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CADA DÍA TIENE SU HISTORIA
 

 

Alvaro Cunqueiro

Es tradición vieja como la humanidad el buscar orígenes míticos a la fundación de sus ciudades y colonias. En el caso americano se prodigan los cuentos relacionados con la fuente de la eterna juventud. De estas y otras historias mucho sabía (y más aún inventaba) el gallego Álvaro Cunqueiro (1911-1981). Tomemos el guión de un programa suyo de radio, “Cada día tiene su historia”, un 8 de agosto de 1956:

«Locutor 1.º: Los celtas tenían una isla perpetuamente florida, siempre primavera, llamada Tirnanoge, pero un día al año, todas las hojas de los árboles, todas las flores, todo lo que allí decía el eterno verano, se marchitaba y moría. Una larga tarde silbada de aquilones y una oscura y larga noche surcada por el rayo y tamborileada por el granizo, deshojaba los jardines y ahuyentaba a los ruiseñores. Era el invierno de Tirnanoge, la isla de la eterna juventud, la Florida, volvía a vestir las galas del eterno verano. Según un texto que tengo a mano, solía acontecer esto en los primeros días de agosto.

Locutora: El día del invierno en Tirnanoge, todos sus habitantes se refugiaban en el hogar del Rey, tomaban brasas del sagrado fuego real en el cuenco de sus manos, y esperaban, sin dormirse, el nacimiento del alba. El que se dormía, ese moría. Y si alguno salía al aire libre, en breves minutos perdía la juventud conservada durante docenas y docenas de años, y entraban de repente en una vejez quejumbrosa y mendicante... Durante siglos esta isla, Tirnanoge, fue buscada por los hombres, y cuando los españoles con Ponce de León, llegaron a la tierra americana que hoy decimos Florida, le dieron este nombre porque creyeron haber hallado la Florida de la imaginación céltica y medieval, la tierra donde la fuente de la eterna juventud manaba, y las aguas corrían sobre un lecho de guijos de oro.

Locutor 2.º: Pero hay noticias de que la verdadera Florida, la isla Tirnanoge de los celtas, se perdió hace ya mucho tiempo en el Atlántico, como un navío herido, con sus jardines, sus enamorados, sus ruiseñores y sus grandes y pacíficos reyes. Dicen que un día, en la isla, un hombre decidió que lo fatigaba tanta juventud, y con la flecha de su arco mató a un tordo que le venía a cantar mañanas a un árbol vecino a su cabaña. Una gota de sangre del tordo muerto cayó sobre una rosa; esta rosa la llevó un mancebo de regalo, pues nunca había visto otra con una mancha tan roja, a la hija del Rey.» 1

Pero nos interesa más el final de otro texto de Cunqueiro que, tratando el mismo tema en fechas muy próximas, varía sensiblemente. Nos referimos al artículo “El verano de Tirnanoge”, publicado originalmente en Faro de Vigo un 20 de julio de 1956. Aquí el colofón es el de un hombre melancólico y pacífico arraigado a su propia tierra y a su humanidad limitada como piedra angular desde la que soñar:  

«Por muy feliz que fuese el verano en Tirnanoge, el verano perpetuo, yo no lo cambiaría por la rueda de las cuatro estaciones del país en que vivimos. Si no hubiese oído el viento del otoño, y visto las hojas secas arremolinarse en los caminos del bosque, y no hubiese conocido mi país bajo la nieve y amado el fuego paterno en el hogar, y recibido en el rostro el primer aire de abril, cuando el mundo renace y viste, ¿en esta playa de Coruxo iba ahora a reconocer el verano? Y no hablo del trigo, engendrado en el terrón en invierno, verde flor en mayo, dorada espiga ahora. Mejor que ir a ver el eterno verano en Tirnanoge es tener entre nosotros, en tiempos de verano, en el alegre tiempo, a Tirnanoge, la Florida. Latir debe el hombre con el corazón del mundo, acompasarse a él. Y asombrarse de los días. Realmente en Tirnanoge no había nada de qué sorprenderse. Tengo para mí que allá no cantan los pájaros, porque es sabido que los pájaros cantan porque se asombran, como los hombres filosofan por el mismo motivo. La filosofía, dijo el griego, nació de asombro. La verdad es que nació del asombro y de la melancolía» 2.

 

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1  Álvaro Cunqueiro, “Cada día tiene su historia”, 8 de agosto de 1956. Disponible en http://cvc.cervantes.es/actcult/cunqueiro/quehacer/periodismo_04.htm.

2  Álvaro Cunqueiro, “El verano en Tirnanoge”, recogido en Viajes imaginarios y reales, Ed. César Antonio Molina, Barcelona, Tusquets, 1986, págs. 236-238.

 


ISSN: 2174-0445



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