Entidad editora: Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras (RAHA).
 
Página principal
Equipo Editorial
Números editados
Número actual
Normas de publicación
Contacto
RAHA
Cuadernos Hispanoamericanos
Otras revistas
 
BUSCAR
Por número
Por autor
Por título
Entre Barcelona, Cádiz y América, Claudio López Bru, Segundo Marqués de Comillas
 

Conferencia impartida en la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras el 25 de marzo de 2010 por el Dr. Martín Rodrigo y Alharilla

Antonio López y López nació en Comillas (Cantabria) el 12 de abril de 1817, en el seno de una familia con escasos recursos económicos. Su padre murió antes de que Antonio cumpliese seis años y su madre, María López, quedó viuda con tres pequeños: Genara, el propio Antonio y su hermano Claudio. Según el jesuita Giorgio Papasogli, uno los biógrafos de Claudio López Bru, María López se veía obligada a pedir caridad de una de las familias ricas de Comillas, los Fernández de Castro, quienes la proveían de ropas ya usadas para que pudiera vestir a sus niños.

Siendo todavía un niño, Antonio López marchó a Lebrija, donde se empleó en el negocio de una prima de su madre. El pequeño López representa, por lo tanto, un buen ejemplo del jándalo, es decir, del emigrante de tierras cántabras instalado en la Baja Andalucía, región que se había convertido en el principal destino para los migrantes de Comillas. De los 64 habitantes de aquella villa que figuraban como “ausentes” en el padrón de 1841, un total de 47 residían, precisamente, en Andalucía (mientras que cinco vivían en Manila, cuatro en La Habana y ocho en otros puntos de América). Para Antonio López, sin embargo, su estancia en Lebrija no pasó de ser una experiencia efímera. Y es que unos años después el joven comillano marchó a Cuba con la intención de hacer las Américas.

En un manuscrito inédito, obra de Carmen Fernández de Castro sobre la historia de su familia, recogido por María del Carmen Cózar en su documentado trabajo sobre la firma naviera y comercial Ignacio Fernández de Castro y Cía., se afirma que el joven Antonio López se vio implicado en una reyerta callejera acaecida en su villa natal: “Perseguido por la justicia, acudió el muchacho a D. Ignacio, que lo conocía desde niño por ser su madre lavandera de la casa, y muy apreciada por los señores, confiándole sinceramente el peligro en que se veía. D. Ignacio que sabía muy bien que era bueno el mozo mandó enganchar en el acto su coche y montando en él con Antonio, salió a toda prisa camino de Santander, donde una de sus fragatas estaba a punto de zarpar para Cuba. Presentó el mozo al Capitán, encargándole con gran empeño que lo tuviese bien escondido hasta salir de las aguas jurisdiccionales y que lo llevase a América”.

De esa peculiar forma, el joven Antonio López abandonó la península y acabó desembarcando en Cuba dispuesto a labrarse su propio presente y a ganarse un futuro mejor. Una vez en la Isla, López acabó asentándose en la ciudad de Santiago, capital de su departamento oriental, donde abrió un baratillo o tienda de toda clase de géneros de inferior calidad. Lo hizo en los bajos de un edificio propiedad de un comerciante catalán llamado Andrés Bru Puñet, a quien alquiló el local en marzo de 1844. Al principio, Antonio López encontró en el asturiano Domingo Antonio Valdés la persona capaz de financiar la compra del género para hacer funcionar el negocio. Así, en 1847 acabó creando la sociedad regular colectiva Valdés y López, de la que ambos eran sus únicos socios. En mayo de 1848, sin embargo, Antonio López dejó por un tiempo Cuba para regresar a España. Tenía una idea en la cabeza: casarse con la hija de su casero, con Luisa Bru Lassús. Enriquecida en Santiago, la familia Bru había regresado poco antes a Cataluña, instalándose en su capital, Barcelona. López tuvo que ir, por lo tanto, a dicha ciudad si quería convertir su principal deseo en realidad. Y bien que lo hizo: la boda tuvo lugar en la capital catalana, en noviembre de 1849. Un enlace que, al novio, le sirvió para colmar algunas necesidades.

