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MÍSTICA Y BARROCO: LA PERVIVENCIA DE LO TRASCENDENTE
 

Dr. Manuel Gahete Jurado
Académico Numerario de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba
Catedrático de Lengua y Literatura

 

1. Lo clásico, lo eterno.

Luis Alberto de Cuenca afirma que Manuel Gahete “es uno de los poetas españoles que más y mejor han trasladado a nuestros días el sentido, y hasta la forma, de los grandes autores de nuestra tradición centenaria” 1. Este sentir ha sido una máxima constante en la mayoría de los críticos que se han acercado a la obra de Gahete. El doctor Ángel Estévez establece que

afirmado en las raíces de la tradición clásica, o mejor, en el fluir especular de esa tradición en la que se implica, Manuel Gahete se escudriña humana y poéticamente, entrecruzando experiencia vital y aliento lírico. La palabra, entonces, sobre el espacio abierto de la página virgen, se hace carne que tiembla en el perfil del verso, inflamado de amor, herido de lumbre, contrapunteado de muerte. Toman así forma y sentido los universales del corazón humano2 .

Carlos Clementson afirma que la obra de Manuel Gahete se inscribe bajo el signo del más acendrado barroco cordobés, al que actualiza con un lenguaje lleno de vigorosa expresividad y hondura. Excepcional dominador de las formas métricas y acuñador de un estilo lleno de tensión personal y brillante riqueza de imágenes, destaca el excepcional magisterio de los sonetos, actuales y barrocos, en vigente diálogo con los clásicos 3

El filósofo y crítico cordobés Antonio Flores proclama:

De lo que no hay ninguna duda es que este poeta no concede el más mínimo atisbo al tono coloquial. Su fidelidad a ese “sueño creador” que la palabra primigenia tenía, y que —como bien dejó dicho María Zambrano— sólo se consigue “violentándola” a través de la metáfora, lo aleja de prosaísmos y alacridades (…) La exquisita musicalidad que desprende su léxico de secuencias armoniosas dota a sus poemas de una brillantez estético-formal, propia de la madurez lírica de (…) un clásico 4.

Russell P. Sebold será explícito y contundente en sus manifestaciones:

La palabra del buen poeta goza de autoridad, y es enorme la autoridad de la palabra poética de Manuel Gahete (…) El poeta rememora versos de predecesores predilectos que, en diferentes momentos de la historia, se han hallado en la misma situación afectiva que él (…) El lector culto es consciente de esta serie de ecos confirmativos y merced a ellos descubre en la vivencia del poeta actual la secular “autoridad” de la tradición poética. A tal poeta algunos lo llamarán clásico (…) Revestido de la autoridad de sus maestros, el poeta habla por la Poesía. Manuel Gahete es, en este sentido, un poeta neoclásico de máxima autoridad 5.

2. ¿Amor místico versus amor humano?

Será el propio hispanista americano Russell P. Sebold quien señala a Manuel como poeta místico o neomístico, reconociendo en San Juan de la Cruz uno de sus arquetipos vivenciales, “entablando insistentes diálogos espirituales con fuerzas trascendentes, ascendentes y descendientes”6 . La lucha existencial de Manuel se desarrolla en dos sentidos: hacia la armonía con lo humano en el amor terrenal, y hacia la armonía con lo divino en la fe; en ningún caso el camino carece de obstáculos, dudas y contrastes. Acompañado por reflexiones metafísicas acerca de la vida y la muerte, el tiempo que pasa y la soledad, el amor se configura como única salvación y entraña la búsqueda de la verdad, hallada a menudo en la amada, a veces en Dios, otra en sí mismo y siempre en la poesía, hiperónimo metafórico de cada uno de sus constituyentes. Símbolo imprescindible de estos encuentros es la luz, inevitablemente relacionada con la sombra: el verso alumbra la esencia del espíritu y manifiesta su Verdad preservada, aspiración —como proclama Sebold 7— de gran parte de la obra de Gahete, a través de la belleza: la poesía introspectiva, que a menudo se acerca al monólogo interior, logra ahondar en el conocimiento de las experiencias y emociones más íntimas. Escribe Gahete en un verso iluminador: “Sabes que nuestras vidas son luces de un momento”, y define la poesía como “una oscura luz, la luz más negra que el hombre reconoce, pero siempre luz, incluso cegadora”8 .

Marina Bianchi confirma que basta emprender un paseo por La región encendida para darse cuenta de que hay un aire sanjuanista que impregna dulcemente cada uno de sus versos, hasta en el clamor de sus títulos, un aroma que dialoga prodigiosamente con esa soledad sonora bebida del más inspirado de los poetas místicos 9:

Acaso he de buscarte, dulce amante tristísima,
en el vuelo
o misterio
de quien pugna y no vence,
bajo la tierra dócil que invita a mansedumbre,
en el vaso de besos que consuma la savia.

Acaso porque naces cerval sobre mi vientre,
cirro de sangre donde estalla un río,
labio de lluvia donde escora el mástil
de este bajel de huesos,
estás cerca
tan cerca que pareces vivir en mi ventura,
tan íntima en la luz que desdibujas los signos de la muerte
cuando en lo oscuro acrece su memoria.

Por ti,
novia de adúcar, sándalo de pasión,
driza de yedra,
élitro de dolor, palor del alma,
bíblica soledad, ópalo dulce.

Por ti seré acento de la roca,
acento de la piedra malherida que canta eternamente en el otero
frente al fragor del mar que nunca cesa.

Deja ya de esconderte como un niño desnudo por las cuevas del templo.
Deja fluir el aire que remueve en mi boca aletadas amargas.
Déjate mansamente domeñar en el sueño
que me arrastra a otro sueño más lejano.

Dime de qué te sirve
que te ciñas
con sal a la cintura
un agallón de besos,
que te nieves el cutis de limón o de leche,
que te sueltes el pelo de la luna en el agua,
que te creas hermosa
si has de morir también.

Fática noche,
abrásala en esta calentura de mis ojos sin sol,
y habrá milagro.
La madrugada abre sus raíces
antes que tú, yacija de los nombres,
enmudezcas los cuerpos que tanto se han amado10 .

 Se trata de una particular vía mística, un camino de perfección en el amor con el verbo como compañero de viaje. Hay que buscar, sobre todo, el amor y la belleza, pero también la alquimia de los elementos naturales (la lluvia, el aire, el fuego, el mar, "los altos pinares del corazón"), que sirven al poeta de marco o contrapunto a sus sentimientos; un espacio de pureza donde el alma se halla desnuda y la palabra provoca sus hondas sacudidas:

A semejanza con el “Cántico espiritual”, la alegoría amorosa adorna también la belleza del paisaje (…) El discurso poético se aquilata en manifestaciones temáticas de posesión, nostalgia y deseo, siendo las acotaciones referentes a la naturaleza las que matizan el ambiente de la acción. (…) Pájaros, agua, otero, el silbido en el aire, bajo el frío, envueltos en la escarcha, sirven de telón de fondo para que el milagro de la entrega se realice en la plenitud de la naturaleza11 .

