonial”, que es para mí algo así como el gran Big Bang, el gran estallido del origen universal del español y de su literatura extendida a lo ancho y a lo largo de países y de continentes. Luego desparramado en textos, libros, colecciones de clásicos, como el Ribadeneira, en el que aprendieron a escribir Rubén Darío, pero también en Quevedo, en Teresa de Ávila, en Juan de Yepes  y, por supuesto, en Cervantes.  

2.2. Polifonía de discursos: la novela.

Naturalmente, otro de los varios discursos referenciales en los  Premios Cervantes se apoya en los “aspectos”13 de la novela. Por dos motivos, el primero porque siendo un premio dedicado a enaltecer y homenajear al autor de El Quijote, va de suyo que haya en todos los premiados una reflexión sobre la primera novela de la Literatura Universal. Y, en segundo lugar, porque la mayoría de los elegidos son novelistas.
           
Alejo Carpentier, el genial creador de El siglo de las luces, comienza su discurso enmarcando el género como el resultado de una crisis periódica que aparece cada cierto tiempo en  la literatura universal. Sin embargo, el novelista cubano prefiere hablar no de una crisis de la novela, de toda la novela, sino de una “determinada novela”.El fenómeno no es pues nuevo. Recuerdo que hace unos años, Eduardo Mendoza “decretó” el final de la novela, aunque luego matizaría tan severo y apocalíptico diagnóstico aduciendo que lo que había querido formular en su artículo era el final de la “novela de sofá”. Es decir que para el novelista de La verdad sobre el caso Savolta, lo que estaba en crisis era un determinado tipo de novela. Insisto: el hecho no es nuevo. Como explica muy bien Alejo Carpentier, cuando Cervantes publica El Quijote, el libro de caballería agonizaba ya hacía algunos años: “Cansados de encantamiento y peripecias inverosímiles, esos James Bond de otra época que eran los Amadises de Gaula y Florismartes de Hircania, sucumben bajo el peso de portentos harto acumulados y se van humanizando en el Tirante el Blanco, ‘tesoro de contento y mina de pasatiempo”, y añade donosamente  Cervantes, donde ‘comen los caballeros, y  duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con todas estas cosas de que todos los demás libros de este género carecen’

Sin embargo, sigue explicando Alejo Carpentier, “esta apertura hacia la realidad no basta […] para salvar a una novelística llegada a una irremediable vejez”

Claro que, para complicar el panorama, al definitivo ocaso de una determinada novela, la de caballería, se suma el sorprendente  alumbramiento en Medina del Campo, en la Imprenta de Mateo y Francisco del Canto, de una novelita que estaría llamada a revolucionar el género, me refiero al Lazarillo de Tormes. Ha nacido pues el género picaresco y con la picaresca española  “nace realmente la novela como hoy la entendemos. Novela que es invención totalmente española.
           
“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo.”

Todos ustedes habrán reconocido inmediatamente el comienzo de la  extraordinaria novela de Hermann Melville, Moby Dick. Pues bien, por mucho que sabemos que el autor navegó por los mares del mundo, nadie, en su sano juicio literario, podría afirmar tajantemente que Ismael y Melville eran la misma persona.

Porque, además, la novela de la que  Cervantes es genial creador, añade un elemento del que en buena parte ha carecido la picaresca hasta el momento de la publicación de El Quijote, pero de la que se beneficiarán absolutamente, a partir de ella, todas las novelas posteriores, incluida naturalmente la citada: la dimensión imaginaria. .

Los escritores somos siempre unos exiliados, aunque solo seamos exiliados de nosotros mismos. Naturalmente la forma intensificada del exilio es el abandono de la patria nativa por motivos ajenos a la propia voluntad del creador. En esta tesitura se han encontrado algunos de los premiados hispanoamericanos y esto invita a una reflexión y a un  agradecimiento espontáneo, sincero, hacia la patria que les ha dado asilo y, sobre todo la posibilidad de volver a escribir, porque la escritura es la vida. Esto es lo primero que Juan Carlos Onetti agradece a los españoles:”He creído, gracias a esta tierra generosa, que todavía tenía algo que decir, un penúltimo grano de arena” (Juan Carlos Onetti: 1980, 1) Y la otra palabra clave  para Onetti es la libertad, el sustantivo con el que tituló su libro sobre la novela cervantina, el poeta Luis Rosales, hace ya muchos años: “Cervantes o la libertad”. 14 Porque el don más preciado para el caballero es la libertad:

“—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad  así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”15            

Y a esta libertad han contribuido especialmente las obras literarias como El Quijote, leerlo supone que nuestro mundo será “un poco mejor, menos ciego, menos egoísta: Ubi libertas, ibi Patria”” (J. Carlos Onetti: 1980, 3)
                                                             
2.4. Polifonía de discursos: La Poesía

Aunque menos  cuantitativamente representada que el género narrativo, por ser solo cinco los poetas frente a los 12 novelistas y solo dos ensayistas, la lírica hispanoamericana está presente, como no podía ser de otra manera, en esta polifonía de   voces de los que  han sido galardonados, hasta la fecha, con el Premio Cervantes de Literatura.

Comienza esta reflexión con las palabras del chileno Gonzalo Rojas, tristemente desaparecido en el mes de abril de este mismo año. El resumen de  su poética expresado en su discurso tiene un origen claramente metafísico y quevedesco. No en vano se ha declarado siempre un ferviente admirador de la poesía clásica hispánica. Tiene también, dado su lugar de nacimiento en la patria de Pablo Neruda, un aspecto naturalista que nos remite al autor de Veinte poemas de amor..., Residencia en la tierra y Canto General. En definitiva, las raíces comunes  del mismo árbol de la poesía hispánica,  las que llevan a Hispanoamérica: Cervantes, Quevedo, Teresa de Ávila… y la que nos devuelven: Gabriela Mistral, Rubén Darío, Pablo Neruda…:

“[…] está escrito que los verdaderos poetas son de repente// y no basta el oficio, la poesía encarna en uno como por azar. Te dan la palabra que no mereces y te pones a balbucear el mundo imantado como en el amor por el encantamiento y el desollamiento […] La poesía encarna en uno como por azar. Y es que uno no la merece a la palabra. Se la dan porque se la dan. Será cosa de los dioses pero también del obseso de ser y más ser que anda en el mísero alumbrado que soy yo mismo ese otro alumbramiento más allá de la madre, de la niñez a la reniñez, del vagido al velorio, y por ahí cosa más de fisiología que de metafísica, más de animal de instante que de loco de eternidad, aunque siempre hice mías unas parcas líneas de Teresa de Ávila, a unos milímetros  de Gabriela:
           
Tengo una grande y determinada determinación [sic] de no parar hasta que llega, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera me muera en el camino, siquiera se hunda el Mundo.” (De la cita, Gonzalo Rojas: 2003,2-3)

Por su parte, el poeta argentino, Juan Gelman, parangona el exilio doloroso de su patria, por causa de la dictadura militar, con la ausencia que sienten del “amado” los místicos españoles, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz:
 
“Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro  lugar me reunió  con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente en el amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron.   Ese es un destino ‘que no es sino morir muchas veces’, comprobaba Teresa de Ávila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado.”16

En su alegato en contra de las dictaduras de cualquier signo, y conociendo su dramática biografía,  Juan Gelman ha encontrado un consuelo en la poesía, como último refugio del ser humano. Y, como les sucedía a los místicos, la poesía abre caminos, penetra senderos inexplorados, rompe silencios y hace estallar los límites hasta cierto punto estrechos del lenguaje.

“Esas palabras nuevas [las del poema y las de la poesía], ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aíre no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.” (Juan Gelman: 2007, 5)

María Zambrano, la poeta malagueña, tiene un recuerdo muy generoso y poético  para el Cervantes desgraciado y ausente de una mujer  de carne  real que lo amase. Aldonza Lorenzo, la mujer a la que pudo amar, era demasiado real y  arisca, y privada de algo tan común a todos los seres y cosas como la ausencia, por eso, según la pensadora andaluza, no pudo amarla: “Cervantes conoció, pues, la inexistencia del amor en forma de mujer inexistente. No podía ser suya ni de nadie, solo tenía que aparecer, que mostrarse, que ser llevada a la inexistencia del arte, lugar donde se revela sin ser poseído” (María Zambrano: 1988, 3)

