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LAUDATIO EN LA RECEPCIÓN DEL ILMO. SR. D. HORST PIETSCHMANN, ACADÉMICO CORRESPONDIENTE EN ALEMANIA
 

Dr. Manuel Bustos Rodríguez
Académico de Número y Vicedirector 1º

Confieso que siento una gran admiración hacia los hispanistas. Quienes hemos tenido que afrontar en algún momento de nuestra vida el estudio de un idioma distinto al nuestro, sabemos de las dificultades para hacernos entender en él y leerlo con corrección, no digamos ya ambas cosas a la vez. Ellos, sin embargo, siendo de origen extranjero lo hacen con gran soltura. Es más, son capaces de comprender documentos antiguos, escritos con frecuencia en una letra enrevesada, con vocablos y expresiones propias del castellano de la época, capaces de hacer huir de su lectura a nuestros investigadores con mayor vocación.

Después de un tiempo más o menos largo de investigación, estos estudiosos han sido capaces de escribir sobre temas históricos, literarios, de cultura española en general, con gran conocimiento de la materia, y lo que es aún más importante, realizando aportaciones sustanciales, interpretaciones sugerentes sobre los españoles y su pasado. Incluso, se puede decir, han llegado a hacerse uno más de ellos, tal es el afecto y el amor que les han tomado a base de relacionarse y de convivir en el día a día.

Por mi mente pasan los nombres de una pléyade de historiadores, durante mi época de formación universitaria, cuyas obras fueron objeto de ávida lectura y de atractivas interpretaciones sobre el pasado patrio. Como no citar a este respecto los nombres de John Elliott, Richard Herr, Raymond Carr, Hugh Thomas, Pierre Vilar, Barlomé Benassar, Henry Lapeyre, Marcel Bataillon, Pierre Chaunu, Richar Konetzke y tantos otros.

Me llama igualmente la atención que, habiendo tenido temas más que suficientes para estudiar e investigar en sus propios países, se hayan interesado precisamente por España y su Imperio, quedándoles a veces uno y otro tan lejanos. ¿Qué les atrajo de nosotros? ¿Qué es lo que hace que, a pesar del paso de los años, siga interesándoles nuestro país? Ciertamente, sería preciso preguntar a cada uno de ellos, cuál fue el acicate que les llevó a ponerse en camino con el bagaje de sus conocimientos, sus rudimentos de español, y, a veces con escasos recursos económicos, para viajar a España, establecerse aquí durante un período más o menos largo de tiempo y adentrarse en los polvorientos archivos, cuando empezaron a trabajar en ellos, tal vez entrañables (como ha sido tradicionalmente el de Simancas), pero todavía en un estado harto precario.

 ¿Fue el motivo de su interés, tal vez, el atractivo del primer imperio mundial sobre los cinco continentes? ¿La fuerza, la calidad y el vigor de su cultura en su "Siglo de Oro"? ¿Su vinculación y defensa de la causa católica en el mundo? ¿Su relativamente rápida conversión de Imperio en país con limitada presencia en el contexto internacional? ¿Los arcaísmos de sus estructuras? ¿El desgarro de su cruenta guerra civil?. O, quizás, sencillamente, el calor de sus gentes y el atractivo de sus ciudades y de sus variados paisajes?

* * *

Hoy me toca presentar a uno de esos conspicuos hispanistas, con una trayectoria tras de sí, en absoluto concluida, de gran calidad e importancia. Un hispanista que, al margen de sus incuestionables méritos académicos e investigadores, es además un buen amigo, y un gran amante y promotor de todo lo hispánico.

Conocí a este historiador alemán, grande por sus méritos y por su estatura, hace cerca de 20 años (¡cómo pasa el tiempo, querido Horst!), en esas primeras reuniones de nuestro pionero programa Erasmus (no sé si entonces se llamaba así), casi de grupo de amigos, que nos llevó a recorrer varias ciudades europeas, antes de que la insaciable burocracia europea catalogase, ordenase, centralizase y llenara de papeles a cumplimentar los intercambios internacionales. Fue entonces cuando me percate de estar en presencia de un notable hispanista, inmejorable conocedor de la América Hispana en la Edad Moderna y de la lengua y cultura de nuestro país. Gracias a su amistad y a su cálida acogida pude conocer igualmente su hermosa ciudad de Colonia, asistir a una misa magna en su espléndida catedral, milagrosamente respetada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y almorzar abundantemente en su casa la jugosa comida de la región y de la Bohemia alemana, zona de procedencia –según creo recordar- de su rama materna. Tras ello, tuvimos una coloquial y amena sobremesa como colofón. Luego visitamos un hermoso cementerio de la ciudad para llevar unas flores a la tumba de su padre.

