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DISCURSO DE CONTESTACIÓN AL INGRESO DEL ILMO. SR. D. ENRIQUE GARCÍA-AGULLÓ Y ORDUÑA, ACADÉMICO DE NÚMERO
 

D. José Pedro Pérez – Llorca Rodrigo
Académico de Numero, adjunto a la Dirección en Madrid

Estamos congregados hoy aquí, en este Salón Regio que vio nacer a nuestra Corporación hace ya mas de cien años, para dar la acogida, con la solemnidad que la ocasión acredita, al Excmo. Sr. Don Enrique Garcia-Agulló Orduña, que ha sido recibido como Académico de número hace unos instantes. Me honra sobremanera el haber sido designado para contestar su discurso, habiendo entre nosotros muchos otros que pudieran haber desempeñado mejor tan grato encargo.

Nuestra Academia se enriquece hoy, con la incorporación de Don  Enrique Garcia Agulló a sus tareas.  

Don Enrique García Agulló nació en Cádiz. Estudió Derecho en Sevilla, y en su recorrido profesional ha tenido un variado y largo desempeño en actividades relacionadas con esta disciplina. Asesor jurídico de diversas empresas, abogado y procurador de los Tribunales, tiene la medalla al mérito profesional del Consejo General de los Colegios de Procuradores de España, y la de Plata del Colegio de Abogados de Cádiz.

Su dedicación a la política ha sido larga, constante y fecunda. Ha desempeñado tareas muy importantes, como la de Delegado de Gobierno en la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, Diputado Provincial de Cádiz y Primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de nuestra ciudad. De su enraizamiento en Cádiz, que también le viene por familia, dan testimonio su presidencia del Club Liberal 1812 de Cádiz, su condición de ateneísta de mérito en el Ateneo Gaditano y la de Vicepresidente del Casino Gaditano.

La Academia tiene hoy la suerte de recibirlo, y nuestra ciudad, durante los últimos años, la de tener en él, al Coordinador de la oficina del Comisariado Cádiz 2012. A ella, ha aportado D. Enrique dos cosas inestimables. Es la primera, su inmensa erudición sobre nuestra ciudad y otras muchas cosas. La segunda, la de su generoso entusiasmo por la causa de Cádiz y del 2012. Ahora va a aportar su caudal intelectual así como su ánimo generoso y dispuesto a nuestra Academia.

Entrando en una pequeña glosa de su persona, diría primero, resumidamente, que, para comprobar la erudición de D. Enrique, basta con efectuar el muy sencillo experimento de hacerle una pregunta. Si la cuestión estriba acerca de Cádiz, del liberalismo, o de cuestiones similares, la respuesta será inmediata. Si es sobre cualquier otra materia, normalmente será también inmediata la contestación, pero en todo caso nunca fallará, aportará al instante un marco de referencia preciso, que él mismo culminará, en horas 24, informando del dato concreto con exactitud. Esto, además, lo hace “a la antigua usanza”, rastreando y revolviendo entre libros y anaqueles, es decir sin “googlear” y esto lo digo porque, por ponerle un pero, D. Enrique, como todos los de su generación y aun más los de la mía, no tiene su “fuerte” en el uso de los ordenadores, con lo cual, su erudición tiene más mérito. 

Para comprobar su generosidad, basta sólo con otra pequeña prueba de laboratorio. Pídasele un favor. Si está en su mano, en siendo cosa justa y sin perjuicio de tercero, lo hará de inmediato. Si no lo está y se cumple el requisito antes enunciado, se podrá observar como remueve Roma con Santiago para alcanzarlo.

Por último en esta semblanza breve, ¿Qué decir de su entusiasta amor por Cádiz? Por decirlo con algo de la ligera exageración que requiere una síntesis, yo creo que D. Enrique, no es que sea de Cádiz, que por supuesto lo es y además ame a Cádiz, como lo hace, es que no siendo Cádiz solo D. Enrique, D. Enrique es Cádiz.

