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LAUDATIO AL DISCURSO DE INGRESO DEL EXCMO. SR. D. JUAN VELARDE FUERTES EN LA REAL ACADEMIA HISPANO AMERICANA
 

Dr. Rafael Sánchez Saus
Académico de Número

La conocida modestia de ese gran sabio y hombre de raras virtudes que es el Excmo. Sr. D. Juan Velarde le ha llevado a iniciar su espléndido discurso con unas palabras de agradecimiento a esta Real Academia que, siendo indudablemente sinceras, no reflejan sin embargo con fidelidad el género de relación que este acto que celebramos establece. Al aceptar el llamamiento de nuestra Academia, y con él el abrazo de quienes desde hace tanto tiempo le admiramos como intelectual y por su indeclinable compromiso con España, D. Juan nos hace un alto honor del que quien les habla ha tenido la oportunidad de hacerse consciente en un grado aún mayor que el resto de sus compañeros. Cuando Dª Carmen Cózar, como Directora de esta Corporación, me otorgó la inmerecida distinción de ser quien hubiera de componer esta “laudatio”, surgió en mi el natural sentimiento de agradecimiento unido al de responsabilidad puesto que habría de llevar a todos la voz de la Academia en ocasión tan singular, pero todavía no podía saber, por mi desconocimiento de tantos detalles de la vida del recipiendario hasta qué punto iba a quedar impresionado por el conocimiento detallado de sus muchos méritos, de los que naturalmente me propongo dar cuenta a ustedes a continuación.

Pero antes de ello quisiera, con la brevedad que la ocasión requiere, decir algo acerca del revelador discurso con que nos ha obsequiado D. Juan Velarde. Resulta que cuando ya se perfila en el horizonte inmediato, nítida e inesquivable, la fecha en que habrá de dar comienzo la conmemoración del Bicentenario de la Constitución de Cádiz, este español egregio ha querido que su primera y magistral aportación a las tareas académicas tengan como motivo un tema directamente relacionado con ella. Sin duda, eso ha propiciado que el recipiendario haga gala de un conocimiento de su contenido que está reservado sólo a los expertos, como se ha puesto de manifiesto en la abundante cita de su articulado. Pero entre tantos de los artículos de la Constitución gaditana que han sido oportunamente citados, no ha mencionado nuestro recipiendario el archiconocido artículo 6, aquél que establecía que “el amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos”. Es bien sabido hasta qué punto el espíritu de la Constitución se refleja en este artículo y de qué forma se ha aprovechado su aparentemente candorosa redacción para deformar su sentido, ridiculizar a los diputados doceañistas y alentar la crítica fácil de cínicos y retrógrados. Y sin embargo, debo decir que, a mi entender, tanto el extraordinario discurso del que hemos sido testigos esta tarde como la entera vida de nuestro nuevo académico honorario alcanzan pleno entendimiento si se iluminan con la luz que, doscientos años después de su escritura, desprende ese artículo que quizá muchos bienintencionados amantes de la Constitución hubieran preferido inexistente.

Nadie puede dudar, después de haberlo oído, de que el discurso “La Constitución de 1812. Mensajes económicos que no llegan a América” es algo que sólo puede escribirse desde el amor a la patria. Don Juan Velarde ha ido mucho más allá de lo que el título establece y en sus primeros compases de su lección nos ha mostrado una espléndida síntesis de los motivos, no sólo económicos, de la decadencia española, una decadencia prolongada a lo largo de generaciones y que alcanza su punto más bajo en el por tantos motivos desastroso y para el que les habla profundamente doloroso e incluso antipático siglo XIX, centuria a todas luces nefasta para España por más que desde hace años se asista a un fatigoso ejercicio de reivindicación desde instancias próximas a la cultura oficial. Un siglo cuyas consecuencias tanto ha costado superar, como el propio profesor Velarde ha mostrado en un volumen realizado bajo su dirección y que lleva el significativo título de “1900-2000. Historia de un esfuerzo colectivo. Cómo España superó el pesimismo y la pobreza”.

