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LAUDATIO EN LA RECEPCIÓN DE LA ILMA. SRA. IRMA EMILIOZZI COMO ACADÉMICA CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA HISPANOAMERICANA
 

Dr. Manuel José Ramos Ortega
Académico de Número y Consiliario 2º

Dejé por ti mis bosques  mi perdida
Arboleda, mis perros desvelados,
Mis capitales años desterrados
Hasta casi el invierno de la vida.

………………….

Dejé por ti todo lo que era mío,
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
Tanto como dejé para tenerte.

Se diría que estos versos de Roma, peligro para caminantes, del gaditano Rafael Alberti, escritos en 1963  a su llegada a la capital del Lazio, y  obligado   a cambiar de patria no una sino dos veces, primero desde España a la Argentina y, más tarde,  desde Buenos Aires a Roma, reflejan como pocos la nostalgia que cualquier exiliado siente al tener que abandonar su tierra de origen.     

La profesora Emiliozzi,  afortunadamente  para ella, no es una exiliada ni ha tenido que salir huyendo dos veces de ninguno de  sus domicilio bonaerenses, pero sí que, desde hace ya unos años, ha hecho del exilio español de 1939 uno de sus principales asuntos de interés, para su labor como investigadora y, lo que es más importante,  para su propio enriquecimiento personal. Pues el exilio de tantos miles de españoles, que encontraron en la Argentina, como el mismo Rafael Alberti o el granadino  Francisco Ayala, una penúltima y decisiva patria, ha cambiado de alguna manera la vida de esta profesora, referente ahora mismo del hispanismo mundial en este campo.

Quizá porque ella misma es nieta de emigrantes italianos  llegados a Buenos Aires cuando el  puerto  de la Boca era un auténtico hervidero de almas  que  alentaban la esperanza de encontrar un presente y, sobre todo, un futuro mejor para sus hijos.

Se diría también que hoy, aquí en esta Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, estamos saldando, al menos la profesora Emiliozzi y yo mismo,  una deuda con tantos escritores, editores y profesores  españoles de la generación de Ayala, pero también de Alberti, de Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, María Zambrano, María Teresa León, Manuel Altolaguirre…y un largo etcétera, exiliados todos ellos en las distintas repúblicas hispanoamericanas. Y digo saldando una deuda porque ellos fueron los que, con su obra escrita,  naturalmente en este maravilloso idioma español que hoy hablamos,  ellos  fueron  –insisto-  los que dejaron la semilla para que tantos españoles de aquí y de allá hayamos podido dedicarnos a lo que ha sido y continúa siendo una de las pasiones más nobles  de nuestra vida académica: el estudio de la literatura española  contemporánea. Y no por evidente menos verdadero, es justo reconocerlo, aprovechando la visita y el ingreso de la profesora Emiliozzi en nuestra Real Academia Hispanoamericana, que esto se lo debemos a investigadores que, como ella, han ido desempolvando y sacando a la luz testimonios, documentos, epistolarios, páginas a veces olvidadas de nuestro rico patrimonio literario, que solo el amor y la infinita paciencia de la profesora han podido rescatar de los peligros de la indiferencia o, lo que es todavía peor, del olvido.

La profesora Emiliozzi lo ha evocado en alguna de sus páginas biográficas:     su afición al estudio de la poesía española comenzó un día en el que, en la soledad de la gran pampa de Buenos Aires, cayó en sus manos el poema de Vicente Aleixandre, “El último amor”. Paradójicamente aquel último amor del poeta de Velintonia se convirtió en el primer poema de Aleixandre para la profesora argentina.

Después de ese primer encuentro –para decirlo con palabra de nuestro premio Nobel- vendrían muchos hasta llegar al decisivo día en que por fin entra  en la casa de la calle de Velintonia y escucha de labios del maestro este hospitalario reproche:

“Irma, ¿por qué tantos años tan lejos y a la vez tan cerca?”

Porque don Vicente, “faro”  de la poesía de posguerra en España, era así de acogedor con todos los jóvenes poetas e investigadores que se acercaban a su domicilio madrileño a visitarlo.
La profesora sabe mucho de la amistad  que fue regalando Aleixandre a sus amigos poetas desde su primer y decisivo encuentro en Las Navas del Marqués con Dámaso Alonso. Y lo sabe porque durante años se ha dedicado a los epistolarios aleixandrinos, primero  a la correspondencia con sus compañeros de generación del 27 y luego con los de las cohortes  sucesivas: José Antonio Muñoz Rojas, Jaime Siles, Francisco Brines etc.
Pero la profesora Emiliozzi ha sido también la modélica editora de casi todos los poetas de la generación del 27 (Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Gerardo Diego…) Por una eventual coincidencia  cronológica he tenido que trabajar durante estos mismos días sobre el libro de Vicente Aleixandre Historia del corazón, hito decisivo en la trayectoria del poeta sevillano. Y naturalmente he debido recurrir a la mejor edición filológica de esta capital obra de  la poesía española contemporánea: la de Irma Emiliozzi.

