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“NUESTRA SEÑORA EN EL ARZÓN”, DE MARÍA DEL CARMEN FERNÁNDEZ DE CASTRO, AJC.
 

Rafael Sánchez Saus
Universidad de Cádiz


Fernández de Castro, María del Carmen (AJC): Nuestra Señora en el arzón. Vida del muy noble et santo Rey don Fernando III de Castilla et de León. El Pan de los Pobres, Bilbao, 2013.

Fernando III de Castilla y León es, junto con san Luis de Francia, el más eximio modelo de monarcas que vivieron la vida y ejercieron el poder como si de un ministerio sagrado se tratara. “Non para sí han de vivir los Reyes” parece que gustaba repetir a Doña Berenguela de Castilla, madre de don Fernando y la persona que más influyó en su carácter y costumbres. Y es que, en efecto, hubo un tiempo en el que los caminos de toda Europa fueron recorridos por reyes santos que dieron leyes sabias, poblaron las tierras, defendieron el derecho de los pobres y los débiles, honraron a la caballería, protegieron a la Iglesia y lucharon espada en mano contra los enemigos de Dios. Eran, desde luego, otros tiempos, pero no está de más señalar, aunque sea a contrapelo, que de ellos nació y de ellos, en línea recta, procede la civilización que aún hoy nos alberga. No podemos ahora acercarnos ni de lejos a lo que aquel tiempo joven y de espíritu sencillamente cristiano representó en el devenir de Europa, de España y especialmente en el de esta Andalucía en la que se produjo el más importante y decisivo cambio histórico nunca acontecido, de cuyas felices consecuencias han sido testigos los siglos y llegan en plenitud hasta nuestros días.

A ese tiempo y a uno de sus más claros representantes, el tercero de los Fernandos de Castilla y León, quiso dedicar la madre María del Carmen Fernández de Castro la obra que tituló "Nuestra Señora en el arzón", en alusión a la famosa imagen de Nuestra Señora, llamada de las Batallas, que el Rey acostumbraba llevar sujeta a la silla de montar durante sus campañas. La ocasión que infundió a la autora el designio de esta obra fue la celebración del séptimo centenario de la conquista de Sevilla, celebrado en 1948, y a ello se aplicó con fervor e inspiración que rezuman en cada párrafo para hacer de este libro un cántico sin desfallecimiento a la persona, grandeza y virtudes heroicas de San Fernando en las más de cuatrocientas cincuenta páginas que lo componen.

Esta biografía en buena parte novelada, puesto que las crónicas de aquel siglo son especialmente parvas y austeras, presenta un conjunto de características que permiten juzgarla como obra de gran mérito, a medio camino entre la historia y la ficción, aun cuando esta se arraigue siempre fuertemente en un gran conocimiento de las fuentes entonces disponibles. La madre Fernández de Castro demuestra unos saberes amplios y bien asentados sobre la persona del Rey Santo, sobre las personas que le rodearon y la época que le tocó vivir, saberes que se extienden a las costumbres, vestimentas, alimentos, armas, ideas y mentalidades imperantes, pero no por ello dejó de hacer un uso amplio y continuado de una rica y bien sostenida imaginación que le permite aderezar escenas donde la crónica sólo menciona secamente un hecho, enhebrar coloquios verosímiles sobre el silencio pertinaz de los documentos, formar personajes de donde sólo había un nombre, y de la misma guisa comunicar sentimientos, revelar pensamientos íntimos, asistir a fervorosas oraciones e incluso testificar arrebatos místicos. Pero hemos de advertir que la imaginación, muy al contrario que la fantasía, no sólo es recurso lícito del historiador sino más bien talento muy necesario para poder dar cuenta, siempre sobre la base de ese conocimiento exhaustivo de las fuentes ya referido, de los hechos complejos y generalmente oscuros que constituyen su materia. No cabe duda de que, en ese sentido, como en tantos otros, es esta una obra muy bien compuesta, en lo que se deja ver la sólida formación académica de la autora y la madurez intelectual que había alcanzado cuando decidió abordar este proyecto hacia la mitad de su larga vida. Esa solidez científica suya, acorde siempre, como es natural, con el tipo de historia que entre nosotros se hacía hace sesenta o setenta años, se refleja en su permanente preocupación de señalar en nota los pasajes cronísticos que le permiten recrear los principales momentos de la vida de San Fernando con los que va vertebrando su biografía, de un modo lineal pero sumamente efectivo. Esa linealidad es una condición más de la fidelidad con que se siguen los textos históricos sin invención alguna en todo asunto importante, y es uno de los rasgos que impiden considerar esta obra como de mera ficción y la inscriben de lleno, aun contando con las muchas libertades de su escritura, como plenamente historiográfica.

