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EL PERIODISMO COMO VEHÍCULO INFORMATIVO, POLÍTICO Y LITERARIO EN LA EMANCIPACIÓN DE HISPANOAMÉRICA
 

José Carlos Fernández Moreno
(Director de la Real Academia de San Romualdo de Ciencias Letras y Artes)

Excelentísima Señora Directora, autoridades, Ilmo. Sres. Académicos, señoras y señores:

Aún recuerdo la repetida imagen de Adolfo Suárez entornando los ojos, suspirando con alivio y mostrando un gesto relajado mientras dejaba caer la espalda en su escaño del Congreso de los Diputados, cuando, tras la votación, fue aprobada la Ley de la Reforma Política. En ese preciso momento se abrían de par en par las puertas para un cambio radical en la política y en la historia de España.
A veces, esos instantes, que a tantos pasan desapercibidos, son la percepción gráfica y sensitiva de hechos de sobresaliente trascendencia, como en este caso el ocurrido allá en 1976.

Hechos históricos han ido siendo asociados a lo largo de los siglos a imágenes, bien pictóricas o fotográficas, que marcan un hito y nos sitúan, sin duda alguna, en aquel o en este momento puntual del controvertido devenir de España. Así nos ocurre, refiriendo aquello que nos resulta más próximo, con el ámbito de las Cortes, de la Constitución y de toda aquella revolución política generada en La Isla y en Cádiz, cuyas señas gráficas de más representatividad y cercanía a los ciudadanos viene propiciada por los didácticos cuadros de Casado de Alisal y de Viniegra y por los vetustos espacios del Teatro y el Oratorio.

Me van a permitir ustedes que a lo largo de mi exposición utilice la técnica del flash-back, o vuelta atrás, para ir intercalando hechos del siglo XIX con otros contemporáneos o, incluso, de la cotidianidad actual.

En el contexto de aquellos grandes cambios doceañistas que tan estudiados, analizados, promocionados y criticados han sido a lo largo de los últimos tiempos -sobre todo de los tres últimos años- entresaquemos una fecha concreta que viene a establecer el punto de partida de aquello que esta noche trataremos de recordar: el 10 de noviembre de 1810.
Aquel día otoñal de la primera década del siglo XIX se produce entre los artesanales muros del teatro de una pequeña villa, que sólo tenía 44 años de existencia, un hecho que vendría a constituirse en uno de los signos más llamativos y evidentes de la ruptura con el antiguo Régimen: la redacción y promulgación del Decreto que proclamaba la libertad de imprenta y prensa.

Ocurrió el 10 de noviembre de 1810, trescientos diecisiete años después de que Cristóbal Colón desembarcara en la Isla de Borinquen, la actual Puerto Rico, dando a aquellas tierras el nombre de San Juan Bautista.

Establezcamos ahora un paréntesis en lo relativo a la libertad de prensa, que retomaremos de inmediato, para apuntar que un 10 de noviembre, en este caso del año 1799, es decir once años antes, el recaudador Pedro de Portilla encabeza una rebelión contra las autoridades virreinales españolas de la ciudad de México.

Once años más tarde, el 10 de noviembre de 1821, patriotas de la Villa de los Santos lanzan los primeros gritos de la independencia de Panamá, y dos años después, el 10 de noviembre de 1823, tiene lugar en Puerto Cabello (Venezuela) la firma de la capitulación de los españoles.

Justo ese mismo día, el 10 de noviembre de 1810, paralelamente a que en La Isla es aprobado el decreto de imprenta, se produce el grito libertario de Potosí, cuando sus habitantes se levantaron en armas y tomaron prisionero al gobernador Francisco de Paula Sanz, que defendía el absolutismo español. El levantamiento de esta ciudad, legendaria por las fabulosas riquezas de las minas de plata de Cerro Rico, fue sumamente importante ya que vino a consolidar la libertad de la vecina Argentina, que combatía contra la Corona española desde 1809.

Recordemos que no estamos citando como ejemplo una localidad hispanoamericana de escasa importancia sino una sobresaliente ciudad que creció de manera asombrosa. Allá en 1625 tenía ya una población de 160.000 habitantes, por encima de Sevilla, su riqueza fue tan grande que Cervantes la cita en el Quijote: “Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas de Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote.”