López recibió entonces, por un lado, la dote de su mujer; una dote que pudo invertir en sus iniciativas empresariales cubanas. Su suegro, además, quiso comprometer una parte de sus capitales financiando, como socio comanditario, las empresas de López en la Isla, confiándole además, a sus dos jóvenes hijos, a quienes el de Comillas empleó en sus negocios cubanos. Al poco de casarse Antonio López regresó, junto a su mujer, a Santiago de Cuba, donde pudo desarrollar una ingente actividad empresarial, a partir, sobre todo, de la sociedad Antonio López y Hermano. Con la colaboración de su hermano Claudio y de otros socios, como Patricio Satrústegui, López impulsó nuevas iniciativas desde Santiago de Cuba, abriendo una nueva tienda de ropas en aquella ciudad, comprando hasta cuatro ingenios (o plantaciones de caña) diferentes, llamados San José de las Yaguas, Armonía, Santa Ana y San José de Naranjo, así como otros tantos cafetales, nombrados Dulce Unión, Soledad, Carmen y Pilón. López adquirió, además, el que fuera el primer vapor de hélice de la marina mercante española, el vapor General Armero y mantuvo, por encima de todo, una gran actividad intermediaria en la venta de esclavos. De hecho, años después su cuñado y empleado, Francisco Bru, acusaría en un conocido libro a Antonio López de haber sido un traficante negrero pero … ¿Eran ciertas las acusaciones de Bru?

Si por negrero entendemos aquel que organizaba expediciones a las costas de África, que cargaba sus barcos con esclavos y que los llevaba a América, donde eran vendidos, no podemos decir que López fuese negrero. Pero si por negrero entendemos a la persona encargada de colocar precisamente en el mercado cubano centenares de africanos esclavizados mediante la trata atlántica, entonces no cabe duda de que Antonio López fue un connotado negrero. Y da cuenta de este hecho no sólo la denuncia escrita por su cuñado sino la propia documentación notarial de aquellos años conservada en Santiago de Cuba.

Sea como fuere, a la altura de 1855, sumando treinta y ocho años de edad, López había acumulado una fortuna suficiente con la que quiso regresar a España. Su mujer y sus tres primeros hijos, nacidos los tres en Cuba, habían regresado poco antes, a finales de 1852, tras una epidemia de cólera en la región oriental de la Isla. Tres años después, en 1855, les siguió Antonio López. Un López que había nacido en Comillas, que había pasado una parte de su infancia en Lebrija así como una parte de su juventud y de su primera madurez en Cuba, y que optaba entonces por residir en Barcelona, junto a la familia de su mujer. Desde la capital catalana y con sus capitales cubanos, López acabó de dar forma a un gran proyecto empresarial: la constitución de una gran empresa naviera dedicada a la explotación de buques de vapor. Apoyado por tres de sus socios cubanos (su hermano Claudio, Patricio Satrústegui y Joaquín Eizaguirre), pudo crear entonces, en 1856, la sociedad Antonio López y Compañía, dedicada en primera instancia a la explotación de varios buques de vapor que cubrían la ruta del mediterráneo, entre Marsella y Cádiz, con escalas intermedias. Una firma naviera cuya base se situó entonces en Alicante.

La oportunidad de participar, junto al gobierno, en el transporte de soldados y pertrechos para la Guerra de África (1859-1860) le abrió a la naviera López las puertas del contrato oficial de conducción del correo para las Antillas españolas. Así, a partir de 1861, el puerto de Cádiz sustituyó al de Alicante como el principal puerto para la logística de la firma naviera. Y la ruta de las Antillas pasó a ser la fuente principal de su actividad y de su negocio. No contento, sin embargo, con dirigir una única empresa, Antonio López participó, en 1863, en la creación de un nuevo banco, el Crédito Mercantil, una entidad financiera domiciliada en la capital catalana que se preocupó por impulsar diferentes negocios como fueron la urbanización del ensanche de Barcelona, en primer lugar, y la promoción ferroviaria, en segundo término. Así, López participó directamente en la creación de la compañía ferroviaria de Zaragoza a Pamplona y Barcelona. Y más adelante, en 1878, en el proceso que permitió su absorción por la poderosa Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, de la que López acabó como vicepresidente. Un año aquel, por cierto, en el que López fue ennoblecido con el título de marqués de Comillas.

