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ANTE EL BICENTENARIO DE LA CONSTITUCIÓN DE 1812
 

Dra. María del Carmen Cózar Navarro
Directora de la RAHA

Excelentísima Señora Alcaldesa de Jerez de la Frontera, Excelentísimo Señor Presidente de la Real Academia de San Dionisio, Dignísimas Autoridades, Excelentísimos e Ilustrísimos Señores Académicos, Señoras, Señores:

Jerez y Cádiz son ciudades hermanas, no hace falta decirlo. Basta pasear por sus calles y plazas, oír hablar a sus gentes, sentir el rasguear de una guitarra o vibrar con un zapateo, igual da en el Barrio de santa María o en la Feria del Caballo; o, más prosaicamente, pueden repasar la guía de teléfonos: tantos nombres repetidos, muchas veces con sonoridades italianas, francesas, inglesas, apellidos cántabros o vascongados, testimonio de unos tiempos que siempre se tienen por mejores o, cuando menos, más prósperos para estas tierras. Ahora, eso sí, que nadie busque un barco como Dios manda en Jerez, aguas arriba del Guadalete, ni en Cádiz un vino fino que no venga de esta bendita tierra albariza.

Ciudades complementarias son, ciertamente, mar y tierra que se funden en un abrazo a mitad de camino, en El Puerto de Santa María, hoy a falta del Vapor (del Vaporcito, dirían los más castizos); ciudades también, que han rivalizado desde que Cádiz dejó de ser cabecera de las Carreras de Ultramar y parte de la próspera burguesía gaditana, ya sin buques, se afincó en Jerez, para dedicarse en exclusiva a la crianza del vino, que no es precisamente mala ocupación, sino todo lo contrario.

Gaditana por nacimiento y quehacer, Académica Directora de una Corporación siempre honrada con la presencia entre sus miembros de tantos jerezanos ilustres, es muy grato para mí inaugurar con estas sencillas palabras el presente Curso Académico 2011-2012, deferencia que debo agradecer, en mi nombre y en el de la Real Academia Hispano Americana, a esta noble institución hermana, la Real Academia de San Dionisio y a su Presidente, mi buen amigo el Excmo, Sr. D. Joaquín Ortíz.

Les decía que es toda una deferencia, y muy señalada, no sólo por el prestigio del foro en el que se me concede la palabra, sino por conmemorarse, en el Curso Académico que comienza, el Bicentenario de la primera Constitución de la Monarquía Hispánica y de la solemne proclamación por la Nación Española de su Independencia y de su Soberanía. Si bien la efemérides nos convoca a todos los españoles, concitando nuestra adhesión como ciudadanos, para la Real Academia Hispano Americana que, desde la Muralla de Cádiz, sigue mirando a Ultramar, es doblemente señalada, puesto que nació hace poco más de un siglo, al calor de la misma conmemoración, con dos señas de identidad: constitucionalismo e hispanoamericanismo, a los cuales ha guardado fidelidad a lo largo de una vida corporativa ya centenaria.

Ambas ideas se unen en un mismo empeño, puesto que si el carácter nacional de España se reafirmó en su empresa histórica del Nuevo Mundo, no es menos cierto que fue en 1812 cuando “los españoles de ambos hemisferios”, como definía a la Nación aquella primera Carta Magna, tomaron conciencia de su libertad y comenzaron a ejercitar su ciudadanía. Mantener la unidad política de los pueblos hispánicos en torno a una prosperidad común era, ya entonces, empeño imposible, pero la Constitución de 1812 alcanzó vigencia en las tierras españolas de Europa y América, dando paso a una comunidad de naciones que comparten cultura, lengua y valores ciudadanos. En 1909, transcurrido un siglo desde la emancipación de aquellas primeras repúblicas, ese patrimonio común era ya valorado y enfáticamente reivindicado en Hispanoamérica frente al panamericanismo preconizado por la, ya entonces, gran potencia norteamericana.