Como vemos, parece que el 10 de noviembre conjura, acaso, una suerte de imaginado sortilegio para que ocurran hechos históricos de sobresaliente naturaleza.

                  
Revoluciones y circulación de prensa

El año 1810 fue fecundo en revoluciones que estallaron en diferentes ciudades americanas: Quito, Buenos Aires, Cochabamba, Oruro, La Paz…, pero ya antes de ese año había antecedentes importantes de la nueva ansia libertaria.
Los movimientos se levantaron creando juntas de gobierno, semejantes a las que se erigieron en la península, y se proclamó uniformemente el principio de que todo americano tenía los mismos derechos que los peninsulares.

Ya transcurrido el tiempo, treinta y dos años después, el 10 de noviembre de 1842 sale a circulación -con carácter y naturaleza como tal- el primer diario que tuvo la ciudad de Santiago de Chile bajo la cabecera de “El Progreso”.

La mención a “El Progreso” nos va a dar pie para retomar nuestras consideraciones sobre la libertad de prensa decretada tan solo 46 días después de la convocatoria a Cortes Constituyentes en la Isla de León, que como sabemos y conmemoramos anualmente, tuvo lugar el 24 de septiembre de 1810.

Efectivamente, con el decreto referido quedaba eliminada la censura salvo -y esto es muy importante- en aquellos asuntos publicados que tuvieran alguna relación con las materias u opiniones religiosas. Es decir, sí, había libertad de expresión pero con estos matices. Tal vez, como una concesión a la Iglesia, puesto que, por otro lado, aquellas Cortes abolían la Inquisición, abolición que, por otra parte, la Iglesia debía de haber agradecido, dado que la Inquisición fue la mayor fuente de anticlericalismo.

En realidad, con anterioridad a la promulgación de libertad de prensa ya eran publicados folletos, opúsculos, cuartillas que, sin tener la condición de periódicos propiamente dichos, sí eran vehículos para trasladar a los ciudadanos informaciones y opiniones que, principalmente, eran leídas y debatidas en las numerosas tertulias que se daban en la época y que muy difícilmente podían controlar el Consejo de Castilla, organismo censor a todos los efectos.
Todas aquellas ideas calaron en la opinión pública a través de la lectura o transmitidas de forma verbal, puesto que no podemos pasar por alto la altísima tasa de analfabetismo que se daba en España.

Incluso monumentos han sido dedicados a la libertad de prensa. Son numerosos los monumentos que, repartidos por Hispanoamérica, Europa y otros lugares del mundo, se han levantado en honor de este derecho indiscutible. Hagamos rápida mención a los muy, muy cercanos: Cádiz, Chiclana, Marbella -éste es de gran belleza y no menos simbolismo- y San Fernando.
La Asociación de la Prensa de Cádiz mandó tallar en madera de caoba, traída de Hispanoamérica para tal menester y con toda intencionalidad simbólica, una placa de grandes proporciones que fue instalada en lugar preferente del vestíbulo del Real Teatro de Las Cortes y descubierta con gran ceremonial y solemnidad, como correspondía a la ocasión y al significado de la leyenda en ella artísticamente tallada.
En el año 2010, los responsables de turno, tuvieron la muy desafortunada idea de trasladarla de lugar, relegándola a un espacio reducido, rodeada de extintores, luces de emergencia y paragüeros, menospreciando así a aquellos que la donaron: los periodistas. Torpe gesto precisamente en el histórico recinto donde nació lo que otros celebran y homenajean con  sensibilidad más que sobrada. Cada vez que tengo oportunidad reivindico el retorno de la placa a su lugar de origen y, en esta ocasión, no iba a ser la excepción.