Quien conoce la obra poética de Gahete se preguntará cómo podrá ser poeta místico, siquiera neomístico; pues en sus versos se dan repetidas ilusiones a lo sexual y aun a episodios sexuales (Manuel Mantero ha llegado a decir que es sexual la relación de Gahete con la poesía12 ). Pero el objetante no tardará en recordar los símbolos sexuales presentes en las páginas de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Sor Gregoria Francisca de Santa Teresa y tantos otros místicos. Más, aún así, lo místico ocupa un lugar importante en la obra poética de Gahete, y el feliz casamiento artístico de lo espiritual con lo físico lleva a la acuñación de la curiosa palabra almatomía que aparece en el epígrafe de unos de los poemas de La región encendida13 .

Quiero decirte: Ven
y que no apague nadie nuestra boca de agua
o este líquido rojo de la sal en los labios.
Ven que allende en el humo nace como ceniza
el asedio de ausencia
donde aprendí del gozo, oro de soledad, pez acuciante.

Ven y dame noticia de este fúlgido amor en el naufragio,
amor desposeyéndome,
anunciando invisibles sus señales:
cirro, espadas o lengua, escarcha, álgido fuego,
llave del alma o himno de la fiebre.

Siento viva en el río la lluvia de tus lágrimas,
copher de vino dulce derramado en mi boca,
amante desolada desalándome en vida.

Vives porque te nombra,
bajo la tensa calma, mi pasión y mi sueño.
El tiempo o la palabra unge, laude y estigma,
los lenguajes de amor impronunciados.
En luz seré quien dome tus versátiles nervios,
aquel que infrinja el tacto en cuyo mar o sed se abisme el mundo.

En el cerrado bosque te busqué sin hallarte:
Prendida quedó el alma como un batik de lluvia
entre las ramazones del olvido14 .

Porque, en esta caravana de pseudopoesía que nos está invadiendo, Gahete no se integra. Él es un filólogo que, al poetizar, realiza, en su propia locución, un análisis lexicológico de los vocablos escogidos. Es una autoexigencia impuesta por su inclinación a la raíz. A los orígenes. Las referencias al mundo clásico siguen presentes, entremezcladas con un apasionado diálogo entre el yo íntimo y la soledad colectiva del hombre, actuando el fuego, no como arjé, origen, como postulaba Heráclito, sino como elemento depurador de todo lo viviente 15. Ya en Íntimo cuerpo, fiel a la tradición barroca andaluza, reclamaba la primacía de la forma frente al contenido. En La región encendida, el eje central continúa siendo el ansia amorosa, realidad y anhelo al mismo tiempo. En plena madurez creativa, Gahete nos muestra los tres vértices que conforman su triángulo poético: la tradición barroca andaluza, la elegancia expresiva del clasicismo y la fascinación por la palabra. Sin olvidar en ningún momento la comunicación más intima, más honda; dejando al trasluz su lucha contra la vida, su dolor: “Ven hacia mí si escuchas en la noche / el largo adiós que no cede al olvido”, contrarrestado por el canto a la esperanza de un poeta vitalista que nos trasmite siempre sensación de autenticidad. En tono profético, sagrado, que nunca lo abandona, realiza Gahete la travesía existencial por las vías místicas que discurre desde el desierto (Yermo) —pasando por el Bosque y el Valle— hasta el Paraíso inflamado del Amor 16.

Creo en tu amor.
Me guías en lo oscuro.
Son polvo azul las leyes que pronuncias
(...)
Creo en tu amor.
Mi sangre trasparece licuada en luz
y en soledad mi carne encandeciendo sombras y presencias
(...)
Creo en tu amor.
En él me siento puro.
Devanado en el fuego de su historia.
Lienzo en el infinito de la albura.
Honda y broquel.     
Escudo de mi fuerza.
Él tensa el arco de mi brazo,
el bronce que mi diestra cansada no sostiene 17.

Según Morelli, el encuentro entre vitalismo y barroco genera una enorme tensión espiritual que, en algún momento, alcanza el léxico y las elevadas expresiones de los poetas místicos, en particular los de San Juan de la Cruz. El motivo del “balbuceo” —la imposibilidad de expresar a fondo el sentimiento que vive el poeta— allega la experiencia literaria de nuestro autor a la tradición mística y, también, a los modelos más actuales del movimiento romántico y neorromántico, entre los que es preciso destacar el nombre de Vicente Aleixandre, para quien la palabra poética se evidencia a través de una voz balbuciente, incapaz de transmitir en plenitud su mensaje. Esta constante insatisfacción, fruto de un continuo proceso estilístico encauzado a la precisión y la síntesis, indica la importancia absoluta que el poeta reserva a la sustancia vivificante de la palabra 18. Para mejor reglar y ennoblecer la urgencia del sentimiento, el poeta se sirve de la estructura del soneto —del que es extraordinario intérprete—, ofreciendo un lenguaje de clara acepción barroca y becqueriana, como evidencian los versos del poema “¡Y tu palabra!”, del que extrapolamo los tercetos 19:

Tu voz, ¡qué voz!, su trueno, su madera,
su reja por mi piel, su ciego acero,
un surco de embriaguez sin sangre labra.

Mudo ante Dios, que extático lo espera,
mi corazón varado en el venero
no sabe ya qué hacer con tu palabra 20.

El diálogo con Dios, en cuyo fondo reverbera el sentimiento del amor, es en la poesía de Gahete un punto de referencia al ansia de vida que alimenta su inspiración. Nos aproximamos a tres sonetos, “Esta mañana” “Abrasión” y “Tándem”, para ver cómo los motivos —Dios y la pasión amorosa— traducen la intensidad de una experiencia de clara ascendencia religiosa, y más propiamente mística, litigando entre el desleimiento y la antítesis. El poema “Esta mañana” canta un momento de plenitud que tiene como referente privilegiado la presencia de Dios 21:

Se ve más claro, Dios, ¡ah, dulce espada!
esta mañana así mi amor colmado.
Las golondrinas beben derramado
el vértigo de luces de la nada.

Ser un velero al fin de la ensenada
es un castigo. Más, no haber amado.
¿Qué nace en este abismo iluminado
esta mañana, Dios, transfigurada?

No me arrepiento. Vivo. Me acreciento.
Me apoco. Araño mi bolsillo. Siento
bullir mi sangre libre en otra mano.

Me desnudo y me visto de inocencia.
¡Llévame ya, Señor, a tu presencia
en el límite gris de cada humano 22!

En el segundo, “Abrasión”, no podemos distinguir con claridad si es a Dios o a la amada a quien se dirige la súplica:

Ven a mi amor que es carne de heroísmo
y luz en soledad y labio inerme.
Ven hasta aquí que quiero revolverme
en el clamor astral de un cataclismo.

Ven hasta el vientre oculto del abismo.
Ven con tu dulce cuerpo a devolverme
las ansias de vivir y de perderme
en el espejo azul de tu espejismo.

