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UTOPÍAS EN LA CONQUISTA DEL NUEVO MUNDO
 


Jesús Maeso de la Torre
Discurso de ingreso como Académico de Número


Excelentísima Sra. Directora de la Academia Hispanoamericana, Excelentísimos Sres. Académicos, distinguidas autoridades civiles y militares, estimados amigos, señores y señoras.

Recuerdo a mi predecesor en el sillón “F”, Excelentísimo Señor Don Rafael Cano de Ardoqui y Sinobas. Significa para mí una alta consideración y preciada honra, ingresar en esta docta Academia con vocación Hispanoamérica.

Por eso deseo mostrar la sinceridad de mi gratitud y manifestar mi compromiso junto a una nómina tan abrumadora de reconocidos humanistas, literatos, políticos, historiadores, lingüistas y científicos de las dos orillas del Atlántico, que me han dispensado el privilegio de colaborar con ellos, con la seguridad de que me hará cobrar conciencia de la responsabilidad a la que se me obliga.
Gracias a la generosidad de vuestro espíritu, -señores académicos-, asociaré mi nombre al sillón “F”, que heredo de mi predecesor, el Excelentísimo señor Don Rafael Cano de Gardoqui y Sinobas, quien dejó recuerdo perenne como reconocido jurista en esta Academia. Este ilustre vallisoletano, alternó los cargos de Presidente de las Audiencias de Soria y de Cádiz, de la Audiencia Territorial de Andalucía y ejerció como  Magistrado Juez de Primera Instancia en Jerez de la Frontera.
Académico  correspondiente de las Academias de San Raimundo y de San Dionisio, le fueron altamente reconocidas algunas de sus obras en el campo del Derecho, como:
-El Fiscal en la Legislación Española de Indias en los siglos XVI y XVI
- El proceso jurídico de Jesús ante el Sanedrín
- La Audiencia en la Legislación Española en América en los siglos XVI y XVII.
Mi recuerdo hacía su figura y mi agradecimiento teñido de homenaje a la Academia y a los señores académicos a los que demando benevolencia. Y si no el reconocimiento de mis escasos méritos, al menos sí, mi inequívoca aplicación.

 UTOPÍAS EN LA CONQUISTA  DEL NUEVO MUNDO

Una estrofa de la tragedia clásica Medea, nos descubre lo que hoy podría parecernos una insólita premonición de los descubrimientos que España protagonizó en los siglos XV al XVII. Revela sorprendentemente lo que sigue:

Venient annis saecula seris quibus oceánus vincula rerum laxet et ingens pateat tellus nouos detegat orbes nec sit terror ultima Thule. “Pasarán los años y vendrán tiempos nuevos. Desatará el Océano los lazos del Orbe, y un gran continente emergerá de las olas. Se verán otros mundos, y la tierra no se extinguirá como hasta ahora en las orillas de Thule”.

Quince siglos más tarde, en el margen derecho de la primera página de esta misma obra, Hernando Colón, hijo del almirante, escribiría: “A esta profecía de Lucio Anneo Séneca, le dio cumplimiento mi padre don Cristóbal Colón en el año de 1492”.

Y es que cuanto rodea al descubrimiento, conquista y colonización de América, trasciende lo prodigioso. Ya por aquel entonces resultó arduo comprender lo que significó para la humanidad semejante proyecto humano, uno de los más tratados en la historiografía mundial, que ha traspasado los límites de lo meramente histórico, para convertirse primero en un mito, luego en la utopía colectiva de una nación, y finalmente en materia de ficción novelesca, donde se analiza desde discordes puntos de vista la presencia hispana en los territorios hispanoamericanos.

Toda travesía literaria posee algo de viaje hacia la eternidad, y escritores americanos y españoles, como Uslar Pietri, Alejo Carpentier, Octavio paz, o Roa Bastos, han venido a coincidir en que aquel impetuoso encuentro entre los dos mundos, varió el rumbo de la humanidad, y alteró los fundamentos de los pueblos del nuevo continente.

Salvador de Madariaga resume en una certera explicación la clave de aquella colisión de pueblos: “Fue el choque entre la magia y la ignorancia, contra la razón y la fe y prevalecieron estas últimas”.

Henry Miller, también ensalzó en el “Coloso de Marussi” cualquier empresa osada del ser humano, arguyendo que: “Si los hombres dejaran de creer que podrían convertirse en héroes, entonces con toda seguridad no pasarían de ser gusanos”.

En los territorios de ultramar, España no solo se limitó a imponer su dominio por su capacidad superior y sus anhelos de expansión, sino que aplicó sus soleados prestigios, sus utopías y una cultura que hasta nuestros días determina el pensamiento del  hombre.

Y a pesar de las sombras inseparables a cualquier hecho de conquista y colonización, en los albores de la Eda Moderna, España trasladó a la otra orilla del Atlántico la aurora de la civilización europea. Así, cuando el siglo XV le cedió el testigo al XVI, España se convirtió en el centro donde se regía al mundo.

La nueva medida física del universo, bien pudo sepultar al hombre en la oscuridad medieval, o rendirse ante el vértigo de una realidad desconocida que cambiaría el orbe. Cuando la torre de la Escolástica se derrumbó, y surgió en Europa el Renacimiento, él Placet Hispania recorrió dominador el orbe.

España pasó a ser, de tierra conquistada a civilizadora de pueblos, aunque nos lo demandaran otras naciones con la voz de la animadversión, pues los tópicos y las leyendas de la rivalidad histórica son fáciles de establecer y difíciles de destruir.

El hispanista John Elliot atestigua sobre este hecho que no es casualidad que el dominio universal de España se convirtiera, ya entre sus contemporáneos, en objeto de controversia internacional.

La proyección mundial de aquellas proezas- asegura Elliot- justifica sobradamente que se identifique su nombre con el de toda una época: La del Imperio Español, pues reveló con tan formidable empresa su auténtica dimensión en la historia de la humanidad”.

Y si bien la insaciable avidez de riqueza de encomenderos, gobernadores y virreyes enturbió la labor colonizadora, cultural e idiomática, el universo hispano impuso una herencia en todo un continente que aún perdura, cinco siglos después.

