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FRANCISCO AYALA EN “LA NACIÓN” DE BUENOS AIRES
 

Dra. Irma Emiliozzi
Discurso de ingreso como Académica Correspondiente en Buenos Aires

Quiero en primer término agradecer muy sinceramente a  la Real Academia Hispano Americana  de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz en la persona de su Excma. Sra. Directora doña Carmen Cózar Navarro, y de los Excmos. Sras. y Sres. Académicos que hoy me honran al recibirme como Académica Correspondiente. Con especial mención a los Sres. Académicos que me han propuesto, Sra. Dña. Carmen Cózar navarro, Sr. D. Rafael Sánchez Saus y Sr. D. Manuel Ramos Ortega.

Soy consciente del mérito que esta designación conlleva: mi vida, que ha sido y sigue siendo un ya largo y apasionado trajinar entre España y la Argentina, a la luz o bajo la luz de las voces de los escritores españoles que me convocaron y determinaron gran parte de mi existencia, tiene hoy para mí uno de sus mejores jalones y, con seguridad, su mejor broche.

Estoy en Cádiz, mi querida Cádiz, la “trimilenaria”, como recordaba Rafael Alberti en la dedicatoria que escribió en su Ora marítima 1 para su gran amigo el coronel Francisco Galán y su esposa: 

Para Elvira y para Paco Galán,
gaditano,
ahora que también cumple 3.000 años.
Su trimilenario
amigo
Rafael
Bs. As., 1953.

En este puerto que ya es América, la América que se abre ahí nomás, inmensa, inabarcable, pero a tiro de carabela;  y cuando flamean los vientos del Bicentenario de la Constitución de las Cortes de Cádiz, los aires de liberación y progresismo, los aires del futuro que también inundaron el nuevo continente, quiero dejaros no sólo mi agradecimiento, el alto honor con que hoy habéis querido recibirme, sino participaros de mi más profunda emoción.

Quiero recordar que mi relación con la poesía española del siglo XX, y ya específicamente, con los poetas y prosistas de la generación del 27, empezó en un lejano día en que una adolescente en mitad de la gran pampa de la provincia de Buenos Aires escuchó un poema de Vicente Aleixandre, “El último amor”, de Historia del corazón: un poema que no sé si hoy elegiría pero que en ese momento, en esa edad de la vida en la que todavía creemos que se puede morir de amor…, me conmovió. Y supe, de un solo golpe, que había encontrado mi lugar. Muchos años después, cuando entré a Velintonia 3 por primera vez y le conté esta misma anécdota al generoso Premio Nobel, le escuché decir, también él emocionado: “Irma, ¿ por qué tantos años tan lejos y a la vez tan cerca?”

Y pensar que a la vuelta de la vida ahora puedo contestarle, en un diálogo hipotético, pero posible, como argumentaría nuestro Jorge Luis Borges:  “Siempre estuve cerca, Vicente, siempre estuve”. Es a esta mágica comunidad, a esta milagrosa comunión de la patria de la lengua a la que todos pertenecemos, a la música de la lengua que todos entonamos, a la historia y a la cultura que nos es común a la que hoy finalmente reverencio y agradezco. Por lo que reitero, en esta tierra del Descubrimiento,  y al amparo de vuestra querida Constitución gaditana y universal ese compromiso con el que he ido trabajando toda mi vida, y lo contraigo ahora con esta Real Casa y sus moradores. Espero no defraudar.

Y muy especialmente no defraudar la confianza del Excmo. e Ilmo. Sr. Académico D. Manuel Ramos Ortega, querido colega en numerosas aventuras intelectuales y amigo desde hace ya varios años. Con palabras que la tan amada Eulalia Galvarriato, la casi invisible compañera de Dámaso Alonso, escribió en tierra argentina, para él entonces y su amada  familia “vuela entero mi corazón”2 .

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En tierra argentina… Ya estamos del otro lado del Atlántico, y ahora en Buenos Aires, patria también del 27, antes y después de la Guerra Civil española, por acotar, claro, a mi área de investigación y al tema que hoy me ocupa. Y si ponemos ahora el pie en ese inmenso territorio que fue el Suplemento Literario del diario La Nación de Buenos Aires, encontraremos uno de los más contundentes ejemplos del relieve de esa comunidad lingüística a la que pertenecemos.
 