No creas más, jamás, en el fracaso.
Aún tengo fe, aunque desnudo y ciego.
Ven pronto, ya. Ven pronto, sin retraso.

Con el dolor del beso enardecido,
ven hasta mí que siento, como el fuego,
arderme cuanto más enfurecido 23.

Por el contrario, el poema “Tándem” denuncia una conciencia confusa y privada de certezas superiores 24:

Vienes desde otro mar, desde otro olvido,
con la mirada abierta a los sauzales,
con máculas de moras y zarzales,
a un alerión demente y aterido.

Viene de la desfé de lo creído
a esta explosión de cal rota en cristales,
¡con qué sabor acídulo de sales!,
tu corazón sin sangre y sin latido.

Y aunque no tenga nada que ofrecerte,
ven y devasta el hueco donde guardo
mi corazón y el beso de su muerte.

¡Imagen vertebral de par acero,
acude a mi abrasión que yo te aguardo
para apagar en ti mi fuego entero25 !

El motivo amoroso prosigue siendo la fuente primaria de la inspiración; sentimiento absoluto que no da reposo sino que se consume en una embriagante y dolorosa agonía: “porque sé que en tu cuerpo me consumo / y arde mi voz como la llama viva”, declaran los versos del poema “Apódosis”26 [26]. Se trata de una búsqueda que raya en la mística de la carne, en el sacrificio total del ser, en el abandono supremo en el otro; la fuerza de su intensidad crea un profundo vínculo con la realidad, hasta el punto de que la palabra pasa a ser una forma de conocimiento de nuestro ser, la luz que ilumina el misterio de la vida humana. La perfección técnica que caracteriza la poesía de Gahete está estrechamente conectada a la alta concesión del sentimiento amoroso, valor fundamental que permite el descubrimiento de sí mismo y del mundo27 .  En sus páginas el lector es llevado de la mano por sendas que van del amor humano al amor místico, a través de una búsqueda de la perfección formal que atiende por igual a la rigurosa arquitectura del soneto como al poema de amplio aliento discursivo y lírico. Son todas ellas vertientes complementarias de una escritura marcada por una persecución, la de la ampliación del campo léxico, como modo de apertura de las tonalidades poéticas, casi siempre con el amor como tema central. Manuel no ha dejado de buscar la luz —búsqueda descrita de manera casi mística—, de desear el amor, de elegir la vida, de reconocerse en la persona amada, de hacer del amor su fe 28:

(…)
Buscar la luz
es darme por entero a la vida.
No existe otra manera de acercarme a tu espejo,
morada inexpugnable de los dioses
que temen
que en mi encuentro contigo sus oros palidezcan.
Es darme por entero
o perder la partida,
darme a beber en sangre o vino
a quien me anuncia.
(…)

Buscar la luz
es darme por entero a la vida
sin lógica o razones,
en dura fe desearte,
desnudarme del cuerpo para arder en el tuyo,
cegarme,
redimirme,
ser el mundo en tus ojos.

Buscar la luz, la luz...
en este éxtasis
una oración desciende desde Dios a los hombres 29.

Del mismo modo que Sebold y Morelli, José Cenizo apuesta por la influencia innegable de la impronta o tradición mística y sanjuanista de buena parte de la obra de Manuel Gahete. Como San Juan se empeñará en explicar esta conexión íntima entre el amor humano y divino, corporal y místico: El amor humano, nacido de la atracción y el deseo, conforta como fruto efímero. Tiende hacia la culminación y en sí mismo se satisface. De raíz mortal, también son fragancias de un instante su dolor y su gozo. El amor divino no tiene alfa ni omega, su dolor y su placer son ilímites, como lo es el objeto hacia el que tiende. Las dos clases de amor se unen, se semejan. No es posible concebir desgajados el cuerpo y el espíritu, lo mismo que corazón y mente se imbrican y confunden en la realidad y la imaginación. Y siempre los símbolos, espíritu, sangre; cuerpo como fruto sabroso del florecido huerto de la carne, donde la amada se entrega al amor del esposo, en la ofrenda del vino adobado del mosto de granadas, entre las cavernas de la piedra, en el collado del incienso o el monte de mirra, alcanzando en el espacio y en el tiempo nuestras orillas, dibujando en el agua la belleza de la dama, la amiga, la esposa, la novia30 :

No profanéis su voz, tan nueva y fresca,
tan fuente de mi voz, tan tierra mía.
Tronzad la grama o yerba que ha tocado
el tallo de su pie y oiréis a oraje.
Porque ella es aire y agua en que respira
la densidad y el culmen de mi fuerza.
Ella es madera y flor, vigilia y sueño.
Y toda leche y mar. Su ser es vida.
Y es ala. Y es clamor. Sin ella nada
tiene sentido ya. Basta su vientre.

Ved dormida aquí. Traed la llama
y acercad a sus labios vuestra pena.
Ella es la luz y el alba palidece
en tándem con el sol cuando me mira.
Es nardo y azafrán, caña y canela,
áloe e incienso es. Hermana y novia.
Y es tan niña en edad que hasta los pájaros
beben la plenitud del tiempo en ella.
No la dejéis llorar. Sabed que sangra
el corazón del mundo cuando llora 31.

3.   El fatum barroco

A finales del siglo XVI, la situación social y política de España predispone a los escritores a imbuirse de lleno en el movimiento barroco que no supone en absoluto una disrupción con lo clásico sino la adecuación irónica y necesaria a una situación lamentable de intolerable desigualdad y quiméricos sueños de grandeza. Una situación que propicia el nacimiento de una literatura cuyos cimientos se entiban sobre el desengaño  y la decepción, el pesimismo y el descreimiento en todo lo humano.  Ciertamente toda estética hace referencia a una ética. Pero Gahete no es ningún pesimista (aunque todo poeta lleve dentro esa oscura semilla de tragedia), como declara en el poema “Confesión”, contenido en Capítulo del fuego:

Quiero creer que el hombre no es sólo un puño negro,
una vinta de sangre velejando en la sombra,
un crepúsculo rojo por donde el sol revienta.

Quiero creer, creerte, amar y perseguirte,
abrasarme en tu cuerpo como papel ceniza,
como harina en el horno, como rosa de ásaro.

Quiero creer —¡lo sabes!—, cuerpo nocturno frío,
en la lírica nueva que pronuncia la muerte
por que un ángel esparza mi fe sobre la tierra 32.

El crítico Antonio Varo afirma que Gahete esgrime una ética del compromiso con la persona y con la poesía, el acercamiento al absoluto y, paradójicamente, su alejamiento intelectual. ¿Es eso misticismo o neomisticismo como Russell P. Sebold lo ha llamado? Hay que escuchar a Cioran: “Lo que no puede traducirse en términos de mística no merece ser vivido”. En su poesía hallamos una emoción de alguna forma cosida al verso mediante el orden, la rima alejada, el equilibrio entre imágenes y texturas, con las armonía rítmica de un metro libre o impar, del color de una imaginación que se desborda en los márgenes, que hay que acotar en la salida del poema, interpretando un espíritu que dicta un equilibrio entre el dolor y el placer, la ausencia y el contacto, el espíritu romántico y el surrealismo 33.