Los efectos de la conquista de América han sido infravalorados por algunos historiadores extranjeros e incluso nacionales, cuando España llegó a ejercer su hegemonía sobre gran parte del mundo conocido  y creó un dominio colonial que alcanzaría su influencia hasta los albores de la Revolución Industrial.

Muchos insisten en olvidar que los viajes oceánicos ofrecieron al intelectual renacentista una experiencia imprescindible para construir las bases de la sociedad moderna y una nueva visión de la realidad mundial.

El solemne mecanismo de la “Leyenda Negra”-sostiene el historiador Miguel Molina-, lejos de remitir y estar zanjado, persiste en la actualidad con los mismos ribetes de exaltación y radicalismo que en épocas pasadas. Ha ido transformándose progresivamente en una actitud mental de severa crítica; es decir, en una visión negativa que compromete la trayectoria histórica del pueblo español.

Acecha constantemente y nunca prescribe, con el objetivo de  poner en tela de juicio o para deslegitimar la empresa hispana en tierras americanas.

Se ha conseguido -en palabras de Julián Marías- convertir uno de los hechos más gloriosos de la historia universal en algo negativo, que proyecta una luz siniestra sobre el Nuevo Mundo, antes continente de esperanza. Se ha cedido, con extraña docilidad, a una alianza de tres elementos: ignorancia, estupidez y malevolencia”.

Es indudable que fray Bartolomé de las Casas hizo con su descripción de la destrucción de las Indias un daño gravísimo a su patria, reduciendo  la colonización a un mero trabajo de destrucción de civilizaciones, de utilización inhumana de los indios y de esquilmación de los recursos naturales. Una empresa que, si bien tuvo unos comienzos traumáticos y devastadores, evolucionó hacia una nueva realidad mestiza que se revela hoy como rasgo auténtico de la identidad hispanoamericana, aunque para algunos sirve para confundir y distorsionar. Edward G. Bourne proyecta una luz indecible en la conquista española, afirmando:

“España emprendió la enorme, si no imposible tarea de llevar a toda una raza de millones de personas a la esfera del pensamiento, la vida y la religión europea”.

Los navegantes y descubridores que partían de Cádiz, Palos o Sevilla, hacia Cuba, Veracruz o Manila, lo hacían con el peso ideológico de su propia época y regresarían después a su patria con una experiencia que transformaría la manera de pensar de Occidente.
El historiador Hugo O´Donnell nos recuerda que ese saber marinero, anquilosado en su propia cuenca mediterránea, precisaba del empuje de un pueblo nuevo con proyección externa, que la aplicase al Plus Ultra físico y la adaptase a los mares sin límites ni referencias.

Con el navegante, el descubridor y el colonizador, el mundo deja de imaginarse, para ser explicado definitivamente. Ese fue nuestro gran mérito.

La España que se presenta en América era hija de una larga reconquista y de un interminable paso de pueblos, pues nuestra historia está escrita con la espada y el poso de las culturas de sus ocupantes. Aunque toda dominación acarrea dolor, intimidación, destrucción y rudeza, también provoca avance, civilización y entendimientos ajenos.

Nadie es el dueño original de una tierra, y cualquier nación ha nacido invariablemente de una invasión cruenta. Por eso la fiebre nacionalista pierde su razón de ser, cuando se pasan hacia atrás las páginas de la Historia.

En palabras del profesor Luis Arranz, después de los grandes viajes hispanos, se abre para Europa la de gran puerta de la modernidad. Y ni la ciencia, ni la economía, ni la cultura, ni las relaciones internacionales, ni el despertar incontenible de la vieja Europa, pueden explicarse sin las Indias, sin América, y sobre todo sin su nación descubridora.

Testifiquemos pues desde nuestra Academia la verdad del pasado, como norma suprema de la convivencia de las naciones Hispanoamericanas y su lugar en el tiempo, y que el movimiento académico se convierta en la salvaguarda de los luminosos valores de la Historia de nuestro país.

La conquista del Nuevo Mundo sirvió para fundir la ambición de unos hombres temerarios, con el anhelo de perfección moral, y el empeño humano de prosperar y de buscar más allá de lo imaginable.

Los viajes oceánicos nacen de la inquietud de unos hombres con una fe desmedida por penetrar en lo desconocido, pero que además en sus alforjas portaban algo más que la codicia, el hambre castellana, o la sed de gloria para escalar una nueva clase social: En sus almas se traslucían las utopías y quimeras del Viejo Mundo. Y eso los hizo temerarios y temibles.

Por las crónicas y relaciones escritas conocemos que los descubrimientos se llevaron a cabo en nombre de la Fe y según unos ideales que no olvidemos, aún no habían conocido las luces de la Contrarreforma o de la Ilustración.

Hernán Cortés llegó a asegurar en sus Cartas de Relación dirigidas a Carlos V:

“Lo mío, Majestad, fue un acto de fe, de valor, y de hambre de mucho más. Me sentí un instrumento en manos del Creador”.

Aquellos soldados, aventureros y navegantes, muchos críticos con el sistema político, y algunos acosados por su ideología religiosa,  parecían no buscar otro fin que seguir y seguir más allá, en una búsqueda incansable que los llevó a realizar proezas homéricas.

Manuel Lucena, experto analista de la historia de América, sostiene que la conquista de un territorio 80 veces más grande que España y habitado por 60 millones de indios, fue realizada por un contingente armado de soldados no profesionales que no superaba los dos mil efectivos. “Este hecho tan prodigioso sólo puede explicarse por la superioridad de las armas europeas sobre las amerindias- afirma-. Pero sobre todo por los alicientes que impulsaron a los combatientes españoles para recorrer palmo a palmo un mapa tan desconocido como formidable”.

En ellos existía un orgulloso desdén por la vida, y aunque pensaban que nada era tan dulce como su patria, Bernal Díaz del Castillo nos da la clave de su titánica osadía:

“Fueron a facer nuevas moradas, a facer fortuna, a mantener el linaje, a ganar el pan con la lanza y la espada, como era usual entre los hombres libres de Castilla y sobre todo para servir a Dios y a su soberano”.