Delimitemos las fronteras del inmenso territorio. El Suplemento Literario  de La Nación de Buenos Aires – se llamó luego Suplemento de Artes y Letras, también Suplemento Cultural-  fue una de las empresas culturales de más largo aliento y más importantes de la Argentina, y logró, como todos sabemos, un reconocimiento y prestigio que transcendió las fronteras de nuestro país. Nació en forma dominical en 1920, bajo la dirección de Arturo Cancela y se editó hasta el año 2007, cuando fue reemplazado por una revista cultural, ADN, que ya con otro formato, preparada para un público de lectores más amplio, recoge en buena medida el espíritu que nutrió al Suplemento en sus 87 años de vida.

Vale una aclaración: este Suplemento no inició la andadura literaria y cultural de La Nación. ¿Cuál hubiera sido la historia de la poesía hispana y americana de finales del siglo XIX y principios del XX, la poesía en lengua española de ambas orillas, sin Rubén Darío como corresponsal del diario La Nación desde 1893? Sin lugar a dudas, otra muy distinta, pero en las tendencias estéticas de ese brillante momento el rol de esta corresponsalía dejó un sello inigualable.

¿Y el aporte del gaditano Emilio Castelar al horizonte político, social y cultural del periódico porteño? Sigamos con la reflexión de uno de los hombres de La Nación,  José Claudio Escribano:

Enseguida llegó el turno de José Martí, una de las voces cuya influencia en el ámbito latinoamericano se ha prolongado hasta los días que corren. Y el de otros escritores que, como Ernesto Renan, Edmundo de Amicis, Remy de Gourmont, Max Nordau, Juan Valera, Ramón del Valle-Inclán y Emilio Zola, acreditaban, ya en la primera etapa, la del siglo XIX, por destino yconfiguración genética, el realce que LA NACION ha otorgado a la incorporación de las firmas sobresalientes del talento universal.3

“El Suplemento de La Nación en el país y en el mundo” 4 es el frondoso artículo de Jorge Cruz en el que podríamos apoyarnos para revisar con más detalle la historia completa de este Suplemento que contribuyó como pocos a la cultura nacional e internacional. Pero sirvan estos breves ejemplos para resumir su importancia, y lleguemos nuevamente al Suplemento Literario que a partir de 1920 aglutinará firmas de todo el mundo,  y que va a contar, entre las españolas – algunas también han aparecido con anterioridad- , con las de Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Gabriel Miró, José Ortega y Gasset, Amado Alonso, Américo Castro, Salvador de Madariaga, Ramón Gómez de la Serna, Gregorio Marañón, entre otras muchas, incluidas las de muchos de los poetas y prosistas del 27. A ellas se suma, en opinión de Eduardo Mallea,  director del Suplemento entre 1931 y 1955, la firma de “uno de los hombres más inteligentes que conoció”: Francisco Ayala. 5

Y todo, en un ambiente de camaradería intelectual, de reuniones, de charlas, de amistad, que bien resume  Hugo Beccacece en su artículo “El Suplemento Literario, la otra casa”. 6 Si a este sentimiento de pertenencia sumamos la condición de exiliado tras una guerra civil feroz en la que Francisco Ayala se incorporó al diario, más que nunca las palabras de Hugo Beccacece, “El Suplemento Literario, la otra casa”, adquieren su verdadera significación.

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En sus Recuerdos y olvidos y en muchas otras páginas, el Ayala más agradecido dejó constancia de su paso por la Argentina, desde la inicial invitación en 1936 de la Institución Cultural española y su luego intensa amistad con sus directivos, hasta su “Exilio” y su relación y amistad con otras personalidades, amistades que se alimentaron, por supuesto, a lo largo de sus vidas; retratos, reuniones, experiencias, viajes, opiniones…. Y es en este magnífico libro de memorias donde también Ayala nos dejó la vívida y emocionada constancia de su incorporación a La Nación como colaborador.
                      