Por esto, gran parte de la obra de Gahete está profundamente signada por el legado de la tradición barroca. Barroco es el fondo del enunciado sentimental y existencial (en esto último no es extraña la influencia de Quevedo) que busca en la palabra, sensual y  elaborada, la mejor forma de representación. El barroco denota una oscura claridad, cimentada sobre lo que Cacciari esgrime como identitario de la palabra: “La palabra puede únicamente obtener alguna claridad en cuanto que renuncia al mismo tiempo a revelar la claridad absoluta. La palabra sólo logra hacerse clara cuando ha comprendido finalmente que jamás podrá ser adecuada perfectamente a dicha claridad”34 . La poesía de Manuel Gahete se configura o se revela como el relato poético de la existencia de un “hombre de luz eterna / a la efímera sombra condenado”. Símbolo primordial de la poesía de Manuel es la luz, metáfora de la presencia del amor que trae consigo la paz y la alegría, contrapuesta a la oscuridad de la soledad, a la muerte del olvido, partícipes al fin del vínculo inefable que define nuestra fatal existencia:

El otoño persigue con sus dedos helados
este efímero rastro de hoja volandera.
Fulvo tránsito breve,
nuestra caduca condición humana.
Ansia nunca saciable,
este existir de árbol talado por la muerte.

¿Acaso el mar es nuestro?
El vino, el aire, el beso, la palabra.

¿Queda algo de alguien
en nosotros
cuando el tiempo devora las huellas y el destino,
cuando en nada deviene el alción de la bruma
y los sueños de agua se inmergen en la niebla?
¿Quién extiende su mano
cuando la noche cubre el lienzo de los valles?
¿Quién esgrime el alfanje contra la sierpe oculta
que en lo oscuro te acecha?
¿Quién arrebata al nuncio del olvido
su doloroso látigo de sombra?

Cuando todos los hombres yerran por los caminos,
cuando sangran las manos rotas por las cadenas,
cuando el dolor acude con su pródiga llaga
a ofrecernos el sorbo
amargo que nos unce,
toda la luz del cosmos se vislumbra,
sólo tu propia sombra te contempla 35.

Porque, sobre todo, Gahete da cuenta de una fervorosa pasión por las palabras.  La suya es una escritura independiente, individual y ampliamente reconocida, con claras señas de identidad tanto en un reconocible ejercicio de estilo como en un trabado universo temático. En este horizonte singular y claramente identificable, se perfila con rasgos peculiares Mapa físico, ya desde la desusada y concreta imagen de su título, marcada por una voluntad de descenso al polvo de la tierra, a la ineludible dimensión humana de la existencia 36. Pedro Ruiz corrobora:

La figura del poeta como peregrino, extranjero en un mundo necesitado de la orientación del registro cartográfico, parece recoger el legado de Novalis y el romanticismo, en estrecha correspondencia con la imagen de Gahete poeta como pájaro solitario (…). Confirmando su vocación de reconocer su patria en el amor y la poesía, el autor da cuenta de su dolorosa experiencia de la temporalidad, conjugando el sentimiento de extrañeza con la voluntad de encontrar un freno para ella en sus irrenunciables posesiones, hechas de tiempo pero nacidas para frenar su fuga, para detenerla en un momento inmortal, pasto de la memoria 37.

En el subtítulo del libro, “Pasos del peregrino”, Gahete resume esta otra perspectiva y se sitúa abiertamente bajo la advocación de Góngora, al que ya dedicara su Glosario del soneto a Córdoba (1992) y Casida de Trassierra (1999)38 :

De la herencia dejada por el otro cordobés nuestro autor toma la voluntad de separar el lenguaje poético de los registros habituales, pero también una mitología y una mirada aristocrática propia del poeta, hasta el punto de que puede parecer incluso desdeñosa con la realidad que le rodea (…) Se trata de una experiencia surgida de la extrañeza, en el doble sentido del término, como descubrimiento y como alteridad, para profundizar en uno y otra hasta construir el poemario como un discurso de denuncia o de renuncia moral respecto a un mundo con que el poeta no se identifica.
(…)
Ante el tiempo, siempre de paso, siempre como un peregrinar, la vivencia y la poesía alcanzan un estremecimiento desacostumbrado, más propio de la existencia que de la estética, un temblor con algo de temor que deja enfrentadas ambas categorías, entre el cuestionamiento de la belleza y su naturaleza de último refugio contra el devenir de la vida, con sus renuncias y sus desilusiones (…) La pérdida se traduce en soledad, en extrañamiento, y desde ella asume el autor su condición vital de peregrino.

Los ecos gongorinos (…) son al mismo tiempo un reconocimiento y una tabla de salvación, la débil luz del pastoral albergue que el caminante entrevé entre las sombras que rodean el bosque inexplicable que atraviesa. Del poeta de las Soledades toma la voluntad de hallar refugio en el lenguaje, esa morada del ser que Gahete construye con palabras, a modo de mapa, esto es, de reproducción parcial, pero perfeccionada en su depuración de formas, de un mundo físico, transido de tiempo y de corrupción. En ese refugio asume y reconstruye la experiencia de la desaparición del niño que fue, de los instantes que se escaparon entre los abrazos de los amantes, ante el silencio de la divinidad. El huir de las horas y de los años es el tema de estos versos, pero también aquello que pretenden negar.

La pugna se sublima en la depuración formal de los poemas, en su meditado rigor constructivo, fruto de un talante poético y de una refinada lección de madurez compositiva. En el espacio delimitado por unos versos cincelados tiene lugar el juego propuesto por el poeta para registrar el tiempo y detenerlo, y, en cierta medida, el mismo procedimiento se ofrece respecto a la escritura precedente. De ella permanecen el formalismo exquisito, el extremado cultivo de la materia verbal, el rigor afilado de unos versos siempre eufónicos, siempre trufados de palabras nuevas o de palabras viejas, rescatadas del armario del tiempo, del cementerio del diccionario, para que el poeta las engaste, al modo de un orfebre, en un poema concebido al tiempo como custodia y como cuerpo de la poesía. Gahete  proclama su voluntad de comunicación, más allá de la subjetividad autosuficiente, a un espacio compartido con el lector, porque, en definitiva, la experiencia del tiempo, la pérdida de lo que fuimos y la recuperación en la memoria es algo que, al margen de detalles o pulimentos de estilo, nos aúna a todos los seres humanos en nuestra efímera realidad 39.