La información, la opinión y los “patriotas sudamericanos” 

Hasta los territorios españoles en América llegaban noticias, escritos, publicaciones, periódicos cuyos contenidos avivaban el sentimiento de emancipación que, como ya hemos referido, brotaba cada día con mayor fuerza y entusiasmo en los que ya se autodenominaban “patriotas sudamericanos.”
Por otro lado, los diputados criollos regresaron a sus puntos de origen con un concepto nuevo de la prensa y allí se encargaron de difundirlo; con un concepto nuevo de los sistemas de gobierno; con un concepto nuevo de la dependencia del poder, todo ello fruto de lo leído, oído, visto, participado y aprendido en Cádiz, es decir, de lo vivido en Cádiz.
Los habitantes de las distintas tierras americanas, cada vez en mayor medida, no tenían ya el espejo de España para mirarse, sino particularmente el de Cádiz, con su apertura, sus leyes, su modernidad y su progreso.
Cádiz y el periodismo, podemos decir gaditano, les iniciaron en el hacer político, en el conocimiento y, por lo tanto, en la aspiración de libertad para decidir su futuro y su administración.
Efectivamente, el periodismo -escrito o hablado a través del contacto con los ilustrados- les enseñó a hacer política, hasta entonces allí inexistente, puesto que no se puede llamar política a las prácticas gubernamentales de los gobernadores y virreyes absolutistas que, naturalmente, ocluían cualquier otra opción.
La época colonial española tenía los días contados.
Además, a todo lo expuesto tendríamos también que añadir el ánimo que en aquellos patriotas había venido sembrando el ejemplo de sus vecinos del norte que, desde 1766, habían logrado constituir una nación independiente, ajena a las antiguas colonizaciones de países europeos.
Los vecinos de Norteamérica abogan por ideas que conmocionan las sensibilidades políticas de los hispanoamericanos cuando hasta ellos llegan mensajes que hablan de libertades y derechos políticos, de igualdad ante la ley, de búsqueda de la felicidad. Sin duda todo un ejemplo para, llevando a la práctica aquellos ideales, conseguir la separación de aquella potencia europea de la que mayoritariamente descendían los antiguos colonos.

Son muy numerosos los periodistas que en las últimas décadas del XVIII y primeras de XIX toman parte activa, con su pluma, en la tarea emancipadora, primero con una lenta preparación del ambiente y luego propugnando al máximo las ideas de independencia, recordemos que el primer número de “La Gaceta de Méjico” sale en 1772. La mayoría de aquellos periodistas ocuparon lugares destacados en la sociedad de su tiempo pero quedaron ensombrecidos por el brillo de los protagonistas militares, sin embargo asumieron la función de pioneros en una actividad que, en aquellos tiempos, suponía luchar de manera heroica contra todas las barreras ejerciendo, no sin grandes riegos, un oficio tan decisivo en la conquista de la libertad.

Por otro lado, el paralelismo con la actividad periodística  peninsular y su nexo con América queda plasmada con ejemplos como el de la cabecera “Correo Mercantil de España y sus Indias”.

Proliferan las cabeceras

Tras Méjico sería Guatemala el segundo reino de América con un periódico estable, “La Gaceta de Guatemala”. Otros reinos, como Perú, iban sintiendo la necesidad de un órgano periodístico y, así, la prensa, de forma paulatina pero firme, va adquiriendo la magnitud de fenómeno imparable. Ello propicia que por parte de los poderes realistas sea fomentada la publicación de líneas periodísticas contrarias -todo controlado por el poder, naturalmente- dándose el caso de que el virrey del Río de la Plata, Baltasar Hidalgo de Cisneros se auto titula director de la “Gaceta de Buenos Aires”, con el mayor de los entusiasmos. Esta y otras empresas similares no logran contrarrestar aquello que ya resultaba irreversible y, en corto espacio de tiempo, proliferan periódicos que irían transformándose en una trinchera frente a los intelectuales realistas.
Sólo nombremos a algunos de aquella amplia nómina: “Papel periódico de La Habana”, “El Mercurio Volante”, “Semanario Crítico”, “La Aurora de Chile”, “Los Crepúsculos de España y Europa”, y, más adelante, “La Constitución Feliz”, que era un continuo elogio a las Cortes de Cádiz y al trabajo de sus diputados.

Pero de todos, hay que reseñar que sería “El Semanario Patriótico”, de Veracruz, el primero que mostraría, sin disimulo ni ambigüedades y de forma abierta, una clara inclinación de la defensa autonomista frente al centralismo del virreinato.

Sin la consideración de periódicos, pero sí dotadas de un carácter eminentemente periodístico existieron las llamadas “Cartas de relación”, que los caudillos españoles remitían a los monarcas.