Me parecen trascendentales las afirmaciones de D. Juan Velarde acerca de que la Constitución de Cádiz estuvo alentada, además de por el deseo de modernizar el país en los planos institucional, político y jurídico, por el de cambiar su destino económico poniendo las bases que debían hacer posible la Revolución Industrial que, desde varias décadas antes, se había adueñado de Inglaterra. A este fin, se ha hecho hincapié en el articulado de la Constitución que afectaba a la ordenación de las finanzas y de la administración pública, pero se ha tenido especial cuidado en señalar que ese designio debiera haber estado completamente ligado a los cambios en el carácter y condiciones del comercio americano al que se dedica la última parte del discurso. En ella emerge la figura casi profética de Álvaro Flórez Estrada, cuya larga y procelosa existencia, a caballo entre los siglos XVIII y XIX tampoco puede ser cabalmente interpretada sin tener en cuenta su ardiente patriotismo, tal como significara Jesús Prados Arrarte en el estudio que le dedicó y al que ha hecho amplia referencia nuestro nuevo académico. ¿Cómo no estremecerse hoy, a la altura del 2012 ante las palabras que con toda intención han servido de colofón al discurso de D. Juan, y que no me importa repetir ahora: “Olvidemos para siempre un lenguaje que nos ofenda, adoptemos el más conforme al interés de todos”, antes de dejarnos la tremenda advertencia de que no nos dejemos “seducir por aquellos que interesados en la ruina de todos nosotros…sólo… hablan de felicidades imaginarias que… resultarán de nuestra desunión”.

Gran importancia tienen también las afirmaciones de D. Juan Velarde acerca de que el fracaso de la Constitución determinó indirectamente el atraso económico de España durante buena parte del siglo XIX, al frustrarse en buena medida las reformas que planteaba, y de forma más directa y plena el desencadenamiento del proceso emancipador de la América hispana. Son estas cuestiones fuertemente controvertidas, incluso hoy, y una opinión tan fundada como la del profesor Velarde y formulada desde el ángulo en el que es autoridad indiscutible, el de la historia de la economía y del pensamiento económico español, ha de tener un peso indudable en la consideración que hemos de hacernos de la Constitución ante su Bicentenario.

Nadie habrá podido sentirse sorprendido por la hondura intelectual de este discurso de ingreso ni por el aliento patriótico que anima cada una de sus principales momentos. No podíamos esperar otra cosa de su autor, si bien es verdad que en el discurso de hoy parecieran condensarse muchas de las constantes que han caracterizado el discurrir de la vida académica, política y personal de D. Juan Velarde. Antes de traer a la memoria, innecesaria pero obligadamente en un acto de esta naturaleza, algunos de sus méritos más señalados, quisiera decir que, más allá de logros y galardones, esa vida me parece uno de los ejemplos más felices y consumados de una generación de españoles que de forma consciente y plena vivió la emoción y la exigencia de la Patria de un modo que muy pocas generaciones anteriores y ninguna posterior ha alcanzado. Una generación educada en los presupuestos intelectuales, morales y políticos sembrados por el regeneracionismo desde los últimos años del siglo XIX y que tuvo hitos fecundísimos en los distintos planos que he señalado en personalidades de la talla de Joaquín Costa, Ángel Ganivet, Antonio Maura, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, José Ortega y Gasset, José Antonio Primo de Rivera y Ángel Herrera Oria, entre otros que cada uno de ustedes sería, sin duda, capaz de añadir. La clave de ese sentimiento y de esa exigencia está en el rechazo de lo que el patriotismo al uso tiene de idolatría o autosatisfacción, de vano enaltecimiento y pretendida superioridad sobre los demás para profundizar en el compromiso con la comunidad intemporal que supone la Patria, enraizando el amor que debemos sentir por ella en el dolor que nos proporciona la visión de su estado. La generación a la que me refiero educó sus sentimientos en una España que carecía de casi todo y cuyos niveles de desarrollo económico distaban mucho de los de las potencias próximas, pero ello no dio pábulo a un pesimismo estirilizante o a la autocompasión, sino a un vigoroso impulso de creatividad y alegre sacrificio que en unas décadas fue capaz de transformar el destino de nuestra nación. Sé bien que no es esa la historia que hoy se cuenta, pero para desmentir el irreconocible constructo con el que se tergiversa el ser y el hacer de toda una generación está, entre muchas, la biografía de nuestro nuevo académico de honor, nacido en el año 27 en el principado de Asturias y licenciado en Ciencias Económicas en 1947, en la que fue primera promoción española de esos estudios, doctorándose en 1956 con Premio Extraordinario. En el mismo 1947 comenzó su carrera docente, que se ha desempeñado casi en su totalidad en la Universidad Complutense, de la que ahora es profesor emérito al mismo tiempo que extraordinario de la San Pablo CEU de Madrid. Es, desde 1978, miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la que actualmente es vicepresidente, Académico de Mérito de la Academia Portuguesa da Historia, presidente de la Real Sociedad Geográfica y vicepresidente de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País. En 2007 recibió la vaticana Gran Cruz de la Orden de San Gregorio Magno, y ese mismo año fue nombrado Colegiado de Honor del Colegio de Economistas de Madrid.