Aún hoy, en el siglo XXI, nos preguntamos: ¿Era lo mismo servir a su señor terrenal que a su Señor Celestial? ¿Pero acaso su Emperador no era el ministro del Todopoderoso en la tierra? En aquellos tiempos, estado, religión, fe y civilización, constituían un mismo concepto: Cuius Rex, eius Religio.

Los principios religiosos y políticos los imponía la Corona. Nadie más. Por eso la conquista del Nuevo Mundo no fue tanto un acto individual y religioso, como político y colectivo, hasta que la Reforma viniera a arrasar este principio en sus cimientos.

Fray Bartolomé de las Casas, en su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, -donde por otra parte carga con tintes dantescos los excesos de los conquistadores-, engrandece sin embargo desde su posición crítica la misión de los colonizadores de América, revelando:

“Todas las cosas que han acaecido en las Indias, desde su descubrimiento hasta el proceso que aconteció después, han sido tan admirables, que su fulgor no debe ser jamás atenuado, siendo las hazañas más memorables que se oyeron y vieron en el mundo”.

Los descubridores españoles se atrevieron a recorrer el Extra Orbem y consiguieron abrir la Ecumene del Mediterráneo y las Columnas Heracleas, consideradas hasta entonces como el límite de la tierra.

La conquista del Nuevo Mundo supuso la gran abertura de la cultura europea allende los mares. En la Edad Media el océano Atlántico representaba la nada, el vacío, el espacio de la incertidumbre y la ruta sin camino, donde el hombre se sentía más frágil que una hoja seca.

La audacia de los colonizadores y navegantes españoles no conoció límites, y miraron sin miedo al mundo a través de montañas inaccesibles, de ríos impetuosos, y sobre todo de un mar ignorado, guiados por los pilotos de la Academia de Mareantes de Sevilla, la primera y más importante Escuela de Navegación en la historia de la Europa moderna.

Hubo un momento en el que el ideal católico de la Monarquía Universal Española estuvo al alcance de la mano, pues consiguieron llegar hasta las mismas puertas del Imperio Celeste. Y el sueño de una Gran Armada en los mares de China se convirtió en realidad con el Galeón de Manila, un hito en la historia de la humanidad que se anticipó en el siglo XVI a la globalización comercial, tan en boga en estos tiempos. 

En el lance del descubrimiento de América existe un eslabón poco tratado por los historiadores, que puede explicar lo asombroso de aquellas conquistas. ¿Impulsaron a aquellos españoles únicamente los conceptos religiosos y jurídicos inseparables a toda conquista militar? 

Decididamente, no. Portaban en sus corazones y en sus mentes un poder de capital importancia que los alentó constantemente para arrostrar tanta penuria y peligros: las utopías y los mitos de la vieja Europa.

Junto al hambre y la apetencia del oro, fueron las legendarias leyendas oídas junto al fuego del hogar, las que impulsaron a muchos de aquellos compatriotas a adentrarse en espacios tan desconocidos como peligrosos, como el Mar Tenebroso o Lugar del Miedo, o el grandioso continente que se les ofreció a sus ojos, virgen y prometedor.

La fundación de América por los españoles estuvo envuelta en un velo de utopías y mitologías antiguas. Los conquistadores llevaron consigo a la “Cuarta Región” del mundo las leyendas de la Antigüedad y de la Edad Media europeas, que de golpe se actualizaron y cobraron nueva vida, haciéndolas parte esencial de la América misma.

En el Nuevo Mundo se van a consumar las menciones del Antiguo Testamento a Ofir y Tarsis, y los relatos greco latinos de La Atlántida del Diálogo Critias de Platón, el mito de las Amazonas, o el Jardín de las Hespérides; y también leyendas medievales como la del Preste Juan, las Siete Ciudades de Cíbola, el país de Jauja, o la Fuente de la Juventud.

América se va convertir en el crisol de experimentación práctica y de la ratificación de lo imaginado por el hombre europeo durante siglos, como nos descubre el filósofo  aragonés Fernando Aínsa en su Necesidad de la Utopía.

Conceptos legendarios del Viejo Continente como El Dorado, El Paraíso Terrestre, la isla de san Barandán, o la Ciudad de los Césares, cobran con los descubrimientos una inusitada importancia, hasta el punto de imponer estos nombres y patronímicos a territorios desconocidos del Nuevo Mundo. El mismo Cristóbal Colón situó el edén bíblico, primero en  Santo Domingo que llamó el Paraíso de la Reina Sibila, y luego en las bocas del Orinoco, Venezuela.

El descubrimiento de América no sólo no detiene la imaginación de Occidente, sino que la incrementa, poblando con sus nomenclaturas de los mapas de lo desconocido. Las pasadas leyendas conceden pruebas tangibles para seguir justificando la búsqueda de territorios inmateriales y fabulosos.

La quimera, el ideal, la ficción y la utopía, lejos de desaparecer con los nuevos descubrimientos, crecen y se transforman, reinterpretados desde la perspectiva de un universo nuevo. Y al fin, la Tierra de las Cuatro Regiones, aparece ante las retinas de los conquistadores españoles como una realidad tangible y real, y no como una quimera.

Los mitos ofrecen a los descubridores un mensaje espiritual que influye intensamente en la actividad de sus mentes. Y así los españoles contextualizan el mito europeo, la tradición grecolatina y la oriental en América, entremezclando las doctrinas de los doctores medievales y enriqueciendo el mito y la utopía.

El capitán Pedro de Ursúa, acompañado por el inefable Lope de Aguirre, se lanza en busca de otro gran mito: Omagua y El Dorado: La ciudad mítica del indio del oro. Antes habían perseguido sin éxito el mismo sueño Sebastián de Benalcázar y Jiménez de Quesada en ocultos territorios del sur de Colombia.

Los actuales Estados Unidos también fueron término predilecto de los mitos seculares. Ponce de León busca en el año 1512, en la Florida, el Biminí, o la isla de la Eterna Juventud. Y hasta el clero se vio impelido por estas mismas utopías, olvidando el voto de pobreza: Fray Marcos de Niza emprende un aventuresco periplo por Tejas, Arizona, Nuevo Méjico y Sonora, rastreando las fabulosas Siete Ciudades de Cíbola.

