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NUESTRA HERENCIA LIBERAL COMPARTIDA
 

Dr. Edgardo Javier Angara
Discurso de ingreso como Académico Correspondiente en Manila

Disponible traducción al inglés, ver aquí.

Es un enorme honor ser admitido en la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias, Artes y Letras en calidad de Académico Correspondiente.  He esperado este momento desde que tuve conocimiento el año pasado de mi nominación, y me siento realmente feliz de comparecer finalmente en esta prestigiosa institución y ante un grupo tan estimado de académicos e intelectuales.

Filipinas y España comparten  333 años de historia, muchas generaciones de lazos de parentesco, de vínculos culturales en la onomástica, el idioma, la comida, las creencias y las prácticas. Nuestros dos pueblos han compartido vidas y han derramado sangre en idénticas causas.

Pero, ¿cuánto de nuestra civilización compartida sobrevivió a la disolución del otrora todopoderoso imperio y al surgimiento de nuevas hegemonías políticas en la era postcolonial?¿Recordamos cuán profundos son nuestros lazos?  y, lo que es más importante, ¿qué recordamos de ellos?

De este modo dio comienzo esta inquietud personal de un ávido estudiante de historia. Mi creencia fundamental es que, pese al efecto de décadas de desconexión, nuestros vínculos son demasiado profundos como para caer por completo en el olvido. Y el rumbo que trazamos para nosotros mismos como naciones no debe solamente reconocer ese nuestro pasado, sino también hacer el mejor uso posible de su potencial con el fin de avanzar en el interés común de ambas hoy y mañana.

Desafortunadamente, la herencia que compartimos se ha perdido por completo en las memorias colectivas de nuestros respectivos pueblos. Revivir el interés público genuino en dicha herencia es el primer paso hacia el redescubrimiento de nuestra identidad compartida y hacia la consolidación de una gran amistad histórica.

Cádiz, y el papel que desempeñó en nuestra historia compartida, es un buen punto de partida para este viaje. La influencia de Cádiz –y de su constitución epónima- en Filipinas ha sido subestimado, si acaso fueron alguna vez ni tan siquiera discutidos.

El Bicentenario de la Constitución de Cádiz de 1812 de este año es una ocasión propicia para reflejar su impacto histórico en nuestras dos naciones.

Breve historia de Filipinas a través de sus diez constituciones

Filipinas ha tenido diez constituciones, cuyas historias reflejan la lucha de nuestro país por la libertad y el autogobierno.

La Constituciong Halal sa Biak-na-Bato (Constitución de Biak-na-Bato) fue firmada el 1 de noviembre de 1897. Sirvió como marco provisional a la declaración de la República de Biak-na-Bato Republic, proclamada por el líder revolucionario filipino Emilio Aguinaldo. Redactada en español, estaba inspirada en la Constitución separatista cubana de Jimaguayú, fechada en 1895. Los cubanos se habían sublevado contra España un año antes que los filipinos.

Mientras España y los EEUU se encontraban enzarzados en su guerra, Aguinaldo declaró la independencia de Filipinas el 12 de junio de 1898 en Cavite, fecha de la independencia que continuamos conmemorando hoy en día. Aguinaldo convocó entonces un congreso, del que resultó la Constitución Política de Malolos, promulgada el 21 de enero de 1899.

Este Congreso de Malolos convirtió a Filipinas  en la primera república constitucional de Asia. Dicha constitución estaba inspirada en la constituciones españolas e hispanoamericanas, y configuraba nuestra forma básica de gobierno –con tres poderes independientes y una estricta separación de Iglesia y Estado– hasta la actualidad. 

Poco después, la República de Malolos sucumbía a los estadounidenses, que perseguían en la región de Asia-Pacífico su “destino manifiesto”. El primer acto orgánico para la colonia filipina aprobado por el Congreso de los Estados Unidos fue denominado simplemente “Ley Filipina de 1902”, y sirvió como estatuto colonial hasta la aprobación de la Ley Jones de 1916, que contenía una promesa de hipotética independencia.

Una transición de diez años hacia el autogobierno fue incorporada a la Constitución de 1935, de la época de la Commonwealth, que también mantenía la separación de poderes y de la Iglesia respecto del Estado.

Esta época de la  Commonwealth quedó abruptamente interrumpida por la guerra del Pacífico y la ocupación japonesa de filipinas entre 1942 y 1945. Los japoneses patrocinaron una “segunda república filipina”, que promulgó su propia constitución en 1943.