Es doctor “honoris causa” por las universidades de Oviedo, Sevilla, Pontificia de Comillas, Alicante, Valladolid, Nacional de Educación a Distancia, Francisco de Vitoria y, desde hace sólo unos días, de la Rey Juan Carlos, así como Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. La influencia de su magisterio podría medirse, siempre deficientemente, por las casi 2.500 páginas y 119 ensayos que recogió, en tres tomos, el homenaje que con motivo de su jubilación como catedrático se editó bajo el título de “Economía española, cultura y sociedad”.

Capítulo especial merece la mención de los numerosos premios que esmaltan su vida académica, entre los que se cuentan los más prestigiosos de su especialidad, tales el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 1992, el Rey Jaime I de Economía de 1996, el premio de Economía de Castilla y León “Infanta Cristina” de 1997 y el tan relevante premio de Economía Rey Juan Carlos, recibido en 2002. Por la especial significación que lo que sigue tiene para esta Real Academia, debemos añadir su condición de colaborador con las academias Boliviana de Ciencias Económicas, Paraguaya de la Historia, Nacional Argentina de Ciencias Morales y Políticas, Chilena de Ciencias Sociales, y con la de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela.

Su obra escrita es del todo imposible no digo de resumir, siquiera de mencionar en sus hitos principales en un acto de esta naturaleza. Desde que en 1953 viera la luz su primer libro, La economía española en unas pocas manos, hasta su reciente Cien años de economía española, son decenas y decenas los títulos imprescindibles para conocer la historia de la ciencia económica española del último medio siglo. Sus áreas de trabajo habituales son el pensamiento económico español contemporáneo, la economía española e iberoamericana y la economía de la seguridad social, aunque un somero repaso de su ingente bibliografía hacer ver de inmediato hasta qué punto su personalidad intelectual ha desbordado estos campos, por otra parte tan exigentes.

Pero D. Juan Velarde no es sólo un estudioso de gabinete. Una parte importante de la grandeza de su figura procede de no haberse negado nunca al debate público, a la confrontación de ideas a través de los artículos en la prensa y bajo todas las formas posibles de divulgación. Su vocación de servicio público se ha puesto de manifiesto desde que en 1951 ingresara con el número uno en el Cuerpo Nacional de Inspección de Trabajo, llegando a ocupar hasta 1982 la dirección del Instituto de Estudios Laborales y de la Seguridad Social, dependiente del Ministerio de Trabajo. En la actualidad, y desde 1991, es Consejero del Tribunal de Cuentas.