Permítaseme una brevísima referencia a lo que muchos años antes se pudo considerar “un aviso” de cómo se encontraba la situación. Se trata de “Las Noticias Secretas de América”, informe emitido por los ilustrados jefes de la Real Armada Española Don Jorge Juan y Don Antonio de Ulloa quienes, con fines científicos, permanecieron durante siete años en aquellas tierras y a su regreso, en 1746, emiten un informe confidencial sobre la situación social, económica, religiosa y militar que habían conocido en el transcurso de su misión, y las inadecuadas prácticas que los responsables de aquellos estamentos, en multitud de casos, estaban llevando a  cabo.
La alta burocracia hispana deseaba evaluar los dominios americanos de la corona, pues la dinastía borbónica estaba empeñada en garantizar la defensa de sus posesiones ultramarinas y de este modo asegurar los recursos que le permitieran a España recuperar el poder y el prestigio que alguna vez tuvo en el concierto europeo. Se preparaban drásticas reformas para el Nuevo Mundo y el informe de Jorge Juan y de Ulloa, de 1747, era el diagnostico de la realidad sobre la que habría de tener lugar la intervención.
Debió resultar fácil deducir de aquel informe la predisposición criolla imperante para, desde entonces, ir arrastrando la idea de dar rienda suelta a sus aspiraciones emancipadoras.

De la influencia masónica al periodismo de hoy

El papel de los masones en Las Cortes de Cádiz y en el periodismo de la época precisaría toda una amplia exposición que ahora no es el caso. No obstante, señalemos -para que no llame a extrañeza el asunto “masonería periodismo”- que personajes tan sobresalientes como Agustín de Argüelles (1776 - 1844) -quien tanto destacó por sus discursos a favor de la libertad de prensa y contra la Inquisición- perteneció a la masonería; Francisco Javier Castaños y Aragoní (Duque de Bailén), quien venció a las tropas napoleónicas en Bailén en 1809, también era masón; miembro de las Cortes de Cádiz y, una vez finalizada la Guerra de la Independencia presidió el Consejo de Estado y Las Cortes.
No tenemos tiempo de avanzar más en estos aspectos pero apuntemos como curiosidad que, igualmente, era masón José Casado de Alisal, afamado pintor retratista de personajes del siglo XIX y autor del conocido cuadro del juramento de los diputados en la iglesia mayor de la Real Isla de León.
Naturalmente, la influencia masónica en la emancipación de Hispanoamérica fue muy notable y su vehículo de transmisión, sin duda, el periodismo en la faceta que esta noche nos ocupa.

Voy a dar lectura al primer editorial del semanario “El Patriota”, fundado en Guayaquil, en 1810, por el poeta José Joaquín Olmedo y Maruri, que fue diputado en las Cortes de Cádiz,  mano derecha del conocido Mejía Lequerica y apasionado luchador para conseguir la desaparición de las Mitas. Y le voy a dar lectura porque expresa en un breve artículo editorial todo un código de ética profesional periodística, un código que, estoy convencido, era válido entonces, lo es ahora, y lo será siempre. Dice así: “Que se exprese la opinión libremente, pero con dignidad. Que se representen los abusos del poder y de la magistratura, pero con decoro. Que se diga la verdad con firmeza, pero sin importunidad. Que se ataquen los vicios fuertemente, pero con probidad. Que se censuren las malas costumbres con energía, pero con decencia. Que se descubran las artes de la ambición paliada con la capa de celo y patriotismo, y que jamás se vulnere el honor de los ciudadanos…”

Este texto nos va a dar pie para exponer unas breves consideraciones sobre los aspectos de la libertad de prensa y del periodismo en general trasladados a la contemporaneidad y a los momentos que ahora nos están tocando vivir.

Partamos apoyándonos en la frase de Luís María Anson, al que le asiste la razón por los cuatro costados, cuando afirma: “O se está con la libertad de expresión o se está contra la libertad de expresión”. Y es que, en ese campo no hay grises.
Cito un fragmento de otro editorial, en este caso del diario ABC del martes 7 de mayo de 1996, es decir, 186 años después, dice así: “Los periódicos son plataformas que crea la sociedad para ejercer a través suyo su derecho a la opinión y al diálogo; su derecho a elogiar al Poder o a la Oposición cuando aciertan; su derecho a criticarles cuando se equivocan; su derecho a denunciar el abuso de poder o sus arbitrariedades allí donde se producen: en la Banca, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las Fuerzas de Seguridad, la Judicatura, los Sindicatos, el Parlamento, el Gobierno o la Oposición. Porque la Prensa no es el cuarto poder, sino el contrapoder, el instrumento a través del cual los ciudadanos apoyan con el elogio a los diversos poderes cuando aciertan o les critican cuando yerran.”