Dos años más tarde, a la conclusión de la guerra en el Pacífico, los japoneses fueron expulsados del país, y el gobierno de la Commonwealth, a su regreso del exilio, restauró la constitución de 1935, que permaneció vigente incluso tras la independencia en 1946. Una Convención Constitucional –en la que quien les habla tomó parte como uno de sus más jóvenes delegados- concluyó con la redacción de unos nuevos estatutos en 1971, si bien aquellos no fueron ratificados hasta el 17 de enero de1973. Por aquel entonces, Filipinas se encontraba bajo la ley marcial, al comienzo de un gobierno autoritario que duraría trece años.

Una incruenta revolución popular derrocó el gobierno dictatorial en febrero de 1986 y allanó el camino para la promulgación de la interina “Constitución de la Libertad” del 25 de maro de 1986. Casi un año después, el 11 de febrero, fue ratificada la Constitución de 1987, que continúa vigente hasta la actualidad.  

La constitución de Cádiz de 1812

Convencionalmente, nosotros los filipinos consideramos que nuestra historia política viene definida por esas diez constituciones. Pero la primera constitución vigente en Filipinas –por aquel entonces una colonia de España- fue, por supuesto, la carta magna redactada y ratificada aquí, en Cádiz, en 1812. Desgraciadamente , nuestro recuerdo de aquella constitución ha sido borrado concienzudamente por el paso del tiempo y por la fragilidad de la memoria. Aunque fue la primera, también es la última en ser recordada. Se trata de un hecho lamentable, especialmente desde el punto de vista de quienes estudian los movimientos libertarios en los países coloniales durante la época del imperialismo.

La Constitución de Cádiz: la constitución filipina perdida

Como sabemos, España gobernó Filipinas de 1565 a 1898 empleando una forma de gobierno similar a la aplicada en sus colonias de América Latina.  El gobierno colonial estaba fuertemente centralizado y era absolutista. Típicamente, consistía en una burocracia nacional y unas unidades de gobierno locales que, en orden de importancia descendiente comprendían la alcaldía, el corregimiento y los pueblos o municipalidades.

El gobernador general era el oficial de más categoría y el representante colonial del monarca. Oficialmente, la Real Audiencia debía limitar sus poderes, pero en la mayoría de los casos era la alta jerarquía de la Iglesia Católica quien se constituía en su mayor opositor (Barrows, 1916):

“Los conflictos que surgieron entre gobernadores y arzobispos de Manila nunca fueron abordados resueltamente por la Corona Española, ni tampoco fueron las causas de enemistad debidamente sustanciadas. El resultado fue una incapacidad evidente de la autoridad que condujo la colonia a la ruina.”

Gobernar Filipinas implicaba grandes retos. La tiranía impuesta por la distancia era únicamente su dificultad más evidente. España y Filipinas se encontraban físicamente separadas por medio mundo, y el viaje entre ambas duraba un año aproximadamente –por barco de línea desde España hasta el puerto de Veracruz en el golfo de México, luego por tierra hasta Acapulco, y desde allí por barco nuevamente, atravesando el Pacífico, hasta Manila. Durante 250 años, España gobernó  de facto las Filipinas a través del virrey de México.

España y sus colonias fueron gobernadas por la monarquía absoluta hasta que los franceses, liderados por Napoleón Bonaparte, invadieron la Península Ibérica en 1808. Carlos IV y Fernando VII fueron obligados a abdicar del trono y fueron reemplazados por José, hermano de Napoleón Bonaparte; entonces, la resistencia popular, a través de sus milicias –las llamadas guerrillas- de la Junta Central,  se retiraron a la seguridad geográfica de Cádiz, en la costa suroeste de la Península.
Allí, los delegados llegados de cada rincón del imperio español redactaron una constitución destacable por su liberalismo, al mismo tiempo que el pueblo español luchaba por su propia libertad. Aprobada el 19 de marzo de 1812, fue la primera constitución escrita de España y, de forma efectiva, la primera constitución de Filipinas.

La “Pepa”, como fue conocida la carta magna de Cádiz, es un documento original por muchas razones. Aunque distaba mucho de ser democrático en un sentido contemporáneo del término, sin duda significaba una ruptura radical con el Antiguo Régimen. En su calidad de constitución liberal original, la Pepa establecía derechos constitucionales, un gobierno representativo y una monarquía responsable ante un parlamento electo.

La Constitución de Cádiz promovía el gobierno representativo incluso en las diferentes colonias españolas. Los virreinos de Nueva España (México), Nueva granada (Colombia), Perú y Río de la Plata (Argentina), así como las Capitanías generales de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Venezuela, Chile y Filipinas, quedaban autorizadas a elegir representantes a las Cortes Españolas (Rodríguez, 2008).