 “ […] a poco de llegar a Buenos Aires fui invitado por Eduardo Mallea, que dirigía el suplemento literario de La Nación, a escribir en sus páginas, cosa que me sorprendió gratamente por inesperada, y que estimé entonces, y seguiré estimando mientras viva, en el más alto grado.[…]”. 7

Así comienza Francisco Ayala en Recuerdos y Olvidos el relato de su ingreso como colaborador en el Suplemento Literario de La Nación de Buenos Aires, y de las especiales circunstancias en las que Mallea se decidió a “[…] incorporar al diario nada menos que a un rojo recién escapado de las justas iras nacionales, conducta digna de mi eterna gratitud”.

Buenos Aires fue la primera patria del exilio de Francisco Ayala, como todos sabemos, y La Nación cumplió, fundamentalmente en estos años porteños de Ayala y su familia – 1939-1950-, un rol fundamental. Este apoyo se sostuvo en los años venideros en Puerto Rico y en Estados Unidos, y finalmente ya con Ayala en España, pero no de manera tan decisiva, y por variadas razones, entre otras, su vuelta a casa.  "Ejercer la libertad -a veces- puede ser peligroso, me dijo con una sonrisa triste que no he podido olvidar.”, escribió Horacio Salas para La Nación el 5 de noviembre de 2009, dos días después de la muerte de este español de la España peregrina.

El arco de las colaboraciones de Francisco Ayala en el Suplemento Literario de La Nación se inicia en 1939 con dos artículos, y se cierra recién en 1993: 144 artículos en más de 50 años de colaboración. ¿Existe alguna otra relación de Francisco Ayala con una publicación periódica más fecunda que la que hoy repasamos y releemos? ¿Existe otro respaldo, incluido el económico – y muy específicamente en los primeros años del exilio argentino, por ejemplo - más contundente? El mismo Ayala lo reconoció en más de una página.

Además de estos 144 artículos, hay entrevistas, cuestionarios, reseñas y notas de lecturas sobre sus publicaciones; semblanzas del escritor consagrado; noticias sobre sus viajes, actividades y premios; y hasta fotos del mismo archivo de La Nación: todo este material conforma un rico acervo ayaliano que ratifica no sólo su prolongada vigencia en estas páginas porteñas sino que invita a sus lectores en general a asomarse a nuevos escritos del autor granadino. Y por supuesto, estas páginas recuperadas en nuestra reciente edición Francisco Ayala en La Nación de Buenos Aires (Pre-textos, 1912), también esperan a los estudiosos de su obra para la confirmación de sus hipótesis de trabajo o la ampliación de no pocas novedades sobre su vida y sobre su obra.

Si repasamos cronológicamente el índice de este más de medio siglo de colaboraciones del escritor granadino en La Nación, se hace evidente que este recorrido va confirmando la evolución de la obra ayaliana, con la aparición predominante, por épocas, de todas y cada una de las facetas que componen su obra total.

Si nos detenemos en la primera y fértil década de publicaciones, y sin considerar por el momento los artículos no recogidos en libro, es evidente que desde el segundo, “Sobre los tiempos críticos”, del 26 de noviembre de 1939, hasta el último de 1950, “El escritor. Cervantes, abismado y ejemplar” – y que luego denominaría “Cervantes, abyecto y ejemplar”-, del 16 de julio,  quien va firmando estos artículos es el autor de los ensayos políticos y sociológicos, el creador de títulos de tanto peso como Los políticos (1944), Razón del mundo (1944), Tratado de Sociología (1947) o Introducción a las ciencias sociales (1952).

También es esta, en parte, la década del importante crítico o ensayista literario, con artículos que van a ir nucleando títulos como Histrionismo y representación. Ejemplos y pretextos (Buenos Aires, Sudamericana, 1944). Asimismo es la década del traductor —una de las intensas actividades de Ayala en el exilio argentino—, con artículos tan paradigmáticos como los cuatro que publica en La Nación entre 1946 y 1947 bajo el encabezamiento “Breve teoría de la traducción”, y que finalmente recogerá en Problemas de la traducción (Madrid, Taurus, 1965).

Aunque en esta primera década de publicaciones en el Suplemento Literario, Ayala nos espera, todavía, con una muy importante excepción: “Día de duelo. Relato”, del 27 de septiembre de 1942. Con la especificación del género “relato” (que, lógicamente, desaparecerá cuando el texto se incluya en El jardín de las delicias) el autor anuncia un registro todavía inédito para sus habituales lectores del Suplemento Literario.

