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PABLO ANTÓN SOLÉ, INVESTIGADOR RIGUROSO Y ARCHIVERO SERVICIAL
 

Julio Sánchez Rodríguez
Sacerdote de la Diócesis de Canarias

Felicito a la Real Academia Hispano-Americana de Cádiz por tomar la iniciativa de organizar este homenaje a don Pablo Antón Solé, sacerdote, canónigo, historiador y archivero diocesano de la catedral. Agradezco de corazón la invitación que me hizo la señora directora doña María del Carmen Cózar Navarro para participar en este acto. Es tal el aprecio que yo tenía a don Pablo que estuve presente también en el acto y misa organizados por la Academia de Bellas Artes pocas semanas después de su muerte, acaecida en la Semana Santa del presente año, invitado por su presidente, mi buen amigo don Javier Navascués y de Palacios. En esta ocasión, ni el océano Atlántico que separa Canarias de Cádiz, ni el invierno cercano, ni los achaques de la edad, han sido obstáculos que impidiesen mi asistencia. Con gozo estoy aquí con vosotros.

Yo conocí a don Pablo en 1995, un año después de la publicación de su obra fundamental La Iglesia gaditana en el siglo XVIII”, tema de su tesis doctoral. Por mi parte yo estaba preparando con el archivero de la catedral de Canarias don Santiago Cazorla León el episcopologio de nuestra diócesis canariense. Las Iglesias de Cádiz y de Canarias han tenido estrechos vínculos. El primer obispo de la diócesis canariense, creada en 1404 con sede en el Rubicón, en la isla de Lanzarote, fue el franciscano fray Alfonso de Sanlúcar de Barrameda. Su nombre delata su procedencia. El noveno obispo fue fray Juan de Sanlúcar, nombrado en 1470. Otro fanciscano sanluqueño. En el siglo XVIII, dos grandes figuras eclesiásticas de la Ilustración fueron obispos de Canarias y de Cádiz: fray Juan Bautista Cervera, franciscano descalzo, y el canónigo granadino don Antonio Martínez de la Plaza. Ambos prelados son estudiados exhaustivamente por don Pablo en la obra citada. En el siglo XIX, el gaditano y canónigo don José María Urquinanona y Bidot sería nombrado obispo de Canarias y luego de Barcelona. La semblanza de estos obispos aparecen en nuestro episcopologio titulado “Obispos de Canarias y Rubicón”. Se lo envié a don Pablo, que lo leyó con interés. Elogió el libro y nos felicitó cariñosamente. En este libro, por supuesto, citamos en diversas notas su obra, lo que agradeció de corazón.

En mis conversaciones con don Pablo acerca de estos obispos observé el rigor con que llevaba sus trabajos de investigación. Nada afirmaba sin tener fuentes fidedignas. No le gustaba novelar la historia, ni las hipótesis sin fundamento. Y la mejor prueba de su rigor científico lo podemos comprobar en La Iglesia gaditana del siglo XVIII. El aparato crítico es impresionante. En  578 páginas encontramos 1.347 notas, lo que da fe de un trabajo de investigación ímprobo. Además el libro se enriquece con tres valiosos apéndices que recogen las visitas ad límina de los obispos Alonso de Talavera, Tomás del Valle y José Escalzo. El mismo método de trabajo lo comprobamos en La Iglesia de Cádiz y Ceuta (Colección “Historia de las diócesis españolas”, nº 10. Biblioteca de Autores Cristianos, 2003), en la que don Pablo escribe tres importantes capítulos: periodo romano y visigodo, época medieval y siglo XVIII. Ojalá los jóvenes historiadores de nuestro tiempo sigan las huellas de aquellos maestros del siglo XX,   como don Pablo Antón Solé, estudien con objetividad y constancia la documentación de los archivos y sepan consultar la rica bibliografía que nos ha sido legada, evitando el fácil recurso de dejarse llevar por la fantasía, la precipitación  y la subjetividad.

La otra cualidad que quisiera destacar de don Pablo es su servicialidad con los investigadores que acudían a los archivos eclesiásticos de Cádiz, el diocesano y el de la catedral. Yo he tenido que visitar gran parte de los archivos de España y de América para mis diversas publicaciones. Los que tenemos que desplazarnos de unas islas lejanas en busca de documentación, agradecemos enormemente las acogidas fraternales de los archiveros y de su personal auxiliar. Don Pablo fue en este aspecto ejemplar. Y no lo digo yo únicamente. Los investigadores canarios que aquí han estado recuerdan a don Pablo como un sacerdote servicial. Atendía con mucha cortesía, escuchaba a los investigadores y procuraba orientarles para que no se perdiesen entre legajos y documentos. Además, exponía sus conocimientos sobre el tema, aportando datos y bibliografía.  A mí en concreto me facilitó toda la documentación que él tenía sobre los obispos canarios que tuvieron relación con Cádiz.  No todos los archiveros son tan generosos. Los hay muy celosos de sus investigaciones que evitan que otros las conozacan para no perder “las primicias” de una hipotética publicación. Don Pablo, por el contrario, se congratulaba de las publicaciones de los demás. Recuerdo con emoción la gran alegría que expresó cuando le llevé mi libro “Fray Juan Bautista Cervera, de franciscano descalzo a obispo ilustrado”, que como les dije fue primero obispo de Canarias y luego de Cádiz, donde murió  en 1782 y está enterrado en la cripta de la catedral. Don Pablo me agradeció nuevamente que yo le citase en diversas notas y en la bibliografía, como era mi obligación. Además de citar el ya mencionado libro sobre la Iglesia Gaditana en el siglo XVIII, añadía su interesante y curioso artículo titulado ”La prohibición de las corridas de toros en días festivos y los obispos de Cádiz”, publicado en 1971 en la revista “Archivo Hispalense”.

Cervera  en Canarias realizó una gran labor que todavía perdura, como la fundación del seminario conciliar y los hospitales de San Martín en Las Palmas y de Teguise en Lanzarote. También fundó  las Sociedades Económicas de Amigos del País de Gran Canaria, La Palma y La Gomera, y promovió la de Tenerife. La biografía sobre Cervera la publiqué en el año 2010, estando don Pablo ya retirado por su enfermedad. Anteriormente, la Real Sociedad Económica de Gran Canaria, a propuesta mía, le había invitado a dar una conferencia en su sede de Las Palmas para que hablase sobre el obispo Cervera, su fundador, pero don Pablo se encontraba con dificultades para realizar un viaje tan largo e incómodo. El último detalle que tuvo conmigo, fue el interés que manifestó para acudir a la Academia de Bellas Artes  de Cádiz al acto de mi nombramiento como académico correspondiente, pero la familia vio que no era viable por la imposibilidad de subir las escaleras, pues se desplazaba en silla de ruedas. La noticia de su muerte el Viernes Santo me impresionó y ofrecí una misa por su alma. Don Pablo permanece en mi memoria como un sacerdote ejemplar, un historiador fecundo y un amigo entrañable. Muchas gracias.   

 

 


ISSN: 2174-0445



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