Aunque surgieron problemas acerca de la igualdad representativa, no puede negarse que la representación concedida a las colonias era insólita para cualquier régimen colonial, y constituye ciertamente la base del moderno gobierno representativo.

El representante electo de Filipinas a las Cortes fue Ventura de los Reyes, que contaba con 70 años de edad en aquel momento. Al producirse su llegada a Cádiz con retraso, fue representado inicialmente por sus delegados, D. Pedro Pérez de Tagle y por el Dr. D. José Manuel Couto. En cualquier caso, fue De los Reyes quien firmó la carta magna en representación de la colonia filipina.  

De los Reyes nació en un hogar pobre de la región de Ilocos, en Luzón. Se unió a una revuelta popular en 1762, pero posteriormente se convirtió en un acaudalado comerciante de verduras e índigo. De los Reyes, tomando parte en las deliberaciones de Cádiz, logró silenciosamente el objetivo que los nacionalistas filipinos persiguieron en vano más tarde: la representación filipina en las Cortes Españolas.

La Pepa fue promulgada en Manila el 18 de abril de 1813. Se celebró una sesión de las Cortes ese mismo año, y otra más comenzó en marzo de 1814, habiendo sido ya derrotadas para esa ocasión las fuerzas francesas, lo que permitió la restauración de Fernando VII en el trono. El monarca, que no había olvidado nada ni aprendido nada –como le gustaba recordar a Salvador de Madariaga- abolió las Cortes y derogó la Constitución de Cádiz en mayo de 1814. Haber participado en la preparación de los ideales políticos de la Pepa se convirtió entonces en sinónimo de traición.

El 1 de enero de 1820, los liberales españoles intentaron reflotar la Constitución de Cádiz. El proceso de elección de representantes y nombramiento de diputados en su conjunto comenzó en serio una vez más, aunque en esta ocasión Río de la Plata, Chile y partes de Nueva Granada y de Venezuela, por aquel entonces independientes ya de España, no tomaron parte en el mismo.  

En mayo de 1821, la Pepa estaba vigente en Filipinas de nuevo. Pero el renacimiento liberal iba a tener una vida breve.  En abril de 1823, Francia invadió de nuevo España en apoyo del poder absoluto de Fernando VII. El retorno del monarca absolutista extinguió el espíritu liberal de la Constitución de Cádiz por segunda vez.

Efecto de la Constitución de Cádiz

Quizás la Constitución de Cádiz tuvo una vida demasiado corta, y Filipinas estaba demasiado lejos como para que el efecto de los impulsos liberales de aquella se dejara sentir directamente en la lucha de mi país por su independencia. Su efecto en los movimientos revolucionarios de las colonias americanas fue más significativo. Las Juntas Regionales de Caracas, Río de la Plata, Chile, Nueva Granada y Nueva España, basaron sus primeras elecciones representativas en modelos creados por las Cortes de Cádiz (Mirow, 2010).

Los ideales incorporados a la Constitución de Cádiz -concretamente la abolición de las instituciones señoriales tales como la Inquisición, el tributo de Indias, el trabajo forzado  y el patronato real que concedía el control estatal sobre la iglesia en la colonia- fueron también ampliamente adoptados en las Américas: en Rio de la Plata y Chile, en el solemne Pacto Autónomo de Asociación de Quito y México de la Constitución de Apatzingán en 1814.

Incluso la primera constitución portuguesa de 1822 también hunde sus raíces en la Pepa. Simón Bolívar y otros héroes de liberación latinoamericanos estaban familiarizados con estas constituciones ibéricas, cuyos principios adaptaron para sentar las bases de las nuevas naciones de América Latina (Blaustein, 2004).

En esencia, la Constitución de Cádiz incorporaba también los ideales del Movimiento de Propaganda Filipino, liderado en España por nuestro héroe nacional, José Rizal, en la década de 1880. La demanda de los propagandistas de representación filipina en las Cortes, la secularización en las parroquias filipinas,  el reconocimiento de los derechos políticos de los filipinos y de Filipinas como provincia de España, fueron todos derechos populares recogidos en la Constitución de Cádiz.

Si el Movimiento de Propaganda hubiera tenido éxito en su reclamación de autogobierno dentro de la unión española, el curso de nuestra historia habría sido bien diferente. Pero el devenir de los acontecimientos, con breves periodos de liberalismo en España y, por consiguiente, en su imperio de ultramar, dio a los filipinos una muestra de las reformas institucionales que marcaron la época, tales como la secularización del clero local.