En el segundo período de publicaciones, desde 1956 a 1962, luego de 5 años de silencio debido a razones de todo tipo, externas e internas 8, siguen apareciendo sobre todo los artículos del crítico literario y del autor de los ensayos políticos y sociológicos.

Pero ya en el tercero de estos períodos, entre 1969 y 1976, y en el cuarto, el que se inicia en 1983 y cierra definitivamente en 1993 la presencia de Ayala en La Nación, es interesante ver cómo, todavía junto al crítico literario, aparece y se intensifica la publicación de páginas autobiográficas y narrativas, a la vez que empieza a ser muy considerable la cantidad de artículos que quedan sin recoger en volumen.

Voy a leer en esta Real Casa una de estas páginas al fin recuperadas que  inmediatamente recuerdan no sólo la fluida y elegante prosa del autor de Recuerdos y olvidos, sino que también nos entrega la sentida y generosa semblanza del  amigo desparecido: se trata de “Antonio Espina”, aparecida en La Nación  el 27 de abril de 1972.  

“Antonio Espina”

Regreso de Italia a Madrid y me entero de que, durante los días de mi ausencia, Antonio Espina ha muerto. Me entero por casualidad. Al mencionar yo su nombre no recuerdo con qué motivo en una reunión de amigos, me dicen­: —Pero ¿no sabes que ha muerto? Pues sí, acaba de morir—. Y me cuentan que ha sido la suya una muerte ignorada, silenciada, que la noticia no ha tenido en España publicidad ninguna; al contrario, se la ha hecho objeto de mezquinas omisiones.

A mí la noticia me golpea. Sabía yo cuánto estimaba a Antonio Espina, pero no me daba bien cuenta de cuánto lo quería. Solo ahora… ¡Vano será —pienso (mientras, en el avión de regreso a Estados Unidos, urdo mentalmente estas líneas que luego he de escribir en su memoria)—, vano es que pretendan pasar por alto su nombre: nuestra historia literaria lo transmitirá a la posteridad! Lo pienso, apesadumbrado, porque bien conozco lo falaz del consuelo: a Antonio eso no le importaba nada. Y me pongo a repasar los años de nuestra primera amistad antes de la guerra civil; quiénes éramos él y yo por entonces, y quiénes fuimos después. Me encuentro viajando de continuo en esta última fase de mi vida, mientras que Espina era un madrileño para quien resultaba insufrible la privación de Madrid. En Madrid nos habíamos conocido y tratado. Nuestra relación —pese a que él me llevaba más de diez años de edad, y diez años es mucha diferencia cuando la edad es poca— fue de una amistad muy íntima, no sin embargo desnuda de respeto. Antonio era reservado. Nos veíamos con frecuencia, casi siempre en algún café, a solas o en compañía de otros amigos (de estos, Salazar Chapela era uno de los más asiduos), y nunca nos parecía demasiado tarde para despedirnos: su conversación —literatura, política— era cortada y aun recortada, muy aguda, y tras sus palabras, tan punzantes y espinosas para el común de las gentes, veía uno translucirse al hombre bueno, pudoroso de su ternura…

Vino la guerra. No he de resumir aquí las peripecias atroces porque hubo de pasar durante ella: no faltará quien escriba alguna vez su difícil biografía. Baste decir que, años después de terminada, pudo fugarse de España y fue a dar en México. Allí lo encontré yo de nuevo con ocasión de uno de mis viajes. Me invitó a comer en un restaurante (un restaurante español, desde luego), y en el curso de nuestra conversación pude comprobar que (por razones varias, ninguna de las cuales me pareció decisiva) a Antonio se le hacía intolerable el vivir allí, es decir, lejos de su Madrid. En efecto, no tardaría mucho en regresar, y en Madrid ha vivido, oscura y creo que trabajosamente, hasta el final. Durante este último lapso nos hemos reunido de vez en cuando, mientras yo estaba ahí, casi siempre citados en algún viejo café superviviente. Parecía complacerse Antonio en borrar su presencia del mundo, una tendencia suya ahora acentuada: era todo él esguinces y desdén.