Tras estas referencias, viene al caso que reparemos cuán insostenible sería nuestra cada vez más imperfecta y mancillada democracia sin el control de los medios. Y sí, digo bien, el control de los medios, puesto que, visto lo visto, escasos resultan otros controles, dada la cantidad de sorpresas y sobresaltos que nos asaltan de forma casi diaria.
El periodismo riguroso, hoy más que nunca, constituye una garantía contra la impunidad.

Hace unos instantes sobrevolábamos aquella influencia de los profesionales de la información en las inquietudes de independencia de las emergentes naciones hispanoamericanas.

Dando un nuevo salto en el tiempo, que no en los valores ni en los conceptos, me gustaría destacar el trascendental papel que, igualmente, jugó la prensa en la transición política de nuestra patria, España, cuando -y retomo la reflexión inicial en la que aludía a Suárez- se produjo la adopción de la pluralidad política y el sistema de libertades democráticas. En aquellos años de finales de la década de los setenta, todos a una, conseguimos impulsar una nueva y muy ansiada etapa merced a la profesionalidad de muchos y a la afortunada complicidad de todos y, sin duda, de forma muy notable, de la prensa como instrumento creador de opinión. Podríamos decir, si ustedes me lo permiten, de la “emancipación” democrática española.

Alguien dijo que ello fue posible, en lo que respecta a los políticos, porque entonces accedían y estaban en la política “los mejores”. Sí, posiblemente fue así, pero también podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en la prensa, como responsables de ella, también estaban los mejores.

Han transcurrido doscientos tres años desde aquel acontecimiento histórico que vino a trazar líneas maestras en la sociedad moderna, pero, ¿qué queda de aquel espíritu de 1810, del sentimiento de verdadera libertad de prensa y de opinión? Ha habido de todo a lo largo de estos dos siglos en Europa y puntual y muy acusadamente en Hispanoamérica. Podríamos citar ejemplos hasta la saciedad. Señalemos que hace tan solo 17 años, en 1996, Fidel Castro expulsó de Cuba al prestigioso periodista Rafael Solano después de seis detenciones y de cuarenta días en las cárceles castristas; Solano se vio obligado a solicitar asilo político en España. A este periodista, ocho años antes, en 1988, le había sido concedido el Premio Rey de España de Periodismo.

Hace años, el Parlamento Europeo condenó los intentos gubernamentales de control de la Prensa señalando en el documento que “hay que evitar que los ejecutivos caigan en la tentación de ahorrase críticas e indagaciones llevadas a cabo por profesionales de la información, que desempeñan una función de contrapoder casi tan importante como la que ejerce el Parlamento.”
Al hilo de estos  asentimientos nos viene a la memoria la conocida y repetida frase de Thomas Jefferson: “Prefiero periódicos sin Gobierno a Gobierno sin periódicos.”

El escritor y periodista chileno Jorge Edwards, Premio Cervantes en 1999, afirma que “la única manera de que el intelectual exista es siendo independiente y crítico con el poder” y, por otro lado, asevera “el escritor puede comprometerse en política, pero no debe inscribirse en ningún partido.” Edwards contribuyó a formar, con la sociedad de escritores de Chile, la comisión de Defensa de la Libertad de Expresión.

Hoy: realidad

Hoy día, la mayoría de los medios y, por ende, sus profesionales, se encuentran maniatados por diferentes causas que los alejan de aquellos tiempos que citábamos al principio; unos por las pautas que establecen las ideologías políticas; otros por la Banca, de la que depende su subsistencia; otros por los intereses de aquellos que compran ciertos controles a cambio de publicitarse; otros por mecenazgos que, casi siempre, enmascaran intereses espúreos… Hoy es muy difícil hablar y mucho menos creer en una verdadera y contundente libertad empresarial de prensa y mucho menos de una genuina libertad de los criterios individuales del periodismo y del periodista.