Horts Pietschmann era entonces catedrático de Historia Hispanoamericana de la Universidad de Hamburgo y, creo recordar, Decano de la Facultad de Letras, motivo de sus quejas constantes por la cansina dedicación burocrática a que el cargo le obligaba, así como por el poco tiempo que este le dejaba para poder dedicarse a sus trabajos. En realidad, a pesar de ser Herr Profesor de aquella prestigiosa universidad alemana, su corazón lo tenía en Colonia, lugar donde había cursado sus estudios universitarios, se había doctorado y vivía su familia.

Aparte de todo esto, el profesor Pietschmann me hizo comprender por vez primera las diferencias existentes entre la vieja ciudad hanseática del Norte de Alemania, donde ejercía su labor docente, y Colonia, ciudad de la Renania, una especie de Andalucía germana, con buen Carnaval y espléndida cerveza. Se trataba, perteneciendo ambas al mismo país, de dos culturas muy diferentes: luterana y portuaria la primera, católica y más provinciana la segunda, no muy lejos, por cierto, de la capital carolingia (Agen, Aix-la-Chapelle  o Aquisgrán), a cuyo imperio perteneciera en la Edad Media.

El luteranismo y el clima septentrional daban a Hamburgo un aire de ciudad fría e introvertida, en tanto que Colonia, católica, estaba impregnada de la alegría y el colorido propio de los países cuya religión mayoritaria fue esta última. Por todas estas cosas, nuestro recipiendario hacia casi todas las semanas el viaje desde Hamburgo hasta Colonia, buscando el calor familiar y la acogida de su amada ciudad. ¿Cuánto hubiese deseado poder haberse quedado allí, en su Universidad, con la misma categoría que había alcanzado en Hamburgo, su lugar de ejercicio?

* * *

El profesor Pietschmann es hijo de la generación de los sesenta, aunque no de sus connotaciones negativas. Inició sus estudios universitarios en Historia, Lenguas Románicas, Filosofía y Pedagogía en la universidad de Colonia,  justamente al comienzo de la década. Nueve años más tarde, la obtención del Doctorado en Historia Ibérica y Latinoamericana, señalaría ya de alguna manera su futuro recorrido vital. Atrás dejaba, bien es verdad que no del todo, sus otras especializaciones. En compensación de ello, se consagraría incansablemente a lo que será su vocación y el eje articulador de sus aportaciones científicas a lo largo de décadas.

Ese mismo año de 1969, convulso para las universidades europeas, había comenzado su carrera docente en la Universidad de Colonia, primero como profesor adjunto en la materia de su doctorado, más tarde ya como profesor titular propiamente dicho de la misma, hasta que, en 1985, consiga alcanzar la cátedra de Historia Latinoamericana de la Universidad de Hamburgo, en ese duro septentrión hanseático al que al principio aludí. Desde entonces, y doy fe de ello, no ha dejado de trabajar sobre la América Hispana, sea por medio de cursos, seminarios y conferencias en los más diversos centros y lugares (Sevilla, Complutense de Madrid, Burdeos, EE.UU., etc.), sea, de la misma forma, a través de de la formación de futuros historiadores y profesores en España e Hispanoamérica, como Renata Piepper, Peer Smith (recientemente fallecido) o Klaus Weber, este último no hace mucho admitido como docente universitario, por sólo citar algunos nombres con los que me unen relaciones profesionales y de amistad.

Su extensa labor investigadora se ha reforzado gracias a numerosas estancias en los países del entorno hispánico (Méjico muy especialmente) o en los EE.UU. Fruto de todo ello fue la publicación de ocho libros y un elevadísimo número de artículos en revistas científicas y especializadas de todo el mundo. Por haber sido traducidos al español, merecen citarse dos obras de calado: El Estado y su evolución al principio de la colonización española, donde la recién inaugurada época moderna y, en particular, la monarquía de los Reyes Católicos son analizadas con rigor científico y originalidad; Las reformas borbónicas y el sistema de intendencias en Nueva España: un estudio político-administrativo, donde se aborda asimismo ese instrumento de la Monarquía que los Borbones, dentro de su programa reformista, exportarán a América, y que tanto marcará el devenir de Hispanoamérica hasta el término del período colonial. Ambas obras serán editadas y traducidas por el Fondo de Cultura Económica.

Tan copiosa bibliografía, unida a su labor docente y divulgadora, le ha hecho merecedor de numerosos reconocimientos nacionales e internacionales. Así, su pertenencia a varias academias científicas: la "Joachim-Jungius-Gesellschaft der Wissenschaften" de Hamburgo; la "Academia Scientiarum at Artium Europaea" de Salzburgo; la Real Academia Española de la Historia, así como las academias nacionales de la Historia de Argentina, Chile y México, estas cuatro últimas como miembro correspondiente.

Su enorme tarea se ha visto igualmente reconocida por varios institutos universitarios de prestigio. Entre ellos, el "Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho" de Buenos Aires o el "Institute for the History of European Expansion", adscrito a la Universidad de Leiden en Holanda.