Impulsada por esos vientos del Oeste, de retorno de la América Hispana, emprendió su andadura nuestra Corporación americanista, y debo decirles que aquel Primer Centenario de la Constitución española no fue ajeno al empeño de nuestros fundadores, en particular del insigne Cayetano del Toro, Alcalde de Cádiz y primer Director. Por todo ello, me siento francamente emocionada y agradecida al encontrarme aquí, en esta tribuna, porque aprecio el implícito  reconocimiento que mi presencia en este comienzo de curso 2011-2012 supone de la identidad corporativa de la Real Academia Hispano Americana y de su actividad académica, precisamente en vísperas de año tan señalado.

La conmemoración de este gran episodio de la Historia de España entraña un gran desafío para el mundo académico, quizá mayor para las Academias Nacionales, pero también, en igual medida, para las que radican en este extremo peninsular, siempre abierto al mundo y a las ideas, en el que nació la Constitución de 1812, un hecho histórico que escapa a lo puramente circunstancial. En mi disertación, empezaré por referirme a las Academias pero, sobre todo, a los Académicos, testimonio vivo de aquél Cádiz de las luces, cuyo legado cultural ha llegado a nuestras manos. Seguiré relatando cómo se vivieron en Jerez y en Cádiz los hechos históricos que fueron telón de fondo de la redacción y proclamación del texto constitucional, para terminar con una reflexión sobre su azarosa pero fecunda vigencia en España y en América. Comencemos, pues.

Son cinco las Reales Academias que tienen su domicilio en ciudades de la Provincia de Cádiz, como bien saben,  por orden de antigüedad, la Real Academia de Medicina, la Real Academia de Bellas Artes y la Real Academia Hispano Americana, en Cádiz, la Real Academia de San Romualdo, en San Fernando y esta Real Academia de San Dionisio, en Jerez. Nada menos que cinco y no es extraño, con tales precedentes ilustrados. En el siglo y medio transcurrido desde la fundación de la primera de ellas, han sido frecuentes los académicos de número que han ostentado simultáneamente las medallas de una u otra corporación, como también lo ha sido que, en el elenco de la Hispano Americana, encontremos numerosos hijos de Jerez en calidad no sólo de Académicos de Número o Correspondientes, sino de otras categorías como son las de Mérito y de Honor.

Imposible citarlos a todos, comenzaré por decirles que hubo un jerezano ilustre entre nuestros fundadores, Don Manuel Mayol y Rubio, que formó parte de la primera Junta fundacional de la Academia, en 1909. Periodista, años atrás había emigrado a Argentina, donde fundó el periódico Plus Ultra,  que se convertiría en la principal referencia del periodismo artístico y literario  de toda la América de habla hispana. De regreso a España, como figura de referencia del hispanoamericanismo, fue uno de los impulsores del proyecto académico, junto a Cayetano del Toro, Eduardo de Ory, el poeta guatemalteco Carlos Meany y otras figuras del momento.

Don Miguel Primo de Ribera y Orbaneja, Marqués de Estella, Capitán General del Ejército y Caballero Laureado, ennoblece nuestra ya ilustre galería. Jerezano por su cuna, residió en Cádiz como Gobernador Militar que fue de la Plaza, y fue nombrado Académico de Número en 1916, en el sillón dejado vacante por Cayetano del Toro. El valor de Don Miguel se manifestó hasta en la elección de tema para su discurso, “La recuperación de Gibraltar”, que le costaría un serio contratiempo con el Gobierno, al que no gustaron las tesis que planteaba. Su colaboración con la Real Academia fue continua y fructífera hasta el fin, en su empeño por llevar a ultramar el nombre de España.

No podía faltar en nuestra breve reseña un ilustre apellido jerezano, el de los García-Figueras, Tomás y Vicente, también aguerridos soldados en África, como atestiguan sus condecoraciones, e ilustres intelectuales al tiempo. Don Tomás García-Figueras, esclarecido hijo de Jerez de la que llegó a ser Alcalde, se distinguió en su desvelo por la cultura de la ciudad. Fue oficial de Estado Mayor y, como tal, sirvió durante años en Marruecos, sabiendo aunar su profesión militar con la curiosidad del investigador en la cultura musulmana. En 1925 ingresó en la Real Academia como Académico Correspondiente. Retirado del Ejército, desempeñó importantes funciones en el Protectorado como experto en asuntos marroquíes hasta su regreso a su ciudad natal. Don Vicente García-Figueras, Coronel de Artillería, ingresó en la Real Academia como Académico de Número en 1931. Su discurso de ingreso versó sobre “El jerezano Pedro de Estopiñán y Virués, conquistador de Melilla y Adelantado de Indias”. Prestó destacados servicios a la Corporación, de la que fue Bibliotecario.