Pero su nombre, aunque él mismo despreciara esto, queda inscrito —guste o disguste a otros— en las páginas de nuestra historia literaria. Es el de Antonio Espina un nombre indispensable para un momento muy singular, cuando, agotado el modernismo, se ensayaba de distintas maneras el cambio de estilo capaz de expresar una realidad nueva y surgía, con diversidad de programas o sin ninguno explícito, lo que en términos generales se denomina vanguardia. Dentro de aquel conjunto tan complejo y rico suena la voz de Espina con un acento único. Sin duda, su personalidad de escritor, cuya producción en verso y en prosa, escueta y nerviosa, como es, no resulta después de todo parva, será objeto muy pronto de estudios condignos.
                                                                                                               Chicago, 1972

¿Quién duda, y más aún los estudiosos del 27, del valor de esta página, añadida su calidez, y de la elegancia y la precisión en el decir que atraviesan todo el recuerdo?
 
Este itinerario de más de cincuenta años de colaboraciones de Francisco Ayala en el suplemento argentino vuelve a ratificar, entonces, toda la gama de su obra, por lo que nos volveremos a encontrar con un conjunto caleidoscópico, variado o diverso de  artículos, aunque complementario e indivisible. En El País del 3 de noviembre de 2009 escribió Carolyn Richmond:

En su vida, así como en su literatura —recuérdense, sin ir más lejos, el “Diablo mundo” y los “Días felices” en que está dividido El jardín de las delicias—, coexisten, de modo complementario y en una dialéctica constante, lo objetivo y lo subjetivo, la sátira y el lirismo, el intelecto y el espíritu, la figura pública y la intimidad.

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Tres cuartas partes de estos 144 artículos publicados por Francisco Ayala en La Nación fueron integrando, como acabamos de referir, a veces con algunos cambios, el gran corpus de los libros del ensayista, del sociólogo, del traductor, del narrador que fue nuestro polifacético escritor, polifacético aunque complementario e indivisible como bien sabemos sus lectores.

¿Y qué pasó con el resto? ¿Por qué olvidó Ayala, por ejemplo, su recuerdo de Antonio Espina? Una cuarta parte de los artículos publicados en La Nación quedaron en el camino, dispersos, olvidados. Y ya pongamos otros ejemplos:  “Talleyrand: Un representante de Europa”, del 15 de octubre de 1939,  que inicia la magistral andadura de  Francisco Ayala en este Suplemento argentino, y “De crímenes y castigos”, del 31 de enero de 1993, que la cierra. En un extremo y el otro, el primero y el último de los artículos han quedado dispersos y hoy volvemos a releerlos y enmarcarlos –como al conjunto de las páginas olvidadas- a la luz de los años transcurridos y de la obra completa de Ayala en plena edición.

En principio, conviene destacar que, como no podía ser de otra manera, estos 34 artículos hoy recuperados en Francisco Ayala en La Nación de Buenos Aires, que ya hemos mencionado, confirman lo que acabamos de resumir al recorrer el resto de las colaboraciones de Ayala en La Nación: los escritos que acaban de reeditarse pueden cómodamente integrarse al conjunto polifacético y único que es la vasta obra de Francisco Ayala, aportando, claro, su novedad.

Podemos anticipar que hay escritos que forman como un grupo en sí, de una notoria complementariedad, nacidos de experiencias, inquietudes, relaciones y lecturas muy amalgamadas, muy trabadas. Y sirva como ejemplo un solo caso: los dos magníficos artículos de 1957: “Observaciones sobre el nacionalismo árabe” y “La democracia y sus diversas fisonomías”. Estamos delante de estudios socio- políticos, nacidos al hilo de los viajes de Francisco Ayala, con el  conocimiento sorprendente de su tiempo y de sus figuras públicas. Y de tanta actualidad, con tanta claridad evaluada una situación y con tal anticipación dado su pronóstico, que pasman.

