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PABLO ANTÓN SOLÉ, ACADÉMICO HISTORIADOR DEL ARTE GADITANO
 

Ramón Corzo Sánchez
Universidad de Sevilla

Excmo. y Rvdmo. Sr. Don Rafael Zornoza Boy, Obispo de la diócesis de Cádiz y Ceuta, Excma. Sra. doña María del Carmen Cózar Navarro, Directora de la real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras, Excmos e Ilmos. Sres Académicos, Sras. y Sres.

Es necesario declarar al inicio de este acto que sólo gracias a la labor de personalidades como Pablo Antón Solé, resulta hoy posible que cuando nos reunimos para recordarle en su Academia Hispanoamericana, lo hagamos también miembros de la Academia de bellas Artes y nos encontremos en la sede de la Academia de Medicina. El padre Antón, desempeñó un papel destacadísimo durante varias décadas en la vida académica gaditana y contribuyó decisivamente a la coordinación entre las tres Corporaciones para devolverles un papel destacado en la cultura de nuestra ciudad, al tiempo que promovía la proyección de Cádiz en Sevilla, en cuya Universidad se le reconocía como un historiador de primera línea. Su labor contó con el apoyo y acompañamiento de otros dos miembros memorables de la Academia Hispano Americana y de la de Bellas Artes con los que él tuvo especial amistad: Antonio Orozco Aquaviva, director de esta Academia durante casi veinte años y Antonio de la Banda y Vargas, quien sucedió al primero tras su inesperado fallecimiento para hacer posible el tránsito a una nueva etapa de esta Corporación.

La enfermedad que aquejaba a Pablo Antón desde hace veinte años, le impidió intervenir en las sesiones necrológicas que dedicamos a sus dos amigos, en las que yo tuve que participar para cubrir en la medida de mis posibilidades lo que él hubiera hecho con mayor brillantez; me corresponde ahora dedicarle a él un testimonio de recuerdo y agradecimiento que cierra quizás una etapa de la historia de la cultura gaditana y nos coloca ante un futuro que será más difícil sin su presencia, pero que podrá beneficiarse también de sus valiosísimas aportaciones.

Pablo Antón, nació en Cádiz en 1935 y se ordenó sacerdote en 1960, en el Seminario diocesano de nuestra ciudad, encomendándosele la atención de la parroquia isleña de la Casería de Osio. Ya entonces mantenía el empeño de alcanzar también el título universitario de historiador y su evidente capacidad y dedicación fueron reconocidos muy pronto por el obispo Añoveros que le permitió ir a Sevilla el tiempo necesario para estudiar allí Filosofía y Letras. En aquellos mismos años inició su labor científica con una publicación singular, “Los pícaros de Conil y Zahara”, prologada por Augusto Conte. Yo adquirí aquel libro en mi época de estudiante, de modo que su lectura fue mi primer contacto con Pablo y ya despertó en mí el interés por conocerle, puesto que la agilidad de su pluma y la singularidad del asunto evidenciaban a un agudo historiador. Años después, en 1976, llegó a mis manos la interesante obra que realizara Pablo Antón con Antonio Orozco: “Historia medieval de Cádiz y su provincia a través de sus castillos”, y que es necesario valorar en el contexto de lo que por aquellos años se había estudiado sobre los castillos andaluces, que era muy poco y casi todo puramente anecdótico o de divulgación turística; frente a ello, el libro de Antón y Orozco ofrecía una cantidad de información y una sistematización histórica del tema que difícilmente se podía encontrar en otras provincias. Estos primeros trabajos son algunas de las obras más destacadas que promovió el desaparecido Instituto de Estudios Gaditanos, al que Pablo Antón dedicó muchas horas, al igual que a la Cátedra Municipal de Cultura “Adolfo de Castro”, también extinta en la década de los setenta, aunque luego se haya conseguido su refundación.

Pablo Antón había concluido en 1970 su licenciatura en Historia y había realizado ya la publicación de algunos fondos documentales del Archivo Catedralicio y del Diocesano, cuya organización se le había encomendado; sorprende, por tanto, que en cinco años no sólo hubiera conseguido poner en orden los documentos del Obispado sino que además hubiera sido capaz de transcribir y estudiar conjuntos muy importantes de legajos y expedientes y que hubiera recorrido además toda la provincia para estudiar junto a Antonio Orozco su olvidada arquitectura militar medieval.