El principal proyecto empresarial impulsado por Antonio López no fue, sin embargo, ninguno de los que he apuntado hasta el momento sino que fue la creación de un gran banco, domiciliado asimismo en la capital catalana, el Banco Hispano Colonial. Una entidad financiera que nació en 1876 para captar fondos que ayudasen al gobierno español en su guerra contra los independentistas cubanos y que, a partir de 1880, se transformó en un verdadero banco de negocios. Un banco sobre cuya solidez financiera su presidente, Antonio López, impulsó un verdadero holding empresarial, merced a su alianza con el madrileño Banco de Castilla (en 1880); merced a la creación del Crédito General de Ferrocarriles (en 1881), en alianza con sendos grupos de empresarios vascos y madrileños; merced a la transformación de la naviera Antonio López y Compañía en una sociedad anónima, a la que denominó Compañía Trasatlántica (en 1881); merced a la creación de la Compañía General de Tabacos de Filipinas (en 1881), en alianza con capitales franceses; etcétera, etcétera.

Claudio López Bru nació y creció mientras su padre impulsaba y desarrollaba todos esos negocios. Claudio fue, de hecho, el menor de cuatro hermanos; el menor de los cuatro hijos nacidos en el matrimonio entre Antonio López y López y Luisa Bru Lassús. Sus tres hermanos mayores (Isabel, Antonio y María Luisa) habían nacido, como su propia madre, en Santiago de Cuba mientras que él vio la luz por primera vez en Barcelona, adonde había llegado su madre, encinta, poco antes, huyendo el cólera en el oriente cubano. Claudio López Bru nació en la capital catalana el 18 de mayo de 1853. Sabemos que se crió en un ambiente rígido y austero. Que contó, como su hermano mayor, con profesores particulares hasta que alcanzó los trece años, en 1866, examinándose hasta entonces por libre. Sabemos también que entre 1866 y 1869 asistió a un prestigioso centro de enseñanza de la ciudad, el colegio Galaboti, cuyas enseñanzas le permitieron obtener, el 24 de mayo de 1869, el titulo de Bachiller en Artes y Letras. Conocemos asimismo que una vez completada la enseñanza secundaria, Claudio se matriculó en la facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, donde empezó a estudiar en otoño de 1869, en pleno sexenio democrático. Precisamente la radicalización política que se registró en Barcelona en tiempos del sexenio animó a la familia López a autoexiliarse, en 1873, marchando a Tolouse (Francia). Eso coincidió con el último año de la carrera del joven Claudio López el cual, no obstante, pudo concluir sus estudios en derecho al presentar una tesina cuya temática revela su preocupación por la iglesia católica. Una tesina que llevaba por título Defectos que en sus orígenes y desarrollo presenta la iglesia oriental.

Dos años antes, en 1871, Claudio se trasladó junto a su familia al Palacio Moja, un lujoso e imponente edificio construido a finales del siglo XVIII, en la parte alta de las Ramblas. Un palacio en el que su hermana mayor, Isabel, contrajo pronto matrimonio con Eusebi Güell Bacigalupi, el hijo primogénito de un connotado industrial de la ciudad, Joan Güell Ferrer, enriquecido también en Cuba. Mientras tanto, al acabar la Universidad, Claudio López Bru y su hermano Antonio, acompañados por otros jóvenes de su edad, recorrieron buena parte de Europa, visitando Italia, Francia, Suiza, Austria, Alemania, Holanda, Bélgica y Gran Bretaña, un grand tour en el que combinaron su interés por el arte con su preocupación por las instalaciones industriales más modernas. Al visitar Gran Bretaña, por ejemplo, acudieron a unos astilleros donde se estaban construyendo diferentes vapores para la naviera López, por encargo de su padre.