Vázquez de Coronado, tras explorar Kansas y Oklahoma, regresa a Méjico tras buscar inútilmente el mito de Quivira, otro nombre legendario de las fábulas medievales españolas del siglo XI, que aludían a los obispos guiados por el prelado de Mérida, que huyeron con tesoros extraordinarios allende el océano, tras la invasión musulmana.

Más tarde, en la década de 1540, Francisco de Orellana, intentó localizar El Dorado en las selvas del Marañón, descubriendo el Amazonas, aunque al decir de fray Gaspar de Carvajal -en su Relación del Descubrimiento del Río Grande-, su gran anhelo era hallar la Argólida de los argonautas hispanos.

Inspirados en los sumarios y arquetipos del imaginario colectivo europeo, las Indias se convierten en meta de costosas expediciones y en modelo utópico de las nuevas sociedades. La recién descubierta América se tiñe desde su incorporación, con las nostalgias del pasado de la vieja Iberia y del Occidente cristiano.

Quien mejor resume el ambiente de búsquedas fabulosas en las que se cumplieran las leyendas antiguas y medievales fue Bernal Díaz del Castillo quien afirmó en Cuba: “Todos estábamos hechizados con las asombrosas tierras descubiertas y nos parecían cosas de encantamiento, como las que se narran en el Libro de Amadís de Gaula”.

Europa misma quedaría sorprendida ante las noticias maravillosas procedentes de una América que mostraba aspectos nunca sospechados, y donde se cumplían las mitologías que creían imaginaciones.

Fábula, espejismo, ilusión, conquista, colonización y evangelización, coexisten unidos en las mentes de los descubridores, desde California hasta Florida, y desde Yucatán a la Tierra de Fuego. El continente americano se incorpora a la historia de la humanidad con nombres imaginarios de la cultura europea que llevan en sus provisiones Colón, Cortés, Pizarro, Orellana, Valdivia, Núñez de Balboa, o Pedro de Alvarado, el que creyeron los mexica tonatiuh, “el hijo del sol”.

Y existen más hechos palmarios que lo así lo ratifican.

En 1526, Sebastián Caboto parte de España hacia el río de la Plata, según su testimonio para hallar las minas de Tarsis y Ofir, mencionadas en el libro de los Reyes de la Biblia. Ascendiendo por el río Paraná, halló al legendario Rey Blanco, así denominado por estar cubierto de placas y diademas de plata, y “una región de tanta riqueza que era maravilla en oro y piedras preciosas que según él no es otra que la bíblica Ofir”.

Un nuevo escenario de las quimeras europeas surgía en América, unido a los emporios fabulosos del Paititi, o a la Ciudad de los Césares, así llamada por haber sido fundada por el capitán Francisco César, cuyas relaciones escritas se perdieron, como nos lo testifica el escritor Aínsa.

Según cuenta Pedro de Oviedo en sus crónicas, unos náufragos sobrevivientes de una expedición costeada por el obispo de Plasencia al estrecho de Magallanes, encontraron una tribu de nativos ricos en plata que vivían en una tierra fertilísima cerca de una laguna, donde hacía años se había fundado la mítica Ciudad austral de los Césares, llamada por los indígenas la Ciudad del Buen Gobierno y de la Fortuna.

Perú se identificaría con la Atlántida, doctrina defendida por el obispo Vasco de Quiroga y sus dominicos evangelizadores. Y años más tarde surgirá en el cono sur la utópica Ciudad del Sol, el modelo reproducido por la combativa orden ignaciana, que aplicó luego en las Reducciones de Paraguay.

En ellas los jesuitas emplearían los ideales de la civilización católica y la urbe imaginada por Erasmo  y Thomas Moro. En América se fusionaban al fin los principios de la Cristiandad de la que procedían, las utopías de los humanistas y los símbolos y tradiciones del Viejo Continente.

No en vano cuando los conquistadores españoles pusieron el pie en la Tierra Firme, Leonardo acababa de pintar la Gioconda, Bramante había iniciado la basílica de San Pedro, en Florencia, Maquiavelo era nombrado ministro de la Guerra y los filósofos renacentistas eran leídos en las Universidades europeas.

Un mar de filosofías, de artes y de religiones indígenas se fertilizó con un fermento intelectual y arribado de Europa, las utopías y los mitos. Y aquel hubiera sido mayor, si en la mayoría de las sociedades conquistadas hubieran existido plenos esplendores culturales.

En cuanto a los grandes encuentros de España en América,  -Méjico y Perú- nadie hubiera podido creer que aquellos fabulosos imperios, su cultura, su arte y sus dioses, fueran a derrumbarse tan estrepitosamente, en un cataclismo histórico que comparado con la caída de Constantinopla, ésta parecería un acontecimiento irrisorio. En Méjico se habían sucedido civilizaciones diversas, elevándose cada una a su tiempo, para desplomarse luego como las olas del mar.

Cuando Cortés conquista la capital azteca- Tenochtitlán- en 1527, se encuentran frente a frente dos universos y dos culturas diferentes. No obstante, hoy nos preguntamos: ¿Cómo Cortés o Pizarro pudieron conquistar dos estados tan densos y bien defendidos y mejor organizados, con tan pocos medios?

Según los anales de la época, fueron dos hombres hechos a sí mismos que huían de la misma miseria extremeña. Procedían de las capas más bajas de la nobleza rural, y se hallaban poseídos por los mismos sueños de riqueza y de gloria caballeresca.

Miraban esperanzados al Nuevo Mundo por saberse desheredados de la fortuna, estar ansiosos por ascender en la escala social castellana y mejorar su fortuna y su linaje. Luchaban por su fe, por su rey y por su fortuna individual que los harían dejar de ser pecheros, para convertirse en nobles receptores de privilegios.

El oro y la plata de los aztecas, caribes, incas, araucanos o patagones, representaban para ellos la embriagadora perspectiva de la mejora social.