Las libertades a las que me refiero tienen que ver, pues, con las formas y no con el fondo plenamente histórico de todo lo que se cuenta, y cuando hablo de libertades no lo hago en modo alguno como reproche. La libertad de la madre Fernández de Castro en su narración de la vida de San Fernando se relaciona con su deseo de presentarnos una biografía atractiva, legible, ejemplarizante, que diera fe de una vida tan intensa y rica en virtudes cristianas y políticas como fue la del Rey. Por ello, la autora huye de arideces eruditas, aunque sin duda sus saberes acampan de lleno en la erudición antes que en los muchos más ligeros que suelen poseer los muchos practicantes actuales de la historia divulgativa o la novela histórica. Ella fue capaz de escribir esta biografía histórica en estilo literario y sumamente ameno, lo primero porque sabía todo lo que entonces se podía saber del Santo Rey y porque es evidente que había rumiado largamente y durante años los episodios y rasgos de su persona que luego trasladó al papel. Lo segundo porque era una gran escritora, poseedora de verdadero talento, como demuestra una y otra vez con su maestría para la descripción de paisajes, situaciones, escenas, caracteres y hasta lo más hondo de los personajes en que centra su atención. Estos son, especialmente, San Fernando, como es lógico, pero también la segunda gran protagonista de este libro, su madre, la reina doña Berenguela, la que más hizo para que su hijo llegara a ser gran rey que fue y por la que la autora muestra una intensa admiración. Además de a ella, se ha prestado una grandísima atención al entorno y a las vicisitudes familiares de Fernando III, centro de un copioso linaje real que él supo gobernar durante su vida con la misma bondad y sabiduría con que gobernó sus reinos. No es de extrañar, pues, que al hilo de esos sucesos familiares, que no podían ser siempre alegres y faustos, o de otros de carácter cortesano en los que se manifiestan las relaciones del Rey con su Corte, es decir con sus súbditos y vasallos más cercanos, la autora consiga unas veces emocionarnos, otras intrigarnos, más adelante entristecernos y siempre llevarnos de la mano por las horas alegres o difíciles, pero siempre intensas de su héroe. No son tampoco raras las muestras que la madre Fernández de Castro da de poseer un sutil y muy refinado sentido del humor que aún hace más atractivos a los personajes y mejor perfiladas las escenas.

Todo esto lo consigue la autora gracias a su mencionada maestría en la narración, facilitada por un estilo fácil y sumamente fluido. Ese estilo naturalmente terso, sencillo y limpio es lo que quizá le permitió también la recreación del castellano arcaico que emplea profusamente, no sólo en los parlamentos y reflexiones de los personajes, también en su propia narración cuando lo juzga necesario para  que no se rompa el clima conseguido. Es de suponer que esa recreación, que es una de las características más llamativas de la obra,  tuvo que costarle un gran esfuerzo de escritura y un arduo estudio del lenguaje de crónicas y documentos del siglo XIII, pues sin ser ni de lejos el que les habla un especialista en gramática histórica, mi opinión e impresión es que es una de las muestras mejor logradas de los muchos intentos no siempre felices de reproducción del castellano medieval que desde el romanticismo decimonónico se prodigaron en el teatro, la poesía o la novela. Hoy el gusto transita mayoritariamente por otros parajes, y lo que sin duda era un recurso para facilitar el acercamiento del lector al espíritu de la época no consigue siempre tal vez ese mismo efecto, pero sea cual sea la sensibilidad al respecto de cada lector concreto, lo que resulta indudable es que escribir así y hacerlo bien, sin groseros anacronismos ni hueca retórica, constituye un mérito superior al que muy pocos podrían aspirar.

