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CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO DEL EXCMO. SR. D. JOSÉ PEDRO PÉREZ-LLORCA EN LA REAL ACADEMIA HISPANO AMERICANA
 

Rafael Sánchez Saus

Excma. Sra. Directora de la Real Academia Hispano Americana, Ilmo. Sr. Secretario General Perpetuo, Excmo. Sr. D.  José Pedro Pérez-Llorca,

Excmos. e Ilmos. Sres. Académicos, Excmas. e Ilmas. Autoridades, señoras y señores

Sólo un camino llega hasta Cádiz, pero a Cádiz llegan y de Cádiz parten todas las rutas de la mar. La Real Academia Hispano Americana nació, entre otras razones, para recordarnos siempre que hubo un tiempo, no tan lejano, en que la gaditanía no se computaba en años de residencia entre unas murallas, en la fatigosa repetición de los mismos pasos sobre los mismos desgastados adoquines, en la quejumbrosa salmodia de las oportunidades perdidas. En aquel tiempo los gaditanos eran capaces de encontrar su destino a través del servicio a ideas e instituciones universales, yendo más allá del horizonte cotidiano, aventurándose en la exploración de nuevos emporios y nuevos perfiles espirituales, trascendiendo el mundo, bellísimo pero limitado, de lo local.

Hoy, cuando esta Real Academia se halla inmersa en la celebración de su Centenario, un Centenario que está permitiendo la eclosión de una viva conciencia de la grandeza de su pasado, nos reunimos en este Salón Regio que la vio nacer para recibir con la solemnidad que la ocasión requiere a un exponente hoy inigualable de aquella vieja gaditanía con vocación universal. La vida, avatares y logros del Excmo. Sr. D. José Pedro Pérez-Llorca, que tengo el honor de exponer ante ustedes como parte de esta contestación a su discurso de ingreso en la Hispano Americana, es algo que sólo podría contarse en justicia entre admiraciones, pero la indudable modestia y elegancia personales de nuestro nuevo numerario no sufriría excesos que sólo la tipografía tolera. Pese a ello, sólo la breve y circunspecta relación de los principales méritos que atesora su biografía supone ya la constatación de encontrarnos ante uno de esos personajes señeros de los que nuestra ciudad, como cualquiera otra de su rango, sólo produce un escueto puñado cada siglo.

Nacido en noviembre de 1940, estudió el Bachillerato en San Felipe Neri, permaneciendo en Cádiz hasta 1958. Tras los exámenes de preuniversitario en Sevilla, que D. José Pedro superó tanto en Ciencias como en Letras, saldados con toda brillantez, se trasladó a Madrid, en cuya Universidad Complutense se licenció en Derecho con sobresaliente y premio extraordinario.

A partir de este momento se hace visible en el currículum del recipiendario la vocación internacional que tan lejos habría de llevarle andando el tiempo. Entre 1964 y 1965 reside durante seis meses en Londres, perfeccionado sus estudios de Derecho, y durante un curso completo en Friburgo y Munich, con la misma finalidad. Tras estas experiencias, en 1965 ingresa por oposición en la Carrera Diplomática, en la que prestó servicios hasta 1968 como miembro de la Asesoría Jurídica Internacional del Ministerio de Asuntos Exteriores, donde tuvo ocasión de ocuparse en asuntos de tanto calado e interés nacional como el estatuto del Sahara español, la independencia de Guinea Ecuatorial, las negociaciones con la Santa Sede y el gobierno de Israel sobre la situación de las misiones franciscanas españolas en Tierra Santa, o asuntos legales concernientes a la Asamblea General de las Naciones Unidas o el Tribunal Internacional de La Haya. Ese mismo año de 1968 ingresó por oposición en el Cuerpo de Letrados de las Cortes, al tiempo que comenzó a impartir clases de Derecho Constitucional Comparado en la Complutense.