Al acabar su prolongada visita europea, ambos hermanos pasaron a trabajar precisamente para la firma naviera familiar. A Claudio López Bru le tocó, precisamente, trasladarse a Cádiz para hacerse cargo del despacho de los vapores-correo oficiales hacia Cuba y Puerto Rico mientras que su hermano Antonio, en tanto que primogénito, se quedó en Barcelona para ejercer como ayudante de su padre en la gerencia de la empresa. Y es que el patriarca familiar había decidido que fuese precisamente el mayor de los dos, al que veía más capacitado para los negocios, quién le sustituyese en un futuro. Unas fiebres, no obstante, hicieron imposible el deseo de su padre. Y el joven Antonio López Bru acabó falleciendo en Comillas, en octubre de 1876, precisamente mientras su padre estaba dando cuerpo al Banco Hispano Colonial. Aquel hecho tuvo, de entrada, dos consecuencias inmediatas para la familia. En primer lugar, los López se hicieron con los servicios de un capellán particular, un joven sacerdote llamado Jacint Verdaguer, el cual, con el tiempo, se convertiría en un reputado poeta. Y, en segundo lugar, a Claudio López Bru le tocó sustituir a su hermano en Barcelona. A partir de entonces, el joven Claudio López Bru estuvo destinado a sustituir a su padre como hombre de negocios. Así, en mayo de 1878, es decir, al alcanzar la mayoría de edad civil, se incorporó como socio de la firma Antonio López y Compañía. Dos años después, en 1880, participó en la creación de una compañía aseguradora, llamada La Previsión mientras que un año más tarde, en 1881, se incorporó a los consejos de administración de las recién creadas Compañía Trasatlántica y Compañía General de Tabacos de Filipinas. En ese mismo año, es decir, en 1881, Claudio López Bru se casó con una bella joven de 17 años, María Gayon Barrie, hija de un primo segundo y socio de su padre, y criada en Cádiz.

Y fue también en aquel año, 1881, cuando el rey, Alfonso XII, acompañado de la familia real y con todo su séquito, optó por pasar sus vacaciones en el pueblo de Comillas, alojado precisamente por Antonio López, por su hermano Claudio y por otros socios y familiares del primer marqués de Comillas, como Eusebio Güell, Patricio Satrústegui y, como no, el propio Claudio López Bru, encargado de atender y de recibir al monarca. El rey acabó tan contento de su visita que otorgó, inmediatamente, la Grandeza de España a su huesped, Antonio López. Y optó, además, por repetir la experiencia un año más tarde, en 1882. No hubo tiempo, sin embargo, para repetir una tercera vez. Y es que el dinámico empresario Antonio López, primer marqués de Comillas, desde 1878, y Grande de España, desde 1881, falleció inesperadamente en su palacio de Barcelona, el 16 de enero de 1883, horas después de haber presidido la primera junta de accionistas de Tabacos de Filipinas. López dejó una inmensa fortuna: como capital en su casa de comercio, por ejemplo, dejaba más de catorce millones de pesetas. Y dejó, además, un inmenso patrimonio inmobiliario (valorado en otros cuatro millones de pesetas más), con numerosas fincas urbanas (Barcelona, Madrid, Santander, Comillas, Cádiz, Jerez, Lebrija, …) y, sobre todo, rústicas: 22.000 hectáreas de terreno repartidas entre Navalmoral de la Mata, Toledo y Santa Perpètua de Mogoda.

Su único hijo varón, Claudio López Bru, que sumaba entonces 29 años, le sucedió inmediatamente en casi todos sus cargos. No sólo en sus títulos nobiliarios sino también en diferentes empresas. Claudio asumió entonces la presidencia del Banco Hispano Colonial, del Crédito Mercantil, de la Compañía Trasatlántica y de la Compañía General de Tabacos de Filipinas así como la vicepresidencia de Caminos de Hierro del Norte de España. Pero Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas, merece ser recordado no sólo en tanto que continuador del legado empresarial promovido por su padre sino también por su propia labor emprendedora.

Meses después de la muerte de su padre, en 1883, el segundo marqués de Comillas cerró la compra de unas minas en Asturias, en las cercanías de Mieres. Unas minas que puso en explotación en 1885 y que gestionó a título particular, durante varios años. En 1889 Claudio organizó una sociedad civil (no mercantil), o de cuentas en participación, dando entrada a un conjunto de socios en su firma minera. Fue aquel un primer paso para la transformación de dicha empresa en una sociedad de responsabilidad colectiva, proceso que culminó en 1892 con la creación de la Sociedad Hullera Española.