Según el historiador Lucena Salmoral, vilipendiado y mitificado, el conquistador español sigue siendo hoy día un personaje enigmático que abrazó su oficio por necesidad; y en la actualidad nos resulta insólito que en la nómina de sus capitanes nunca hubiera un noble que los guiara.

El conquistador americano pertenecía a la ralea de los hispanos malditos: Soldados sin compañía, villanos arruinados, pícaros sin víctimas, criados sin amo, marineros sin barco, segundones sin oficio ni beneficio, campesinos sin tierra o funcionarios sin empleo.
Francisco Pizarro nos ofrece una imagen de lo que aseguramos que no precisa documentos irrebatibles. Tirando de su espada, practicó una línea en la arena y mirando a los suyos señaló el horizonte donde se hallaba el Perú de susficciones:

“Señores-, les dijo-, esta raya significa trabajo, miedo, hambre, perseverancia, sed, cansancio, e incluso la muerte. Los que tengan ánimo de franquearla y vencer, pásenla en señal del valor de sus corazones; y los que se sientan indignos, vuélvanse a Panamá sin resquemor. Los que se queden lo harán por honra de Dios, de nuestro rey y de nuestra particular fortuna”.

De golpe, con irrisorios contingentes de hombres, Pizarro y Cortés causaron una derrota de colosales proporciones a los mayores imperios del Nuevo Mundo. Se impusieron a ejércitos cincuenta veces mayores que los suyos, derrumbaron sus fundamentos, cosecharon el botín más fabuloso que jamás haya visto el hombre, y de paso cambiaron una tradición cultural de milenios, sin sufrir apenas bajas, después de sustituir los dioses de sangre por el Dios cristiano de la concordia, y las leyes indígenas por el Derecho Romano.

Militarmente, los indígenas del Nuevo Mundo, se hallaban en la Edad del Bronce, pero aún así los españoles demostraron un heroísmo extremo, y una superioridad militar de altura, cifrada en la ventaja del acero, los caballos y en la racionalidad, que se imponía al mundo mágico de incas y mexicas.

Pero sería injusto confiarlo todo a la ambición de aquellos osados capitanes y soldados de fortuna. Resulta razonable resaltar en el conquistador español su espíritu combativo, su religiosidad, su sentido del honor, su codicia, aunque también la crueldad propia de la época. Una mezcla de elementos medievales y modernos que demuestran lo ambivalente de su figura histórica, como lo acredita un escaso espíritu crítico que lo llevó a perseguir mitos quiméricos.

Pero en sus almas también cohabitaba el espíritu innovador del hombre renacentista, el deseo de nuevos descubrimientos geográficos y el incentivo de la aventura y el riesgo; pero sobre todo una fe indestructible en sí mismos y en sus creencias.

Sirva como paradigma de lo que defendemos la expedición a América del Norte de Hernando de Soto, el financiador de la empresa de Pizarro, y primer europeo que habló con el emperador inca Atahualpa. En mayo de 1539, con un ejército costeado a sus expensas, este rico armador, hombre romántico, explorador arrebatado y joven guerrero, abandona las delicias de Cuba, donde era gobernador, y desembarca en Tampa, Florida.

Muy medieval, muy caballeresco, y así mismo muy renacentista en su modo de proceder. A lo largo de cuatro años se movió a su antojo y sin avasallamientos a indígenas, muertes, violaciones o rapiñas, por Florida, Georgia, Carolina del Norte y del Sur, Tennessee, Alabama, Misisipi, Arkansas, Tejas y Luisiana, llegando en una balsa a la actual Memphis, en busca de minas de oro de Salomón.

Con una intrepidez sin precedentes se enfrentó a oleadas de indios que los atacaron ferozmente durante cuatro años. La epopeya aún la recuerdan en sus relatos escritos las tribus que aún perduran en los EE.UU, siendo un personaje capital de la historia americana. Muere durante la campaña, totalmente arruinado, aunque fiel al ideal heroico de la época.

Es cierto que en América, lenguas, oraciones, arquitecturas, músicas y esperanzas desaparecieron en el encuentro, sustituidas por otras nuevas nacidas de la cultura greco latina, del cristianismo y del renacimiento europeo, pero no fueron suplidas por la nada, la barbarie o el caos, sino por una nueva civilización más perfeccionada que dio paso luego al mundo en el que vivimos.

Las creencias de los dos mundos se miraron a los ojos frente a frente y ganaron las más elevadas.

Baste un argumento como prueba, un hecho admirable y singular que nos narra fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de la Nueva España. Tras la conquista de Méjico por Hernán Cortés, se produjo en la capital del Valle de Anáhuac, un acontecimiento brillante que vino a demostrar que en la religión de los conquistadores prevalecía el espíritu y la concordia, sobre la sangre, la magia y la superstición.

Cortés había solicitado al emperador don Carlos que enviara a Nueva España evangelizadores de acrisolada pureza y costumbres intachables:

“Que los sacerdotes que envíe Su Cesárea Majestad sean humildes, desprendidos de toda riqueza y temerosos de Dios; no obispos y prelados acostumbrados al lujo y el boato, para que así aparten a estos pueblos de las tinieblas de la idolatría, con el ejemplo evangélico”. ¿Eso lo hubiera pronunciado un descubridor sanguinario que sólo lo empujaba la avidez del oro?

Cortés en cartas dirigidas al César Carlos manifestaba que su conquista militar debía de ser acompañada de una conquista espiritual. ¿Puede hablarse entonces de una invasión sin principios morales?

Cuando los doce frailes franciscanos- les llamaron los Doce Apóstoles- cruzaron la calzada de Texcoco y entraron en la gran urbe de Tenochtitlán, el gentío se quedó atónito. Esperaban a misioneros de suntuoso andar y ataviados con púrpuras.

Pero los frailes del poverello de Asís caminaban recogidos y descalzos, con los hábitos austeros, la mirada mística y bondadosa, abrumados por el recibimiento, y sin ningún alarde ni ostentación, mientras bendecían a los indios con humildad franciscana. Los indios al reparar en la modestia de los hombres santos, prorrumpieron en una sonora aclamación que aún nos arrebata:-¡Mot-olínea, mot-olínea! “! Son pobres, son pobres!”.