También volver a marcar una evidente evolución en el tono de estas páginas si las leemos cronológicamente: “Profesor defiende a novelista” es el título de una de ellas. Y sí: del profesor, del científico, del gran estudioso, con el correr de los años y de la pluma del maestro Ayala, como ya hemos aclarado, vamos insensiblemente cayendo en el más subjetivo, en lo autobiográfico (pensemos en “Postales puertorriqueñas”, “Las memorias”, etc),  en algún aspecto el más libre, el más creativo: empiezan a borrarse los límites de la tipología de sus artículos, y lo propio y lo ajeno están juntos, lo subjetivo y lo objetivo. Y algunos títulos apuntan a esta fronteriza y rica ambigüedad y complementariedad.

Ahora bien: ¿por qué olvida Francisco Ayala, voluntaria o involuntariamente, estos más de 30 artículos que quedan dispersos en La Nación? Siempre hemos sabido, porque es de ley, que un escritor no sólo es importante por lo que publica sino también por lo que olvida o decide olvidar. Pero está  claro que cualquiera de estas páginas podría formar parte, sobre todo por su calidad, de los libros en los que Ayala fue reagrupando, reordenando, construyendo su obra, o dar vida a algún otro libro….

Pero enseguida nos preguntaríamos: ¿cualquiera de estas páginas?, y trataríamos de adelantar algunas hipótesis del por qué fueron desechadas. Hay algunas razones de exclusión que podemos considerar obvias: el volumen de lo escrito, las alternativas de su vida trashumante, los años finales de ordenamiento definitivo de su obra… Y podríamos aventurar algunas nada descabelladas: por ejemplo, la novedad en el tema en relación a lo que Ayala está escribiendo en determinado momento (“La geopolítica. Ciencia y práctica” y “Crítica de la geopolítica”, de 1944), artículos de mucha actualidad en su época, escritos como notas o anotaciones sobre libros. Tal es el caso de algunos otros de estos artículos, que se organizan como notas a libros, o, mejor, “al margen” de los libros o lecturas de Francisco Ayala, casi siempre novedades editoriales que lee inmediatamente y que difunde.

Hay muchos artículos de los reunidos en esta reciente recopilación – incluido  el primero de todos ellos, “Talleyrand: un representante de Europa”- que se organizan como notas a libros, “al margen” de los libros o lecturas de Francisco Ayala, casi siempre novedades editoriales que lee inmediatamente y que difunde: pongamos otro ejemplo, “Max Weber”.  Sin embargo es hora de que volvamos, ahora sí, a ese entrañable libro que se llamó Al margen de los clásicos, de otro de nuestros maestros, Azorín, libro por otra parte que se encontraba entre  los preferidos por el maestro Ayala: si leemos estas páginas recuperadas organizadas al hilo de las preferencias culturales,  intelectuales o literarias de  Francisco Ayala, su unidad puede sorprendernos; no estamos, desde este nuevo punto de vista, frente a una recopilación de estas notas a libros, sino frente a un corpus de revalorización de lecturas del maestro granadino.

Volvamos a “Talleyrand: un representante de Europa”, el primero de los artículos dispersos, aparecido en La Nación el 15 de octubre de 1939. La pieza es magnífica, y responde a todas las características de un puñado importante de artículos escritos en estos años argentinos que Ayala reunió en su libro Los políticos. ¿La olvidó voluntariamente, la desechó?¿La olvidó por alguna razón externa, por ejemplo, el febril trabajo al que se entregó ni bien llegar a Buenos Aires, como el mismo autor cuenta  en su prólogo a Los políticos?

Porque (y esta es la cuestión de fondo o lo que importa) lo que parece claro es que, nota de lectura al fin, incluida en Los políticos o no,  es indispensable. Otra verdadera joya del mejor pensamiento y de la más diáfana elocuencia al servicio de una cuestión nada ajena a nuestros días ni ajena a los intereses del pensamiento ayaliano: la construcción europea, fruto del difícil equilibrio entre la propia nación (Francia, en el caso de Talleyrand) y el continente.

Que estas y otras tantísimas reflexiones aparecieran en el Suplemento argentino me honran, y hoy honran a esta Casa que ha hecho de los lazos hispanoamericanos el eje de su tarea y de su cuidado.

En tiempos de despiadados números, de descuido del medioambiente, de guerras que se multiplican, de hackers…, un ámbito como el que hoy nos cobija es un reservorio de la mejor memoria, un lugar de culto de los valores que han encumbrado las civilizaciones en cualquier tiempo y lugar. Que nuestro trabajo, que se asienta en el pasado, nos sirva en el presente para ser un poco mejores, y sirva para que las generaciones venideras puedan superarnos. De esto trata el compromiso al que me he sumado al inicio de este Discurso.