Fue también Claudio López Bru el que quiso convertirse en principal accionista de la principal firma ferroviaria española, Norte. Y el que, como tal, promovió la absorción por dicha compañía de otras dos destacadas empresas ferroviarias, el Ferrocarril de Asturias, Galicia y León (entre 1883 y 1885) y el Ferrocarril de Almansa a Valencia y Tarragona (en 1888 y 1889). El propio Claudio impulsó la fusión entre dos firmas aseguradoras, La Previsión y el Banco Vitalicio de Cataluña para crear, en 1897, el Banco Vitalicio de España, de la que él fue su primer presidente. Por no hablar de diferentes empresas que nacieron bajo su decidido impulso como la Refinería Colonial de Badalona (en 1889), dedicada al ramo del azúcar; Olalde y Cía. (en 1890), dedicada al abastecimiento de carbón; la Compañía Peninsular de Teléfonos y la Compañía Madrileña de Teléfonos (en 1894 y 1895, respectivamente); la Sociedad Forestal Española (en 1898); Pedro Pladellorens y Cia (en 1902), dedicada a los negocios de importación y de exportación desde Barcelona; y la palentina Sociedad Carbonera Española (en 1909). Mención especial merece el Arsenal Civil de Barcelona, nacido en 1891 para fomentar todo tipo de construcciones mecánicas en la capital catalana y la Banca López Bru, nacida en 1925 para continuar su actividad como banquero privado.

Una conferencia como ésta no estaría completa si no dedicásemos una cierta atención a las relaciones de Claudio López Bru con Cádiz. Ya hemos visto que Cádiz era, para la naviera López, un puerto importante desde 1861. También hemos visto que su bautismo empresarial obligó al propio Claudio López Bru a trabajar en Cádiz, en 1875; que su propia esposa, María Gayon, había vivido parte de su infancia en Cádiz y que su propio padre contaba en Cádiz con algunas propiedades inmuebles. Para Claudio López Bru Cádiz era, por lo tanto, una ciudad absolutamente cercana, familiar. Al asumir la dirección del grupo empresarial promovido por su padre, Claudio López Bru otorgó todavía una importancia mayor al puerto y a la ciudad de Cádiz así como, en general, a su bahía. Lo hizo, por ejemplo, cuando venció definitivamente al marqués de Campo en el pulso que ambos mantenían por el control de las contratas públicas ultramarinas. Así, a partir de 1884, los vapores de la Compañía Trasatlántica zarparían desde Cádiz no sólo hacia La Habana o San Juan de Puerto Rico sino también hasta Manila, pasando por Barcelona. Es más, Claudio López Bru consiguió un nuevo contrato con el Estado, vigente a partir de 1887, merced al cual las líneas subvencionadas se ampliaban con la incorporación de nuevos destinos: Nueva York, Veracruz, Buenos Aires, la Guinea Española así como diferentes puertos marroquíes se sumaban a los destinos tradicionales de la Trasatlántica. Aumentó, así, el trasiego de vapores que entraban y salían del puerto de Cádiz. De esa manera, el puerto de Cádiz se consolidó como el principal nudo logístico para la principal naviera española. Y así se mantuvo, más allá incluso de la vida del propio Claudio López Bru, hasta 1932, cuando el gobierno de la II República dio por acabada una relación privilegiada que arrancaba de mucho tiempo atrás.

Es más, Claudio López Bru impulsó un proyecto ideado por su padre y que sólo su muerte había dejado en suspenso. En efecto, el primer marqués de Comillas solicitó y consiguió, en 1877, los permisos pertinentes para contar con un dique en la bahía de Cádiz, concretamente en Matagorda. En su construcción invirtió la naviera López, en menos de un año, un total de seis millones de pesetas. No contento, Antonio López empezó, a partir de 1879, la construcción de una verdadera factoría naval, destinada tanto a la reparación de buques como, en un futuro, a la construcción de barcos. La muerte del primer marqués de Comillas supuso una paralización momentánea de las obras. Las obras se retomaron, no obstante, en 1888, bajo el impulso del segundo marqués; en un proceso que tuvo mucho que ver el interés de la Compañía Trasatlántica por dotarse de una factoría hermana en Barcelona, el Arsenal Civil. Sea como fuere, a la altura de 1891 la Compañía Trasatlántica contaba con un complejo propio de construcción naval en Matagorda (Cádiz), que puso a prueba con la construcción de un buque de vapor, llamado Joaquín del Piélago.

Cabe señalar, sin embargo, que los esfuerzos inversores y de todo tipo llevados a cabo por los López y su grupo en sus astilleros gaditanos fueron del todo meno rentables. O, en otras palabras, que si aquella inversión merece algún calificativo sería el de ruinosa. Finalmente, las preocupaciones de sus propietarios y administradores, lejos de la búsqueda de ganancias, fue la de asegurar carga de trabajo para el astillero, aceptando incluso pérdidas corrientes de explotación. Por eso, con el nuevo siglo XX uno de los esfuerzos del segundo marqués de Comillas se centró en buscar un marco arancelario proteccionista para la construcción naval en España. Lo hizo a partir de una entidad impulsada, entre otros, por el mismo, la poderosa Liga Marítima Española. Uno de los frutos de tal entidad fue, precisamente, la Sociedad Española de Construcción Naval, un gran grupo empresarial hispano-británico al que los Comillas traspasaron sus ruinosos astilleros, en cuanto tuvieron la oportunidad.