Su contribución a nuestro conocimiento sobre la Historia de Hispanoamérica, la que hoy le trae hasta nosotros para recibirlo como académico correspondiente, le ha permitido a su vez ser condecorado con la orden mexicana del "Águila Azteca" en 1987. Recientemente le ha sido concedido también el premio Banamex de Historia Regional Mexicana.

En todos estos honores está implícito sin duda alguna su intensa labor como promotor de la investigación hispanoamericana desde otros puestos de responsabilidad, además de los docentes. Me refiero concretamente a su acción desde la secretaría de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas de Europa entre 1981 y 1987, y, como presidente de la misma, entre los años 1993 y 1996.

Sin olvidar por ello sus compromisos con la comunidad universitaria. En 1988 asumió el cargo de director del Departamento de Historia de la Universidad de Hamburgo; entre 1994 y 1996, el de decano de la Facultad de Ciencias Históricas y Lenguas Clásicas de la misma Universidad; en los siete años siguientes ocupó el puesto de director de la carrera de "Estudios Latinoamericanos" también en la citada Universidad, y, por último, entre 2000 y 2003, será miembro de la Junta de Gobierno de la misma institución.

Hoy, jubilado oficialmente de la Universidad, aunque vinculado aún a ella por su cargo de profesor emérito, Horts Pietschmann, sigue desbordado, como ha sido costumbre a lo largo de su vida académica, por los requerimientos que continuamente recibe de todo tipo de instituciones, universitarias, académicas, investigadoras, etc. pidiéndole su concurso para impartir clases, seminarios, conferencias o dirigir trabajos de investigación. Su esfuerzo para estar presente hoy entre nosotros, me consta que ha sido mucho, debido a su falta de tiempo. Siempre o casi siempre, eso sí, ocupado en asuntos con el tema hispánico como horizonte. Sus compañeros y antiguos alumnos le han dedicado recientemente, en 2005, un libro de homenaje, donde además de reconocer su espléndida labor como investigador y docente en dicho ámbito, desarrollan uno de los temas, cuya problemática y contenidos ha abordado nuestro recipiendario con acierto en los últimos años. Me refiero al mundo atlántico, teoría y realidad, que debo confesar a mi también me han atraído personalmente y al que he consagrado algunos trabajos.

El Dr. Pietschmann hoy nos ofrece un discurso, cuyo contenido refleja algunos de los temas reincidentes en su obra, incorporando a él, además, sus reflexiones más recientes y algunos de los resultados de las investigaciones que llevaron a cabo algunos de sus antiguos discípulos. Sus iniciales inquietudes hacia el período de transición de la Época Medieval a la Moderna en la naciente Monarquía Hispánica, regresan ahora al texto que nos va a leer para ofrecerse desde una mirada mucho más abarcadora. A través de ella, reaparecen temas variopintos que, si bien apenas pueden ser esbozados en la breve duración de este acto de ingreso en la  Academia, tocan problemas de un gran interés historiográfico. Entre otros, la evolución de los estudios acerca del debate de la transición cronológica entre uno y otro período, la recepción del descubrimiento colombino en Europa, la difusión de los conocimientos iniciales sobre América en Alemania y, en general, en el Continente, o el papel del Humanismo y de los humanistas alrededor de la aventura americana. En definitiva, el discurso nos hará un recorrido polifacético a través de un período decisivo de nuestra historia, donde la maestría del profesor Pietschmann se nos mostrará con su habitual agudeza y dominio de la materia.

En resumidas cuentas, por lo que respecta a nuestro recipiendario, estamos ante el caso de un jubilado muy sui géneris, que apenas tiene tiempo de abandonar su traje magisterial y docente, sea este el chaqué de los actos solemnes o la guayabera de los cálidos veranos tropicales. De aquí para allá, salta el "Charco" con frecuencia y sigue ampliando conocimientos sobre un mundo, el hispanoamericano, que le es familiar. Todo sin abandonar la cálida amistad con que nos acoge habitualmente, ni su vida familiar siempre presente, en medio de las arduas horas de trabajo y, por qué no decirlo, de los papeleos incesantes, “malgré soi”, a pesar suyo (!Cuántas veces le oí quejarse del crecimiento de una burocracia universitaria y parauniversitaria insaciable, signo representativo de nuestro tiempo!).

Esta es, en definitiva, queridos miembros de esta Real Academia, la persona que hoy recibimos. Un hombre, cuya corpulencia física no debe escondernos su profunda humanidad, llaneza, afabilidad y aún su vasto saber. La misma personalidad que hemos querido incorporar en este día a nuestra docta y venerable institución. Sin lugar a dudas, su nombre se verá prestigiado de nuevo con la llegada a sus filas de un preclaro e incansable hispanista y americanista, quien, a partir de hoy, será también nuestro compañero. He dicho.

Cádiz, 5 de marzo de2012

 

 


ISSN: 2174-0445



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