El prestigio y reconocimiento de su trabajo fue también inmediato; cuando le conocí personalmente, en 1978, era habitual que se le presentase como la persona con mayor formación y conocimientos no sólo de la historia eclesiástica de la provincia, sino también de su patrimonio cultural y artístico. Debe destacarse que Pablo Antón desempeñó hasta 1985 el cargo de Consejero provincial de Bellas Artes, una responsabilidad para la que se buscaba desde el Ministerio de Cultura a las personas con mayor capacidad para asesorar a la administración pública sobre los monumentos que debían protegerse o restaurarse y que obligaba a la constante redacción de informes.

Puede decirse que en aquellos momentos, un Consejero provincial de Bellas Artes asumía prácticamente todas las labores que hoy se llevan adelante con una plantilla muy amplia de funcionarios desde la Delegación de Cultura. No es fácil explicar como Pablo Antón tenía la capacidad y el tiempo necesarios para asumir aquellas tareas. Desde que me incorporé al Museo de Cádiz en 1978 creo que fueron pocos los días en que no coincidiéramos en viajes o reuniones de todo tipo, sin que ello supusiera que él dejara de atender el archivo de la diócesis, sus funciones como canónigo, su propia labor como investigador y, por supuesto, el ejercicio sacerdotal. Además de todo ello, Pablo Antón se mantenía permanente interesado por las necesidades del Museo y su proceso de obras, al tiempo que no dejaba de estar presente en las excavaciones arqueológicas que le atraían especialmente; cuando reviso ahora las fotografías de las excavaciones en la necrópolis o en el teatro, encuentro a menudo la imagen de Pablo Antón observando nuestro trabajo, siempre con la pequeña cartera en la que llevaba los papeles de sus estudios e informes pendientes.

Es muy posible que el desempeño por parte de Pablo Antón de sus responsabilidades culturales, añadidas a las que le correspondían como eclesiástico, fueran un gran impedimento para que pudiera aprovechar plenamente los frutos de su trabajo; es cierto que publicó mucho, pero también lo es que facilitó información a muchos investigadores y se dedicó desinteresadamente a promocionar empresas que luego desarrollaron otros.

Una de las tareas en la que colaboramos durante varios años fue en la de consejeros de la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de Cádiz, en la que conseguimos renovar las publicaciones y exposiciones de tiempos anteriores con nuevas ideas y con series en las que se daba cabida a jóvenes investigadores; la “Enciclopedia Gráfica Gaditana”, que planificamos entonces, pudo recoger contribuciones de muchos compañeros de la Universidad, pero, en gran medida, sus fascículos no eran sino la ampliación o el desarrollo de aportaciones iniciadas por Pablo Antón que contaban con los documentos y las informaciones que él había reunido.

En la Academia de Bellas Artes, Pablo Antón fue miembro Numerario desde 1974 y, aunque fueran muchas sus obligaciones en otros campos, no dudó en asumir el desempeño de la Secretaría, en una época en la que algunos podemos recordar que la Corporación decaía en actividad y proyección pública; su labor se desarrolló en los últimos años de la Presidencia de don José María Pemán, quién le concedió la mayor libertad para gestionar todos los asuntos, aunque en aquellos tiempos los medios fueran muy escasos; luego continuó el desempeño del cargo durante la Presidencia del Almirante don Eduardo Gener y pudo llevar adelante nuevas empresas, como la colaboración en los actos de celebración del tercer centenario de la muerte de Bartolomé Esteban Murillo, cuyo congreso tuvo aquí un día de sesiones, la organización de una Asamblea de la Confederación Española de Centros de Estudios Locales, en la que integró a nuestra Corporación, la participación de la Academia en el III Congreso de Academias de Andalucía, cuyas actas publicó por iniciativa suya la Caja de Ahorros y, en resumen, la inserción de la Academia en todas las actividades culturales de relieve, en las que antes no había tenido presencia alguna. Bien es cierto que don Antonio de la Banda y Vargas, formaba entonces con Pablo Antón un equipo muy activo que no dejaba de traer propuestas nuevas, como la de la recuperación de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que se celebraron con asiduidad, o el inicio de la publicación de nuestros Anales y todo ello podía acometerse gracias a que el prestigio de Pablo Antón abría las puertas necesarias para lograr estas metas.