Entre los miembros del sector bodeguero, verdadero emblema de esta plaza, destacaremos dos nombres ilustres. Don José de Soto y Abad, fue heredero en cuarta generación de la Casa de Soto. Fue exportador y promotor de la plantación de viñedos y Presidente de la Cámara de Comercio durante más de veinte años. Persona destacada por su saber, en 1919 fue nombrado Académico Correspondiente y su ciudad natal, en reconocimiento de su entrega, le honró como hijo predilecto en 1950.  Don Alfonso Sancho Mateos, de la Casa Alfonso e Hipólito Sancho, fue un empresario conocedor del comercio exterior, educado en Inglaterra y Alemania. Figura entre los primeros vocales del Consejo Regulador, y fue Alcalde de El Puerto de Santa María y Académico de Honor de la Hispano Americana.

Como digno representante de los pioneros de la Aviación, que honraron nuestro escalafón, citaré ahora a un Teniente de Navío jerezano, D. Juan Antonio Durán González, navegante del hidroavión “Plus Ultra” que realizó la primera travesía del Atlántico, en un raid que rindió viaje en Buenos Aires, en 1926. Junto a otros oficiales de la tripulación, fue nombrado Académico de Honor, falleciendo poco después, en la flor de la juventud, en trágico accidente aéreo, mientras sobrevolaba el puerto de Barcelona, en cuya Base del Prat, perteneciente a la Aeronáutica Naval, estaba destinado.

Dando un salto en el tiempo, porque no terminaríamos de otro modo, me complace mencionar ahora a una dama, una poetisa que, por su prestigio literario entre nosotros, por la emoción que sus versos despiertan, no necesita presentación. Me refiero a Dª Pilar Paz Pasamar, que nació y creció en esta ciudad de Jerez y, desde hace muchos años, es también gaditana por matrimonio y residencia. Espíritu siempre joven, es Académica de Número desde 1964, y su figura en el mundo de las letras es motivo de legítimo orgullo para cuantos formamos parte de la Real Academia. Hoy, precisamente en estos momentos, está siendo recibida como Correspondiente en la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla.
Como cierre de tan granada representación, quisiera traer ahora el nombre de uno de nuestros compañeros, y digo nuestros porque luce hoy las insignias de la Real Academia de San Dionisio y de la Real Academia Hispano Americana, en la que fue recibido como Académico de Número en 2009, antes de su ingreso con la misma categoría en esta Corporación jerezana, de la que era Correspondiente. Don José Luis García Gutiérrez que, evidentemente, tampoco necesita presentación, pronunció un brillante discurso de ingreso en esta Casa, al que tuve el honor de asistir,  que tuvo por tema la Constitución del Doce. Como Catedrático, e insigne constitucionalista, sus palabras brindaron a los presentes una lectura diríamos que actual de un texto jurídico redactado dos siglos atrás.

Estoy segura de que nuestro compañero me permitirá tomar prestada esta idea para valorar su significado, no ya jurídico, sino político e históri. Decía en aquel discurso que, si bien instituciones como algunos de los derechos y libertades fundamentales no se mencionan como tales en el texto doceañista, podíamos encontrarlos de forma más o menos explícita en diversas partes de su  articulado. Por mi parte, como historiadora les diría, pues, que la Constitución de 1812 no fue sólo una ley fundamental en su tiempo, sino toda una inspiración política para sucesivas generaciones de españoles que aspiraron a seguir siendo ciudadanos a despecho de quienes pretendían negarles esa condición y de quienes renunciaron a ella al grito bárbaro de “¡Vivan las caenas!”.

Repasemos una vez más la vibrante crónica de aquellos años constituyentes. Nuestras dos ciudades asistieron a los acontecimientos desde muy diferentes tribunas, los gaditanos en libertad, los jerezanos sometidos a la dolorosa ocupación de los invasores quienes, en ningún momento, dejaron de comportarse como tales. Recordaremos brevemente, en primer lugar, cómo sucedieron las cosas aquí, en Jerez y en el entorno andaluz, en general.