Cenizo Jiménez afirma que Góngora es el poeta que con mayor  fuerza ejerce su magisterio sobre la poesía neobarroca de Manuel Gahete. A la estética barroca del cordobés genial ha dedicado serios estudios publicados en libros, presentados en congresos o leídos en conferencias. No sólo es un discípulo lírico de Góngora, un seguidor actual de su estética, deseoso de explotar esa mina inextinguible de las palabras, sino un exégeta, un crítico de sus obras. Desde su posición de profesor y filólogo, lo hallaremos en numerosas páginas panegíricas y exegéticas, ya centradas en el análisis de la poesía sacra de Góngora, ya en el significado y valor de su obra en conjunto40 [40]. Elogio de Góngora vemos en uno de los artículos de Después del paraíso (1999), donde escribe:

Góngora es, por antonomasia, el creador completo, el poeta capaz de ascender a las más altivas y provocadoras cúspides de la materia y forma poética y someterse con idéntico acierto y albur de fortuna a describir el ámbito festivo y animista de los cauces del pueblo. Su trascendencia y vuelo, sus contrastes y esencias, su dominio y su influjo supera la medida de los cánones clásicos, la osadía de las vanguardias más incalificables 41.

Gahete no duda en confesar su fe barroca y gongorina:

Es ciertamente capital la influencia barroca en mi creación literaria (…) No he de negar que Góngora refulge nítido en mi inspiración estética; sobre todo porque siempre ha significado para mí la máxima libertad expresiva, la plenitud de la imaginación, el horizonte ilímite en cuya conquista todo se puede alcanzar. Góngora liberó la poesía de toda atadura. En su palabra se contienen todas las demás palabras, después de él sólo es posible la emulación 42.

Unas líneas más abajo avisa de que esa meridiana inclinación por Góngora no lo es ciegamente por el culteranismo:

Pero mi pleitesía a Góngora no lo significa también al culteranismo. Sí a la libertad expresiva, a la riqueza léxica, al conocimiento científico de los materiales y su aplicación coherente, correcta, precisa y selectiva, sí, en definitiva, a la concepción compleja de la poesía como proyección de la inteligencia, la imaginación y el espíritu; y cautelosa reserva, sin embargo, al farragoso vicio de la oscuridad cuyo esotérico camino sólo está preservado a los genios 43.

Afirma Antonio Cruz que, en la poesía de Manuel Gahete, son perceptibles los ecos estéticos de algunos de los poemas más conseguidos de Góngora (Las Soledades, La fábula de Polifemo y Galatea, el soneto dedicado "A Córdoba"), con los que comparte algunos rasgos esenciales: el acusado sentido del ritmo, la frecuente preferencia por formas estróficas de tendencia clasicista, el empleo de términos inusuales, que a veces suelen prestar al texto la dificultad comprensiva que ya achacaron a don Luis en su época, la rotunda intención estética de su obra con predominio sobre cualquier otra finalidad. La familiaridad de Gahete con la obra gongorina es el resultado de la afinidad electiva y el convencimiento de que la creación gongorina alcanzó en su momento cimas difícilmente superables. Y un buen poeta, creemos, debe ser también un buen lector, un receptor excepcional de la mejor tradición lírica, con la que conversa íntimamente, y de la que se empapa, dejando ver luego en la propia creación ecos o reflejos, buscados o involuntarios, que permiten señalar en algunas ocasiones deudas u homenajes, sintagmas o estilemas, que el crítico cree identificar como probables influencias, como hipotéticas huellas del pasado glorioso 44[44]. Esto mismo argumenta Russell P. Sebold, al referirse al poeta. Y en estos términos se expresa Michele Coco, en la introducción de Carne e cenere 45:

Un linguaggio forte, ma anche ricercato, antitetico, barocco. C'è forse il cordovese Gongora dietro il cordovese Gahete? Il gusto delle inmagini fastose, dei chiaroscuri, la lussuria di un vocabulario frontatamente realistico e tuttavia ambiguo, la musicalità estrema del ritmi: sono i caratteri fondamentali di tutta la poesia andalusa del Novecento46 .

Aunque la lírica de Gahete aparece tachonada de herencias temáticas y estilísticas, será sobre todo en dos libros de versos donde resulta visible la impronta gongorina: el Glosario del soneto a Córdoba (1992) pieza maestra que, para muchos, representa la verdadera consagración, y la colección lírica Casida de Trassierra (1999) en la que, a pesar de su título de tendencia arabizante o lorquiana, la presencia de don Luis es una pervivencia constante 47.

Tanto el primero de los libros citados como el segundo nos parecen muestras de un virtuosismo literario excepcional: sólo una meditación continuada y profunda sobre los textos gongorinos (y los de otros compañeros de la generación áurea) puede dar como resultado una creación como la que examinamos. No se encuentran en ellos esa ingenuidad y cosmovisión personalista que algunos poetas de nuevo cuño nos presentan en sus versos, en los que se pretende inventar o descubrirnos de nuevo el mundo o las pasiones humanas tan viejas como él, sino que observamos aquí una mágica elaboración de recursos e ideas poéticas que da como resultado una obra nueva y sabia al mismo tiempo, como el vino añejo que se vierte en odres nuevos y que, manteniendo algo de su sabor antiguo, nos conforta con los nuevos espíritus enológicos, algo que va adquiriendo, con los aromas esenciales de su entonces y nuestro ahora. El poeta, el lírico experto, conoce la tradición y se inserta en ella.

La base de la primera obra es el conocido soneto dedicado a la ciudad de Córdoba. Gahete nos presenta un difícil ejercicio de equilibrista lírico, del que sale majestuosamente vencedor, puesto que glosa en catorce sonetos cado uno de los versos que integran la composición originaria, de tal manera que la última secuencia métrica de cada uno de los nuevos poemas aparece ajustada, armónica y casi connatural con la nueva creación, como si siempre hubiera formado parte de la misma. Es una difícil facilidad la que se aprecia en todas y cada una de las catorce ocasiones que originan el soneto, junto con una labor de taracea lingüística y estética digna de admiración. Nos parece que en todos estos poemas hay una simbiosis inmejorable de ese diálogo espiritual y literario entre dos cerebros lúcidos, habitantes sin embargo de épocas tan distanciadas, pero con afinidades indudables en el plano de la expresión y en el del contenido.

Pero además, el verso gongorino está imbricado con frecuencia en un argumento o recreación igualmente impregnado de los sucesos que marcaron la vida y el ambiente humano y geográfico de don Luis, ya sea la consideración de que gozó en su juventud de que se dedicaba, como mozo que era, a aficiones poco santas, ya los pecadillos que se nos han transmitido por parte de la mejor crítica gongorina hispánica, ya los problemas de salud que minaron el ánimo del poeta, ya la muerte inevitable que lo arrebata consigo, mientras echa de menos la visión de su ciudad natal. Y todo esto marcado igualmente por la expresión feliz y el correlato del joven lírico cordobés que parece de alguna manera identificado con el vate antiguo y que, como él, siente en su piel y en su alma, sensaciones y sentimientos que acosaron también al antiguo clérigo racionero catedralicio 48.

He aquí, como ejemplo, el soneto XIII:

Me sorprendió la muerte mientras iba
con el cuerpo y el alma demediando
y entre rosas y espinas proclamando
el livor del placer en la saliva.