De esto mismo habló muchas veces Francisco Ayala, y, puntualmente, sobre esto reflexionaba y se quejaba en sus Recuerdos y olvidos al recordar el silencio que parecía haber caído sobre la obra literaria de su tan estimado Eduardo Mallea. Cuando el Suplemento Literario de La Nación de Buenos Aires editó un Homenaje a su ilustre Director al cumplirse el medio siglo de Cuentos para una inglesa desesperada, el 15 de agosto de 1976, a los estudios de Juan Carlos Ghiano y Nicolás Cócaro, se sumaron las adhesiones de Jorge Luis Borges, Camilo José Cela, Jean Cassou, Graham Greene, Victoria Ocampo, Julián Marías. Y así escribió Francisco Ayala esta breve página que escuchamos hoy por primera vez:

“Mallea. Una imagen de la Argentina”

Al escritor que ha entrado en años no pueden sorprenderle las alteraciones que el curso de ellos impone acaso a su imagen pública. Esas alteraciones están ligadas a circunstancias variables de cada época, dependen de los tiempos cambiantes, y apenas si afectan a la apreciación última de su obra creativa, asignada a una posteridad donde circunstancias tales no serán ya ni siquiera mero recuerdo —tan deleznable como toda política es la política literaria—.

La obra de Eduardo Mallea tiene en sí calidades que garantizan su perennidad. Desde que la inició hace medio siglo, ha influido —y ¡cuánto!— sobre generaciones de sus contemporáneos; pero lo que en verdad importa es la prolongación que esa influencia ha de alcanzar, por virtud de los permanentes valores poéticos alojados en ella, sobre generaciones venideras.

 Que la obra de Eduardo Mallea, que influyó sobre sus contemporáneos, “y por virtud de sus valores” como decía Francisco Ayala, extienda su presencia sobre las generaciones venideras.

Así, la misma obra de Francisco Ayala.

Y así, la nuestra, que no es otra que la de trabajar para preservar esta cultura que nos hermana, nos identifica y nos ennoblece.

Muchas gracias.

Cádiz, 21 de marzo de 2012

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1. Rafael Alberti: Ora marítima, seguido de Baladas y canciones del Paraná, cuadro del autor, dibujo de Juan Battlle Planas, Losada, Buenos Aires, 1953.

2. Eulalia Galvarriato: “Bienvenida”, en Raíces bajo el tiempo, Ediciones Destino, Colección “Ancora y Delfín”, Barcelona, 1985, p.212.

3. José Claudio Escribano: “La identidad cultural de LA NACION”, La Nación, 9 de agosto de 2007.

4. Jorge Cruz: “El Suplemento de La Nación en el país y en el mundo”, La Nación, Sección 4ª. , 31 de diciembre de 1989, págs. 1-2.

5. “Conversación con Eduardo Mallea”, reportaje por Odile Baron Supervielle, La Nación, 5 de abril de 1977, Suplemento Cultural, pág.1. A la pregunta: “-Ud. ha conocido mucha gente. ¿Cuál es la apersona o las personas que más le han impresionado por su inteligencia o su personalidad?”, el director del Suplemento del periódico responde: “-Entre los vivos, Graham Greene, Francisco Ayala; entre los muertos hace poco, André Malraux, José Ortega y Gasset, Paul Valéry, Arnold Toynbee, Jean Cocteau, Leopoldo Lugones y Waldo Frank”.

6. Hugo Beccacece: “El Suplemento Literario, la otra casa”, La Nación, Suplemento Cultural, 10 de agosto de 2003.

7. Francisco Ayala: Recuerdos y olvidos, Alianza Editorial, Madrid, 2006, págs. 287-288

8. Me ocupo de este tema en “Victoria Ocampo y Francisco Ayala: una amistad duradera”, Revista de Occidente, Madrid, Núm. 342, noviembre 2009, págs. 77-104.  (Incluye “Cartas inéditas a Victoria Ocampo, por Francisco Ayala, págs.92-104)

 


ISSN: 2174-0445



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