A fines de la primavera de 1808, el General Dupont se presentó en Despeñaperros, puerta de Andalucía, con órdenes de avanzar enlazar con la escuadra del Almirante Rossily, bloqueada en Cádiz por la escuadra británica. Toda la región se alzó y las autoproclamadas Juntas levantaron un improvisado Ejército, bajo la capitanía del General Castaños, Gobernador del campo de Gibraltar, en torno a sus propios efectivos y a los que, al mando del Coronel Reding, se le asignaron por disposición de la Junta de Granada. Eran tropas veteranas, a las que se unieron otras regulares, como las de Batallones de Marina.  Castaños aceptó también en sus filas a los jóvenes patriotas que se presentaron voluntarios pero, con visión profesional, renunció a desplegarlos en el campo de batalla, a falta de instrucción y equipamiento adecuados. No obstante, hizo una excepción: los Lanceros Jerezanos, que han pasado al mito popular como los “Garrochistas”.
¿Quiénes fueron estos hombres? Se trataba de pastores a caballo –otra de las señas de identidad de la ciudad y su campiña- excelentes jinetes a los que no faltaba precisamente valor y reciedumbre para afrontar la vida de campaña y el empuje del enemigo. Bajo el Mando de su Capitán, Don José Cherif, fueron organizados en un solo Escuadrón (no pasaban de setenta hombres). En el mes de julio, en Mengíbar y Bailén, aún sin uniformes -aunque suponemos que armados con lanzas reglamentarias, no con las garrochas con los que los imaginamos- cargaron en línea con los Escuadrones de los Regimientos “Farnesio” y “España” contra los cuadros de la infantería francesa, alcanzando fama imperecedera, incluso entre sus enemigos que les dieron el apodo de “les redoutables”, los temibles. De su arrojo dan testimonio sus numerosas bajas, la primera de ellas, la de su Capitán.

No fue ésta la única aportación del pueblo de Jerez a la campaña en 1808, puesto que sus voluntarios, con destino a diversos regimientos de infantería y de caballería, sobrepasaron la cifra de dos mil cuatrocientos, verdaderamente impresionante en el contexto demográfico del tiempo, aunque no insólita. En contraposición con esta patriótica respuesta popular, la historia local, no obstante, registra también graves disturbios contra la llamada obligatoria a las armas en febrero del siguiente año de 1809, los cuales fueron firmemente reprimidos por el Corregidor y Capitán de Navío Don Joaquín de Mergelina.

 Miguel Artola relata cómo, en aquellos primeros años de la Guerra, los Ejércitos españoles se levantaban con igual facilidad…que se desbandaban, cuando eran derrotados. Claro que, según este historiador, no eran verdaderas deserciones porque, en muchísimos casos, los soldados abandonaban las Banderas para unirse a las guerrillas y continuar la lucha contra los invasores de su tierra. Lo que tal actitud revela, en contra de algunos de nuestros detractores británicos no es, simplemente, falta de disciplina o de coraje en nuestras tropas, sino de cohesión social en torno de una idea moderna de nación, un sentimiento que, en cambio, enardecía a los hijos de la Revolución Francesa. Reveladora fue, en este sentido, la respuesta que dio el General Wellesley, ante la admiración que suscitaba la firmeza de su línea defensiva frente a las embestidas francesas: “Es que mis soldados –dijo- temen más a sus sargentos que al enemigo”. La disciplina regimental, ya que no la conciencia de su ciudadanía, era el factor que fortalecía su disposición para el combate.

Así es como, a mi juicio, pueden interpretarse acontecimientos como los que pasamos a relatar. En julio de 1809, el Ejército aliado se batió en Talavera con incierto resultado. Ante las numerosas bajas sufridas por sus tropas, el General Wellesley, unilateralmente, abandonó a sus aliados españoles y, en actitud de defensiva estratégica,  replegó su Cuerpo de Ejército a territorio portugués. La Junta Central, con la resolución que la caracterizó, no cejó por ello en su oposición al enemigo y, en el mes de noviembre,  presentó batalla decisiva en Ocaña, donde nuestro Ejército sufrió una aplastante derrota y tuvo que retirarse al Sur de Sierra Morena. De resultas d aquella desdichada campaña, la Junta quedó desprestigiada y, tuvo que autodisolverse, resignando sus poderes el 1º de enero en un Consejo de Regencia, cuyos miembros creían así terminar con la molesta legitimidad popular que ésta representaba.