Sin embargo, y por si los registros hasta ahora mencionados no fueran suficientes para ilustrarnos acerca de su dinámica personalidad, en 1969 decidió imprimir un giro a estas sus primeras y más que prometedoras actividades, abandonando la Administración pública para ocuparse de la Secretaría General del Banco del Noroeste, entidad que por entonces sobresalía por sus amplias conexiones internacionales. Cerrando el círculo de la completa autonomía personal, D. José Pedro abandonará también esa privilegiada posición para un hombre de su juventud, fundando en 1973 su propio despacho de abogados y entregándose al ejercicio privado del Derecho. Aunque, como veremos ahora, esta actividad hubo de ser abandonada en aras de las altas responsabilidades políticas que le cupo desempeñar, puede decirse que esta ha sido la ocupación profesional a la que ha permanecido fiel a lo largo del resto de su vida. Desde 1983, aquel primer bufete dio paso a la creación del despacho de abogados Pérez-Llorca, uno de los más prestigiosos de España, del que actualmente es Presidente y socio fundador.

Pero antes de que las energías, parece que inagotables, del nuevo académico desembocasen en el reencuentro con el foro, hubieron de transcurrir los años más intensos de su quehacer, aquellos en los que sus capacidades, entregadas a una noble vocación política, fueron puestas por completo al servicio de España. Ya en 1974, a través de la Fundación del Club de Estudios Jovellanos, uno de los más notables centros surgidos para impulsar la reforma política, D. José Pedro había mostrado su interés por la cosa pública, pero sería el advenimiento del sistema democrático el que daría cauce a esas inquietudes. En 1976 fue fundador y miembro del Comité Ejecutivo de la Unión de Centro Democrático, siendo elegido diputado por Madrid en las elecciones de 1977 y, a continuación, presidente y portavoz del Grupo Parlamentario Centrista. Como tal, fue uno de los siete miembros de la Ponencia parlamentaria que elaboró el Proyecto de la Constitución de 1978, piedra angular durante treinta años de la democracia española. En 1979 fue reelegido diputado por Madrid y nombrado Ministro de la Presidencia en el primer gobierno constitucional. A lo largo de 1980 acumuló a su cartera la de Relaciones con las Cortes y, tras un breve paso por la de Administración Territorial, obtuvo en el mes de septiembre de ese mismo año la de Asuntos Exteriores.

Sin duda, fue al frente de ese ministerio, y con independencia de su ya mencionada participación en la ponencia redactora de la Constitución, cuando D. José Pedro pudo desarrollar una actividad política con más honda huella en la historia contemporánea de España. En los dos años que separan su incorporación al frente del ministerio de su salida definitiva de la política, en el otoño de 1982, su trabajo principal tuvo que ver con la negociación de la entrada de España en la OTAN y con el tratado de defensa con los Estados Unidos, ambos culminados durante su ejercicio del cargo. Del mismo modo, se ocupó ampliamente en las negociaciones que concluyeron más tarde con el ingreso de España en la Comunidad Europea, de la cual dejó cerrados seis de los doce capítulos finales. A la luz que proyecta el paso de los años, se hace indudable que los resultados de la tarea del recipiendario al frente de esa cartera permite conceptuarlo como uno de los autores principales de la Transición y quizá el ministro de Exteriores de paso más decisivo de todos los gobiernos democráticos hasta hoy.