Hasta aquí los escuetos datos biográficos que por notorios y conocidos he podido fácilmente recopilar, sin que la acendrada modestia del recipiendario me haya proporcionado directamente ese raudal de documentación, con el que se presentan, como parapeto o como pedestal según los casos, el común de las personas que pasan por estos honrosos trances. Quede pues apuntado, como primer comentario, que nuestro nuevo compañero, en su extrema pulcritud y elegancia, no es nada amigo de la propia propaganda, el autoelogio, ni en general del darse bombo. Gaditano de solera acreditada y de las más purísimas cepas que puedan encontrarse en nuestra trimilenaria ciudad como quedó dicho, profesa, yo encuentro que hasta con algo de exceso, esa máxima que tanto definió a Castilla: “El buen paño en el arca se vende”. En medio del vendaval de autobombos en el que vive inmersa nuestra sociedad, esta austeridad a la hora de hablar de si mismo resulta, por escasa y contrastante, un remanso de serenidad y frescura en medio del vendaval.

Sobriedad esta, que casa y encaja muy precisamente con su tendencia a preferir siempre las quintaesencias a los fárragos. Nuestra cultura actual tiende a ser farragosa. Algunos de nuestras protagonistas públicos, fuera de Cádiz por supuesto, y en diversos ámbitos, esconden su supina ignorancia, bajo un abigarrado e inacabable torrente de palabras, retahílas, sartas y letanías de vocablos que, unidos por una sintaxis pedestre para hacer logomaquias en espiral, pierden cualquier significación. Nuestra civilización se ha hecho “icónica” y lo importante parece ser no callar y hablar seguido ante las cámaras. Si, al mismo tiempo, se mantiene una cierta compostura gestual, se “da buena imagen en pantalla” y con ello está ya todo hecho. Así, en este mundo del hablar por hablar, la elocuencia austera, medida y siempre precisa de D. Enrique es, igualmente, contraste, estímulo y esperanza de que no todo se nos está yendo por los husillos de la vulgaridad parlanchina.

Sobriedad y quintaesencias, que se tornan en generosidad y liberalidad cuando se trata de defender, ayudar o promocionar a otros, sea en la Procura, o fuera de ella. En ese caso se impone su corazón expansivo y desprendido, entonces D. Enrique saca el paño del arca y lo pregona a los cuatros vientos, con eficacia sin límites y, si de amigos se trata, hasta con desmesura. En definitiva, en términos de Laín Entralgo, D. Enrique antepone la comprensión de la “otridad”,  a la promoción de su “mismidad”. Al hablar de “otridad” y “otros”, no me refiero tan solo a otras personas, que también, sino a todo aquello que desencadena su natural y espontánea capacidad de empatía, sea ello una idea,  una ciudad, o un país, en definitiva  una Causa. En sus actividades fuera de la Procura, que D. Enrique ha ejercido siempre con profesionalidad ejemplar, ha defendido, en no siendo nunca la de su propio medro, muchas Causas. Lo ha hecho con leal constancia a unas mismas quintaesencias, con respeto a las personas y, más allá de ello, con las gaditanas cordialidad y simpatía que le caracterizan. Siguiendo siempre el precepto clásico “fortiter in re suaviter in modo”, ha sido capaz D. Enrique de defender sus ideas, dejando siempre un reguero de amigos por todas partes, incluso entre sus adversarios políticos. Cádiz, España, el mundo en sus cuatro puntos cardinales y hasta la entera rosa de los vientos están llenos de amigos de D. Enrique, porque con él se da el dicho cervantino, “tratarlo es quererlo”.

Y ¿cuáles han sido estas causas? Si hubiera que resumir, haciendo quizás demerito de una personalidad tan rica y llena de matices, yo me atrevería a cifrarlas en una: España y la libertad.  Don Enrique entiende, y gusta de explicar a quien le quiera oír, como la disociación de estos dos conceptos, que a la par son sentimientos muy profundos, ha sido siempre raíz de nuestros específicos males y causa de que las frecuentes manifestaciones de nuestras discordias hayan sido, en el pasado, tan exacerbadas, brutales y sangrientas.

Viene pues hoy a sentarse con nosotros un liberal a la vieja usanza, de los que guarda en su manera de ser y comportarse el original significado castellano y preciso de la palabra, que solo en Cádiz adquirió connotación política. Término este, el del liberal, que en una larga evolución, solo terminológicamente triunfal, ha llegado hoy quizás a morir de éxito, por el abuso y desfiguración que de el se hace a veces en las contiendas políticas y por la pérdida de algunas de sus esencias originales.