Un Cortés conmovido, que los aguadaba en el Zócalo besó con devota unción el borde del hábito del prior, fray Martín de Valencia y de fray Toribio de Benavente, que en lo sucesivo fue llamado en Méjico padrecito Mot-olínea, por su amor a los más modestos y débiles, aquellos indios que habían sufrido una dura desculturización, pasando de “indios” a tributarios y meros campesinos.

La nueva religión se imponía al fárrago de los cañones, al tufo de la pólvora y al piafar de los caballos con la palabra acogedora de los Evangelios que traían bajo el brazo aquellos sencillos hombres de Dios, su refugio y consuelo.

En este sentido, cabe pensar que el estado utópico que buscaban los conquistadores, esa imagen terrestre del paraíso que les habían enseñado en las escuelas parroquiales de Castilla, empieza a transformarse en el proyecto soñado, aunque éste fuera impuesto.

Y es precisamente en la ciudad de Méjico, donde se va o llevar a cabo el más insólito encuentro entre sacerdotes de dos religiones, la antigua y la nueva, que jamás llegaron a acometer ni ingleses, ni franceses, ni holandeses en toda su etapa colonial, dando un ejemplo inestimable de civilización y del comprensión del conquistado.

En 1524 se produjo en Méjico un singular acontecimiento, único en la historia de las civilizaciones. Dos delegaciones de clérigos de élite de ambas religiones-la cristiana y la azteca- entablaron en la capital una disputa en torno a la naturaleza de Dios. En el bando español los doce teólogos franciscanos enviados por Adriano VI, y en el otro, doce sumos sacerdotes de la Triple Alianza, trípode cuyo miembro más poderoso lo constituían los mexica, que habían ejercido el poder político y espiritual en las tierras mesoamericanas.

El consejo español, encabezado por un intelectual entregado a la fe y al ascetismo, fray Martín de Valencia, que acabaría sus días como ermitaño en un desierto mejicano, se propuso abrir los ojos a la clase sacerdotal nativa, por los únicos caminos posibles: la tolerancia y el respeto a sus credos.

Los mexica eran vasijas vacías a la espera de llenarse del Verbo, y había que tratarlos con igualdad y caridad evangélica, y enseñarles la belleza de la fe de Jesucristo, el amor al prójimo, y la promesa de un paraíso, mediante una discusión teológica razonable, donde les manifestaran que Cristo reconfortaría sus corazones si cesaban los estériles sacrificios sangrientos, y si se adherían a la nueva religión y a su promesa de salvación.

“Los sacerdotes el sol somos las madres del pueblo, los guardianes del orden cósmico, aquel que se sostiene con la sangre de los sacrificados- contestaron tras arduas discusiones los Ministro de Tlaloc, el Señor de la lluvia-, y como vosotros -venerables hombres del Dios blanco- estamos obligados a aportar consuelo a los desfavorecidos y mantener la energía vital del mundo con las inmolaciones rituales de seres humanos. Sin embargo hemos comprobado que nuestros dioses no han tenido poder suficiente para librarnos del Malitzín Cortés y de sus armas, y que vuestra fe es más compasiva y eficaz que la nuestra.”

En una sobria ceremonia, los religiosos mexica abjuraron de sus creencias y alentaron al pueblo a que profesara en masa el cristianismo. Comenzaba en América una nueva era guiada por el humanismo cristiano de los conquistadores, a pesar de que en el futuro inmediato, la devoción al Evangelio fuera superficial y la religión de los nuevos amos, se mezclara con la de los conquistados.

Así por ejemplo los mejicanos veían en la Virgen de Guadalupe del cerro de Tepéyac  a Tonāntzin, “La Madre Venerada” en lengua náhuatl, diosa muy reverenciada en la mitología mexica.

No obstante, cabe pensar que al sentir religioso de los españoles le costó sobremanera entender la presencia del dolor y de la sangre en las metafísicas indígenas, justificado por ellas como alentador del orden del universo, y no, como se creía en Occidente, un designio providencial de Dios en un momento de la vida.

Es evidente que el gusto por la muerte como espectáculo era distinto en las naciones precolombinas, al concebido en Europa, pero existente en todas. Los sacrificios humanos se cobraban en Méjico tres o cuatro mil almas al año, pero también en París se decapitaban a centenares de ladrones y se empalaba por aquel entonces a los lujuriosos del pecado nefando en elevado número.

En Toledo, Valladolid o Sevilla, se quemaban un sinnúmero de herejes, y los asesinos eran descuartizados en Londres por millares, celebrándose ahorcamientos ocho veces al año en Hyde Park, donde hasta se llegaba a pagar un chelín por un buen sitio de observación del espectáculo.

En cuanto a la tan pregonada dureza de la conquista, los historiadores modernos coinciden en que en ambos mundos, el Viejo y el Nuevo, la meta consistía en crear un paroxismo catártico de lealtad al gobierno y al poder constituido mediante la fuerza. En la civilización mexica y azteca, por poner un ejemplo clarificador, poseía la singularidad de que recordaba la justificación espiritual del imperio, y en el Occidente europeo, la reafirmación del poder divino del soberano.

Y cada cultura manifestaba en aquellos siglos su particular dureza y singularidad. De modo que el binomio - muerte en tropel- formaba parte del paisaje europeo en el siglo XVI, como del autóctono americano.

En cuanto a la avidez del oro del conquistador hispano hay que comprenderla como un pecado natural de quien nada tiene y lucha por conseguir algo para mejorar su vida. En su libro “Descubrimiento y fundación de los reinos ultramarinos”, el profesor Lucena Salmoral asevera:-“La verdad es que las guerras coetáneas al descubrimiento eran prolijas en ejemplos de salvajismo humano. Aterrar al enemigo era la regla áurea de toda campaña militar”.

Las civilizaciones americanas, asegura otro americanista, el académico Ciudad Ruiz, no eran ni compactas, ni homogéneas, ni uniformes, ni sofisticadas bajo ninguno de los puntos de vista. Por ese motivo, tuvo un gran mérito de asimilación de la América india por parte de los españoles, hasta el punto de que admitió en su nuevo modelo de sociedad al hombre americano, extremo que no siguieron ni franceses, holandeses o ingleses.