El enemigo, como incontenible marea, inundó Andalucía. A Sevilla y a otras grandes poblaciones, más al Sur, comenzó a llegar una creciente ola de refugiados, entre ellos, muchas personas que, por su posición o actitud crítica hacia los franceses, no querían quedar en territorio ocupado. Incluso patriotas, como Jovellanos que había sido miembro de la extinguida Junta, daban ya por perdida la  partida en la península aunque éste, al menos, alentase a la resistencia en ultramar.

La derrota del Ejército de campaña, sin embargo, había puesto fin a las expectativas que Bailén había despertado y el pesimismo comenzó a cundir. En Jerez, los mismos Regidores que tan denodadamente habían defendido la causa nacional, deseosos ahora de evitar a la población los horrores de un conflicto sin esperanza, decidieron acatar al Rey Bonaparte y entregar la ciudad sin lucha.

En el acuerdo de 30 de enero de 1810 del Concejo jerezano brilló más el sentido práctico que el patriotismo. Llama la atención el fingido e interesado entusiasmo con el que se dispuso a salir corporativamente a las puertas de la ciudad para dar la bienvenida a los franceses, a pesar de los desmanes que habían protagonizado a su paso y a la sangre que ya se había vertido, lo cual, dicho sea de paso, no impidió el pillaje al que se entregaron las tropas francesas. No parece, sin embargo, tan reprobable la actitud de los Regidores jerezanos si consideramos que, antes del histórico Levantamiento de los madrileños el 2 de mayo, las instituciones españolas, comenzando por la Corona, el Consejo de Castilla, gran parte de la jerarquía de la Iglesia, las Audiencias y los Capitanes Generales, en su mayoría, habían adoptado  la misma actitud sumisa.

Sin duda, en aquel incierto comienzo de 1810, reinaba una gran confusión. En apenas año y medio, habían desaparecido dos reyes, arrastrando en su caída a la  propia dinastía. Las instituciones del Reino se habían esfumado, casi en su totalidad, y habían surgido otras nuevas, como eran las Juntas, que proclamaban su fidelidad a un Rey ausente, aunque invocando una legitimidad popular de nuevo cuño. El territorio había sido invadido por un Ejército extranjero y luego recuperado, para volverse a perder, al parecer, irremisiblemente. El terror se enseñoreaba de campos y  ciudades saqueadas y no parecía quedar nada que se le opusiera, mientras que un tercer Rey, advenedizo, implantaba un nuevo reino sobre las bayonetas de las tropas de ocupación, sí, pero con la colaboración de otros españoles ilustrados que veían en este orden impuesto una necesaria renovación de la sociedad española. Demasiado, y más en tan poco tiempo.

Según mi parecer, el pueblo llano, aferrado a sus convicciones que giraban en torno a la Corona y a la Religión, seguía rechazando firmemente al francés, mientras que miembros significativos, e incluso ilustrados, de los estamentos privilegiados y de las clases acomodadas, aún sin aceptar la invasión, estaban inquietos ante las consecuencias de un vacío de poder que, en medio de la guerra, desencadenase la temida revolución. Y es que en España, a diferencia de la Inglaterra de los Estuardo, Angloamérica o la ilustrada Francia, no habían madurado aún los ideales de una burguesía que, en lo político, tomando conciencia de su ciudadanía, venía liderando el cambio social.

En este panorama, la próspera y culta Cádiz brillaba como un faro que atraía a los supervivientes del naufragio patrio, que encaminaron sus pasos a ella para refugiarse tras los caños y murallas que guardaban celosamente su insularidad. Pero no solamente fueron fugitivos. A primeros de febrero, entró en Jerez la vanguardia del Ejército de Extremadura, cuyo General, el Duque de Alburquerque, había optado por retirarse con sus tropas para guarnecer las defensas del campo fortificado gaditano, una acertada decisión, sin la cual, de poco habrían servido fosos y murallas para defender lo que restaba de la soberanía de España en nuestro suelo.