Cádiz adquirió también importancia en la medida en que se convirtió para el grupo empresarial Comillas en su puente hacia África. Fue, precisamente, desde Cádiz desde donde se realizaba el seguimiento de la apuesta africanista de Claudio López Bru. Y, en primer lugar, de su apuesta por Tánger, ciudad en la que contaban con una firma delegada (la de Vidal y Cía., después Juan G. Wemberg y Cía.), y en la que la Compañía Trasatlántica había construido una fábrica de electricidad. No en vano Tánger contaba con una potente Cámara Española de Comercio, financiada básicamente por Claudio López Bru y sus empresas. Más allá de Tánger, desde Cádiz se verificó también el seguimiento de otra de las líneas de actuación de la Compañía Trasatlántica, la que operaba en el lejano escenario guineano. Y es que, además de su actividad naviera, la empresa presidida por Claudio López Bru actuó en la isla de Bioko como un verdadero agente colonizador, fomentando por ejemplo haciendas agrarias. Y también en Río Muni, en la región continental de la colonia, adonde financiaron expediciones de reconocimiento y en donde ubicaron diferentes factorías comerciales.

También desde Cádiz se realizó el seguimiento del interés por Melilla y  por las Chafarinas, cuyos puertos fueron construidos por el grupo Comillas. Una opción lógica si se tiene en cuente el ulterior interés acreditado por Claudio López Bru por las riquezas férricas del norte de Marruecos, expresado en la creación de la Sociedad Española de Minas del Rif, participada por diferentes empresarios vinculados a la red Comillas. Tanto la factoría naval de Matagorda como los proyectos en Tánger, en Marruecos, en Melilla o en la Guinea española otorgaron una importancia mayor a la delegación de la Trasatlántica en Cádiz, una ciudad que mantuvo con el segundo marqués de Comillas la importancia que acreditara en tiempos del primer marqués.

No me gustaría acabar este breve repaso de la trayectoria vital de Claudio López Bru sin hacer mención, siquiera de forma telegráfica, a su dimensión no estrictamente empresarial; a su dimensión filantrópica y benefactora. Una dimensión que alcanzó tal importancia que la iglesia católica está estudiando, desde hace más de medio siglo, si el segundo marqués de Comillas merece ser canonizado. Y es que Claudio López Bru acreditó una intensa actividad pública como prohombre defensor de la fe y de la religión católicas, en diferentes planos y niveles. Fue, por ejemplo, el promotor, en 1893, de la Asociación de Padres de Familia contra la Inmoralidad; el organizador, en 1894, de una peregrinación a Roma de miles de obreros españoles; el tesorero, desde 1895, de la Asociación General para el Estudio y Defensa de la  Clase Obrera; ejerció, a partir de 1900, como Presidente de la Junta Central de los Congresos Católicos de España (los cuales se transformaron, en 1903, en la conocida Acción Católica); se incorporó en ese último año, 1903, como miembro del Consejo de Administración del Banco Popular de León XIII, etcétera, etcétera. Son sólo unas muestras que me permiten poner de relieve esa otra dimensión de su actividad pública.

Por una u otra razón, lo cierto es que la trayectoria de Claudio López Bru mereció el interés de sus contemporáneos. Al menos, de aquellos que veían en él un ejemplo a seguir. No es casual, por lo tanto, que diferentes sectores del patriciado de lugares distintos hubiesen decidido perpetuar su memoria, antes y después de su muerte. No en vano Claudio López Bru cuenta en Asturias, donde impulsara un negocio minero, con una estatua dedicada a recordarle generación tras generación. Como también la cuenta en Cádiz, mirando hacia la hermosa bahía que también hoy nos contempla y nos acompaña en esta conferencia, en la que he querido resumir la trayectoria vital de los dos primeros marqueses de Comillas y, de forma especial, sus relaciones con Cádiz.

Muchas gracias.


ISSN: 2174-0445



Oscar Sibon Design