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APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2014-2015. RECEPCIÓN COMO ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DEL Excmo. Sr. D. SANTIAGO BOLIBAR PIÑEIRO
 

María del Carmen Cózar Navarrro
Directora de la Real Academia Hispano Americana

Inauguramos un nuevo curso, en Sesión Solemne celebrada, como es tradicional, en este Salón Regio, que se honra hoy con la presencia del Excmo. Sr. D. Santiago Bolívar Piñeiro, Almirante de la Flota y, desde hoy, Académico Correspondiente en Madrid de nuestra Real Corporación. Sean mis primeras palabras para expresarle, en nombre de todos, la más cálida bienvenida y la satisfacción que sentimos ante la incorporación a nuestro elenco de todo un caballero de botón de ancla y de una de las más altas Autoridades de las Fuerzas Armadas. Una satisfacción mayor para mí, si cabe, a causa de la amistad que une a nuestras respectivas familias, que me ha permitido seguir de cerca su trayectoria profesional, alegrándome de sus éxitos, y compartiendo momentos entrañables en esa otra gran familia que es la Armada.

En este comienzo de nuestras habituales tareas académicas, nos sentimos muy alentados  por las palabras pronunciadas por Su Majestad el Rey en la apertura  del Curso de las Reales Academias, en sesión solemne celebrada por el Instituto de España, el pasado día 16 de octubre, en la sede de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, a la que tuve el honor de asistir representando a esta Real Corporación. Presidía por primera vez Don Felipe una sesión en el Instituto, y tuvo a bien disponer que se convocase a todas las Reales Academias, ante cuyas representaciones expresó el profundo reconocimiento de la Corona y el deseo de promover tan noble y docta función, una demanda real del conjunto de la sociedad española.

Es preciso, por supuesto –nos dijo nuestro Rey- conservar el saber, cultivar la erudición; pero igualmente, es vital actualizar y crear permanentemente, investigando, innovando, generando pensamiento con excelencia y sentido práctico. En tal sentido, hemos de garantizar la mayor y efectiva difusión del conocimiento, para que no quede confinado en bibliotecas, archivos, o centros de saber, sino que llegue, estimule y oriente al mayor número de ciudadanos.

En un tiempo nuevo –continuaba Felipe VI- caracterizado por la sociedad del conocimiento y el rápido avance de las tecnologías, es preciso también que las Reales Academias y las instituciones volcadas en el saber asuman, incorporen e incluso lideren el progreso científico-técnico, afirmando su presencia en las nuevas vías de comunicación que se afianzan cada vez más en nuestra sociedad y que son las nuevas plataformas de diálogo en el futuro. (Fin de la cita)

Son palabras, ciertamente, muy esperanzadoras, particularmente viniendo del titular de la Corona que, por voluntad constituyente de la Nación Española, es símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Son las Instituciones las que ofrecen cauces a la vida de la sociedad, a la que sirven y sustentan, cada una según su propia naturaleza y razón de ser. Como Corporaciones de derecho público, las Reales Academias forman parte de este magno edificio institucional, manteniendo, en todo momento, con la responsabilidad que ello conlleva, la libertad de creación cultural y científica que presidió su nacimiento en tiempos de la Ilustración. Y, en esa encrucijada entre servicio y conocimiento, es muy grato encontrarnos también a la Armada.

En sus palabras de presentación, el Ilmo. Sr. D. Enrique Montiel ha glosado, con su habitual maestría, el historial del Almirante, un título que, más allá del reconocimiento de un alto rango militar, evoca también el recuerdo de quien descubrió un Nuevo Mundo al otro lado de la Mar Océano, alcanzando el título de Almirante de las Indias, D. Cristóbal Colón. Quinientos años más tarde, D. Santiago Bolíbar –a la sazón, Capitán de Corbeta- navegaría, al mando de una réplica de la Carabela “Santa María” en demanda de aquellas lejanas costas, rindiendo así homenaje a quienes, desde Almirante a Paje, arriesgaron sus vidas en una incierta aventura, llamada a convertirse en destino histórico de ese buque llamado España. Ha sido muy grato, Almirante, escuchar el vibrante discurso que, bajo ese mismo título, acaba de pronunciar.

Tal vez, pueda sorprenderles, pero no ha sido D. Santiago, sin embargo, el primer marino a quien, su prestigio de navegante y su amor por la Historia, ha llevado a cruzar el Atlántico a bordo de una réplica de la nave de Colón. Con ocasión del IV Centenario del Descubrimiento, D. Víctor Concas realizó la travesía hasta Nueva York, navegando a vela, sin escolta. Cinco años más tarde, ya Capitán de Navío, entablaría combate con sus antiguos anfitriones al mando del crucero acorazado “Infanta María Teresa” que, arbolando la insignia del Almirante Cervera, arremetió contra la línea norteamericana, en un heroico y fallido intento de permitir a la Escuadra, de la que formaba parte, romper el contacto con el enemigo.

Treinta años más tarde, el Teniente de Navío D. Julio Guillén recibió similar encargo de sus superiores. Su entusiasmo por el proyecto le llevó a realizar una importante investigación, de la cual concluyó que la capitana de Colón no fue nao, sino carabela. No sólo lo demostré, sino que la construí”, afirmaría con seguridad en su obra de referencia. Poco después, ingresaba en esta Casa como Académico de Mérito. Fue D. Julio hombre de estudio y de acción a un tiempo, una feliz y fructífera combinación. Piloto de la Aeronáutica Naval y Medalla Aérea individual por la valentía de la que hizo gala en el Rif, había representado a España en un peligroso raid de dirigibles, quedando ganador donde sería un logro tan solo sobrevivir. Pero, después de construir la nueva “Santa María”, el celo por la historia marítima que había mostrado le valdría que la Armada le llamase a navegar por aguas de la Cibeles. En efecto, se le confió el entonces naciente Museo Naval de Madrid, que desde entonces dirigió, alcanzando el almirantazgo.