El abandono de la política en 1982 no significó en modo alguno un desvanecimiento de su poderosa proyección pública, la cual adquiere perfiles en consonancia con su brillante personalidad como jurista. En 1984 accedió a la presidencia de la Asociación Atlántica, entidad sin ánimo de lucro destinada a promover las relaciones entre España y los Estados Unidos y a la presidencia de A.E.G. Ibérica; en 1985 fue nombrado presidente del Consejo Rector de la Bolsa de Madrid; en 1993 miembro del Consejo de la Corporación Caja Madrid y en 2001 del Consejo de Iberia, entre otras responsabilidades de carácter económico o empresarial. En cuanto a su actividad específica como hombre de leyes, ha obtenido numerosos reconocimientos entre los que podemos destacar los doctorados Honoris Causa de las Universidades de León y Nacional de Educación a Distancia o la concesión del título de Jurista del Año por la Universidad Complutense en 1996. Es preciso destacar su acrisolado prestigio como abogado en procedimientos arbitrales, habiéndosele encomendado la presidencia de colegios arbitrales por instituciones de la importancia de la Corte Arbitral de la Cámara de Comercio de Madrid, la Cámara de Comercio Internacional, el Instituto de Derecho privado de Ámsterdam, y la Corte de Arbitraje Internacional de Londres, entre otras. Finalmente, tan amplia y relevante trayectoria ha obtenido los laureles de algunas de las más cotizadas condecoraciones nacionales y extranjeras, entre las que sólo mencionaremos, para no cansarles a ustedes y no atentar más contra la modestia de nuestro nuevo compañero en esta Real Academia, el Cillar del Mérito Civil, la Gran Cruz de Carlos III y la Legión de Honor en su privilegiada y muy restringida categoría de Gran Oficial. No quiero ni debo olvidar, sin embargo, en este capítulo la condición de Hijo Predilecto de Cádiz que ostenta por acuerdo del Excmo. Ayuntamiento de la ciudad que le vio nacer.

¿Terminan aquí los honores y distinciones que ha merecido acumular D. José Pedro a lo largo de toda una vida de tantos y tantos quehaceres en los que siempre ha brillado la luz de la excelencia y el reconocimiento del éxito? No ciertamente, porque a partir de esta noche, y crean que digo estas palabras sin sombra de ironía, ocupará el sillón que le corresponde como académico de número de esta Real Academia Hispano Americana. Y si me atrevo a hacer esta aseveración que puede juzgarse inapropiada y petulante no es por lo que yo piense acerca de esta Real Corporación, que es mucho en lo bueno, sino porque he sido testigo de la extraordinaria ilusión que esta elección ha supuesto a un hombre que, como hemos podido recorrer todos con mi torpe y apresurada exposición de su formidable currículo, ha conocido las mayores satisfacciones y se ha visto recompensado con los más escogidos homenajes. Y es que, queridos amigos, el ingreso que hoy se formaliza en esta Real Academia posee dos claras significaciones, una objetiva y otra subjetiva, que me atrevo a plantear. La primera es que con esta recepción se cumple un acto de justicia que quizá había tardado demasiado tiempo en propiciarse. Desde un punto de vista más subjetivo, es posible que este momento solemne simbolice un viaje de retorno a la patria, de reencuentro con ese mundo de la infancia y la primera juventud que todos tantas veces añoramos, un viaje que, de muchas maneras, está realizando D. José Pedro en estos últimos años y quizá hoy culmina. La Real Academia Hispano Americana le recibe hoy con la expectación y la alegría con que en Cádiz se daba la bienvenida a uno de aquellos navíos de la carrera de Indias que regresaban a puerto después de una feliz singladura, llenos de tesoros, colmados de experiencias y aventuras. Pero él quizá ingresa entre nosotros deseoso de encontrarse por fin en casa y, a través de la Academia, con un Cádiz que condensa todo lo que en la vida puede haber de apetecible, empezando por la amistad y el trabajo intelectual sereno en un ambiente cordial.