Me ha sajado la piel de abajo arriba,
ha hendido en mis pulmones barrenando,
sayón y criminal va capolando
mi carne con ardor y rabia viva.

Me observo en el cristal y me parece
que es otro el que, al mirar, siente este frío
que corta mi vivir y que me empece.

Un cuerpo que, al soñarme, ya no es mío,
que es sueño de otra vida y no merece
ver tu muro, tus torres y tu río 49.

Con todo, la huella gongorina se nos presenta más visiblemente en Casida de Trassierra (1999) 50. Dividido en tres secciones, tituladas respectivamente "Pasos de un peregrino", "Ruiseñor en los bosques" y "Dudosa luz del día", estos sugerentes estilemas remiten a composiciones claves del poeta barroco, la Soledad primera y la segunda, respectivamente, y el Polifemo. Aquí Gahete actúa con más independencia del modelo originario, aunque no falta el impactante tono gongorino, siendo el propio Góngora motivo de la composición 51:

 

Este que veis aquí, enjuto y pálido,
nacido a contraluz, pasto del humo,
el labio de cristal, la boca anclada
en el seno frontal de un mar de oro,
sorprendido babel donde los pájaros
sellan de luz un reino sumergido.

Este que veis aquí, de frente amplia,
que en la menuda sien luce un planeta,
morada de profundas caracolas;
obstinado perfil, carne o crujido,
rostro de hiel surcado donde hincan
mástil mortal dos rejas su hendidura.

Este que veis aquí, sobria sonrisa,
sesgo de roja cal y turbia plata,
rocalla del amor, pura agudeza,
inteligencia suma, procreadora.
Destilado desdén, nostalgia herida,
aguileño desmán vivo en lo oscuro
y en la amarilla redondez del tiempo.

Este que veis aquí, estrella helada,
certísimo captor de fuego y niebla.
Funámbulo, charlista, taciturno,
ya sólo es un hombre a la deriva.
A la fatiga atado cuando calla
porque remueve pájaros de cendra,
porque graba la arcilla de las horas
y una lengua de fuego lo encandece.

Este que veis aquí, plegaria altiva
de un corazón o grímpola del orbe
que sobre el universo se descarna:
leve ruido de pluma, pulso leve,
flor efímera y yerta que revive
en el cieno del mar, fértil materia,
río febril o cábala del sueño.

Este que veis aquí, caballo altivo
bajo el turbio jinete de la tarde,
es Góngora, sabed, nacido mártir
de la pluma y la letra, de los dones
sólo en Dios y lo eterno conquistables52 .

Sobre Casida de Trassierra concluye Fernando de Villena: "con este hermoso libro, Manuel  Gahete añade su nombre definitiva y dignamente a los de Pedro Soto de Rojas, Salcedo y Coronel, Domínguez Camargo, sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Rafael Alberti, Gerardo Diego y Dámaso Alonso" 53[53]. Un libro de gran intensidad, que viene marcado por las dos fuerzas antagónicas más presentes de toda la poesía occidental, el amor y la muerte, como se manifiesta meridiano en el último poema "Tálamo de Acis":

De nuevo Eros y Thánatos,
temulentos, vidriosos,
en trance de crisparse,
en el polen fundirse,
viviendo aprisionados una necia existencia,
amantes inefables, forjadores del hombre.
De nuevo Eros y Thánatos
recordándonos siempre
lienzo, valle o esgueva de plegarias,
al otro,
a aquel que se nos vuelve añil en la andadura,
al de los torpes pasos, al que arriba
con el estigma o piel de otra bandera,
otra ley, otra fe, otra costumbre.

La misma sangre, la unidad en vilo,
humanidad que amueve tanto amor a raudales.

Ven y estrecha mi cuerpo más allá de los astros,
allí donde te has ido podrás reconocerme.
Soy esfera que sueña
luz en tus tibias manos,
el calor que no apaga la frialdad de la muerte:
esta muerte que aúlla por el alfoz del cielo,
por los fríos oteros del crepúsculo rojo,
un lobo entre la nieve que redime del hambre.

Subsiste la esperanza
por la que el miedo deja de arpar en nuestros labios,
la que advierte en su seno tu corazón de sal ya repartido.
Acompáñame ahora por el yermo sendero de Trassierra.
Anúnciame en silencio que amando somos hombres
y nada hay más distante del amor que la muerte 54.

 

4. El conceptismo quevediano

Emilio Orozco nos avisa de que no podemos quedar indiferentes ante la lección o la cultura del Barroco, en la que descubrimos "bajo la deslumbrante vestidura del estilo ese íntimo drama que vive el hombre de la época" 55. Si acabamos de ver la influencia de Góngora —luminosa en nuestro poeta 56—, ahora veremos otra faceta más metafísica de la lección barroca. La otra cara del Barroco, la conceptista, personalizada en la inabarcable figura de Quevedo, no podía faltar en este poeta tan fiel a una estética barroca que, como él mismo señala y ya hemos reproducido, no puede limitarse a Góngora y al culteranismo. Culto a Góngora, pero asimismo al no menos genial Quevedo, al que, sin embargo, no ha dedicado el esfuerzo indagador y crítico que tributa al primero. Su aliento, no obstante, respira en muchos rincones de su poesía, visible en mayor grado en libros como Alba de lava (1990) o La región encendida (2000), donde dolor, soledad, vida y muerte conviven, donde reflexiones metafísicas sobre el ser y la nada o el paso del tiempo nos recuerdan inequívocamente a Quevedo57 . Así, "Nacimiento", donde interpreta magistralmente el concepto barroco de la cuna y la sepultura, desgranando en un soneto el resumen apretado del vivir:

Nací varón. Un nombre me tatuaron,
efímero marbete, sobre el pecho
marcando identidad. En aquel lecho,
mi piel y sus heridas se forjaron.

¡Y cuántas soledades generaron
los ángeles de luz en el ahecho!
Luzbeles ateridos al acecho,
mis ojos sus miradas auguraron.

En el espasmo roto, un dios aleve,
por el vecino río del pasado,
acariciaba sábalos de nieve.

Hasta este instante mismo llega el eco:
¡Ah, cuántas muertes en el cuerpo alado
desde el cordón umbilical al hueco58 !

El mismo anhelo hallamos en "La azul palabra de los días":

Realmente nunca sabes cuando llega la noche.
Te acecha en las esquinas de tu casa en penumbras,
se sube por tus sienes,
aviva en la memoria recuerdos inasibles,
se desgarra en arcanos y símbolos fatales.

Nunca sabes realmente cuál es la fecha. Nunca
cuál la herida del sueño o el beso de la muerte,
porque nunca has tenido suficientes palabras
ni saber suficiente ni suficiente vida.
Detrás de las cenizas del amor se acrecientan
unos ojos oscuros dulces como el destierro,
unas manos de gasa con sus dedos de luto.

Tal vez has deseado que tu cuerpo no muera,
prevaler en la sombra mientras todo se abisma,
sentirte como un fénix sobre el mar de la noche.