Debo destacar especialmente la obra de Pablo Antón en su vertiente de historiador del Arte. Así, en el Congreso de Academias de Andalucía presentó una comunicación sobre “Tres conjuntos histórico-artísticos monumentales de la provincia de Cádiz: Bornos, Olvera y Zahara de la Sierra”, en la que no debemos olvidar que éstas y otras declaraciones similares habían sido promovidas por él como Consejero provincial de Bellas Artes. En el Boletín de la Academia de Bellas Artes aparecieron sus artículos sobre: “El arquitecto gaditano Torcuato Cayón en el II Centenario de su muerte”, “Un testimonio artístico y religioso de la burguesía gaditana: La Santa Cueva”, “Cadalso, colegial de los jesuitas de Cádiz”, “Tres conjuntos histórico-artísticos de la costa atlántica gaditana: Rota, Chiclana y Conil”, “La etapa de juventud del arquitecto Torcuato Benjumeda y su tiempo” y “El mecenazgo artístico de los obispos de Cádiz: Lorenzo Armengual, Tomás del Valle y José Escalzo”. De fechas más recientes, es imprescindible mencionar sus monografías sobre la Santa Cueva y sobre el Hospitalito de Mujeres.

Pero su legado a los estudios del Arte en Cádiz tuvieron sus mejores exponentes en las sucesivas monografías que dedicó a la Catedral, desde el libro “La Catedral de Cádiz: estudio histórico y artístico de su arquitectura”, que publicó en 1975 y donde acuñó el afortunado apelativo de “Catedral de las Américas” que singulariza al monumento desde entonces. También en 1975 publicó el “Catálogo de documentos medievales del Archivo Catedralicio de Cádiz: 1263-1500” y al año siguiente el “Catálogo de planos, mapas y dibujos del Archivo Catedralicio de Cádiz”, en los que puso a disposición de los investigadores un material excepcional.

No puedo dejar de reseñar otro grupo muy importante de trabajos de Pablo Antón, derivados de su dedicación a la catedral, que se refieren a la historia de la iglesia gaditana durante el siglo XVIII, a la que dedicó su tesis doctoral, leída en 1992 y publicada en 1994, y de la que proceden también sus estudios sobre “La música sacra en la catedral de Cádiz durante el siglo XVIII” y “Situación económica y asistencia social de la Diócesis de Cádiz en la segunda mitad del siglo XVIII: (el expolio y vacante del obispo Tomás del Valle)”. Su conocimiento directo y exhaustivo sobre la diócesis gaditana se compendia de forma magistral en la que creo que debe ser su última gran publicación, el libro dedicado a las “Iglesias de Sevilla, Huelva, Jerez y Cádiz y Ceuta”, que editó la Biblioteca de Autores Cristianos en el año 2002. Tampoco pueden olvidarse sus trabajos dedicados a la expedición Malaspina, entre las abundantes contribuciones que hizo a las actividades y publicaciones de la Real Academia Hispanoamericana, de la que formaba parte desde 1967.

La preocupación y el esfuerzo de Pablo Antón por la recuperación de la Catedral gaditana es lo que debe recordarse siempre como la mayor deuda que debemos a su labor; el ya mencionado estudio de 1975 no era sino el colofón de una empresa en la que Pablo Antón supo implicar a todos los gaditanos; él organizó una suscripción pública que recogió los seis millones y medio de pesetas con los que se iniciaron las obras de restauración y a los que el Ministerio respondió con idéntica cantidad; se hizo entonces una exposición en la que se mostraron por primera vez tesoros y documentos casi olvidados por todos, se tuvo un ciclo de conferencias con la intervención también de Antonio Orozco y la publicación sirvió para inaugurar las actividades de la Cátedra municipal de Cultura “Adolfo de Castro”. Pablo Antón definió entonces con claridad los problemas del edificio y las vías que podían llevar a su recuperación pero le dotó además de un fundamento histórico-artístico, con el análisis de las intervenciones de los arquitectos que la erigieron y con la visión acertadísima de que tanto por la contribución de los cargadores indianos como por la forma en la que distintos arquitectos y aparejadores formados aquí llevaron sus conocimientos al otro lado del Océano, a ésta le correspondía acertadamente ese título ya consolidado de Catedral de las Américas.

No deben plantearse dudas sobre la idoneidad del calificativo que Pablo Antón acuñó para singularizar la Catedral gaditana, y que debemos conservar en toda su vigencia. En esta Academia Hispano Americana se comprende sin recelos la denominación y es justo reconocerla como el mejor regalo que Pablo Antón hizo tanto a la Academia como a su diócesis gaditana, de la que fue un esforzado servidor. Recordemos, por tanto, con agradecimiento, el mérito intelectual del trabajo de Pablo Antón, su eficacia en las tareas públicas que hubo de gestionar, y sus grandes aportaciones a las Academias gaditanas que tenían como fundamento una personalidad afable y un talante desinteresado en el que prevalecía siempre su condición sacerdotal, su bondad de ánimo y su capacidad para apreciar el arte y la belleza.

Dixit

 

 


ISSN: 2174-0445



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