Pronto dejaré de atentar contra la conocida modestia de nuestro recipiendario, pero no antes de haber exhumado y leído ante ustedes la justificación redactada por el jurado del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales cuando en 1992 decidió su entrega a D. Juan Velarde porque, además de hacerle justicia y favorecer la comprensión de su extraordinaria personalidad, ello me exime a mi de exposiciones que no podrían aventajarla y a ustedes de tener que soportarlas. Un jurado, no es ocioso ponderarlo, con cuyos componentes podría haberse creado ex nihilo, muy holgadamente, toda una Academia Nacional, tal era la categoría de sus doce miembros, presididos por el recientemente fallecido D. Manuel Fraga. Dice así: “Con el Premio en Ciencias Sociales a D. Juan Velarde Fuertes, el Jurado quiere reconocer la trayectoria dilatada y fecunda de un economista cuyo magisterio se ha proyectado con ejemplar generosidad, tanto intelectual como moral, sobre varias generaciones de economistas, cuya investigación se ha aplicado de manera paciente e ininterrumpida, en un espíritu de libertad y de amplia curiosidad intelectual, y con una clara dimensión interdisciplinar, al estudio de la estructura económica de España, y a la historia de su política económica t su pensamiento económico, y cuya vocación profesional, conjugada con una voluntad por encontrar respuestas a nuestros problemas económicos contemporáneos, se ha reflejado en un ejercicio continuo de información, consejo y responsabilidad en el servicio público de nuestra administración económica”.

Se hace preciso llegar al final, y para ese menester quisiera narrar una anécdota muy reciente que nos demuestra que las virtudes de D. Juan no se reducen al ámbito de lo intelectual o lo político y hasta qué punto están asentadas en un carácter en el que la entereza y la responsabilidad brillan de un modo inhabitual. Los hechos a los que referiré tuvieron lugar hace sólo unos meses en la Universidad San Pablo CEU y, aunque no fui testigo de ellos, fui inmediatamente informado como Rector que entonces era de esa Universidad. Como sucedieron en presencia de un numeroso público y fueron luego ampliamente comentados, creo que no revelaré nada que por pertenecer a la esfera de lo personal pudiera molestar a D. Juan que se recordara en este momento. Transcurría con toda normalidad el acto académico de celebración del patrón de la facultad de Económicas y Empresariales, S. Vicente Ferrer, a cuyo claustro pertenece al profesor Velarde. Se le había encomendado la solemne lección del día y D. Juan estaba de pie ante el atril cuando se sintió repentinamente indispuesto ante la todavía moderada alarma de auditorio y presidencia del acto. La cosa fue a más y hubo un momento en que el profesor llegó a perder el conocimiento, en medio del revuelo consiguiente. Alguien sintió la necesidad de llamar una ambulancia que en pocos minutos atronaba con sus sirenas la siempre tranquila calle de Julián Romea; pero para entonces D. Juan, que ya había recuperado el sentido y con él el dominio de la situación, con sus felices y envidiables más de ochenta veranos encima y en tales circunstancias, se había dirigido de nuevo al atril y a pie firme había continuado su lección como si tal cosa. La ambulancia, menos escandalosamente que en su ida, regresó por donde había venido y el profesor Velarde recibió una atronadora ovación de sus compañeros y alumnos.

Le ruego que me perdone, admirado, querido profesor Velarde, este último atrevimiento mío. Ya lo fue grande el aceptar hacer su laudatio sin que me habilitara para ello ninguno de los títulos habituales, tales como el discipulado o el conocimiento estrecho. Me movió a ello, aún más que el sentido de la obediencia a nuestra siempre gentil Directora y el deseo de servir a la Academia en ocasión tan especial, la admiración que le profeso desde hace muchos años y a cuya única inspiración me he abandonado para la composición de estas torpes páginas. Sea bienvenido a esta Real Academia Hispano Americana que se honra de poder contarle entre los suyos y celebra ya desde ahora el gran caudal de prestigio, ciencia y sabiduría que su presencia nos reporta. Estas son las únicas cuentas, la única economía, que, a fin y a la postre, justifica nuestra existencia.

 


ISSN: 2174-0445



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