Alguien dijo que para escribir hacen falta un papel, una pluma y dos alas independientes que no dejen de volar…
 
Como todos sabemos, uno de los primeros problemas a los que  se enfrenta la ciudadanía española es a la falta de confianza en la política y en aquellos que la practican, es decir, en los políticos; pero se está dando  el caso de que también son cada vez menos aquellos que se muestran confiados en los medios de comunicación, poniendo en cuarentena todo aquello que les llega por muy pretendidamente prestigioso que sea el medio que actúe como transmisor. Cada vez se está haciendo mayor periodismo de declaraciones. Cada vez, en determinada prensa, hay menor objetividad, tanto en medios escritos como audiovisuales, a los que, también cada vez, les cuesta  más disimular sus torticeras tendencias en las informaciones y opiniones tendenciosas hacia uno u otro polo, hechos estos que desconciertan a los ciudadanos, sobre todo en estos momentos extremadamente delicados en los que nos encontramos a las puertas de un posible estallido social, -“si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a  sus pocos ricos”, la frase es de un político de la talla de Kennedy-  situación, decía,  de la que parece no somos capaces de darnos cuenta, de igual forma que tampoco lo somos de que la democracia es el aspecto litúrgico de la libertad y de ahí que no se pueda andar con bromas, con ligerezas, cuando lo que está en juego es la esencia de nuestra convivencia.

En muchos casos determinado periodismo actual provoca el rechazo que es justamente lo contrario a la adhesión, sentimiento que, volvemos a citar, por una lado, movió a la emancipación hispanoamericana, y, por otro, 168 después, a la que fue nuestra modélica transición política. 
No están los tiempos para muchas frivolidades y, a este respecto, hay quienes hoy día pretenden vendernos la nada envuelta en papel de regalo.

Todo ello necesita una inteligente y valiente revisión porque el poder de la palabra, el gran poder de la palabra como herramienta de libertad, parece que se ha echado a un lado para que su lugar sea ocupado por la indecencia, por la rusticidad y por una gigantesca ola de vulgaridad; porque para determinados sectores -también de la Administración- parece que el deporte nacional es meterse con los medios de comunicación y porque, como muy bien ha afirmado categóricamente y dando en el centro de la diana, la presidenta de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, Elsa González, “el futuro del periodismo será ético o no habrá futuro”.

Pero nos encontramos en esta España, tan amante de la ley del péndulo, un mandato no escrito por el cual, sea cual fuere la materia de que se trate, vamos de la adhesión más entusiasta al rechazo más radical, y viceversa. 

Día del libro

Recordemos -cuando ya vamos terminando- que hoy es la víspera de la conmemoración del Día del Libro, una de las razones por la que hemos sido convocados esta noche. De la exaltación del idioma.
“Donde está la libertad, allí están los libros”, la frase es de Alejandro Llano, presidente del Instituto de Antropología y Ética de la Universidad de Navarra, y la tengo reproducida y enmarcada en lugar destacado de mi estudio.
“No olvidemos que todas las formas de totalitarismo han tratado de suprimir la afición por la lectura, o la han reducido a una sola posibilidad, como sucedió con la imposición en China del libro rojo de Mao. Mientras nos quede la palabra, habrá al menos un rescoldo de libertad. El mejor antídoto contra la violencia es la pasión por la lectura.”

Quienes adquirieron en la infancia un amor a los libros que les acompañará hasta la ancianidad, son personas que viven muchas vidas. Expanden y enriquecen la suya al intercalarla con la de otros. Su inteligencia crece, su imaginación se agranda.
Gracias a los libros, el lector elige sus interlocutores. Al pasar atentamente, amorosamente, por las páginas de un buen libro, es el libro el que pasa por nosotros, y allí, en lo más recóndito del alma, deja su huella que nos revela un horizonte de fulgores insospechados y sorprendentes.