Al pasar por Jerez, el Ejército, exhausto tras meses de campaña trató de reaprovisionar su tren de subsistencias para no afrontar un más que previsible sitio con las alforjas vacías, pero sólo recibió una magra aportación del Concejo. El Duque era hombre resuelto, franco y poco dado a sutilezas, lo que, poco después, había de acarrearle no pocos sinsabores con el Consejo de Regencia. En aquella ocasión, sin embargo, su fortaleza de carácter pudo imponerse a las Autoridades locales para resolver, manu militari, su problema logístico y complicárselo al enemigo. Después, reanudó su movimiento retrógrado cruzando el Guadalete, seguido por muchos jerezanos que, con Pedro Riquelme a su frente, uno de los Regidores del Concejo y oficial retirado de la Armada, prefirieron marcharse antes que recibir al Rey Intruso, que entró en la ciudad un infausto día 13 de febrero.

Atrás quedaban, expuestas a la codicia de los invasores, las suaves colinas jerezanas, en las que las vides apuntaban los primeros brotes, las soleras donde maduraban los vinos y el tesoro cultural acumulado por la alegre y laboriosa creatividad de generaciones de jerezanos. Muchos de ellos se habían echado ya a la Sierra para unirse a las partidas de guerrilleros que, desde sus quebradas, acosarían las comunicaciones francesas, guiadas por Palmetín, por Teas, por el famoso Zaldívar, quien, en sus correrías llegaría hasta la misma Bahía de Algeciras.

“…y allá en el horizonte, blanca y bella como una ciudad de mármol acariciada por las olas, la antigua Gades, la plaza fuerte por excelencia y más fuerte aún por el espíritu de sus moradores…”

Estas palabras, tomadas de la hermosa prosa de Natalia Fernández de Castro, una periodista gaditana que las escribió ya a finales de siglo, respiran aún el aíre gaditano de 1810, cuando “España era una Isla”, inspirado lema de la conmemoración de la convocatoria a Cortes en la Real Isla de León. Cádiz vivía una insularidad, entonces espléndida, que brindó a la Corona la oportunidad de acogerse a la mar, como había hecho la portuguesa, pero sin necesidad de cruzar el Atlántico. La Corona, digo, ya que no el ausente Fernando VII, para los españoles prisionero en Bayona, a quien en Cádiz se había jurado fidelidad en 1808, en acto de abierta rebeldía contra la legalidad que la coacción de Bonaparte había impuesto. El Monumento a la Constitución, sito en la gaditana Plaza de España, da testimonio mudo de ello con un trono vacío a los pies de la matrona que representa a la Nación constituyente. La forzada ausencia del Deseado fue toda una ficción jurídica que permitió culminar el proceso constitucional cono el encuentro de dos poderes soberanos: Rey y Nación, Corona y Cortes, concepción a la que un día Cánovas del Castillo aludiría como “Constitución interna de España”.

Semejante síntesis era fruto de un consenso alcanzado, no sin dificultad, entre los moderados que, liderados por Jovellanos, pensaban que el Reino ya estaba constituido según las viejas Leyes de la Monarquía, y los de ideas más radicales, liberales e incluso jacobinos que, a esas alturas del tiempo histórico no concebían la existencia de Constitución sin declaración de derechos ni división de poderes. Tendría que transcurrir más de siglo y medio para que los españoles alcanzasen una concordia de tal amplitud en la Constitución de 1978, venturosamente en vigor a los treinta y tres años de su promulgación.