Y como hecho inconcebible en la historia, - frente a la Escuela Aristotélica que propugnaba el derecho natural a la esclavitud-, surge en la España del Quinientos, la Academia de Salamanca liderada por Francisco de Vitoria que defiende la libertad del indio, y que se plasma en las célebres Leyes Nuevas de las Indias de 1542.

Años antes, y auspiciado por fray Antonio de Montesinos, el 27 de diciembre de 1512, el regente Fernando el Católico firma las treinta y cinco Leyes de Burgos que tratarían de proteger a la población indígena americana y paliar los efectos del encuentro. “¿Con qué autoridad decía- habéis hecho la guerra a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas. Procurarle al menos el beneficio de la civilización, de la paz y de la Fe?”- le manifestó el dominico al Virrey de las Indias.

¿Se conoce una labor semejante propiciada por la Corona Británica, o la monarquía francesa?

“Lo cierto fue que una civilización de hombres llegados allende el mar, maestros en la política del poder y expertos en el ingenio para las empresas arriesgadas, se impuso a las viejas creencias paganas de deidades sangrientas que inmolaban a millares de seres humanos”- apunta en su biografía de Hernán Cortés, Salvador de Madariaga- “Fue el enfrentamiento entre el intelecto y la razón contra la magia y la hechicería, con triunfo de los primeros, por el hecho de creerse firmemente superiores”.

Pero no es menos cierto que los franciscanos, jesuitas, dominicos o agustinos, transportaron a América un modelo de sociedad basado en la razón clásica, en el pensamiento místico de la época y en la invención utópica de la ciudad cristiana imaginada por San Agustín, como arquetipo de toda civilización.

Tras la devastación de la capital azteca por parte del ejército de Cortés, éste se propuso construir una nueva urbe según ese modelo agustiniano. Así lo afirman tanto el filósofo neoyorquino Stony Brook como el antropólogo Jorge Klor: “Sobre los pilares de las deidades sangrientas Cortés alzó una nueva Roma”.

Los mexica en sus pictogramas nunca juzgaron al conquistador de Medellín en términos morales, y en modo alguno lo tildaron de infame o de cruel, sino como el Dios Blanco, el Hijo del Sol y Señor de Malinche, aceptando la realidad y la norma de la historia de que unos pueblos se superponen a otros como dinámica inapelable de la historia.

Es irrefutable en este sentido el texto del soldado cronista Bernal Díaz del Castillo para explicar los motivos de la conquista de Cortés, donde se define a sí mismo, y declara el propósito de su empresa: “Mis hombres y yo, nos hemos unido en Santa Hermandad para servir a Dios y a Su Majestad, para iluminar a quienes viven en las tinieblas y para buscar la gloria, y la felicidad terrenal, como es deseo natural de todos los hombres”.

En este sentido, Hernán Cortés, al saberse el elegido de Dios para descubrir nuevos mundos, legitima la posesión de los nuevos espacios dominados, se convierte en el impulsor del descubrimiento, en señor de conquistados y en creador de una nueva sociedad, según el pensamiento de la época de señor y vasallo.

No obstante la Corona no evaluó en su justa medida las hazañas de estos capitanes y la nobleza castellana siempre consideró a los conquistadores como advenedizos, y a sus proezas meras escaramuzas sin excesiva honorabilidad.

El eminente hispanista John Elliot nos recuerda que en la España del siglo XV y XVI se valoraban más las conquistas de Granada o Nápoles, y las estrategias del Gran Capitán, que las conquistas de Pizarro o de Cortés. Él lo llama el impacto incierto. Y pasaría más de un siglo en asimilar su verdadera importancia. El emperador Carlos V, no citó ni una sola vez en sus Memorias, ninguna de las empresas americanas, ni las navegaciones de Magallanes y Elcano, no mereciendo ni el más mínimo comentario. Sorprendente, de quien recibió a manos llenas sus quintos reales, regalos fabulosos y caudales sin cuento.

El ensayista José Antonio Maravall, en su discurso de entrada en la Real Academia de la Historia, trae a colación un valioso testimonio de Francisco de Jerez, conquistador y cronista español en Cajamarca, citado en su Verdadera Relación de la conquista del Perú:

“¿Cuándo se vieron en los antiguos ni modernos tiempos tan grandes empresas llevadas a cabo por un puñado de osados compatriotas, contra tantas gentes y pueblos, tantos cielos, tantos climas, tantos mares, y tantas tierras no vistas ni sabidas? ¿Cómo se igualarán en el futuro?”

Al encontrarse con la cultura mexica, Cortés reproducirá en ella el orden existente en la Península de rey y súbdito, la forma de guerrear y los principios greco latinos que regían en el Viejo Mundo.

Cortés se convirtió de hidalgo español en dios de la religión mexica, ya que fue identificado con la Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl, el dios blanco que un día regresaría para reivindicar lo que era suyo. Y por requerimiento del Consejo de Indias, llevó a cabo la conquista de Nueva España sobre bases jurídicas, en cuanto los mexica eran requeridos a tomar vasallaje del Emperador y a renunciar a sus dioses sangrientos, antes de contender con sus ejércitos.

Hernán Cortés, arrostrando ingentes peligros, conquistó un imperio tan grande como Europa. Según los espías de Moctezuma, los hispanos no eran sino monstruos salidos de las espumas del mar que cabalgaban sobre venados gigantescos, que eran ávidos de oro y amigos de gozar de todo tipo de delicias.

Moctezuma no se comportó como un cobarde o un insensato, simplemente es que perdió la fe en la victoria pues consideraba a los españoles, teotls, -o dioses-, y nada podía hacer contra su poder omnímodo. El encuentro entre dos mundos mutuamente extraños, se produjo ciertamente en desigualdad de sentimientos.

Encantos, sortilegios, brujerías y sacerdotes hechiceros, van sucumbir ante la lógica de un pueblo que poseía una fe más fuerte, una civilización más acendrada, una visión del mundo más universal y una religión de superioridad moral. Venció la fe, la osadía y la lógica frente al pensamiento mágico.