Esta secularización era sentida como una necesidad por los filipinos. No en vano, el martirio de tres religiosos filipinos en 1872 – los padres Mariano Gómez, José Burgos y Jacinto Zamora—que habían abanderado esta causa, fue el detonante que inflamó el nacionalismo filipino, provocando la revolución en 1896.

Las relaciones hispano-filipinas: fundación y ruptura

En la historia de Filipinas, los frailes españoles –los hombres de las
órdenes católicas mendicantes- fueron siempre los épicos villanos coloniales, en mayor medida que los funcionarios del gobierno o que los militares. Dado que la política colonial impedía que los españoles vivieran entre los nativos, los frailes eran los únicos españoles en contacto constante con la población indígena. Inevitablemente, tanto las órdenes como los frailes a título individual adquirieron riquezas y poder excesivos, resultando en abusos que las autoridades civiles no fueron capaces de aliviar. El sufrimiento popular bajo la “soberanía monástica” fue gráficamente recopilado por los libros de los propagandistas, de los cuales los más notables fueron las incendiarias novelas de José Rizal, Noli Me Tangere y El Filibusterismo.

Los actos y el retrato propiamente de una iglesia manipulativa y de un estado negligente respecto de las peticiones de los filipinos son parte de las razones por las cuales las relaciones hispanofilipinas se desintegraron tan rápidamente tras la retirada de los españoles del país. 

En la búsqueda de una razón para esta acusada y súbita ruptura de los lazos entre ambos pueblos, no podemos pasar por alto el peculiar carácter de la colonización de Filiinas. La colonia del Pacífico no solo se gobernaba desde México; también era financiada desde allí. Tras la proclamación de la independencia de México en 1821, España tuvo que gobernar directamente su colonia filipina, haciendo estos problemas más urgentes y más acuciantes.
Sin más posesiones coloniales en Asia, España fue perdiendo progresivamente el interés en aquel continente tras ceder su colonia filipina al poder emergente americano.  De hecho, para algunos estudiosos, la conversión de las islas al cristianismo es el único legado significativo de la expedición española al Lejano Oriente   (Sayoc, 2009).

Incluso la lengua española se ha desvanecido prácticamente de Filipinas. En 1973 ya no era lengua oficial, y su obligatoriedad en las universidades encontró su punto final en 1987. En la actualidad, sobrevive como el idioma de un cierto número de familias hispano-filipinas, especialmente en Iloilo y en las dos provincias de Negros en el centro de Filipinas, donde se encuentra la localidad de Cádiz.

Del mismo modo, Filipinas también desapareció de la conciencia nacional española. Las relaciones de España con América Latina se fueron fortaleciendo y haciéndose más vibrantes a medida que el mundo se recuperaba de segunda guerra mundial, pero sus relaciones con Filipinas progresaron a menor ritmo. La razón, por supuesto, hay que buscarla en el hecho de que las relaciones filhispanas  no poseen la fuerte infraestructura cultural que sin embargo sí se desarrolló entre España y la América de habla hispana.

El resurgimiento de los vínculos hispano-filipinos

Desde mi punto de vista, el aspecto más fuerte de nuestras relaciones es nuestra herencia cultural compartida. El hecho de que quien les habla, un filipino, se dirija a ustedes hoy, es una prueba de que estamos emergiendo de la edad oscura en nuestras relaciones. Los trágicos acontecimientos de nuestro pasado compartido se encuentran muy atrás en la historia. Con una mayor objetividad y comprensión mutua, podemos ahora comenzar una nueva era de amistad y asociación.

El nuevo milenio ha revitalizado lazos diplomáticos, económicos, educativos y culturales revitalizados entre nuestros países. Personalmente, creo que un exponente fundamental de estos lazos revitalizados es el Día de la Amistad Hispano-Filipina.

En 2003 –y con mi autoría- el Congreso Filipino aprobó la Ley del Día de la Amistad Hispano-Filipina (Ley de la República nº 9187), convirtiéndonos así en la única ex-colonia que ha proclamado su amistad por ley a su antigua metrópoli. Esta celebración anual compendia la esencia de nuestros 500 años de legado compartido: respeto mutuo y hermandad.

Nosotros conmemoramos el Día de la Amistad Hispano-Filipina cada 30 de junio, fecha en que se produce el apogeo del insólito Sitio de Baler de 1898-1899, que fue la última defensa de España en Filipinas.

