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FLORIDA
 

 

Pilar Paz Pasamar

Para un español de a pie La Florida sigue siendo hoy algo así como el sueño de un paraíso lejano: un espejismo azul de sol, islas de coral, palmeras, cañas de azúcar y aligátores en los Everglades. Para un jubilado norteamericano, las luminosas ciudades de La Florida realmente siguen siendo lo más parecido a una fuente de la eterna juventud. Pilar Paz Pasamar (1933), que acaba de ver la edición de su narrativa completa en el volumen Marinera en tierra adentro (Cádiz, 2012), y la de sus once libros de poesía en el volumen Ave de mí, palabra fugitiva (Poesía 1951-2008) (Cádiz, 2013), se plantea la perplejidad que nos produce el devenir de la historia; se pregunta qué pensarán ellos, los habitantes de La Florida, de nosotros, los descendientes de los primeros colonizadores; y cómo, a la hora de la verdad de un destino individual, una tierra lejana puede quedar reducida a un instante: la canción que un desconocido tararea para quien consigo va.

FLORIDA

«La Florida, como debe llamarse, o The Sunshine State, El Estado Soleado, a cuyos datos cualquiera puede acceder por los medios de información que existen en nuestro siglo, pudiera ser para algunos, entre los que me encuentro, un modo de sentir la pérdida de una historia gradual y tal vez dolorosa que da por resultado sorprendente el de una causa nueva provocada por el hombre y aún más positiva que todo lo anterior. Por ejemplo, y sin tener en cuenta todo lo anterior acaecido, aquel cruento episodio del corsario pirata Drake y cuanto atañe a lo puramente español de nuestros conquistadores o misioneros, el sabor y paladeo de un alimento que sabe a todo un poco y, al final, a España. Las hojas abiertas nominales y también los fracasos y los triunfos sucesivos e inmediatos como pudieron ser los de la Compañía de Jesús en su primera incursión de
1572 creando con su martirologio un posterior y definitivo afincamiento cuando fueron relevados por los hermanos de la Orden de San Francisco. De lo que hemos tenido siempre noticia, sin embargo, es de las oposiciones y ajustes con el Reino Unido, aunque a muchos les hubiese interesado más la evolución del Estado, es decir, entre otras razones político-económicas, las del desarrollo de la fe cristiana que portaron incluso los hombres  descreídos, rudos aventureros de nuestra tierra. Hay una gran cantidad de historiadores y necesitaríamos más que nos contaran la relación evolutiva entre españoles e hispanoamericanos del sur y norte. Acaso los libros de historia y sus crónicas de las conquistas y pérdidas por parte de los españoles de esta actual península  americana, se concentren en un futuro en breves espacios digitales, pero ha de ser la Crónica Absoluta, quepa donde quepa, la que tenga acceso de todos los interesados en el tema, incluido, por supuesto, el del Estado de La Florida. Porque al  acceder a las cifras, número de habitantes o etnias, sentimos la imperiosa necesidad de saber qué sienten por España y qué es para ellos, qué conservan de nosotros y qué han olvidado para siempre los habitantes de esta península descubierta por Juan Ponce de León cuando, en busca de la fuente de la juventud en Bimini, la llamó con el litúrgico nombre de Pascua Florida. Así que cerramos el tal vez innecesario proemio con una fecha tajante: El 3 de marzo de I845, Florida se convirtió en el  Estado Confederado número 27 de los Estados Unidos de América.  
                                        
El único ciudadano que he conocido ─relativamente─ del Estado de Florida fue un vendedor de flores que, rodeado de ellas, iba formando ramilletitos precarios, uno a uno. También cantaba algo así con acento indefinible: “Como Judas el traidor – a mi Florida han vendido- ¡Todo al inglés le han cedido- Florida, de flor a flor!”.

Después de rotas las convenciones y entablada conversación, supe de su nacionalidad ─ya que de su estado económico no, que a la vista estaba─ y de algo que presuntamente tenía que ver con el tratado de París, según mis cavilaciones interiores. Le informé que aquel lugar de la acera estaba muy próximo al mercado gaditano llamado de las Flores, pero no logré animarle y él erre con erre  con su cantinela. Al fin pude saber que era ciudadano del estado norteamericano llamado La Florida, donde el clima es bastante mejor que en Cádiz cuando sopla el levante, que se habla en inglés ─chapurreado siempre mientras hablaba─ y que en su tierra priva el sol, el turismo y las flores. Confesó que el hecho de oír a tantos turistas, allá en Florida, en idioma español, le animó a venir a Cádiz y sentirse como en su casa, entre las flores del mercado y que en nuestra ciudad había encontrado toda la cantidad de sol que necesitaba. Que era  cristiano y bautizado ─pero no me quiso decir su nombre─ y que “allá” había muchos judíos. Eso es todo lo que pude saber de aquella criatura de rostro atezado y surcado de arrugas. Eso, y que era vagabundo y lo del tratado de París le traía al fresco, como solemos decir. Si me hubiese relatado la historia  de su país, o algo subjetivo de lo que pudiese reconstruir conjeturas, le hubiese preguntado algo más, pero hubiese sido lo mismo que faltarle al  respeto, al honesto secreto de su propia historia.

A él, sea quien fuere, dedico estas palabras».  

 


ISSN: 2174-0445



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