Obra de los doceañistas fue, pues, un texto que trasformaba profundamente el Reino, un texto revolucionario, si se quiere, al residenciar la soberanía en la Nación, constituida por los españoles de ambos Hemisferios e instituida por los ciudadanos, pero al propio tiempo, un texto respetuoso con los fundamentos históricos de España, representados por la Monarquía, encarnada en un Rey que, según se reconocía expresamente, lo era “por la Gracia de Dios”, y por la Religión Católica. Tales señas de identidad alejan a la Constitución Española de 1812 de la Francesa de 1791 y la asemejan, en cierta medida, a la nunca escrita constitución británica. Ésta descansaba en un dualismo de legitimidades, dinástica la del Ejecutivo –es decir, la Corona- y democrática la de la Cámara Legislativa. La Constitución del Doce afrontaba la resolución de este dualismo mediante una fórmula equilibrada: sólo a las Cortes,  correspondía el poder constituyente, pero hacían las leyes “con el Rey”. El trágicamente desaparecido Luis XVI, Rey de los Franceses, por el contrario, sólo lo era en virtud de su acatamiento a las leyes que de la Asamblea emanaban.

La del Doce fue una Constitución modélica, tal vez como cabía esperar de su cuna en aquél Cádiz de las luces, un texto que, según Ramos Santana, en cita de Metternich, era más peligroso que aquella Constitución Francesa. Ciertamente, ésta representaba una ruptura con el viejo orden, pero podía considerársela como un fenómeno “local”, es decir, expresión singular de aquella Revolución de la nación vecina, derrotada con Bonaparte. La del Doce, en cambio, por el equilibrio reformista que entrañaba, podía llegar a alcanzar, a juicio del canciller austríaco, resonancia europea, al servir de inspiración a quienes deseaban una transformación, sin traumas, del Antiguo Régimen. Y así fue: Portugal, Nápoles y Rusia fueron destinos de aquella Constitución viajera.

Pero no sólo eso; sus repercusiones, añade Ramos, fueron universales, puesto que no sólo se promulgó en la Península, sino también en tierras del ultramar español, cuyos pobladores ya habían sido declarados iguales por la Junta Central a los de este lado del Océano. Sabemos que el ejercicio de esta igualdad desmereció mucho del idealismo de quienes la habían formulado. La representación en Cortes fue desigual y los diputados americanos no dejaron de denunciar el hecho con toda razón. Pero, por imperativo constitucional, las Indias dejaron de ser colonia para ser, llanamente, España, aunque fuese por pocos años.

En el curso que ahora comienza, disfrutaremos de conferencias y actos culturales en los que, de la mano de juristas e historiadores, podremos profundizar en el conocimiento de nuestra primera Ley de Leyes. Sólo me resta ahora terminar mi exposición con una referencia al destino histórico que le aguardaba, tras su solemne promulgación en Cádiz el 19 de marzo de 1812. Fue éste un triste destino, sobradamente conocido, pero que, por las razones que podrán apreciar, deseo recordar ahora como modesto homenaje al texto constitucional y a quienes lo redactaron y defendieron.
La entrada en vigor de la Constitución en la Península fue gradual, por obvios motivos derivados de la ocupación francesa del suelo nacional. En ultramar, donde la insurgencia comenzaba ya a superar esa primera etapa que allá suelen llamar de las “patrias bobas”, en general, fue acatada y sus instituciones comenzaron a aplicarse, comenzando por las referentes a la implantación de ayuntamientos constitucionales en las villas de más de 1.000 habitantes. Fue ésta una nueva realidad política, que puso en manos de los criollos unas potestades administrativas cuyo ejercicio, hasta el momento, había estado muy condicionado por las Autoridades virreinales, unas Autoridades, donde aún existían, cuyo fundamento era ya contradictorio con la libertad y la igualdad de los españoles de ambos hemisferios, reconocida por las Cortes Generales y Extraordinarias.

Terminada la guerra con la expulsión de los franceses y el regreso del Deseado, lo primero que hizo Su Majestad, el 4 de mayo de 1814, fue abrogar la Constitución cuya jura se le recababa. Tal acto de despotismo era contrario al signo de los tiempos y desleal con la Nación a la que, al menos de facto, debía el Trono. Pero, tal vez, no fuese ajeno al sentimiento profundo de un pueblo que, sin participar del luminoso espíritu gaditano, sólo había defendido a su Rey, a su Religión y a su tierra ocupada por una presencia hostil. Ciertamente, había liberales, personas ilustradas y oficiales del Ejército y de la Armada que respiraban los mismos aires de libertad que los doceañistas. Unos y otros serían víctimas de la persecución del Rey absoluto y de su corte.