En  junio de 1898, un pelotón de unos 50 soldados españoles se atrincheró en una iglesia de piedra en la parte este de Luzón, defendiéndose contra una fuerza de asedio integrada por republicanos filipinos. A pesar de estar enfermos, mal equipados y hambrientos, sostuvieron su posición durante un año entero, negándose a creer que en el resto del país españoles y filipinos habían acordado términos de paz.

Como tributo a su espíritu indómito y a su resistencia, tanto los vecinos del pueblo como sus adversarios filipinos los recibieron al término del asedio como a amigos, cuando emergieron de la iglesia en junio de 1899, tras trescientos treinta y siete días de sitio. El presidente Aguinaldo,  en un gran acto de benevolencia y caballerosidad, decretó el 30 de junio de 1899 que los supervivientes fueran tratados como amigos, y no como prisioneros. Este decreto les garantizaba su regreso sanos y salvos a casa.
En el noveno aniversario del Día de la Amistad Hispano-Filipina, el Congreso de los Diputados de España aprobó por unanimidad una declaración institucional expresando la gratitud por la iniciativa sin precedentes, así como una promesa de cooperación activa y de confianza mutua en un futuro que filipinos y españoles podemos construir en común.

Hacia una Comunidad Iberoamericana

Si nuestros pueblos fueron capaces de demostrar gallardía y compasión en medio de un amargo conflicto,  y a pesar de tres siglos de sometimiento, no me cabe duda de que podemos superar lo peor de la experiencia de nuestras relaciones coloniales para iluminar el lado positivo de nuestra común humanidad.

Filipinas está lista para ocupar su lugar en la Comunidad Iberoamericana. Consideren mi país como su hermana perdida hace largo tiempo, que confía en ustedes para ayudarnos a redescubrir nuestras raíces hispanas y  para construir nuevos lazos en Europa y América Latina. Por la misma causa, Filipinas permanece firme como puerta de acceso de España a Asia, y como su siempre más firme aliado en una región de importancia creciente dentro de nuestro crecientemente interdependiente mundo.

Mucho es lo que podemos hacer juntos, y nuestra mejor herramienta para alcanzar tales metas es la educación. Ojalá la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras apoye intercambios culturales y entre las personas que faciliten la investigación sobre nuestra identidad común. Ojalá la educación nos ilumine, como hiciera en su día, pero en esta ocasión empujándonos además hacia una comprensión mayor y más amable de nuestro pasado compartido.

Juntos, eduquemos a nuestros respectivos pueblos acerca de nuestra herencia, acerca de los españoles en Filipinas y de los filipinos en España: acerca de las pequeñas y de las grandes cosas que hemos ignorado y pasado por alto a lo largo de los años.

Y sobre todo, dejemos que la educación sea nuestra más poderosa herramienta de cooperación hacia la paz, el progreso y la prosperidad.

Hagamos que el comienzo de todo ello tenga lugar justamente aquí, en Cádiz, que nos dio a probar por primera vez -aunque fuera fugazmente- el sabor de las ideas liberales que subyacen en la democracia que tanto celebramos ambas naciones.

Una vez más, quiero expresarles mi gratitud, en nombre de mi país, por este honor sin parangón. Estamos orgullosos de ser uno uno con ustedes.

 

Cádiz, 20 de junio de 2012

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Referencias bibliográficas:

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Blaustein, Albert P. The U.S. Constitution: America’s Most Important Export, Constitutionalism and Emerging Democracies. Issues of Democracy, IIP Electronic Journals, Vol. 9, No. 1 (Marzo 2004). Fuente: http://usa.usembassy.de/etexts/gov/constexport.pdf

Malcom, George A. The Malolos Constitution. Political Science Quarterly, Vol. 36, Nº 1 (Mar.zo, 1921), pp. 91-103. Published by The Academy of Political Science. Fuente: http://www.jstor.org/stable/2142663

Mirow, M. C. Vision of Cadiz: The Constitution of 1812 in Historical and Constitutional Thought. Law, Politics, and Society, Vol. 53 (2010) pp. 59-88. Special Symposium: Making Sense of the Past: When History Meets Law (ed. Austin Sarat). Fuente: http://ssrn.com/abstract=1729204

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Sayoc, Francine Anne Pelagio. The Ties That Bind: Perspectives on Philippine-Spanish Relations, Trabajos y ensayos (Enero de 2009). Publicación del Máster Universitario y del Doctorado en Estudios Internacionales. Departamento de Derecho Internacional Público, Relaciones Internacionales e Historia del Derecho.

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ISSN: 2174-0445



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