Me induce a pensar así la lectura atenta de su discurso que he podido realizar como privilegio añadido al de esta contestación. A través de sus páginas, el gran jurista se nos revela como hombre de profunda y rara cultura literaria e histórica, y el viajero infatigable que él mismo es nos descubre el secreto de un hijo de Cádiz cuyo corazón nunca se ha alejado demasiado de ella. El, que tanto podría hablarnos de tantos lugares y situaciones, ha preferido construir su discurso con los materiales que el tiempo ha ido reuniendo sobre Cádiz, elaborados por las más diversas plumas y testimonios. Esos testimonios, muchos de ellos de viajeros poco conocidos pero sobrado espíritu de observación, no se emplean aquí, como suele suceder, como mero adorno erudito, sino como elementos verdaderamente estructurales del discurso, de forma que de su lectura emergen nuevas imágenes del Cádiz que los siglos pretéritos conocieron, nuevas luces y perspectivas que podemos añadir a las visiones más conocidas y celebradas que aportaron personajes como Böhl de Faber, lord Byron o Richard Ford. No cometeré ahora la descortesía con todos ustedes de prolongar esta respuesta con la glosa detenida de un discurso lleno de matices y sugerencias que, de dejarnos llevar por la inclinación a las cosas de Cádiz, nos ocuparía largo tiempo, pero no puedo dejar de referirme, entre tantos posibles pasajes que merecerían atención, a uno sin duda menor, quizá irrelevante en el contexto general de un escrito tan rico en testimonios jugosos. Quiero recordar el onírico argumento que el anónimo redactor de la guía Baedeker de Cádiz de 1900 apuntó para justificar la dedicación de la sede episcopal gaditana: “La Catedral Vieja –nos dice- se llama también iglesia de Santa Cruz sobre las Aguas porque el único manantial de Cádiz brota de su Altar Mayor”. Don José Pedro, al rescatar del olvido esta singular explicación, digna de La Leyenda Dorada y símbolo sobre la que la Iglesia gaditana podría fundar toda su acción espiritual, nos pide auxilio a sus nuevos compañeros para desentrañar su sentido. No puedo ofrecerle ningún asidero científico o histórico, pero llamo en socorro de ambos a la intuición poética y literaria del gran Felipe Benítez Reyes, quien de modo indirecto, y en el mismo tono onírico, en su maravillosa “Acuarela de Cádiz” parece hacerse eco del baedeker novecentista: “En el Cádiz viejo no se oye el mar, pero parece retumbar en el subsuelo, fluir en lo hondo y más oculto, correr bajo las calles entre ruinas fenicias, entre estatuas romanas de mármol verdinoso, en una especie de estampa de surrealismo metafísico”. Y un poco más adelante: “Parece Cádiz una ciudad de cimientos huecos, construida sobre el agua, y de ahí que dé la impresión de presentársenos tan liviana y etérea, tan fundida con el aire, tan a pique de desmoronarse como se desmorona la piedra ostionera, muy poco a poco”. Supongo que Benítez Reyes no tenía presente al escribir esas bellas imágenes la misteriosa afirmación de la guía de 1900, pero aquí los manantiales ocultos de agua dulce o salobre pueden brotar así, de cien en cien años, bajo un ara sagrada o entre piedras púnicas o romanas, alimentando la inspiración popular o la poética de un gran intérprete de Cádiz. Quizá este de los manantiales gaditanos más o menos imaginarios pudiera ser un buen tema para una futura disertación de nuestro recipiendario en la Hispano Americana.

Casi termina D. José Pedro Pérez Llorca su bello e ilustrado discurso diciéndonos que éste en realidad ha consistido, siguiendo a Javier de Maistre, en “un viaje alrededor de su habitación”, pero yo creo que más bien ha sido alrededor de su corazón y de sentimientos profundos cuya declaración ha sido largamente retenida por un pudor que hoy, cuando todo se exhibe en el zoco público sin el menor recato, algunos pudieran creer frialdad. Un hijo predilecto de Cádiz ha encontrado así la ocasión de cantar a la confesada “señora de sus ensueños” y los hoy aquí congregados no tenemos, en realidad, otra misión que la de dar fe de este reencuentro definitivo.

Ya para finalizar, quiero ofrecer la bienvenida más cordial al nuevo académico en nombre de esta Real y centenaria Corporación. Y lo hago consciente de que con ello abro la puerta de esta casa a uno de las personalidades gaditanas más notables y distinguidas del siglo ya pasado y del que ahora transitamos. Por ello no creo equivocarme al pronosticar los grandes beneficios que de este ingreso se han de derivar para nuestra Academia. Beneficios que no sólo tendrán que ver con su genio jurídico y político, también con su carácter afable, su trato ameno, su conversación fecunda y su virtud probada.

 


ISSN: 2174-0445



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