Las consecuencias en América no tardaron en manifestarse. La Constitución de Cádiz era, verdaderamente, obra de personalidades relevantes de la península y ultramar, cuyas ideas habían viajado, durante el proceso de redacción, de una a otra orilla del Atlántico. Su derogación suponía un ultraje de extrema gravedad a las libertades individuales y colectivas que proclamaba y, en igual medida, la fractura del precario vínculo que restaba entre la metrópoli y sus antiguas colonias. Los insurgentes se transformaron en patriotas y la lucha pasó a ser una “guerra a muerte”, como había preconizado Bolívar en su famoso decreto de 1813. Roto el vínculo moral, las ideas, sin embargo, permanecieron, cohesionando a los independentistas, y dividiendo a los realistas, entre cuyas tropas se amalgamaban elementos de convicciones tanto absolutistas como liberales. El enfrentamiento entre ambas facciones del Ejército Realista en vísperas de la Batalla de Ayacucho, facilitó la victoria de Sucre en 1824, que puso punto final al dominio español en el continente americano.

Aquél histórico viacrucis de nuestra primera Constitución liberal, vuelta a la vida en 1820, cuando para América era ya tarde, y de nuevo resucitada en 1836, tras el autogolpe de Fernando en 1823, lo fue sobre todo para España, que lo sufrió en la persona de muchos de sus más nobles defensores. Justo me parece citar, cuando menos, a uno de ellos, sacerdote, capellán castrense de un regimiento del Ejército de Castaños durante la guerra y diputado a Cortes en 1813, cuyo nombre, si bien no se inscribe entre los redactores de la Constitución, sí merece serlo entre los de sus más ardientes defensores. Me refiero a Don Manuel López Cepero, nacido en Jerez de la Frontera en 1778. Su peripecia personal durante la guerra excede con mucho a la asistencia espiritual a los combatientes. Prisionero en Ocaña, se fugó y realizó diversas acciones encubiertas en la retaguardia enemiga, que prueban su valor. Terminada la guerra fundó un periódico –Sevilla libre- en dicha capital y, debido a su señalada actividad política liberal, fue elegido diputado a Cortes en 1913 y, por segunda vez, en 1920. En el intermedio, padeció seis años de cárcel… a la que volvería tras la asonada fernandina de 1823. Triste, aunque digno destino el de los defensores de España y de la Libertad en aquella atormentada etapa de nuestra Historia.

Y les diré algo más: la obra de aquellos verdaderos padres de la Patria, aún hoy, puede y debe seguir motivando a quienes ven en nuestra Nación no sólo el cuerpo social y cultural engendrado en el seno de la Historia, sino un ideal de convivencia ciudadana fundamentado en la libertad, la igualdad y la justicia, y garante de ella. Aún en medio de esta inclemente crisis, los recursos que, en mayor o menos medida se puedan dedicar a esta solemne conmemoración, no habrán sido malgastados si ayudan a iluminar el camino de los españoles hacia el mañana. Más allá de la erudición éste debería ser, a mi juicio, el espíritu del Bicentenario para nuestras Corporaciones.

No quisiera terminar mi disertación sin dedicar un afectuoso recuerdo a una figura de gran talla humana e intelectual, la de D. José Mª Pemán y Pemartín, Director Perpetuo que fue de la Real Academia Hispano Americana hasta el mismo día de su fallecimiento, el 19 de julio de 1981. Gaditano por nacimiento y vocación, fue también jerezano por matrimonio y afición. Acaso por ese, junto a otros sobrados motivos, he elegido un pasaje de su obra como cierre de mi disertación. Son las palabras iniciales de su Elegía de la tradición de España, publicada en noviembre de 1932. Dicen así:

“Está la atmósfera de España cargada de electricidad emotiva. Tiene –fragante de ozono y tierra húmeda- esa limpidez especial que, en las claras de las borrascas, deja ver hasta los últimos términos del paisaje. Se le ve ahora, como nunca, a España, por los entresijos de la borrasca política, la gloria pasada, con una dolorosa y nueva claridad.”

Gracias por su atención y por su afectuosa acogida.
                                     

Jerez de la Frontera, 18 de octubre de 2011

 


ISSN: 2174-0445



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