Concurren en D. Enrique precisamente las características del liberal primigenio “a la gaditana”. Estos liberales nuestros, ni manchesterianos, ni doctrinarios, ni por supuesto neos, eran ante todo ilustrados, gente de muchos libros. De las Luces tenían la idea del progreso y de una sociedad más justa. Creían que la conquista y el establecimiento de la libertad generaría unas energías extraordinarias, que mejorarían la suerte de la inmensa mayoría. “La mayor felicidad del mayor número” fue una de sus formulaciones. Veían en ello el mejor modo de atender lo que era una patente preocupación social. Desconfiaban del Leviatán,  no les faltaba razón habiendo conocido lo peor de su fase absolutista, pero querían un Estado, eso sí, con poderes divididos y limitados, al que atribuían, entre otras cosas una importante labor de educación universal. Los de Cádiz, además eran patriotas, tanto que se propusieron la quimérica labor de mantener un Imperio, cuya capitalidad económica y financiera aun estaba en nuestra ciudad. La libertad política y económica, una igualdad que suprimió el sistema de castas, aunque no acertó a abolir la esclavitud, por el pavor universal de lo que aconteció en Haití al hacerlo los jacobinos, y una democracia templada por el sistema de los grados sucesivos, fueron sus fórmulas. Muchas razones hicieron imposible desde el principio que pudiera tener éxito en el descomunal empeño de preservación de la unidad con América. Si no hubieran concurrido todas estas razones, una sola habría bastado, la actividad de Canning y toda la diplomacia británica, empeñados a fondo en deshacer como fuera el Imperio rival, formalmente aliado. Los doceañistas fracasaron en este empeño, pero en el camino parieron la España contemporánea.

Y aquí es donde la curiosidad intelectual de D. Enrique trenza su interesantísimo discurso de ingreso. La presencia de los diputados de América era ya asunto tratado por los estudiosos, la celebración de sesiones secretas de las Cortes también se había tratado, aunque, que yo sepa, con menos intensidad. La erudición y la paciencia investigadora del recipiendario nos aportan el interesantísimo relato, en síntesis,  de las 811 sesiones secretas celebradas, a través del estudio cuidadoso de sus actas.

En primer lugar, define y deslinda el campo. No se trata de sesiones secretas en el sentido que hoy les damos. Por cierto que las de hoy son de un secretismo puramente semántico, dado que solo la luz viaja a más velocidad de lo que lo hace el contenido de estas sesiones de la boca de algunos asistentes al oído de los periodistas, debiéndose decir de los segundos que cumplen con su deber, pero no así de los primeros. Eran aquellas más bien sesiones “a puerta cerrada”, cuyas actas no se publicaron por entonces. Así lo refiere Antonio Alcalá Galiano que en sus memorias cuenta como volvió algo frustrado de un viaje a San Fernando, cuando, ya el segundo día de sesiones, las Cortes decidieron deliberar a puerta cerrada y le dieron con la puerta en las narices.
Los asuntos acerca de los cuales se conferenció en sesión secreta fueron de lo más variado. No había pues, según nos informa D. Enrique, unas cuestiones solo habladas a puerta cerrada y otras solo “coram pópulo”. De casi todo lo que  se habló en público se trató también en secreto, aunque el recipiendario nos hace entrever que de la abolición de la Inquisición se habló solo en público.

Al considerar el papel de los diputados americanos nos revela el nuevo académico el gran número de sesiones secretas que se dedicaron a la consideración de lo que entonces se llamaba “las conmociones de América”.

En su pormenorizado estudio de estos textos, nos narra el hecho de que, tan pronto como el 10 de octubre de 1810, el Acta recoge la siguiente afirmación: “la discusión fue larga y vivaz por estimar los americanos justas sus pretensiones”. Pusieron los diputados americanos sobre la mesa la opinión de que para discutir la cuestión de su continente, sería más que oportuno esperar a que fueran incorporándose a las Cortes quienes habían sido elegidos para ellas en esos dominios, porque las mismas como es sabido, se habían constituido con algunos diputados titulares y muchos suplentes.

Fue el quiteño Mexia Lequerica quien propuso realizar “las declaraciones lisonjeras y justas que convenía hacer en los dominios de ultramar”. Pero fue, según se nos relata en el discurso, en la sesión del 14 de octubre de 1810, cuando por iniciativa del diputado puertorriqueño Ramón Power, se tomó un acuerdo que es de los pocos que consta “in extenso” en una de estas actas secretas.

Transcribo del discurso:

“Las Cortes Generales y extraordinarias conforman y sancionan el inconcuso (sic) de que los dominios españoles en ambos emisferios (sic) forman una misma y sola Monarquía, una misma y sola Nación y una sola familia, y que por lo mismo, los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos, son iguales en derechos a los de esta Península, quedando a cargo de las Cortes tratar con oportunidad y con un particular interés de todo cuanto pueda contribuir a la felicidad de los de Ultramar, como también sobre el número y forma que deba tener para la sucesiva la representación nacional en ambos emisferios (sic).”