Se pregunta Laín Entralgo “¿Quién, entre los aficionados al libro, no ha sentido recreo en los ojos y en las yemas de los dedos, acariciando las hojas de un libro, de buen papel blanco, o marfileño, azulenco o cremoso? Y, ¿quién no ha percibido como un aroma, el estilo de un texto impreso que parece más claro y digno y más transparentes y aladas las  ideas, cuando el papel sobre el que descansa posee el adecuado decoro en la impresión?”
Cierto. Pero también, por otro lado, hemos de citar la visión de Marcelino Menéndez y Pelayo que, situado en un extremo más romántico y haciendo gala de su sensibilidad, imagina estos versos admirables:
“Yo guardo con amor un libro viejo/ de mal papel y tipos revesados/ cubierto de no pulcro pergamino…

Para mí, afortunadamente, hay muchos días del libro al año. Ello es debido a que en toda aquella ocasión que, merced a mi concurso o gestión, es editado y presentado un libro de cualquier poeta,  ensayista, historiador, o de esos otros que manejan el arte de contar, los narradores.., para mí, decía, es una fiesta del libro, un feliz acontecimiento que me llena de satisfacción, no digo que tanto como al autor, pues resultaría atrevido, pero casi, casi… Y una de las razones es mi convencimiento de que cada libro, cada página, cada línea se transforma desde que toma cuerpo en un legado que nos sobrepasará y vivirá, vivirá allá mucho después de nosotros.

Debido a la falta de rigor, de respeto y de conocimiento, a través de las redes sociales, de los correos electrónicos y de los textos invasores de las televisiones, el idioma, nuestro idioma, esta siendo cada vez más destrozado, más despiezado, más embestido por la brutalidad y por el todo vale. Ante ello nadie puede discutir la utilidad que posee el libro, el baluarte inexpugnable que constituye el libro, toda una hermosísima y a la vez muy práctica herramienta o arma, podríamos decir, para recomponer tanto destrozo, para preservar ante una degeneración idiomática no ya acechadora sino cada vez más invasora, de la que son ya legión los que la dan por buena.
Y, seamos justos, a los libros hay que añadir también la prensa escrita, sobre todo la de soporte en papel. Volvemos a citar a Anson: “La mejor literatura del siglo XX se ha hecho en los periódicos”.

Unos datos, para terminar con una buena noticia: según estudios realizados por el Instituto Cervantes, en el año 2025, más de quinientos millones de personas hablarán el español en todo el mundo. El informe no es nuevo, a finales del siglo XX la Universidad de Washington en un estudio comparativo entre hispanohablantes y francófonos situaba a los segundos en 105 millones de personas, mientras que la lengua española era hablada entonces por 360 millones de personas. Sólo en Hispanoamérica el número de hispanohablantes se situaba en un total de 273 millones de personas.
Por otro lado, en Brasil en el año 2006 había un millón de estudiantes de español, en la actualidad superan los cinco millones.

Hace siglo y medio, la Academia Española de la Lengua, de Madrid, estimuló la creación de entidades similares en América, a las que llamó “correspondientes”, creando la Academia Colombiana en 1871, la Mexicana en 1875, la Venezolana en 1883, la Panameña, la Argentina, la Chilena y luego otras…
Bien pasado el tiempo, a principios de este siglo XXI, desde la Real Academia de la Lengua se afirmó que el español continuará enriqueciéndose con palabras procedentes de otros idiomas, pero lo que resulta vituperable “es tomar préstamos innecesarios. Hay que salir al paso de esa actitud que sobre todo practican los llamados ejecutivos, de decir en inglés lo que tiene miles de términos equivalentes en español”.
Ante ello las Academias de la Lengua de los países de habla hispana han formado un frente común contra la avalancha de anglicismos innecesarios, utilizando el Diccionario Normativo de Dudas como una fuerza de choque.

Termino citando un hecho ocurrido el 17 de abril de 1536 cuando, ante el Papa Paulo III, el emperador Carlos I pronuncia su discurso en español, y cuando el obispo de Macon se atreve a interrumpirle, con el pretexto de no entenderlo, Carlos I le impone silencio con una frase de oro: “Señor obispo, entiéndame si quiere y no espere de mí otras palabras que las de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana.”

Por último, volviendo al libro, repito mi convencimiento de que cada libro, cada página, cada línea, se transforma en un legado que nos sobrepasará y vivirá, vivirá mucho más allá después de nosotros.

Muchas gracias.

 

 


ISSN: 2174-0445



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