Sería por mi parte un error enumerar todas las ediciones y monografías que ha escrito o los proyectos que ha dirigido la profesora Emiliozzi en  su carrera filológica y sus muchos méritos docentes y académicos. En su curriculum queda. Ella no pertenece a ese espécimen, por desgracia demasiado habitual,  de hispanista que llega  a nuestro país, se encierra en la Biblioteca Nacional o en cualquier otro archivo, fotocopia los documentos,  se marcha de vuelta a  casa y los publica para su mayor gloria. No, ella ha tenido la suerte y el acierto de conocer y de interesarse en persona por  muchos de los autores o sus descendientes que luego ha ido  estudiando y editando. Por eso la frase de Aleixandre:
“Irma, ¿por qué tantos años tan lejos y a la vez tan cerca?”

Se podrían añadir muchos nombres propios al de  Vicente Aleixandre: Rafael Alberti y María Teresa León, Francisco Ayala,  Carolyn Richmond, Aitana Alberti, Jaime Salinas,  Gerardo Diego,  José Antonio Muñoz Rojas,  Francisco Brines,  José Manuel Caballero Bonald, Jaime Siles…

Otro  testigo vivo de  su cercanía a los poetas o herederos de los que luego han ido engrosando la nómina de sus amistades, tanto o más como la de su  extenso curriculum académico, es la  hija de Gerardo Diego, Elena Diego. Durante años todos los investigadores que nos dedicamos al estudio de los poetas de la generación del 27 hemos sido testigos  de la generosidad y amabilidad de la hija del poeta, como antes la de Aitana Alberti, la de Jaime Salinas o Claudio Guillén. Con la profesora Emiliozzi he compartido momentos inolvidables,  como aquellas jornadas en Santander en donde se celebraba la inauguración oficial de la Fundación Gerardo Diego, pero que al mismo tiempo fue la ocasión, generosamente brindada por la acogida de sus herederos para recordar –“vivir es ver volver”-  aquella espléndida e irrepetible generación: Allí estaban Claudio Guillén, Jaime Salinas, Elena Diego…rememorando poesía y amistad, como en aquella inolvidable foto del Ateneo sevillano de 1927. “Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace…”   
La amistad, su amor por la literatura de los exiliados españoles en Buenos Aires han protagonizado uno de sus últimos trabajos: Los artículos que Francisco Ayala fue entregando al prestigioso Suplemento literario del periódico La Nación de Buenos Aires durante más de 40 años. 

Por todo esto y por mucho más que podría contarles, creo que el  feliz acontecimiento del ingreso  de Irma Emiliozzi como académica correspondiente de la Real Hispanoamericana de Cádiz, no es fruto del azar o de una superficial o más o menos improvisada invitación aprovechando su visita una vez más a nuestro país.

    

Este año celebramos en Cádiz el bicentenario de la Constitución de 1812. La profesora Emiliozzi, argentina de nacimiento, añade a esta centenaria Institución, como aquellos diputados doceañistas hispanoamericanos llegados del otro lado del Atlántico,  un nuevo acento, un tono diferente del decir en este rico idioma español que es nuestro mayor orgullo y el patrimonio que sigue uniéndonos a ciudadanos de ambas orillas. Por decirlo de alguna manera, la recepción hoy como académica de la profesora Emiliozzi es como un viaje de ida y vuelta. Pues, como en tantas Repúblicas Hispanoamericanas, el modelo constitucional gaditano también fue un ejemplo para la naciente carta magna de la nación argentina que se plasmó en la Constitución de las Provincias del Río de la Plata. La memoria del Presidente Rivadavia, fallecido en su exilio gaditano en 1845-otro  exiliado más-, es un homenaje vivo de Cádiz a la Argentina y viceversa.  Y si tantos  escritores exiliados españoles, como el granadino Francisco Ayala, al que dedicará su discurso de ingreso esta noche, colaboró de manera decisiva   durante 50 años en las páginas  de La Nación de Buenos Aires,  hoy la profesora y catedrática,  a buen seguro nos dejará,  con su discurso de ingreso, el legado  de esta unión simbólica entre  Cádiz y Buenos Aires, Bienvenida pues, profesora.

Muchas gracias.  

 

 


ISSN: 2174-0445



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