Pero, sin duda, lo que marca de manera más intensa el carácter de esta biografía de San Fernando es la profunda religiosidad que la inspira y se manifiesta en cada página, algo que debiéramos dar por supuesto teniendo en cuenta la condición de la autora, Esclava del Sagrado Corazón como bien sabemos. Sin embargo, hay algo de la religiosidad de esta obra que no depende sólo de esa circunstancia, y es la profunda penetración en la naturaleza de la piedad de la época y en la específica del santo monarca. La madre Fernández de Castro privilegia esta cuestión sobre cualquier otra en su relato, de modo que en él queda perfectamente establecido el por qué de la santidad del Rey. Una santidad que se forjó desde sus primeros años en su vida virtuosa, su entrega a las cosas de Dios, a la oración, a la penitencia, a su voluntad inquebrantable de hacer y vivir el Bien y rechazar el Mal. Con el paso de los años, ya Rey, se manifestó igualmente en su preocupación constante por el honor de Dios, su deseo de poner persona y reino al servicio de Cristo como hijo fidelísimo de la Iglesia y a un hondo sentimiento de sus responsabilidades como gobernante. En estas hizo siempre gala de generosidad, franqueza, magnanimidad, fortaleza, prudencia y justicia, virtudes entonces intrínsicamente ligadas al ideal de rey cristiano. Brilló especialmente a lo largo de toda su vida su exquisita devoción por la Virgen María, a la que honró continuamente en cada ocasión que se le ofreció, siendo esta una de las características más acusadas de su piedad personal, muy en conexión por cierto con el espíritu de su época, durante la cual el culto a la Madre de Dios alcanzó una difusión y penetración excepcionales. Mucho de lo que sabemos de esta faceta de la religiosidad de san Fernando, puntualmente recogida por la autora, lo debemos al recuerdo que de ella hizo su hijo Alfonso, otro gran devoto de la Virgen María aunque en otras virtudes regias y cristianas no alcanzara el nivel paterno, que la celebró en varias de la Cantigas que compuso. Pero nada de esto puede sorprender en Sevilla, donde se conserva viva e intacta esa memoria en la bendita imagen de la Virgen de los Reyes, entregada por san Fernando a la ciudad, patrona de la archidiócesis y seña de la devoción mariana que desde entonces la distingue. El episodio de su talla y presentación al rey en los días previos a la entrada de la hueste cristiana en Sevilla, es motivo de una bellísima recreación por parte de la Madre Carmen Fernández de Castro, en la que resplandecen de forma especial todas las bondades de su estilo y de su propio fervor mariano.

Así pues, esta biografía del "Muy noble et santo Rey Don Fernando III de Castilla et de León" da cuenta muy ajustada de por qué y cómo aquel gran Rey fue al mismo tiempo un gran santo medieval y de toda época, favorecido con revelaciones que sólo a ellos han estado reservadas y que la autora ha introducido en la historia con el exquisito buen gusto que la caracteriza. Debo señalar hasta qué punto me ha parecido conseguidos el relato e interpretación que hace del famoso sueño de San Fernando, inmortalizado por Valdés Leal, durante el cerco de Sevilla, visión que le trasladó al interior de la todavía mezquita para hacerle saber el lugar exacto en que, oculta tras un muro, se encontraba, según la tradición, la imagen de la Virgen de la Antigua. Sobrecoge también la narración de los últimos momentos del Rey, que sellaron la fama de santidad que desde mucho tiempo antes ya se le atribuía, y son otros muchos los episodios que la madre Fernández de Castro nos regala en los que ha querido hacernos ver en qué consistió la indiscutible santidad, naturalmente al modo y estilo  propios de la época, de tan insigne Rey.

Estamos, pues, ante una obra ciertamente singular en el panorama actual de la historiografía y de la narración, ya que de ambos géneros participa como hemos visto. Como obra historiográfica mantiene todo su valor y constituye un acercamiento muy apropiado a la vida y obra de San Fernando, válido para personas de toda edad y formación. Como narración, tiene todos los alicientes para una lectura sabrosa, entretenida, formativa y llena de eso que hoy hemos dado en llamar valores cuando quizá debiéramos decir simplemente virtudes. Es preciso, pues, felicitar a los inspiradores de esta reedición por haber puesto de nuevo al alcance del público un libro de tantos méritos, y que se haya hecho a través de un volumen tan bien presentado, tan adecuadamente ilustrado y, todo hay que decirlo, a un precio tan sumamente atractivo. Es especialmente gratificante que el empeño haya sido asumido por una Obra católica que, como el Pan de los Pobres, se ha significado tanto y desde hace tanto tiempo por su preocupación por el bien común y por la práctica de la caridad. No me cabe la menor duda de que la difusión de libros de este carácter es hoy una verdadera obra de amor al prójimo, a la sociedad, a la Patria y a la Iglesia y ruego al Señor que los fines que el Pan de los Pobres  ha perseguido con esta edición sean ampliamente conseguidos.

 

 

 


ISSN: 2174-0445



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