Ha sido frecuente ver a caballeros de la Armada en los sillones de la Real Academia, desde un veterano de la Guerra Cantonal y de las campañas cubanas y filipinas, como el General Cebrián, del Cuerpo de Infantería de Marina, hasta el Almirante Estrada -predecesor de D. Santiago en el Mando de la Flota, que culminaría su carrera como Jefe del Estado Mayor de la Armada. Vemos con igual orgullo en nuestra galería a figuras de las letras como el Capitán de Navío Colson, dramaturgo de éxito, y a ilustres científicos como nuestro llorado Académico de Honor, el Almirante Orte. No podía ser de otra manera, habida cuenta de la corriente ilustrada que ha alimentado las raíces de nuestra Institución Naval, desde su fundación, y del reconocimiento que esta docta casa debe rendir a la esencial contribución de buques y dotaciones a la empresa de ultramar. Por ese motivo, en la persona de nuestro ilustre recipiendario, rendimos hoy homenaje a nuestra Armada, verdadero lazo de unión de las tierras que fueron, y de las que hoy son España.

Desde los lejanos tiempos de D. Álvaro de Bazán –de quien cantaría Lope de Vega, en famoso soneto: “el fiero turco en Lepanto y en la Tercera el francés y en todo mar el inglés tuvieron de verme espanto”- la Real Armada venció en muchas batallas, por mar, y también por tierra y por mar, desde la batalla de Cabo Sicié, en la que D. Juan José Navarro derrotó a la Escuadra británica de Mediterráneo, hasta la denodada defensa de Cartagena de Indias por D. Blas de Lezo, un héroe cuya memoria ha sido felizmente recuperada para la opinión pública.

En tan brillante palmarés, no obstante, nada ha rendido mejor servicio a España que mantener abierta la Carrera de Indias durante tres largos siglos, frente a ingleses, franceses y holandeses. Julian Corbett, conocido tratadista naval británico, dejó escrito que, aún antes que ganar batallas, tienen el deber las fuerzas navales de mantener abiertas las líneas de comunicación marítimas. Así, al amparo de nuestros buques de guerra, cruzaron el mar, sea en uno u otro sentido, tesoros y mercancías, pero también nuestra sangre y la fe de nuestros mayores, la lengua de Castilla y la ciencia y la cultura que en ella se expresaban, el poder de la Monarquía Hispánica, desde las Leyes de Indias de los Habsburgo hasta la soberanía nacional que la Constitución de Cádiz proclamaba, pasando por la obra ilustrada de la administración borbónica. Todo eso es Historia, pero también Vida, la impronta indeleble de España en el Mundo.

Ese patrimonio histórico y cultural, compartido por una veintena de naciones hispánicas unidas, que no separadas, por el Océano, es razón de ser de esta Real Corporación, asentada desde su fundación en la ciudad de Cádiz, cabecera que fue de la Carrera de Indias y sede de la Casa de la Contratación, en este mismo noble edificio. Al otear las aguas de la Bahía desde las murallas de la plaza, el paseante contempla los grandes buques de la Flota, que, hoy como ayer,  siguen velando armas como garantía de los intereses de nacionales. Sobre el gris naval de sus costados, vemos deslizarse hacia aguas atlánticas, año tras año, la blanca silueta del “Juan Sebastián de Elcano”, mientras los gaditanos, que lo tenemos por uno de los nuestros, le deseamos buen viento y buena mar.

Nunca olvidaré una de aquellas despedidas, en el otoño de 2000. Como si de la partida de la Flota de Indias se tratase, la Galeona, transportada con orgullo por cuatro guardiamarinas, recorría la calle Plocia, rodeada del amor del vecindario, para embarcar en el muelle Ciudad. Seguía a las andas el Capitán de Navío D. Santiago Bolíbar, Comandante del buque. Uno de esos cuatro caballeros que llevaban sobre sus hombros a la sagrada imagen de la Virgen del Rosario para que viajase con ellos a través del Océano, era uno de mis hijos. Sentí el orgullo de que fuese a mostrar en ultramar la Bandera de España, junto a la inquieta tristeza del adiós. Pero mi corazón de madre estaba tranquilo. Iba en buenas manos, al amparo de la Patrona y a las órdenes del mejor navegante.

Agradezco vivamente a todos Vds., queridos amigos, haber respondido a nuestra invitación con su cálida presencia, que tanto nos motiva en el quehacer diario. Con el mayor afecto, reitero la gratitud de la Corporación, y la mía propia, al Excmo. Sr. D. José Loaiza, Presidente de la Diputación de Cádiz, por acoger las Sesiones Académicas Solemnes en este histórico Salón Regio del Palacio Provincial, y por acompañarnos en este acto.

En nombre de Su Majestad el Rey, nuestro Presidente de Honor, queda inaugurado el Curso Académico 2014-2015.

Se levanta la sesión.

                                                        
Cádiz, 5 de noviembre de 2014

 


ISSN: 2174-0445



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