Lentamente las horas devoran el susurro
del río envuelto en bruma;
acallan las orquestas aladas de los árboles,
el eco de las voces, el chasquido del rayo,
las campanas abiertas como zinnias de plata.

Lentamente la noche,
deshecha en la pavesa de un dios Bran de la aurora,
asume la impotencia de su rabia finita.

Acaso no percibes
que las ondas del agua se pierden en tus ojos
y el mar también se acaba;
que tu sombra es más larga que tu propia figura
y tu sombra no es nada: Humo, polvo, silencio
queda sobre los dioses que llamamos humanos.

Todo lo borra el agua cuando lame la arena.

¡Cómo puedes burlarte de la edad si amaneces
y naciendo ya muere un poco de ti mismo!

No hay nada que detenga la lujuria del tiempo.

Hay días en que mis versos son tristes y azarosos
y buscan como manos acariciar tu espalda.
Sólo tu voz alivia:
Del azul estás hecha.
Juntamente contigo
olvido la jornada fatal que no resiste
análisis ni leyes.

En ti, por ti pervivo, anclado a la marea
donde quieras llevarme,
porque sólo a tu lado,
asido a tu cintura, a tu pecho, a tu vientre,
he soñado en un cielo
donde el tiempo no existe59 .

No faltan ejemplos, que motivarían el inicio de una nueva conferencia, en la obra de Gahete, “fabuloso manipulador de la palabra bella, artífice del poema enriquecido, barroco de honda raíz” 60; pero quizás, donde más nítida trasparece esta influencia, sea en "Amor más poderoso que la vida", poema que cierra La región encendida, en un juego cómplice donde glosa el soneto inmortal de Quevedo; un poema de esplendoroso amor que evoca con optimismo los versos del poeta áureo 61:

Ella camina en sombras, ciega a la luz, y ríe.
Su corazón entonces es una oscura piedra
que un racimo de lluvias bruñe bajo su carne.
Ella conoce el mar y la palabra
aunque jamás pronuncia su humedad y su ruido.
Cuando los ríos crecen y la angustia proclama
su condición de géiser,
me ilumina,
me avisa del guijarro que se cierne en mis ojos,
me alerta de los surcos donde el miedo nos hiere.

Un hombre está mirando,
abierto en el dolor pequeño
y hondo
de vivir, a quien llega,
con sus labios azules, a vendimiarle el alma.

Un hombre está mirando a una mujer que toca
con sus manos la lumbre.
Ella ríe y no cesa de beber en la sal que deja el beso
con un río de plata por la sangre.
y me mira y percibe la oscuridad que arrastro desde antiguo
con el vacío de Dios en la mirada.

Hemos reconocido en este eterno celo de mirar y mirarnos
que ni la vida puede abatir con sus garfios amor tan poderoso 62.

La poesía de Manuel, vitalista y apasionada, expresa con refinado lenguaje un intimismo que roza cada instante la universalidad. En una escritura donde toda vivencia personal se vuelve ocasión para formular o traer a la memoria una ley cósmica, los versos humanos son a la vez míticos y eternos. Morelli lo expresa a la perfección:

En esta lectura se ha insistido en describir la impronta barroca y, en particular, el carácter místico, aunque no falten los signos de la influencia de los autores de la Generación del 27, como Aleixandre, y de los dilectos poetas de la escuela de Cántico. Es preciso añadir también los nombres de Salinas y Guillén y el de Juan Ramón Jiménez, presente en el libro Íntimo cuerpo, donde vemos prorrumpir las imágenes oníricas. En efecto la visión creativa de Manuel Gahete va en busca de una síntesis que recoge de la experiencia de la ingente tradición transmitida por la historia literaria las instancias propias de la modernidad. Esto ocurre tanto a nivel estilístico, donde el poeta muestra una extraordinaria pericia formal, como desde el punto de vista del contenido que exalta el motivo del amor, expresión de una experiencia anímica que se carga de sobresentido, trasformándose en una metafísica de enorme alcance y actualidad 63.

Deseo terminar esta lectura —comentada por algunas de las voces más ilustres que han querido adentrarse en las luces y sombras de mi poesía— con las palabras del doctor Joaquín Criado Costa, elocuentes y magnánimas:

Podría hablar de la poesía de Manuel Gahete refiriéndome sin equivocarme a la pasión que infunde a sus versos, a su imaginación desbordante, a su encendimiento creativo. No erraría tampoco asegurando que su obra traspasa la corteza de las emociones para penetrar en el centro del corazón humano. Acertaría sin duda si afirmo que el vigor y la belleza de su palabra son referentes inapelables de la mejor y más auténtica expresión lírica; que su lenguaje, bello y verdadero, queda al margen de modas pasajeras porque se cimienta en el núcleo de la poesía intemporal. Podría decirlo, y queda dicho; mas sobre toda admiración poética, crece en mí un sentimiento de amistad y cercanía cuya razón es ya fecunda e indeleble64.

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1 CUENCA, Luis Alberto de (1998): “Palabras para Manuel Gahete” en GAHETE, Manuel: Las lecturas poéticas de la Generación del 27. Área de Cultura de la Diputación de Málaga, s. p.

2 ESTÉVEZ MOLINERO, Ángel (2005): “Topoi y ritmo en la poesía de Manuel Gahete”, en El universo luminoso de Manuel Gahete, Revista literaria Ánfora Nova, nn. 61-62. Ánfora Nova, p. 67 (67-68).

3 Cf. CLEMENTSON, Carlos: “Fons Sophiae: Veinte siglos de literatura en Córdoba”, en “El invisible anillo”. Mapa literario / Córdoba, p. 75 (60-78).

4 FLORES HERRERA, Antonio (2009): “La poesía de Manuel Gahete”, en Tres orillas, Revista intercultural, nn.13-14. A. M. P. Victoria Kent, p. 115 (115-117).

5 SEBOLD, Russell P. (2007): “Prólogo”, en CENIZO JIMÉNEZ, José: Emoción y ritmo: La visión poética de Manuel Gahete. Delegación de Cultura de la Diputación Provincial de Córdoba, p. 11 (9-15).

6 Ibíd., p. 12.

7 Ibíd.

8 BIANCHI, Marina (2011): “De llamas y cenizas: La poética de Manuel Gahete”, en GAHETE, Manuel: El tiempo y la palabra (Antología poética 1985-2010). La isla de Siltolá, Sevilla, p. 60 (21-77).

9 GAHETE, Manuel (2000): La región encendida. Diario de Ávila, Col. San Juan de la Cruz. 

10 Ibíd., “Noche oscura del cuerpo”, pp. 25-26.

11 RUANO, Juan (2001): “Donde el tiempo no existe”, en Revista Tierra de Nadie, n. 3, pp. 118-119.

12 Cf. MANTERO, Manuel (2002): “Manuel Gahete: entre la agonía y la belleza”, en GAHETE, Manuel: Mapa físico. Ángaro, Sevilla, pp. 7-13.

