Entidad editora: Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras (RAHA).
 
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SESIÓN NECROLÓGICA EN MEMORIA DEL EXCMO. SR. D. ALBERTO ORTE LLEDÓ, ACADÉMICO DE HONOR
 

Dra. María del Carmen Cózar Navarro
Académica Directora

Excelentísimos e Ilustrísimos Señores, Dignísimas Autoridades, querida familia Orte, señoras, señores:

En este acto solemne, los miembros de la  Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras rendimos merecidísimo homenaje a  vuestro padre,  a nuestro querido y respetado amigo y compañero, el Excelentísimo Señor D. Alberto Orte Lledó, Académico de Honor de nuestra Real Corporación. 

En su figura señera, honramos no sólo a un ilustre científico, intelectual y hombre de letras, sino al oficial y caballero que fue, a un “Almirante sin tacha y sin miedo”, título que otra Académica de Honor, María del Carmen Fernández de Castro, evocando al Bayardo, dio a su biografía de Don Federico Gravina,.

No es necesario glosar las cualidades humanas y militares que adornaban a Don Alberto, puesto que todos los presentes tuvimos la suerte de conocerle y, con gran afecto, han sido rememoradas por los Académicos que me han precedido en el uso de la palabra, a quienes me uno en su gratitud y admiración hacia la memoria del Almirante. Gracias, también, a la Ilustrísima Señora Dª Felicidad Rodríguez, Decana de la Facultad de Medicina, por la gentileza que ha tenido al cedernos este Salón de actos para celebrar tan importante acto académico.

Tan sólo quisiera, antes clausurar la sesión, como homenaje personal a quien tanto apreciamos en vida, evocar ahora el recuerdo que de él guardo. Era yo muy niña, ocho, nueve años, no más, la primera vez que oí hablar de don Alberto. Un día, mientras almorzábamos en casa, contaba mi padre con entusiasmo los éxitos profesionales de su amigo y compañero Alberto, aludiendo a su trabajo científico y a su impecable trayectoria militar en la Armada. Debo decirles que su estudio de la medida del tiempo, basándose en técnicas astronométricas con los limitados instrumentos de que disponía, estaba entonces dando resultados  coincidentes con los obtenidos por observatorios dotados de medios más modernos, méritos que, hasta para legos en astronomía, eran ya notorios. Sin lugar a dudas, apostillaba mi padre, Alberto Orte, es un sabio, pero además  una bellísima persona, un hombre bueno de verdad, con una inclinación natural a “obrar siempre bien”, como las Ordenanzas vienen, desde antiguo, demandando al oficial.

A partir de ese momento, para mí fue el Sabio bueno. Poco tiempo después le conocí personalmente. Fue en su casa, en el Observatorio de Marina, donde residía por razón del servicio que prestaba. Yo había sido invitada al cumpleaños de una de sus hijas, Curra, María, Milo…, no recuerdo bien. Allí estaba D. Alberto, el Sabio bueno, con su mujer, Manolita y sus hijos, todos muy sonrientes y alegres; recuerdo además a la abuela, su madre, alta y delgada como él, que también sonreía. Fue uno de los cumpleaños más divertidos a los que he asistido. Con poca cosa -unos cuantos globos, unas sillas y unas cuantas escobas- nos tuvo entretenidos toda la tarde. Porque lo pasamos muy bien, guardo un grato recuerdo de aquel día, de aquel  entrañable ambiente familiar que fue una constante en su vida pues, sin lugar a dudas, su familia  era para él  muy importante.

Pasó el tiempo, todos nos hicimos mayores, murió mi padre y fue entonces cuando D. Alberto Orte comenzó a interesarse por mis estudios, por mis trabajos de investigación. Era –o así lo supongo, pues D. Alberto era un hombre de gestos- su manera de mostrar afecto por su amigo Cózar, por el médico de su familia, el que había cuidado a sus hijos durante tanto tiempo y que además lo había hecho siempre con el mayor agrado. Me emociona recordar a Don Alberto en la lectura de mi tesis doctoral, en cuya ocasión, hasta me dedicó un poema muy divertido, que recoge en su  libro Retrospectivas y otros poemas.

A partir de entonces, fue mi mentor, me introdujo en el mundo académico, primero en esta Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras, luego en la Real Academia de San Romualdo. En la Hispano Americana me presentó a los Académicos, invitándome a dar dos conferencias, la primera en 1996, con el título de “Antonio López y su espíritu empresarial “en el Salón Regio de la Diputación, y la segunda en 1998, titulada “Ignacio Fernández de Castro y la Carrera de Manila” con motivo de la conmemoración España y Filipinas, en el Palacio de Congresos. Superada la prueba, llegó por fin mi recepción como Académica en julio de 2000. No puedo sino agradecer el privilegio que tuve de compartir días de Academia con personas que gozaban de tal prestigio intelectual en el mundo científico y académico, a quienes tanto debo. La gran calidad humana de Don Alberto le había granjeado  el respeto y admiración de los Académicos, quienes nemine discrepante, como nuestros Estatutos exigen, le nombrarían Académico de Honor cuando decidió por motivos de salud abandonar su Sillón de Académico de Número.

Desde la atalaya de su senectud, prorrogó su actividad intelectual con el resultado brillante de sus últimas publicaciones: El jefe de escuadra Antonio de Ulloa y la Flota de Nueva España, 1776-1778 y Retrospectivas y otros poemas, antes citado. Seguía con gran interés los acontecimientos de la Corporación e hizo un gran esfuerzo para darnos la satisfacción de estar con nosotros en la conmemoración del Centenario de la Constitución de la Real Academia Hispanoamericana en el Salón Regio, en enero del pasado 2010. Fue ese mismo Año del Centenario cuandoenriqueció nuestra biblioteca con la donación de un importante legado científico y literario.

Amigo leal, estaba siempre ahí, cuando más se le necesitaba, sus consejos tan sabios como prudentes me han sido de gran ayuda en el desarrollo de mi labor de dirección académica. Sabía ayudar sin ser dominante, siempre con la palabra justa, quitando  importancia a las cuestiones más espinosas. Con él todo parecía fácil.
Si bien es cierto que le echaremos  muchísimo de menos, su muerte no nos deja vacios porque, muy al contrario, nos lega un testimonio de vida ejemplar, un modelo a imitar en nuestra vida privada, profesional y académica. Los Anales de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras guardarán con orgullo la memoria del Excelentísimo Señor D. Alberto Orte Lledó, Contraalmirante de la Armada, científico de prestigio internacional, Académico de Honor de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, de Número de la de San Romualdo  y correspondiente de la de Ciencias. Descanse en paz y honremos siempre su recuerdo.

 

Cádiz, 17 de junio de 2011 


 

 


ISSN: 2174-0445



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