Con el tiempo, en España, aquellas utopías, encuentros, hazañas y quimeras se retornaron en brumas aventadas por leyendas negras, cuando como nación civilizadora, estaba convencida de que había vencido a la historia y era dueña de su propio destino. Por eso, ante la sinrazón, España se replegó sobre sí misma.

La razón, el arrojo y la fe fueron las armas de aquellos hombres para entender un universo nuevo y forjar cambios en provecho de la propia humanidad, cambios de los que se beneficiaron todas las naciones del orbe de lo que podría llamarse el fundamento civilizador de la conquista española.

Las opiniones que nos acusan de aptitudes etnocidas y anacrónicas en la conquista de América, suponen caer en una gran trampa, pues eluden  justificar la totalidad de los hechos de la conquista. Pero no es menos cierto que ninguna religión o filosofía ha sido capaz de cambiar los instintos del hombre.

Alcina Franch mantiene una opinión que respaldamos. Es llegado el tiempo de dar por terminada la guerra de leyendas, -blancas o negras-, y hacer historia objetiva del fenómeno que significó la conquista del Nuevo Mundo. Pero en el siglo XXI seguimos en plena guerra legendaria. Asegura el antropólogo que el modelo español de conquista es un calco del romano: incorporar a las poblaciones nativas a su propio sistema cultural y legislativo, sin tener en cuenta al conquistado.

Fue un acontecimiento tan dramático como luminoso. Bien es verdad que encuentro significó un severo hundimiento demográfico de la América india, - producido de forma consciente o inconsciente. Pero esto acaeció por ser América un universo más sutil, que aún pervivía en la Edad del Bronce, y que se vio atacado por una invasión más poderosa, sin olvidar las devastadoras epidemias de patologías ignoradas por unos y otros, que ocasionaron estragos sin cuento.

Y si hoy aún, en pleno siglo XXI, no hemos conseguido erradicar la violencia bélica, mucho menos podemos pretenderlo en tiempos pasados.

Considera además Alcina que paradójicamente los más fervientes indigenistas son precisamente los descendientes directos de aquellos españoles que llegaron a América, y que deberían releer la historia para ser más justos y ecuánimes, y conocer la incontestable verdad, necesaria para el entendimiento mutuo.

Los humanos no toleramos el mundo de los otros y menos si los consideremos inferiores, y siempre caemos en la soberbia de creernos mejores que los demás; pero ya decía el filósofo Theodor Wiesengrund Adorno, que “el eterno reloj de arena de la Historia- esa vieja dama que siempre asume su papel de juzgadora, se agita sin cesar, y los hombres con ella, polvo entre el polvo”.

Nuestro pasado, a veces olvidado, ignorado o despreciado, está constantemente llamando a la puerta de la gran Historia, con todas sus imperfecciones, luces y culpas. El poder indudable de los descubrimientos españoles en América, no puede minimizarse o trasladarse al capítulo del rechazo o el menosprecio. Costó muchas vidas, esfuerzos sobrehumanos y trabajos constantes, unas veces inteligentes y otros rechazables. 

El hombre no se puede sustraer a la influencia poderosa e implacable de la mudanza de la Historia, y España constituyó uno de esos impulsos que modificaron el mundo hasta entonces conocido.

Pero de las múltiples metáforas de las epopeyas escritas en América por los conquistadores hispanos, como el poder, la angustia, el sufrimiento, el infierno, el paraíso, la riqueza, la muerte, la utopía o la gloria, una realidad distinta germinó allende el océano Atlántico, uniendo nuevos mundos y hallando conocimientos inéditos con los que la humanidad toda prosperó.

Navegantes, pilotos, soldados y capitanes de la corona española salieron a buscar espacios inexplorados, que inexcusablemente se convirtieron en siglos venideros en una interrogación sobre lo otro, lo oculto, lo impenetrable, dando pie con los siglos venideros a otras empresas más altas, como el conocimiento de las estrellas y del cosmos.

La manipulación del lenguaje histórico, para derrotarnos con la insidia, la oquedad de los mensajes de los historiadores, la fuerza interesada de los embaucadores, las hipotecas históricas contraídas por la fatalidad o la envidia, y el potencial de destrucción que todos los pueblos llevamos en nosotros mismos, no pueden minimizar aquellas gestas de los colonizadores de América.

El hispanista estadounidense Lewis Hanke ha destacado que una de las luces de la conquista española fue precisamente la capacidad de autocrítica: “Otras naciones europeas establecieron imperios en América con superior violencia, pero ninguno se lanzó a la lucha por la justicia, como lo hizo España. Ningún país europeo ha originado figuras como Bartolomé de las Casas, Montesinos, Vasco de Quiroga o fray Bernardino de Sahagún. Esto debe abrir las puertas de la reconciliación histórica”.

Las culturas y los hechos de las naciones son como los libros”, nos recuerda el antropólogo Claude Lévi-Strauss-. Cada nación es un volumen en la gran biblioteca de la humanidad, y todos son igualmente valiosos y necesarios”.

La pasión manifestada por lo desconocido, el desafío de los mitos, las pruebas de muchos fracasos de aquellos aventureros sin miedo, nos honra hoy día y nos enrola indefectiblemente en la veracidad histórica, haciéndonos más sabios para combatir la superchería, la ignorancia, el atraso y la irracionalidad.

Sin el respeto a nuestro pasado y la decisión y el coraje necesarios para defender los valores de la civilización occidental que llevamos a los nuevos mundos, la historia jamás hubiera sido nuestra aliada

Tomando estas osadías como la fuerza que empujó a los conquistadores en América y sirvió de modelo de colonización a otras naciones de Europa, la humanidad siempre mantendrá sus ilusiones y esperanzas para emprender nuevas proezas.

Firmemente asentados en el estudio de todos los puntos de vista, traslademos desde la Real Academia Hispanoamericana al Nuevo Mundo, luz y esperanza, y que las leyendas negras o blancas, sean contempladas únicamente desde la certidumbre histórica.
Y si excluyéramos del trascendental acontecimiento llevado a cabo por España las tan necesarias utopías, la humanidad se habría detenido en las cenizas del tiempo.

 

 


ISSN: 2174-0445



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