13 Cf. SEBOLD, Russell P. (2007): “Prólogo”, loc. cit., p. 13.

14 GAHETE, Manuel (2000): La región encendida, op. cit., “Lección de almatomía”, pp. 27-28.

15 Cf. FLORES HERRERA, Antonio (2009): “La poesía de Manuel Gahete”, loc. cit., p. 115.

16 Ibíd., p. 116.

17 GAHETE, Manuel (2000): La región encendida, op. cit., pp. 53-55.

18 Cf. MORELLI, Gabriele (2011): “La poesía de Manuel Córdoba: el fuego que devora”, en GAHETE, Manuel: El tiempo y la palabra (Antología poética 1985-2010), op. cit., pp. 11-12 y 15 (9-19).

19 Ibíd., p. 15.

20 GAHETE, Manuel (1990): Alba de lava. Barro, Sevilla, p. 73.

21 MORELLI, Gabriele (2011): “La poesía de Manuel Córdoba: el fuego que devora”, loc. cit., p. 16.

22 GAHETE, Manuel (1990): Alba de lava, op. cit., p. 75.

23 Ibíd., p. 95.

24 Cf. MORELLI, Gabriele (2011): “La poesía de Manuel Córdoba: el fuego que devora”, loc. cit., p. 16.

25 GAHETE, Manuel (1990): Alba de lava, op. cit., p. 83.

26 Íd.: El legado de arcilla. Ánfora Nova, Rute (Córdoba).

27 Cf. MORELLI, Gabriele (2011): “La poesía de Manuel Córdoba: el fuego que devora”, loc. cit., p. 18.

28 Cf. BIANCHI, Marina (2011): “De llamas y cenizas: La poética de Manuel Gahete”, loc. cit., p. 34.

29 GAHETE, Manuel (1987): Los días de la lluvia. Diputación de Córdoba, Col. Polifemo, pp. 56-57.

30 Cf. CENIZO JIMÉNEZ, José (2007): Emoción y ritmo. La visión poética…, op. cit., pp. 84-85.

31 GAHETE, Manuel (1990): Íntimo cuerpo sin luz. Rialp, Colección Adonais, Madrid, p. 52.

32 Íd. (1989): Capítulo del fuego. Aguaclara, Anaquel poesía, Alicante.

33 Cf. VARO, Antonio (2009): “La poesía estética de Manuel Gahete”, en íd.: Entre la espada y la poesía II (y otros textos). Ateneo de Córdoba, p. 76 (71-78).

34 Ibíd., p. 77.

35 GAHETE, Manuel (2007): Mitos urbanos. Algaida, Sevilla, p. 17.

36 Cf. RUIZ PÉREZ, Pedro (2005): “Cartografía del tiempo (A propósito de Mapa físico)”, en El universo luminoso de Manuel Gahete, op. cit., p. 62 (62-63).

37 RUIZ PÉREZ, Pedro (2005): “Cartografía del tiempo…), loc. cit., p. 62.

38 GAHETE, Manuel (1992): Glosario del soneto a Córdoba. Fuente del Rey, Col. Paisaje, n. 2, Priego de Córdoba. Íd. (1999): Casida de Trassierra. CajaSur, Col. “Cuadernos de Sandua", n. 45, Córdoba.

39 RUIZ PÉREZ, Pedro (2005): “Cartografía del tiempo…”, loc. cit., pp. 62-63.

40 Cf. CENIZO JIMÉNEZ, José (2007): Emoción y ritmo. La visión poética…, op. cit., pp. 77-78.

41 GAHETE, Manuel (1999): Después del paraíso. Ánfora Nova, Rute (Córdoba), pp. 61-62.

42 Id. (2000): “Lectura poética: Día de Góngora”, en Boletín de la Real Academia de Córdoba, año LXXVIII, 139, p. 49 (49-54).

43 Íd.

44 Cf. CRUZ CASADO, Antonio (2005): “Presencia y huella de don Luis de Góngora en algunos libros poéticos de Manuel Gahete”, en El universo luminoso de Manuel Gahete, op. cit., p. 74 (74-77).

45 GAHETE, Manuel (1992): Carne e cenere. Levante Editori, Bari (Italia).

46 COCO, Michele (1992): “Introduzione”, en GAHETE, Manuel: Carne e cenere, op. cit., p. 8 (7-8).

47 Cf. CRUZ CASADO, Antonio (2005): “Presencia y huella de don Luis de Góngora…”, loc. cit., pp. 74-75.

48 Íd., pp. 75-76.

49 GAHETE, Manuel (1992): Glosario del soneto a Córdoba, op. cit., “De cómo la aviesa y mesturera muerte viene a llamar al poeta y este se desconoce y lamenta sobre todo perder la visión de su ciudad natal para siempre”, p. 41.

50 La atención que presta Manuel Gahete a Góngora no se circunscribe a estos dos libros de versos. Pueden documentarse numerosas huellas más de ese interés en diversos artículos publicados en el Boletín de la Real Academia de Córdoba, e incluso en algunos libros de crítica como: GAHETE, Manuel (1998): La oscuridad luminosa. Delegación de Educación de la Junta de Andalucía, Córdoba; e íd. (2000): Cuatro poetas: Recordando a Dámaso Alonso. Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba.

51 Cf. CRUZ CASADO, Antonio (2005): “Presencia y huella de don Luis de Góngora…”, loc. cit., p. 76.


52 GAHETE,  Manuel (1999): Casida de Trassierra, op. cit., pp. 8-10.

53 VILLENA, Fernando de (1999): “Casida de Trassierra”, en La Isla, 9 de octubre, Europa Sur, p. III.

54 GAHETE, Manuel (1999): Casida de Trassierra, op. cit., pp. 42-43. 

55 OROZCO, Emilio (1988): Manierismo y Barroco. Cátedra, Madrid, p. 59.

56 V. RUANO, Juan (2003): “El arte de amar en la obra de Manuel Gahete”, en Revista Almirez, año XI, n. 12, 2003. UNED, p. 258 (255-268).

57 Cf. CENIZO JIMÉNEZ, José (2007): Emoción y ritmo. La visión poética…, op. cit., p. 82.

58 GAHETE, Manuel (1990): Alba de lava, op. cit., p. 13.

59 GAHETE, Manuel (2000): La región encendida, op. cit., pp. 31-32.

60 LUIS, Leopoldo de (1995): “La exaltación lírica de los contrarios (Itinerario poético de Manuel Gahete)”, en El cristal y la llama (Antología abierta 1980-1995). CajaSur, Córdoba, p. 15 (11-15).

61 Nos referimos al soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Francisco de Quevedo.

62 GAHETE, Manuel (2000): La región encendida, op. cit., p. 59.

63 MORELLI, Gabriele (2011): “La poesía de Manuel Córdoba: el fuego que devora”, loc. cit., p. 18.

64 CRIADO, Joaquín (2005): “Manuel Gahete: La ciencia literaria”, en El universo luminoso de Manuel Gahete, op. cit., p. 17.

 

 

 


ISSN: 2174-0445



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