Por esto y por muchas cosas más, según el mexicano José Emilio Pacheco: “No hay en la literatura  española una vida más llena de humillaciones y fracasos”, Sin embargo, “se diría que gracias a esto hizo su obra maestra”. Por eso, El Quijote es muchas cosas pero es también la venganza contra todo lo que Cervantes sufrió hasta el último día de su existencia.” (José Emilio Pacheco: 2009, 3)

Finalmente me gustaría resumir el contenido de los discursos cervantinos  en estos tres puntos que considero como la columna vertebral de la anual celebración cervantina:

  1. Como hispanohablantes, pertenecemos a una sociedad de obras literarias excelsas en las que nos reconocemos y con las que nos enriquecemos. Todos –instituciones académicas, universidades, institutos…-tenemos el deber y el derecho de conocerlas, protegerlas y transmitirlas, según un legado secular que hemos heredados, a las generaciones presentes y futuras. Esta comunidad o sociedad es nuestro auténtico patrimonio y nuestra fuerza como  comunidad de naciones.

  2. Esta comunidad es el resultado de un sincretismo de culturas, razas y    religiones que nos enriquecen y nos proporcionan el sentido de este “ser hispánico”

  3. El resultado en que se traduce este mestizaje es en el variado conjunto de registros, acentos y polifonías de discursos que nos definen y nos aseguran, respetándolas, un lugar en el mundo.   

           
Quiero acabar esta intervención con una  última cita, en este caso del último de los Premios Cervantes hispanoamericanos, el mexicano José Emilio Pacheco, llena de actualidad  y significado cervantino en  este año 2011,  con ella llegamos  a nuestro destino en este recorrido por las letras de Hispanoamérica. Estamos a unas fechas de que se falle el próximo Premio Cervantes, que espero que recaiga nuevamente, según el turno rotativo al que nos ha acostumbrado el jurado,  en un escritor o escritora representante de nuestros países hermanos de Hispanoamérica. Lo que sí es seguro que sin duda alguna será “uno de los nuestros”, de nuestra lengua y de nuestras bien profundas raíces hispánicas.    

“Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 –de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México-era previsible antes de comenzar el año. Todo cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye. Sin embargo en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria de El Quijote” (José Emilio Pacheco: 2010, 3-4)

Cádiz, 19 de octubre de 2011

 

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1. Dámaso Alonso, Tres sonetos sobre la lengua castellana, Madrid, Gredos, 1958.

2. AYALA, Francisco Discurso, 1990, p. 1. Todos los discursos han sido recuperados gracias a http://es.wikipedia.org/wiki/Premio_Miguel_de_Cervantes.  

3. La revista España peregrina, fue fundada por José Bergamín  en México. El título remite, por primera vez en una publicación literaria, al exilio republicano español de 1939.

4. PITOL, Sergio: Discurso, 2005, p. 5.

5. Ibid.

6. PAZ, Octavio: Discurso, 1981, p. 1.

7. Ibid.

8. ROJAS, Gonzalo Discurso, 2003, p. 2.

9. De esta cita y las inmediatamente anteriores: AYALA, Francisco: Discurso, 1990, p.2.

10. PAZ, Octavio: Discurso, 1981, p. 1.

11. A partir de ahora cito siempre entre paréntesis: Autor, año de concesión y página, por este orden.

12. RAMOS ORTEGA, Manuel J.: Mi vida sin Eva Gundersen, Paréntesis Editorial, Sevilla, 2009

13. FORSTER, E. M.: Aspects of  the Novel, New York, Harcourt, Brace and World, 1927

14. ROSALES, Luis: Cervantes y la libertad, 2 vols.Gráficas Valere, Madrid, 1960

15. CERVANTES, Miguel de: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Espasa Calpe, Biblioteca IV Centenario,  LVIII, II, p.598-599

16. Durante la dictadura militar, Juan Gelman perdió a dos de sus hijos, Nora Eva y Marcelo Ariel, el primero ejecutado y la segunda “desaparecida”. La hija que dio a luz Nora en cautiverio, apareció al cabo de los años y ha podido tomar los nombres de sus verdaderos padres.  

 

 

 


ISSN: 2174-0445



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