“Ordenan asimismo las Cortes que desde el momento en que los países de Ultramar donde se hayan manifestado conmociones, hagan el debido reconocimiento a la legítima autoridad soberana que se haya establecido en la madre Patria, haya un general olvido de cuanto hubiese ocurrido indebidamente en ellas, dejando sin embargo, a salvo el derecho de terceros”.

La narración del nuevo académico nos hace ver la frecuencia con que estas sesiones secretas analizaron los sucesos de América, y la disyuntiva con que se encontró aquel Congreso, entre su deseo de decretar el libre comercio americano y la actitud del aliado británico, estaba dispuesta a ser el único beneficiario de dicha decisión.

Así, entre Escila y Caribdis, transcurren las sesiones secretas por los años de 1810, 1811, 1812 y 1813 hasta que se levanta el asedio.

Para esa última fecha, los acontecimientos en América se habían precipitado y estaban ya casi enteramente fuera de toda capacidad decisoria de aquel Congreso.
Otra cuestión importante que muy lógicamente se trató en las sesiones secretas, aunque no sólo en ellas, fue la de situación de la guerra en España.

La pluma del nuevo Académico nos ha trazado el panorama angustioso en que aquellas Cortes empiezan, bajo el tronar del cañón francés, hasta que la situación estratégica en España se va aliviando en 1813. Deja aquí también constancia de la actitud ambivalente, de y con los aliados británicos, y su General en Jefe Wellesley, luego Duque de Wellington.

Particular interés revisten las líneas que el nuevo Académico dedica a la cuestión de la posible abolición de la esclavitud. El debate en las Cortes, especialmente en las sesiones secretas, es intenso. Los acontecimientos de Haití han estremecido a Europa. El Congreso vacila y no se resuelve a la abolición. Todos son ya libres, pero no necesariamente los”originarios de África”. Los liberales doceañistas son en esta cuestión demasiado pacatos y no siguen el ejemplo de los jacobinos. La cuestión tardará en resolverse en Cuba casi cien años más,  pero hay que decir en descargo de los doceañistas que, como queda analizado en el discurso, tampoco  siguieron a los jacobinos en la instrumentación de la guerra patriótica para instaurar el terror y la guillotina.

El debate constitucional, como el de la Inquisición, se celebra casi enteramente en público. Sólo se trata en una sesión secreta y por iniciativa de los diputados americanos la cuestión, ciertamente no baladí dados los acontecimientos posteriores, de la persona en quien hubiera de continuar residiendo la nueva monarquía constitucional. El amor “al deseado” se impuso sobre las ideas del diputado cubano Jáuregui.

Las cuestiones financieras, fueran éstas las de la entera monarquía que se confiaron al principio al comercio de Cádiz, o las de los mismos diputados, que llegaron a recibir sus “mensadas” con un año de retraso, poniendo a muchos de ellos en situación angustiosa, son igualmente relatadas magistralmente en el discurso.

Con estas cuestiones, y las intensas deliberaciones a puerta cerrada sobre la ceremonia de proclamación del texto constitucional, concluye el pormenorizado relato del recipiendario que aporta, además, un elenco interesante de todos los diputados americanos presentes en Cádiz, así como de los tres nombrados por las Filipinas que nunca, según nos descubre, pudieron llegar a nuestra ciudad.

Nuestro recipiendario de hoy, quien, a más de estar familiarmente vinculado a la Armada, es un buen navegante, ha trazado con acierto la derrota de su discurso, como ha sabido mantener el rumbo a lo largo de su vida. Ha controlado siempre la caña, ha sabido cómo y cuándo izar y arriar las velas, navegar a la capa y hasta ponerse al pairo. Ha sido capaz de enfrentarse a mares gruesos, arbolados, montuosos y hasta enormes. Hoy, este hombre de bien, ciudadano cabal y gaditano de pro, viene a aportar su sabiduría y su buen hacer a nuestra Academia, a la que tanto va a enriquecer. Considero un privilegio el haber sido designado para darle la acogida, no con una barcarola, no abusemos de los símiles marineros, sino con un fuerte abrazo de bienvenida.

Muchas gracias

 

 


ISSN: 2174-0445



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